Euro­pa amor­da­za a su ciu­da­da­nía- Igor Urru­ti­koetxea

La pro­pues­ta rea­li­za­da por el pri­mer minis­tro grie­go Geor­ge Papan­dreu de con­vo­car un refe­rén­dum a fin de que el pue­blo de ese país aprue­be su «plan de recor­tes» (que no de «aus­te­ri­dad») no deja de ser un gol­pe de efec­to. En pri­mer lugar, por­que no está nada cla­ro la pre­gun­ta con­cre­ta que se hubie­se for­mu­la­do en caso de lle­var­se a cabo el refe­rén­dum. En este sen­ti­do, no sería lo mis­mo pre­gun­tar si se aprue­ban o no deter­mi­na­dos recor­tes socia­les y sala­ria­les (las eufe­mís­ti­ca­men­te lla­ma­das «medi­das de aus­te­ri­dad»), o pre­gun­tar a la gen­te si está de acuer­do en seguir per­te­ne­cien­do o no a la zona euro, una per­te­nen­cia que los gobier­nos de la Unión Euro­pea con­di­cio­nan a que Gre­cia imple­men­te dichas medi­das. Es fun­da­men­tal saber cuál sería la pre­gun­ta con­cre­ta, ya que ésta pue­de dar lugar a que el resul­ta­do sea en un sen­ti­do o en otro.

Ade­más, el recur­so a una herra­mien­ta como es el refe­rén­dum, si real­men­te se que­ría con­sul­tar a la ciu­da­da­nía grie­ga sobre el futu­ro de su país, debe­ría haber­se hecho cuan­do se comen­za­ron a apli­car las pri­me­ras medi­das, hace ya más de año y medio.

Sin embar­go, el deba­te gene­ra­do como con­se­cuen­cia de la pro­pues­ta del pre­si­den­te grie­go ha deja­do una vez más en evi­den­cia la esca­sa cul­tu­ra demo­crá­ti­ca que impe­ra en la Unión Euro­pea, en sus ins­ti­tu­cio­nes y en los gobier­nos miem­bros de la UE, así como en orga­nis­mos como el Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal (FMI) o el Ban­co Mun­dial.

La actual cri­sis del capi­ta­lis­mo ha pues­to de mani­fies­to, entre otras cosas, la fal­se­dad de una afir­ma­ción que se repi­te has­ta la sacie­dad en los gran­des medios de comu­ni­ca­ción a dia­rio, en el sen­ti­do de que Euro­pa es la cuna de la demo­cra­cia y que la ciu­da­da­nía euro­pea, a dife­ren­cia de lo que suce­de en otras par­tes del mun­do, goza de la posi­bi­li­dad de ele­gir demo­crá­ti­ca­men­te su futu­ro en el ámbi­to social, en el eco­nó­mi­co y en el polí­ti­co.

Por una par­te, esta­mos vien­do cómo son la ban­ca, el gran capi­tal trans­na­cio­nal y orga­ni­za­cio­nes tan poco demo­crá­ti­cas en su com­po­si­ción como el FMI y el BM quie­nes dic­tan las polí­ti­cas eco­nó­mi­cas y socia­les de los gobier­nos. Para ello, Nico­las Sar­kozy y Ange­la Mer­kel son sus más fir­mes tes­ta­fe­rros, y los man­da­ta­rios de los paí­ses de la UE cum­plen ser­vil­men­te, pro­ba­ble­men­te por­que muchos de ellos tie­nen la espe­ran­za de cobrar cuan­tio­sas comi­sio­nes de los con­se­jos de admi­nis­tra­ción de ban­cos y empre­sas mul­ti­na­cio­na­les, una vez que hayan ter­mi­na­do su carre­ra polí­ti­ca.

El Esta­do espa­ñol es un cla­ro ejem­plo de esta prác­ti­ca que ha reci­bi­do el nom­bre de «puer­tas gira­to­rias», que con­sis­te en sal­tar de la ges­tión de la res publi­ca a la direc­ción de con­se­jos admi­nis­tra­ti­vos en la empre­sa pri­va­da: Feli­pe Gon­zá­lez (Gas Natu­ral), Aznar (Ende­sa), Pedro Sol­bes (Bar­clays, Enel), Piqué (Vue­ling), Nar­cís Serra (Cai­xa Cata­lun­ya), Josu Jon Imaz (Petro­nor) o Ace­bes son sólo unos ejem­plos que com­po­nen la pun­ta del ice­berg.

Ade­más, el deba­te que se ha gene­ra­do a raíz del posi­ble refe­rén­dum en Gre­cia y el tirón de ore­jas que el res­to de man­da­ta­rios de la Unión Euro­pea le han dado a Papan­dreu por insi­nuar siquie­ra el recur­so a la con­sul­ta popu­lar, ha pues­to una vez más en evi­den­cia el mie­do que los cons­truc­to­res de la Euro­pa del capi­tal y de los esta­dos tie­nen a la opi­nión del pue­blo cuan­do ésta se for­mu­la de for­ma direc­ta. Esto no es algo nue­vo en el mar­co de la UE. He aquí algu­nos recien­tes ejem­plos:

-En el año 2005, fran­ce­ses y holan­de­ses fue­ron con­sul­ta­dos median­te sen­dos refe­rén­dum y se opu­sie­ron a la rati­fi­ca­ción de lo que se lla­mó la Cons­ti­tu­ción Euro­pea (fir­ma­da en 2004). Este recha­zo hizo que varios de los refe­rén­dum que esta­ban pre­vis­tos se apla­za­sen para no lle­var­se a cabo jamás, y los man­da­ta­rios euro­peos redac­ta­ron un nue­vo tex­to: el Tra­ta­do de Lis­boa (fir­ma­do en 2007).

-En el caso del Tra­ta­do de Lis­boa, apren­dien­do de «erro­res» pre­ce­den­tes, todos los paí­ses evi­ta­ron con­sul­tar direc­ta­men­te a su ciu­da­da­nía, con excep­ción de Irlan­da, que esta­ba obli­ga­da a some­ter su rati­fi­ca­ción a refe­rén­dum por orden cons­ti­tu­cio­nal. La mayo­ría del pue­blo irlan­dés votó en con­tra de su rati­fi­ca­ción en 2008, y tuvie­ron que orga­ni­zar una nue­va con­sul­ta en 2009 y una fuer­te cam­pa­ña mediá­ti­ca, que duró todo un año, ame­na­zan­do con un desas­tre para Irlan­da si no se apro­ba­ba el Tra­ta­do, para que final­men­te éste fue­ra apro­ba­do.

-En Islan­dia, uno de los paí­ses de mayor índi­ce de desa­rro­llo humano según la ONU, la cri­sis capi­ta­lis­ta esta­lló en 2008. Tras un cam­bio de Gobierno, entre otras medi­das, el Par­la­men­to pro­pu­so devol­ver 3.500 millo­nes de euros a los ban­cos del Rei­no Uni­do y Holan­da, fun­da­men­tal­men­te. Esa suma la hubie­ran debi­do pagar men­sual­men­te las fami­lias islan­de­sas duran­te 15 años al 5,5% de inte­rés. Hubo un gran deba­te social que obli­gó al Gobierno a cele­brar un refe­rén­dum. El 93% votó «no» en 2009 al pago de la deu­da, y en abril de 2011 se cele­bró otro refe­ren­dum, don­de el 60% votó en con­tra del pago de la deu­da a los ban­cos extran­je­ros. Los gran­des medios de comu­ni­ca­ción euro­peos obvia­ron esta noti­cia, así como toda infor­ma­ción rela­ti­va al modo en que en Islan­dia están enfren­tan­do las con­se­cuen­cias de la cri­sis (encar­ce­la­mien­to de ban­que­ros, jui­cio al ex pri­mer minis­tro por su nefas­ta ges­tión, redac­ción de una nue­va Cons­ti­tu­ción, etc.), no vaya a ser que las cla­ses popu­la­res de los paí­ses de la UE con­si­de­ren una alter­na­ti­va acep­ta­ble el ejem­plo islan­dés.

-En junio de este año, los ita­lia­nos, tam­bién median­te refe­rén­dum, se opu­sie­ron a las pre­ten­sio­nes de Ber­lus­co­ni de vol­ver a implan­tar la ener­gía nuclear, de pri­va­ti­zar el agua, y de garan­ti­zar su inmu­ni­dad penal. Ber­lus­co­ni hizo todo lo posi­ble para que la par­ti­ci­pa­ción no lle­ga­ra al 50%, dato nece­sa­rio para que su resul­ta­do fue­ra vin­cu­lan­te, pero para su des­gra­cia ésta superó el 55%. Ade­más, de los votan­tes, más del 95% vota­ron con­tra las pre­ten­sio­nes del pri­mer minis­tro ita­liano.

Todos estos ejem­plos ponen de mani­fies­to que a los man­da­ta­rios euro­peos se les da bas­tan­te mal la demo­cra­cia par­ti­ci­pa­ti­va, que con­sis­te en mucho más que depo­si­tar un voto cada cua­tro años, y secues­trar la pala­bra de la ciu­da­da­nía has­ta las siguien­tes elec­cio­nes. No es lo mis­mo optar en unas elec­cio­nes entre dife­ren­tes opcio­nes polí­ti­cas, que votar «sí» o «no» cuan­do a la ciu­da­da­nía se le pre­gun­ta una cues­tión con­cre­ta.

Sólo admi­ten que la gen­te acu­da a las urnas cuan­do ellos quie­ren y para que eli­ja­mos entre gal­gos y poden­cos. No dudan en amor­da­zar a la ciu­da­da­nía euro­pea en los temas que nos con­cier­nen direc­ta­men­te: qué medi­das adop­tar ante la cri­sis del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, qué mode­lo de desa­rro­llo que­re­mos, si la ciu­da­da­nía de nacio­nes opri­mi­das en la actual UE de los esta­dos, como es el caso de Eus­kal Herria, quie­re dotar­se de un esta­do pro­pio, etc. Fren­te a la seu­do­de­mo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va que nos pre­ten­den impo­ner es nece­sa­rio que apos­te­mos por un mode­lo de demo­cra­cia par­ti­ci­pa­ti­va en la que las tra­ba­ja­do­ras y tra­ba­ja­do­res euro­peos poda­mos deci­dir qué mode­lo de socie­dad que­re­mos y el futu­ro de cada una de nues­tras nacio­nes.

Mien­tras esto no se garan­ti­ce, el poder no esta­rá en manos del pue­blo sino, como suce­de hoy día, en manos del gran capi­tal, la ban­ca y de una cas­ta polí­ti­ca ser­vil.

Pero se han empe­za­do a poner ner­vio­sos, y eso sig­ni­fi­ca que algo empie­za a cam­biar. De noso­tros y noso­tras depen­de que nues­tros más dul­ces sue­ños se con­vier­tan en sus peo­res pesa­di­llas.

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