¿Cómo está de lejos el fas­cis­mo? – José Mari Ripal­da

La retó­ri­ca ofi­cial nos ha ense­ña­do a hablar de fas­cis­mo muy en gene­ral como de algo cer­cano al mal abso­lu­to y por lo tan­to poco defi­ni­do, aun­que de apli­ca­ción muy pre­ci­sa. Este con­tras­te es evi­den­te­men­te sos­pe­cho­so. Por otra par­te ¿se pue­de dar una defi­ni­ción a base de acu­mu­lar ejem­plos de Ita­lia, Ale­ma­nia, Espa­ña, Japón, etc., etc.? ¿Dón­de cerrar la serie y con qué carac­te­rís­ti­cas? Mejor, tra­zar una espe­cie de tipo ideal bási­co del fas­cis­mo a base de un solo ejem­plo, incom­ple­to y qui­zás ines­pe­ra­do: la Ingla­te­rra vic­to­ria­na.

En 1899 el Impe­rio Bri­tá­ni­co decla­ra­ba la gue­rra a los boers del Trans­vaal sura­fri­cano para apo­de­rar­se de sus minas de oro: una gue­rra terri­ble con­tra la pobla­ción civil, con los cam­pos de con­cen­tra­ción que lue­go sovié­ti­cos y nazis desa­rro­lla­rían, y bajo una cen­su­ra total de pren­sa. Has­ta 1902 no se ren­di­rían los últi­mos gue­rri­lle­ros boers. Pero entre tan­to en el Rei­no Uni­do de Su Majes­tad Impe­rial se acu­mu­la­ban a éste otros pro­ble­mas: Irlan­da se esta­ba vol­vien­do inma­ne­ja­ble, el labo­ris­mo obre­ro cre­cía y las sufra­gis­tas pasa­ban a la acción direc­ta sem­bran­do el caos en Lon­dres. En el hori­zon­te se per­fi­la­ba la Gran Gue­rra con la nue­va poten­cia emer­gen­te, la Ale­ma­nia gui­ller­mi­na, mien­tras que los mine­ros, los meta­lúr­gi­cos, los mar­gi­na­dos y pobres no pare­cían dis­pues­tos a luchar con­tra sus «her­ma­nos» de cla­se.

Ingla­te­rra era un país aris­to­crá­ti­co, cuya cla­se alta dis­po­nía de pues­tos de man­do en todo el impe­rio, mien­tras que su cla­se tra­ba­ja­do­ra era míse­ra y des­me­dra­da has­ta el pun­to de que en la Gran Gue­rra hubo bata­llo­nes ente­ros de ben­tams, sol­da­dos tan bajos que no podían mane­jar los fusi­les de regla­men­to: gen­te pobre del nor­te de Ingla­te­rra y de Esco­cia, obre­ros y mine­ros des­de niños; tam­bién en los subur­bios de Lon­dres la mise­ria era espan­to­sa. El vati­ci­nio de Marx que espe­ra­ba el esta­lli­do de la revo­lu­ción en el país capi­ta­lis­ta más avan­za­do, Ingla­te­rra, pare­cía a pun­to de cum­plir­se. Y en Ale­ma­nia los socia­lis­tas eran ya el pri­mer par­ti­do. Según Rosa Luxem­burg y Karl Liebk­necht, en una nue­va gue­rra serían una vez más los tra­ba­ja­do­res quie­nes se mata­rían entre ellos por sus capi­ta­lis­tas. Las tres casas reales de Ingla­te­rra, Ale­ma­nia y Rusia ‑estre­cha­men­te empa­ren­ta­das- se juga­rían a los dados de una gue­rra ‑que se que­ría supo­ner cor­ta- cuál de ellas iba a ser la gran super­po­ten­cia.

Sin duda, en 1914 la gue­rra mis­ma esta­bi­li­zó momen­tá­nea­men­te la com­pro­me­ti­da situa­ción inter­na en que se halla­ban las tres monar­quías (más la cadu­ca monar­quía aus­tro-hún­ga­ra). En Ingla­te­rra las cosas se com­pli­ca­ron pron­to. En 1916 la revo­lu­ción arma­da esta­lló en Irlan­da; fue aplas­ta­da, pero siguió ame­na­zan­te. En el labo­ris­mo se man­te­nían impor­tan­tes bol­sas de resis­ten­cia a la gue­rra, que repre­sen­ta­ban una ame­na­za para el reclu­ta­mien­to masi­vo reque­ri­do por la cre­cien­te cifra de bajas. Las malas con­di­cio­nes de tra­ba­jo, los abu­sos de los empre­sa­rios con la excu­sa de la gue­rra y la infla­ción galo­pan­te pro­vo­ca­ban huel­gas cons­tan­tes en la indus­tria de gue­rra, hacien­do temer inclu­so una huel­ga gene­ral. Más aún, esta­ban sur­gien­do orga­ni­za­cio­nes como la UCD (Unión de Con­trol Demo­crá­ti­co), con casi un millón de afi­lia­dos, o la NCF (Fede­ra­ción Con­tra el Alis­ta­mien­to), enca­be­za­da por Ber­trand Rus­sell.

Es ahí cuan­do inter­vino el que había diri­gi­do la gue­rra con­tra los boers des­de Ciu­dad del Cabo: Sir Alfred Mil­ner había sufri­do enton­ces un movi­mien­to en la metró­po­li que (como en «la sema­na trá­gi­ca» de Bar­ce­lo­na) vin­cu­la­ba esa gue­rra de agre­sión exter­na con la injus­ti­cia social en la madre patria. Mil­ner no era un líder popu­lis­ta, sino un cal­cu­la­dor minu­cio­so. En aque­lla gue­rra había apren­di­do la poten­cia del mob, una masa míse­ra, pero impe­rial, que, lo mis­mo que se había enfren­ta­do vio­len­ta­men­te a los que recha­za­ron la gue­rra de los boers, reven­ta­ba aho­ra los actos de labo­ris­tas y sufra­gis­tas. Así que Mil­ner se puso manos a la obra para crear un par­ti­do «social» alter­na­ti­vo al Par­ti­do Labo­ris­ta; su nom­bre, Ciu­da­da­nos Bri­tá­ni­cos y Tra­ba­ja­do­res del Impe­rio; su apo­yo, nada menos que «The Times»; su finan­cia­ción ocul­ta, la casa Wal­ford Astor y los asti­lle­ros de James Knott; su voce­ro, un expe­ri­men­ta­do perio­dis­ta social, Vic­tor Fis­cher; su inno­va­dor pro­gra­ma, un ambi­cio­so pro­yec­to de ense­ñan­za, salud y elec­tri­ci­dad públi­cas: bueno para la eco­no­mía, bueno para el entu­sias­mo por el impe­rio y la gue­rra.

Mil­ner ape­nas dejó nada al fas­cis­mo por des­cu­brir: a) Polí­ti­ca socia­lis­ta -«socia­lis­ta» de «social» (como hoy en Espa­ña), no de «socia­lis­mo»-, b) agre­si­vi­dad de masas azu­za­da por un apa­ra­to de pro­pa­gan­da has­ta enton­ces des­co­no­ci­do y c) impe­rio ‑por tan­to no nacio­na­lis­mo exclu­yen­te (como hoy se dice), sino inclu­yen­te- ; «por el Impe­rio hacia Dios», como nos legó el nacio­nal-cato­li­cis­mo. d) Pero aún fal­ta­ba la guin­da judi­cial, nada secun­da­ria. El pro­ce­so ejem­pli­fi­can­te a la fami­lia Wheel­don aún sigue sien­do recor­da­do en Ingla­te­rra como el equi­va­len­te al caso Sac­co-Van­zet­ti de los Esta­dos Uni­dos: un mon­ta­je espec­ta­cu­lar que cul­mi­nó toda una judi­cia­li­za­ción repre­si­va de los obje­to­res a la gue­rra. Judi­cia­li­za­ción com­ple­ta­da con una polí­ti­ca peni­ten­cia­ria que bus­ca­ba la des­truc­ción psí­qui­ca de más de mil obje­to­res con cal­cu­la­das medi­das de con­trol coti­diano. Ber­trand Rus­sell nos ha deja­do, a cubier­to de otro nom­bre, el recuer­do de aque­lla polí­ti­ca peni­ten­cia­ria en «Ape­lo al César».

Así y con todo el terri­ble impe­rio bri­tá­ni­co ‑cri­mi­nal has­ta el día de hoy- no aca­bó de caer en el fas­cis­mo. Ante la revo­lu­ción sovié­ti­ca con­ce­dió el voto a las sufra­gis­tas (con limi­ta­cio­nes), sua­vi­zó la repre­sión con­tra paci­fis­tas y socia­lis­tas con medios más suti­les, mien­tras que en Irlan­da dejó en sus­pen­so el alis­ta­mien­to; y cuan­do des­pués de la gue­rra la repre­sión bru­tal en Irlan­da des­en­ca­de­nó una nue­va insu­rrec­ción arma­da, el gobierno bri­tá­ni­co ter­mi­nó nego­cian­do un pro­ce­so de sobe­ra­nía; más tar­de en el Uls­ter com­ba­ti­ría impla­ca­ble­men­te al IRA, pero res­pe­tó al Sinn Fein por per­te­ne­cer al jue­go polí­ti­co. Tam­po­co fue casual que en 1936 se hicie­ra dimi­tir a Eduar­do VIII por su vida sen­ti­men­tal; había mos­tra­do dema­sia­das sim­pa­tías nazis; ya como Duque de Wind­sor lo aco­gió la Espa­ña de Fran­co.

Y la Espa­ña de aho­ra ¿cómo está de lejos del fas­cis­mo?

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