Fanny: la bru­ja mayor alzó su vue­lo…

Clau­dia Korol /​ Pañue­los en Rebel­día

La Fanny que yo due­lo y cele​bro​.La mujer que nos “ama­dri­nó” cuan­do con tan­tos mucha­chos y mucha­chas fui­mos a cor­tar café a Nica­ra­gua, o a com­par­tir los ava­ta­res de la resis­ten­cia chi​le​na​.La mujer que nos ense­ñó una mane­ra de ser comu­nis­ta todos los días y todas las horas del día, de la mis­ma mane­ra que somos madres,o teje­do­ras, o alfa­re­ras, o poe​tas​.La mujer que escri­bía sus dis­cur­sos a mano, enre­da­dos en poe­mas de Neru­da, de Gon­zá­lez Tuñón, de César Valle­jo… por­que sabía que no había pala­bras más efi­ca­ces que las que inven­tan mun­dos, cuel­gan estre­llas en la cima de las revo­lu­cio­nes, y blin­dan las rosas…

La Fanny que yo amo y extraño.La mujer que mar­chó a Espa­ña con las bri­ga­das inter­na­cio­na­lis­tas, y con­ta­ba su aven­tu­ra en voz baji­ta, como cuen­tan las abue­las sus cuen­tos a los nie­tos, cuen­tos siem­pre inaca­ba­dos… por­que Fanny sabía que la his­to­ria no ter­mi­na, ni aún cuan­do diga­mos que es el fin… y sabía que la muer­te no es muer­te, por­que ella lle­va­ba en su vida mucha gen­te que­ri­da que la acom­pa­ña­ba, aún des­pués de la partida…La mujer que orga­ni­zó a las muje­res acá y allá… en los rin­co­nes dis­tan­tes del pla­ne­ta. Que no se can­sa­ba de repe­tir una y otra vez la nece­si­dad de que nues­tras voces sean res­pe­ta­das y escu­cha­das.

La mujer que se asu­mió como femi­nis­ta mar­xis­ta des­pués de pen­sar mucho y actuar mucho… por­que qui­so ser un puen­te ella mis­ma entre las expe­rien­cias eman­ci­pa­to­rias, mos­tran­do con su pro­pia vida que aun­que no se crea en las bru­jas … que las hay, las hay… y has­ta pue­den hacer sus gua­li­chos en algún comi­té cen​tral​.La Fanny que yo nece­si­to y llo​ro​.La mujer del pelo blan­co y la mira­da lle­na de pre­gun­tas. La mujer que sem­bró amis­ta­des de muje­res en dis­tin­tos rin­co­nes del pla­ne­ta. La mujer mayor que se sen­ta­ba a hablar con una mujer joven con toda aten­ción y res­pe­to, no para acon­se­jar, sino para pedir con­se­jos. La mujer que com­pren­dió que las diver­si­da­des sexua­les debían ser pen­sa­das y dis­cu­ti­das en las izquier­das, en el mis­mo lugar y con la mis­ma inten­si­dad con que las izquier­das pien­san la luchas de cla­ses y toda cla­se de luchas. La mujer que no per­día la opor­tu­ni­dad de apren­der cosas nue­vas has­ta los últi­mos días de sus cien años.

La Fanny que yo sigo bus­can­do. La mujer que res­pe­tó en todo momen­to mis cer­ca­nías y mis dis­tan­cias. La que no con­de­nó mis dife­ren­cias. La que se sen­tó con­mi­go una y otra vez, en el her­mo­so ejer­ci­cio de bor­dar jun­tas tela­res soli­da­rios. La que me dio el inmen­so honor de com­par­tir las refle­xio­nes que fue escri­bien­do en sus libros​.La Fanny que no se cre­yó nun­ca los home­na­jes. Que se reiría del hue­co que nos cau­sa su via­je… La mujer vie­ja y sabia, dura y tier­na, soli­da­ria, huma­na, valien­te, sen­si­ble. Aquí me ron­da esta maña­na de noviem­bre. Aquí me habla en voz baja. Aquí me revo­lo­tea su abra­zo de hace tan pocos días en mi espal­da. Aquí me par­te su par­ti­da. Aquí, en el lugar exac­to de la rebel­día.

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