ETA- Mikel Ari­za­le­ta

El cura y bene­fi­cia­do espa­ñol, Juan de Cas­te­lla­nos, escri­be en el S. XVI en octa­vas reales sobre el vas­co Lope de Agui­rre:

Él era de peque­ña com­pos­tu­ra

gran cabe­za, gran­dí­si­ma vive­za,

pero jamás per­ver­sa cria­tu­ra

que de razón for­mó natu­ra­le­za:

Todo cau­te­las, todo mal­dad pura,

sin mez­cla de vir­tud ni de noble­za;

sus pala­bras, sus tra­tos, su gobierno

eran a seme­jan­za del infierno.

Char­la­tan­ci­llo y algo rehe­cho,

sin un olor de bue­nas pro­pie­da­des.

La cosa más sin ser y sin pro­ve­cho

que cono­cie­ron todas las eda­des:

Pero nun­ca jamás se vio pecho

lleno de tan enor­mes cruel­da­des”.

El 27 de octu­bre de 1561, aho­ra hace 450 años en Bar­qui­si­me­to, dos de sus hom­bres dis­pa­ran con­tra Lope de Agui­rre, y quien más tar­de fue­ra cro­nis­ta, Her­nán­dez, le cor­ta la cabe­za. “El tor­so es des­pe­da­za­do y exhi­bi­do en picas a la vera del camino. La cabe­za es expues­ta en una jau­la de hie­rro en El Tocu­yo, resi­den­cia del gober­na­dor de Vene­zue­la”. Este hom­bre, ese mis­mo octu­bre de 1561, escri­bía en car­ta a Feli­pe II, al todo­po­de­ro­so de su tiem­po: “Por cier­to lo ten­go que van pocos reyes al infierno, por­que sois pocos; que si muchos fué­se­des, nin­guno podría ir al cie­lo, por­que creo allá sería­des peo­res que Luci­fer, según teneis sed y ham­bre y ambi­ción de har­ta­ros de san­gre huma­na”.

Tam­bién a ETA, Eus­ka­di Ta Aska­ta­su­na, los cro­nis­tas ofi­cia­les, al igual que Juan de Cas­te­lla­nos, le vie­nen deno­mi­nan­do en octa­vas reales des­de tiem­pos “ban­da terro­ris­ta”. A esa ETA, que en octu­bre del 2011 decla­ró el fin de la lucha arma­da, el mis­mo día en que los Esta­dos euro­peos, Esta­dos Uni­dos y nues­tros gobier­nos, median­te la OTAN, ase­si­na­ban al jefe de gobierno de Libia, Gada­fi, inva­dien­do su país. Y, a pesar, los cro­nis­tas ofi­cia­les siguen lla­man­do terro­ris­tas a los pri­me­ros y demó­cra­tas a los segun­dos.

ETA a muchos nos ha lim­pia­do los ojos y des­pe­ja­do la men­te, a pesar de los cro­nis­tas ofi­cia­les.

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