Amnis­tía – Iña­ki Egaña

La pri­va­ción de liber­tad es el cas­ti­go. Una inven­ción téc­ni­ca que for­ma, en nues­tra socie­dad, par­te de la racio­na­li­dad puni­ti­va, según defi­nió el filó­so­fo fran­cés Michel Fou­cault. Tols­toi, con un sen­ti­do un tan­to cán­di­do pro­ba­ble­men­te, de esa inge­nui­dad pro­vo­ca­da por uno mis­mo, pre­gun­ta­ba por qué unos hom­bres se creen con razón para encar­ce­lar a otros hom­bres. Bus­qué duran­te tan­to tiem­po que me abu­rrí. Aún no he encon­tra­do la respuesta.

La cár­cel, como lugar, es par­te de un sis­te­ma anti­guo, pero la pri­sión, la con­de­na, es un hecho rela­ti­va­men­te recien­te. La pena de pri­sión, lo leí en cier­ta oca­sión y no ano­té el autor de la cita, nació fue­ra del Dere­cho. La legis­la­ción y las leyes se fue­ron aco­mo­dan­do a ese acto ya dise­ña­do por las éli­tes: crear un espa­cio coer­ci­ti­vo para ali­men­tar la sumi­sión y mini­mi­zar la disi­den­cia. En ésas estamos.

En nues­tro caso, la pri­sión uti­li­za­da con­tra la disi­den­cia vas­ca no ha sido un hecho ais­la­do, ajus­ta­do a dere­cho y apli­ca­do según ese códi­go penal en el que se apo­yan quie­nes se per­pe­túan en el poder. La pri­sión ha sido par­te de un todo, de una estra­te­gia corres­pon­dien­te a un «mode­lo repre­si­vo», como dijo hace ya unos cuan­tos años nues­tro abo­ga­do Miguel Castells.

Y este mode­lo repre­si­vo ha sido y es (no he per­ci­bi­do su des­com­po­si­ción) ideo­ló­gi­co, coer­ci­ti­vo, ven­ga­ti­vo y puni­ti­vo. Para no per­der­nos en dis­qui­si­cio­nes y en aras a que se com­pren­da lo que quie­ro seña­lar, un mode­lo que se ha sos­te­ni­do en su estra­te­gia con tres apo­yos. El pri­me­ro, el más evi­den­te: tor­tu­ra, eje­cu­cio­nes extra­ju­di­cia­les, deten­cio­nes masi­vas, ile­ga­li­za­ción de las ideas, medi­das excep­cio­na­les, cri­mi­na­li­za­ción de la disi­den­cia, actua­cio­nes parapoliciales…

El segun­do, el rea­li­za­do en el terreno más polí­ti­co: espa­ño­li­za­ción de las for­mas, cober­tu­ra a los sím­bo­los extra­ños, demo­ni­za­ción de prin­ci­pios demo­crá­ti­cos (auto­de­ter­mi­na­ción y par­ti­ci­pa­ción, entre otros), mar­gi­na­ción del otro y su expul­sión del sis­te­ma… en fin, segu­ro que el lec­tor ya intu­ye algu­nas cues­tio­nes de igual o mayor calado.

El ter­ce­ro de los sopor­tes de este mode­lo es el que me ha ani­ma­do a escri­bir estas líneas, el puni­ti­vo, puro y duro. El más evi­den­te cuan­do la cer­ca­nía aprie­ta. Este mode­lo exclu­si­vo que, en nues­tro esce­na­rio, no se entien­de sin los dos ante­rio­res. El cas­ti­go no es úni­ca­men­te la pri­va­ción de liber­tad. Con la pri­va­ción de liber­tad comien­za, pre­ci­sa­men­te, el cas­ti­go. La ven­gan­za, en la mayo­ría de los casos. Se podría decir que algu­nas cues­tio­nes son estruc­tu­ra­les al mode­lo puni­ti­vo car­ce­la­rio que se impu­so en el Vie­jo Con­ti­nen­te des­de el siglo XIX. Es cier­to, los fami­lia­res, por su con­di­ción, son veja­dos. Los pre­sos que no acep­tan la zanaho­ria están con­de­na­dos al palo, etc.

Pero el mode­lo repre­si­vo espa­ñol es, sin embar­go, más com­ple­jo. Comen­zan­do por­que los pre­sos polí­ti­cos vas­cos han sido encar­ce­la­dos y con­de­na­dos por un tri­bu­nal espe­cial, mal que les pese a Rubén Múgi­ca y esa cohor­te moder­na de falan­gis­tas, dise­ña­do como tri­bu­nal de gue­rra. Un tri­bu­nal naci­do para per­se­guir a la «maso­ne­ría y el comu­nis­mo» y redi­se­ña­do para cri­mi­na­li­zar a la disi­den­cia vasca.

Los pre­sos son cla­si­fi­ca­dos siguien­do un mode­lo que Fran­co lla­ma­ba A, B y C y el sis­te­ma Suá­rez-Gon­zá­lez-Aznar-Zapa­te­ro cali­fi­ca en pri­me­ro, segun­do y ter­cer gra­do. Pare­ci­do. Los pre­sos vas­cos son, por natu­ra­le­za, FIES o pri­mer gra­do. Reci­ben aten­ción espe­cial, segui­mien­to exhaus­ti­vo (gra­ba­cio­nes, inter­ven­ción de corres­pon­den­cia, vio­la­ción de su pri­va­ci­dad) jun­to a sus fami­lia­res y ami­gos, para ser uti­li­za­das estas trans­gre­sio­nes con fines polí­ti­cos. La pri­va­ción de liber­tad, no es el cas­ti­go sino, como decía, el comienzo.

La dis­per­sión (inven­tos fran­ce­ses y espa­ño­les que envia­ban a la disi­den­cia a cum­plir pena en sus colo­nias más ale­ja­das), el chan­ta­je per­ma­nen­te, la pre­sión físi­ca y psí­qui­ca sobre el entorno, la mani­pu­la­ción mediá­ti­ca, la pre­pon­de­ran­cia del cri­te­rio del fun­cio­na­rio sobre la ley, la amplia­ción de la con­de­na, la anu­la­ción de reden­cio­nes, la com­pli­ci­dad de la lla­ma­da Jus­ti­cia en este orden de cosas, etc. con­for­man ese com­ple­jo his­pano que citaba.

Duran­te años, un sec­tor de la socie­dad vas­ca ha rei­vin­di­ca­do los dere­chos fun­da­men­ta­les de los pre­sos como si estu­vie­ran pidien­do la luna. Y, sin embar­go, pedían cosas lógi­cas. Un sín­to­ma de la enfer­me­dad cró­ni­ca de ese mode­lo espa­ñol. Hoy nos cuen­tan, empe­zan­do por la seño­ra Men­dia, por­ta­voz del lehen­da­ka­ri López, que la cul­pa de la degra­da­ción no es del lla­ma­do «Esta­do de dere­cho», sino de ETA. Deli­ran­te. ETA pedía más demo­cra­cia, ergo el Esta­do que la com­ba­tía tenía, por des­pe­cho, que negar­la. Pisar­la. Retro­ce­der a la épo­ca del con­de de Montecristo.

Ese sec­tor, fami­lia­res, ami­gos, gen­tes de bien, seña­la­ba que los dere­chos huma­nos son de apli­ca­ción uni­ver­sal. La res­pues­ta, la cla­ri­dad se agra­de­ce, era y ha sido sin­to­má­ti­ca. Con ETA pro­fe­san­do acti­vi­dad, nada era posi­ble en el terreno de los dere­chos huma­nos de los pre­sos y su entorno. Es más, todos los que cru­za­ron la línea penal en el ejer­ci­cio de su acti­vi­dad con­tra ETA eran sis­te­má­ti­ca­men­te absuel­tos. No había neu­tra­li­dad. Como han esce­ni­fi­ca­do uno tras otro: «O con­mi­go o con ETA».

ETA ha mani­fes­ta­do su deci­sión de apar­tar­se del camino. ¿Serán des­de aho­ra los dere­chos huma­nos uni­ver­sa­les? ¿Se cas­ti­ga­rá a un tor­tu­ra­dor con el rigor exi­gi­do? ¿Los tri­bu­na­les de excep­ción mar­ca­rán el calen­da­rio polí­ti­co? ¿Vio­la­rá la inti­mi­dad de un pre­so el dia­rio cuya acción en bol­sa es más bara­ta que su pre­cio en kios­co al publi­car la car­ta a su hijo?

Fran Alda­non­do fue el últi­mo pre­so polí­ti­co vas­co del fran­quis­mo. Salió de pri­sión el 14 de octu­bre de 1977. Dos años y tres días des­pués, murió en una embos­ca­da de la Guar­dia Civil. La Audien­cia Nacio­nal nació unos meses antes a la excar­ce­la­ción de Alda­non­do y fue crea­da, por si alguien se le esca­pa, por un gobierno no sali­do de las urnas, por un puña­do de mili­ta­res y civi­les que lle­va­ban casi 40 años recor­dan­do esa can­ti­ne­la de «ven­ce­do­res y ven­ci­dos». La Audien­cia Nacio­nal emer­gió con la inten­ción de tute­lar el nue­vo pro­ce­so polí­ti­co que se abría a la muer­te de Franco.

Hoy nos escan­da­li­za­mos con las sen­ten­cias del lla­ma­do Caso Bate­ra­gu­ne, con las penas para Arnal­do Ote­gi, Rafa Díez, Miren Zaba­le­ta, Sonia Jacin­to y Arkaitz Rodrí­guez. Pero duran­te casi 35 años, la Audien­cia Nacio­nal, como antes su pre­de­ce­sor el TOP, ha dic­ta­do sen­ten­cias extra­or­di­na­rias, increí­bles y poli­ti­za­das has­ta el infi­ni­to. Para eso sur­gió y bien que ha cum­pli­do su cometido.

En los últi­mos años, nume­ro­sos colec­ti­vos de víc­ti­mas y de dere­chos huma­nos han soli­ci­ta­do la anu­la­ción de todos los pro­ce­sos espe­cia­les y ordi­na­rios con­tra los pre­sos del fran­quis­mo. La nega­ti­va del PSOE y del PP, inclu­so en casos tan fla­gran­tes como el que lle­vó al patí­bu­lo a Julián Gri­mau en 1963, ha sido rotun­da. Poner en tela de jui­cio al TOP y a los tri­bu­na­les mili­ta­res era poner en cues­tión la exis­ten­cia, hoy, de la pro­pia Audien­cia Nacional.

Ha lle­ga­do la hora de pedir tam­bién la anu­la­ción de los jui­cios de la Audien­cia Nacio­nal, al igual que se soli­ci­ta los de sus pre­de­ce­so­res. Un tri­bu­nal espe­cial, por esen­cia, está dise­ña­do para cas­ti­gar y, por tan­to, rom­pe con el pri­mer pre­cep­to de la jus­ti­cia: impar­cia­li­dad. La Audien­cia Nacio­nal jamás ha sido impar­cial. Ha for­ma­do par­te de ese entra­ma­do ideo­ló­gi­co, coer­ci­ti­vo, ven­ga­ti­vo y punitivo.

Lamar­ti­ne escri­bió que la uto­pía no son, a menu­do, sino ver­da­des pre­ma­tu­ras. No hay razón para escon­der las pala­bras. No hay moti­vo para pen­sar que si ten­sa­mos dema­sia­do la cuer­da, ésta se pue­de frac­tu­rar. Es la hora, es el momen­to. Como en febre­ro de 1936, como en el verano de 1977, pida­mos la uto­pía. Por­que esta más cer­ca que nun­ca. Pida­mos la amnis­tía para nues­tros presos.

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