Por fin un socia­lis­ta- Anto­nio Alva­rez-Solis

Ha sobre­ve­ni­do al fin la tem­pes­tad que qui­zá lim­pie un his­tó­ri­co rin­cón de Euro­pa del ambien­te con­ta­mi­na­do por la corrup­ción neo­li­be­ral. La vie­ja madre de la filo­so­fía y la éti­ca está aún viva. El Gobierno grie­go ha deci­di­do con­vo­car un refe­rén­dum popu­lar para que sus ciu­da­da­nos deci­dan una cues­tión fun­da­men­tal: si van a libe­rar­se del gan­gre­na­do poder finan­cie­ro ale­mán y fran­cés o si van a per­ma­ne­cer pri­sio­ne­ros del euro. En una pala­bra, los grie­gos van a tener una opor­tu­ni­dad dora­da de prac­ti­car la demo­cra­cia direc­ta en unas urnas lim­pias. O al menos eso espe­ro. Y para dar más relie­ve a esa con­sul­ta esta­rá con­vo­ca­da por el Sr. Papan­dréu, has­ta aho­ra un socia­lis­ta esca­yo­la­do por el neo­li­be­ra­lis­mo. Por fin, abre los ojos un socia­lis­ta. Pres­cin­do del hecho de que ese socia­lis­mo haya sopor­ta­do por tan­to tiem­po la ata­du­ra de los gran­des pode­res finan­cie­ros o que inclu­so haya con­tri­bui­do a la domi­na­ción de las mino­rías impe­ria­lis­tas. Pres­cin­do tam­bién de que el refe­rén­dum naz­ca de la san­gre de tan­tos grie­gos que se hicie­ron con la calle median­te un rudo sacri­fi­cio per­so­nal y no sea pro­duc­to de una sana ideo­lo­gía de izquier­da ins­ta­la­da en la cum­bre. Demos todo esto por supe­ra­do, al menos por el momen­to, a fin de com­pro­bar la soli­dez de la ini­cia­ti­va. Espe­ro que en Gre­cia no fun­cio­ne la endia­bla­da mecá­ni­ca que ali­men­ta a la par que degra­da muchos levan­ta­mien­tos de la calle que sacan poca demo­cra­cia del alza­mien­to y menos petró­leo de sus pozos. Lo impor­tan­te es que un gobierno socia­lis­ta ha teni­do que sol­tar ama­rras del mue­lle en que pudría su his­to­ria y ceder la voz a los ciu­da­da­nos alza­dos con toda la dig­ni­dad que les corres­pon­de. Gre­cia vuel­ve a parar a los per­sas. Esa es la noti­cia sus­tan­cial. Lue­go, ama­ne­ce­rá Dios y medra­re­mos. Vere­mos has­ta don­de alcan­za esa voz de la suble­va­ción éti­ca. Pero lo que pare­ce cla­ro es que esa voz par­ti­ci­pa del gran y vario­pin­to dis­cur­so de los indig­na­dos, de los insur­gen­tes socia­les, de quie­nes han deci­di­do plan­tar sus tien­das en terri­to­rio has­ta aho­ra humi­lla­do, de todos los que pre­ten­den impo­ner la Razón fren­te a las des­pre­cia­bles razo­nes de quie­nes pro­ta­go­ni­zan el cons­tan­te dis­cur­so pre­ña­do de men­da­ci­dad. Sí, esta es la gran noti­cia.

Aho­ra Gre­cia pre­ci­sa con urgen­cia el sano y uni­ver­sal apo­yo popu­lar. Se ha abier­to una bre­cha por la que rein­gre­sa en el dis­cur­so polí­ti­co el gran argu­men­to de que otra socie­dad es posi­ble, de que la demo­cra­cia no ha de ser inevi­ta­ble­men­te la demo­cra­cia bur­gue­sa de cla­se, sobre todo en un momen­to en que la bur­gue­sía libe­ral yace muer­ta a los pies de la dic­ta­du­ra. Por­que la bur­gue­sía ha dege­ne­ra­do en un híbri­do del fas­cis­mo.

Gre­cia ha pren­di­do la lla­ma olím­pi­ca de una libe­ra­ción pro­fun­da fren­te a la gran corrup­ción de la redu­ci­da pero impo­nen­te mino­ría de los pode­res que pre­ten­dían des­truir la mus­cu­la­tu­ra de la autén­ti­ca liber­tad. Si los grie­gos logran sos­te­ner su apues­ta de izquier­da real bati­rán una puer­ta que aún cos­ta­rá san­gre, y gra­ves con­de­nas por par­te de la gran igle­sia finan­cie­ra, abrir del todo. Segu­ra­men­te se pre­ten­de­rá la asfi­xia de la nación grie­ga al pre­sen­tar su heroi­ca deci­sión como locu­ra de unos gober­nan­tes ate­rra­dos. Ape­na leer los men­sa­je que muchos lec­to­res envían a su perió­di­co habi­tual pro­cla­man­do la ena­je­na­ción del Sr. Papan­dreu. Son lec­to­res cuya luz se ha apa­ga­do en el mar­co de un espí­ri­tu que ha renun­cia­do al pen­sa­mien­to libe­ra­dor, que se encuen­tran resig­na­dos en el recin­to don­de todo mal eco­nó­mi­co suce­de, don­de toda liber­tad lan­gui­de­ce y don­de cual­quier chis­pa de demo­cra­cia se extin­gue con rapi­dez entre la nie­bla que pro­du­cen los tec­nó­cra­tas y otras espe­cies cau­ti­vas. Fren­te a los que han acep­ta­do el dog­ma de los pode­ro­sos, hay que defen­der a Gre­cia. Pien­so que esa defen­sa ha de ser par­ti­cu­lar­men­te enér­gi­ca por par­te de las nacio­nes que hoy yacen mania­ta­das den­tro de esta­dos abier­ta­men­te inmo­ra­les. Esas nacio­nes que com­ba­ten por su liber­tad son nacio­nes social­men­te vivas, con­te­ne­do­ras de reser­vas polí­ti­cas impres­cin­di­bles en la cons­truc­ción de otro mun­do que aba­ta la van­guar­dia finan­cie­ra para cons­truir una eco­no­mía de la igual­dad, crea­do­ra de indi­vi­duos ági­les e inven­ti­vos sobre un hori­zon­te de rique­zas comu­nes y sen­sa­ta­men­te explo­ta­das. Gre­cia nece­si­ta el apo­yo de esas nacio­nes para recu­pe­rar la vie­ja tra­di­ción moral de una Euro­pa que duran­te cien­tos de años espe­ró a las naves del Medi­te­rrá­neo. No sé si la civi­li­za­ción de la máqui­na cre­ce­rá o men­gua­rá tem­po­ral­men­te. Tam­po­co me impor­ta gran cosa. Nada hay tan fácil, y a veces inevi­ta­ble, como la inven­ción huma­na. De lo que estoy segu­ro es de que recu­pe­ra­re­mos la máqui­na esen­cial para la crea­ción social, que es el hom­bre pro­pie­ta­rio de sí mis­mo. No me gus­ta­ría des­apa­re­cer sin ver la pri­me­ra cose­cha de esa huma­ni­dad nue­va y anti­gua al mis­mo tiem­po, pero, si no pue­de ser, abo­ne­mos el sue­lo para que el mila­gro acon­tez­ca.

La Sra. Mer­kel y el Sr. Sar­kozy, esos dos gran­des ges­to­res del impe­rio que se nie­ga a des­apa­re­cer, reúnen de urgen­cia a sus gobier­nos y a sus ban­que­ros. Bue­na señal para los alza­dos con­tra el yugo. Y cla­man con­tra la locu­ra grie­ga. Mejor señal aún. Pare­ce que las eco­no­mías domi­nan­tes a ambos lados del Atlán­ti­co y aún cre­cien­tes por el Orien­te se estre­me­cen sobre el par­qué de la Bol­sa. De momen­to, al alzar­se sólo unos cen­tí­me­tros el telón del domi­nio, se ha vis­to lo que hay en las cajas de los gran­des ban­cos y en los des­pa­chos enmo­que­ta­dos de las ins­ti­tu­cio­nes inter­na­cio­na­les: no hay ape­nas nada para levan­tar un pla­ne­ta de sie­te mil millo­nes de almas. Por­que en esas cajas y en esas ins­ti­tu­cio­nes se cus­to­dia lo jus­to para que el dine­ro depre­da­dor sos­ten­ga el gran cir­co de las mino­rías pode­ro­sas. El gran ído­lo tie­ne los pies de barro y sólo pue­de impo­ner su esta­tu­ra si el barro que com­po­nen las masas exhaus­tas sobre las que se ele­va sigue hun­di­do en silen­cio. Como en los pos­tes tele­fó­ni­cos que fue­ron aba­ti­dos por la tor­men­ta en «El bos­que ani­ma­do» de Fer­nán­dez Fló­rez, de las enig­má­ti­cas y suges­ti­vas voces que se oían, para glo­ria de téc­ni­cos y exper­tos, sólo ha que­da­do el serrín de una made­ra sin vida.

El mun­do que se tie­ne por desa­rro­lla­do sola­men­te fun­cio­na por­que gran par­te de las mul­ti­tu­des que lo habi­tan per­ma­ne­cen ter­cas en su sub­de­sa­rro­llo per­so­nal. No soy muy par­ti­da­rio de la auto­crí­ti­ca cuan­do la soli­ci­tan los pode­ro­sos, por­que esa auto­crí­ti­ca siem­pre deri­va en acu­sa­ción res­pec­to al entorno depri­mi­do al que invi­tan a auto­cri­ti­car­se. Por tan­to, ando muy remi­so a hacer auto­crí­ti­ca ante un per­ver­so pode­ro­so. Nun­ca admi­ré el pasa­je bíbli­co en que Isaac ha de lle­var sobre la espal­da la leña para su pro­pio sacri­fi­cio, como aho­ra se soli­ci­ta a los grie­gos. Una cosa es creer en Dios y otra poner los dedos en el cie­rre de la puer­ta. En este sen­ti­do Abraham me pare­ce muy poco admi­ra­ble. Pero sí con­vie­ne aho­ra que ana­li­ce­mos nues­tro com­por­ta­mien­to como ciu­da­da­nos mal usa­dos, y en don­de el poder se asien­ta con cier­ta segu­ri­dad, a fin de robus­te­cer­nos en la fe que nos hace autén­ti­cos posee­do­res del mun­do, del que hemos sido expul­sa­dos por los bár­ba­ros con cas­co dora­do. En ese aspec­to sí hace fal­ta una cier­ta auto­crí­ti­ca para ver si metien­do los dedos en la pro­pia boca vomi­ta­mos el tósi­go con que nos han enve­ne­na­do. Los grie­gos ya han vomi­ta­do, aho­ra toca a otros pue­blos tomar con­cien­cia de la opre­sión que sufren para lle­gar a la con­clu­sión de que la demo­cra­cia rei­nan­te no es la nues­tra y que la liber­tad que nos rega­lan es trans­gé­ni­ca. En el mun­do hay infi­ni­dad de poten­cia­les for­mas de exis­ten­cia, mate­ria­li­za­bles, ade­más, apro­ve­chan­do, si hace fal­ta, las rui­nas de la estruc­tu­ra des­trui­da. Los grie­gos lo han vuel­to a des­cu­brir. Tam­po­co hace fal­ta gri­tar ¡Viva Dió­ge­nes! Hay lími­tes.

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