El cir­co de la ale­gría” (A Pablo Hasel)- Mai­té Campillo

A la memo­ria de María Pacheco
Era un pue­blo encla­va­do en medio de la mese­ta tórri­da de Cas­ti­lla. Tórri­da en verano, lle­gan­do a los 40º muchas de las veces a la som­bra don­de has­ta los perros huyen de ella; y géli­da en el lar­go y gris invierno que ni las áni­mas de los muer­tos salen a pasear. Nada que lo dife­ren­cia­ra de otros her­mo­sos pue­blos en cuan­to a coti­dia­ni­dad del abo­ri­gen, ya lejano de una Repú­bli­ca lumi­no­sa que embu­lló en fies­tas a sus habi­tan­tes en una alga­ra­bía per­ma­nen­te, rodea­dos de una aureo­la lumi­no­sa de cama­ra­de­ría, comu­ni­ca­ción acti­va soli­da­ria, y camino por delan­te para andar. Tiem­po de aquel pue­blo car­ga­do de pro­yec­tos para sus habi­tan­tes, de aque­lla luz don­de las noches eran estre­lla­das y el alba era un des­per­tar de ilusiones.

Aho­ra, nues­tro pue­blo, es gris en invierno y en verano, ni pri­ma­ve­ras se refle­jan sobre él. La pobla­ción fue cubier­ta en color ceni­za por una capa gigan­te a for­ma de tela de ara­ña lle­na de agu­je­ros sobre los que aso­ma­ba el “orden” como dicien­do, ¡no se mue­va nadie, esta­mos vigi­lán­do­te! La tris­te­za se apo­de­ró del bri­llo de los ojos de los aldea­nos, se prohi­bie­ron los colo­res, y sólo se ven­dían pren­das de negro, has­ta las toqui­llas de recién naci­dos eran negras como las de las abue­li­tas en el cru­do invierno de la mese­ta. Entre estas gen­tes, se encon­tra­ba el cura, con su lar­ga sota­na negra recor­da­ba a los cuer­vos que revo­lo­tean sobre la igle­sia. El alcal­de, con tra­je de “seño­ri­to” al igual que el médi­co, el juez, y el tri­cor­nio de la Guar­dia Civil, todo de negro como el ente­rra­dor, como los cuer­vos. La tris­te­za se refle­jó en la cara de sus habi­tan­tes duran­te déca­das, aún se refle­ja, obser­va bien sus ojos.

El alcal­de había decre­ta­do por orden juris­dic­cio­nal a tra­vés de un ban­do, la prohi­bi­ción de la risa, ni una mue­qui­ta podía refle­jar­se en el ros­tro, ya que esta­ba prohi­bi­da; ni escue­la había! la últi­ma ‑con­tó una vie­ji­ta- la incen­dia­ron a fina­les de 1939 con el maes­tro den­tro cuan­do lle­ga­ron los “nacio­na­les”. En éste pue­blo, el médi­co aten­día solo a los que le paga­ban en dine­ro o espe­cias, el cura tam­bién. El alcal­de, apo­ya­do por éstos, se iba enva­len­to­nan­do más cada día, se mos­tra­ba fan­fa­rrón y pre­sun­tuo­so ante el pue­blo humi­lla­do y obli­ga­do a la mise­ria cul­tu­ral; los ali­men­tos se racio­na­li­za­ron, no per­mi­tien­do un esta­do de vida y salud en desa­rro­llo acor­de a sus jor­na­das de tra­ba­jo. Así fue como el alcal­de, empe­zó a decre­tar un sin fin de absur­das leyes, que el juez se encar­ga­ba de hacer­las cum­plir, con la ayu­da inque­bran­ta­ble de la bene­mé­ri­ta. Y el pue­blo se que­dó sin taber­nas ni meso­nes ni can­ti­nas… El alcohol, esta­ba prohi­bi­do tam­bién, excep­to en las bode­gas de la igle­sia y de las auto­ri­da­des que esta­ban lle­nas de agu­je­ros sobre los muros con cien­tos de bote­llas de las mejo­res reser­vas. El café y otras sus­tan­cias de tipo exó­ti­co, tam­bién se prohi­bie­ron por ser alu­ci­nó­ge­nos que podrían des­per­tar con­cien­cias y ani­mar a las pupi­las a un len­gua­je cuan­to menos masón, por secre­to; siem­pre peli­gro­so alen­tar las pala­bras sobre la dan­za de las mariposas.

Nadie podía can­tar, ¡en una Penín­su­la tan habi­tua­da por enton­ces, al can­to y las dan­zas!, ni para bañar­se se podía, los espías se encon­tra­ban has­ta en los sitios más recón­di­tos de las casas, aun­que el olor del rin­cón no fue­ra el más acon­se­ja­ble; ni en la misa de los domin­gos y fies­tas de guar­dar había can­tos ni para ensal­zar a dios ni al des­con­so­la­do san Pedro que moquea­ba de abu­rri­mien­to sobre el altar de la igle­sia. El bai­le esta­ba pros­cri­to como los colo­res de la ban­de­ra y la pala­bra Repú­bli­ca. Las fies­tas des­apa­re­cie­ron, cul­pa­bles de des­per­tar júbi­lo en la pobla­ción civil muer­ta de ham­bre; ni las reli­gio­sas!, en un prin­ci­pio esta­ban per­mi­ti­das. Los ban­dos y decre­tos for­ma­ban mon­ta­ñas de prohibiciones.

Los colo­res, rojo y blan­co, des­apa­re­cie­ron tam­bién, por decre­to. El rojo por su ana­lo­gía polí­ti­ca, has­ta los cam­pos de ama­po­las cuan­do la pri­ma­ve­ra trans­for­ma­ba la natu­ra­le­za fue­ron que­ma­dos como las tie­rras entorno al case­rón de Juan de Padi­lla, el des­ta­ca­do comu­ne­ro tole­dano. El color de la san­gre dije­ron que era “colo­ra­da”, y los toma­tes, tam­bién colo­ra­dos, y colo­ra­das como san­días abier­tas se ponían los cache­tes de las joven­ci­tas cuan­do algún mozo las mira­ba, ya que son­reír no podían, pero mani­fes­tar el “rojo” sobre sus meji­llas tam­po­co!, colo­ra­das, colo­ra­das!, como pimen­tón de matan­za, coloradas!.

El blan­co empe­zó a popu­la­ri­zar­se, a tra­vés de la sagra­da ostia en los alta­res, como color de la pure­za. Todas las Vír­ge­nes fue­ron san­tas de puras que fue­ron, ni una mani­to dejó mar­ca­da sobre ellas la hue­lla de la impu­re­za, y el cura decía que la más de las puras, fue la Vir­gen María madre de dios, la más cas­ta de todas. Se obli­gó a ir de negro tam­bién a las novias al altar cuan­do se casa­ban, por­que según el párro­co eran impu­ras, al igual que las niñas cuan­do hacían la pri­me­ra comu­nión, ni dios, ni el cura se fia­ban de nin­gu­na de ellas. Las galli­nas que nacían blan­cas las enjau­la­ban en una pri­sión para ani­ma­les, y los hue­vos blan­cos esta­ban prohi­bi­dos a los pobres. Hue­vos y gallos rojos, se encar­ga­ron de ellos per­so­nal­men­te pelo­to­nes adies­tra­dos de la San­ta Bene­mé­ri­ta guia­dos por su patro­na, la Vir­gen del Pilar.

La escue­la había que­da­do hecha ceni­zas como los hue­sos del maes­tro, la con­si­de­ra­ban más que peli­gro­sa, por su peli­gro­si­dad, había de ser abo­li­da. Dos opcio­nes tuvie­ron los hom­bres y muje­res ins­trui­dos, entre ellos los edu­can­dos: Morir entre rejas, en pelo­tón de fusi­la­mien­to, o huir cuan­to más fron­te­ras por medio mejor. Reli­gio­sos, y legio­na­rios a caba­llo, se impu­sie­ron como “edu­ca­do­res de la nue­va socie­dad”, en la que las niñas, se que­da­ban en casa ayu­dan­do a sus madres en las tareas pro­pias de las muje­res (barrer, coci­nar, lavar, aca­rrear cubos de agua y cui­dar de los mas peque­ños). Los niños, ayu­dan­do a sus padres en las tareas pro­pias de los hom­bres, (tra­ba­jar fue­ra de casa, empe­zar a ser, ¡hom­bres!), era impor­tan­te. Ese dere­cho de salir y entrar en la casa cuan­do les daba la gana, que sus her­ma­nas no tenían les hizo sen­tir, diga­mos que, “dife­ren­tes”, como el deseo entre pier­na y el humo de sus ciga­rri­llos entorno a la cabe­za como fron­te­ras que les dis­tin­guían entre “las niñas” de su edad y el hom­bre que se des­per­ta­ba a tra­vés de una edu­ca­ción mili­ta­ri­za­ba que les alie­na­ba y hacía olvi­dar sus comien­zos como, ¡hom­bres!, a tra­vés de jor­na­das de tra­ba­jo de doce horas dia­rias. Unas mone­das en el bol­si­llo a esa edad, les hizo sen­tir due­ños!, de madres viu­das o aban­do­na­das, y ante her­ma­nas, en los ámbi­tos de mise­ria que rodea­ba barrios, pue­blos, aldeas… Entre tan­to, los hijos e hijas de los ricos sí iban a la escue­la, pero a una escue­la que esta­ba en la ciu­dad, sólo para los pudien­tes que paga­ban reli­gio­sa­men­te al cle­ro, encar­ga­do de des­ta­car su ejér­ci­to de doma­do­res de la sel­va del Señor, a tra­vés de mon­jas, curas y frailes.

Al pue­blo, se le impu­so ama­ne­cer sobre el gris de fon­do, no podía des­viar­se, mar­ca­ron su ruti­na dia­ria. Dicho pue­blo tuvo que asu­mir como nor­mal el color de las capas de la “jus­ti­cia como por­ve­nir y mos­trar a los ojos de los demás la nor­ma­li­dad”, que regía sus días con sus obli­ga­cio­nes socia­les y fami­lia­res. Fue en ese con­tex­to, cuan­do hubo un avi­so de alar­ma, a tra­vés del sar­gen­to de la Guar­dia Civil. ¡Peli­gro!, un cir­co se acer­ca al pue­blo!!! La alar­ma cun­dió el páni­co en segun­dos, has­ta el cura hizo que toca­ran las cam­pa­nas de la igle­sia en señal de, ¡alar­ma, alar­ma!. Cam­pa­nas que él mis­mo tenia secues­tra­das, al olvi­do, por ser un ins­tru­men­to musi­cal que podía indu­cir a can­tar o bailar.

El alcal­de reu­nió en un san­tia­mén a las fuer­zas del “orden”, polí­ti­cas y mili­ta­res, o sea, al juez, el cura, médi­co, vete­ri­na­rio, los tres caci­ques lati­fun­dis­tas y al sar­gen­to de la Guar­dia Civil. La situa­ción era de máxi­ma gra­ve­dad. ¡Había que impe­dir que el cir­co lle­ga­ra al pue­blo!, y menos que se ins­ta­la­ra, era sub­ver­sión, apo­lo­gía, inva­sión!!! En pocos minu­tos, se decre­tó una par­ti­da enca­be­za­da por el sar­gen­to bene­mé­ri­to, cua­tro núme­ros más, y el secre­ta­rio del ayun­ta­mien­to, todos arma­dos has­ta los dien­tes en bus­ca del mal­di­to cir­co, (demo­nía­co) en pala­bras del cura. En menos de media hora loca­li­za­ron la cara­va­na pol­vo­ro­sa de los cómi­cos del arte, nóma­das de la ale­gría por los pue­blos, como fer­ti­li­zan­te de vida sobre un espec­tácu­lo expe­ri­men­tal de gran cali­dad. Ató­ni­to el elen­co artís­ti­co, ante aque­llos seis hom­bres fusil en mano apun­tán­do­les y cor­tán­do­los el paso, les mira­ron con rece­lo, con media son­ri­sa de mue­ca. -”¿Serían acto­res tam­bién ellos?”- cuan­do se oyó la voz de la auto­ri­dad decir:

-¡¡Alto, dón­de van!!, ‑dijo el sargento.

-A hacer una fun­ción en el pró­xi­mo pue­blo, a tra­ba­jar!, ‑dijo de for­ma cam­pe­cha­na, el que pare­cía el direc­tor del elen­co circense.

-¡Uste­des no van a nin­gún sitio!, ¡media vuel­ta!, el pue­blo no nece­si­ta payasos!.

-Mire…usted, noso­tros tene­mos permisos…mire, aquí ten­go un papel firmado…

No le dio tiem­po a des­ple­gar el arru­ga­do docu­men­to, que guar­da­ba den­tro de una car­te­ri­ta de cue­ro ‑era aquél un hom­bre de unos 60 años- un cer­te­ro dis­pa­ro del sar­gen­to le par­tió la cara hacién­do­le caer como un rayo al sue­lo pol­vo­rien­to y duro, de esa tie­rra inhós­pi­ta y que­ma­da para que la fer­ti­li­dad de las ama­po­las rojas no apa­re­cie­ran por sus campos.

El res­to fue mas cruel si cabe, tipo pelí­cu­la de Taran­tino: Al tra­pe­cis­ta lo acri­bi­lla­ron todos a una, dejan­do un regue­ro de san­gre enor­me “colo­ra­da” por los cam­pos ya esté­ri­les. A los mala­ba­ris­tas los arras­tra­ron ata­dos a los caba­llos deján­do­los irre­co­no­ci­bles como les había suce­di­do en otra épo­ca y con otros reyes, a los comuneros.

A los acró­ba­tas los rocia­ron con gaso­li­na pren­dién­do­les fue­go como mues­tra de cas­ti­go ante el pue­blo enca­po­ta­do, sobre el gris de fon­do. A la doma­do­ra la vio­la­ron, total, era una pobre mise­ra­ble de la que había que apro­ve­char­se antes de dego­llar­la, ade­más era her­mo­sa, eso les exci­ta­ba; segun­dos des­pués la doma­do­ra se desan­gra­ba. Su cara per­dió el color, pero no su belle­za, tan her­mo­sa como la gra­na­di­na María Pache­co, (la leo­na de Cas­ti­lla, la rebel­de, la bra­va, la comu­ne­ra), que Juan de Padi­lla toma­ría como espo­sa para com­par­tir vida, amor y lucha.

Así con el res­to de artis­tas, que asus­ta­dos, inten­ta­ban en vano huir de la maca­bra inqui­si­ción car­ni­ce­ra. Al “paya­so”, lo deja­ron para el final, le pin­ta­ron la cara de san­gre de sus com­pa­ñe­ros, y lo col­ga­ron con una soga al cue­llo del úni­co árbol que había en el camino pol­vo­rien­to, por­que en el fon­do, muy al fon­do, no pre­ten­dían ser tan crue­les como sus com­pa­dres los sol­da­dos del Rey Car­los de Gan­te, en aquél 24 de Abril, en el que man­dó ajus­ti­ciar a Padi­lla, Bra­vo y Mal­do­na­do en Villa­lar, y relin­chó echan­do espu­ma por la boca por no haber podi­do dego­llar el cue­llo de María Pache­co; o como en otras de sus rabie­tas de impo­ten­cia “real”, ante el pue­blo que se levan­tó alti­vo con­tra la coro­na, orde­nan­do con­tra comu­ne­ros valli­so­le­ta­nos cor­tar­les los pies, y que­mar las casas de los que habían logra­do huir de la masa­cre, o aquél 23 de Abril en Mora… la arra­sa­ron, pren­die­ron fue­go, los mata­ron a todos; los hom­bres fue­ron aba­ti­dos uno tras otro y sus fami­lias, ate­rro­ri­za­das, se pro­te­gie­ron den­tro de la igle­sia ‑cre­yen­do que allí esta­rían a sal­vo- los que­ma­ron a todos, muje­res, enfer­mos, ancia­nos, hom­bres, niños, todos. Más de mil seres huma­nos ardie­ron (1521).

PD.
-¿Habéis leí­do al gran Hora­cio ‑dijo María Pache­co- mae­se Serrano?,

El impre­sor negó con la cabeza.

“Con más vio­len­cia azo­ta el viento

los pinos de mayor tamaño,

y las torres más altas caen

con mayor caí­da, y los rayos

hie­ren las cum­bres de los montes…”

¿Qué os pare­cen estos versos?

-No soy muy ducho en poe­sía, me temo ‑se disculpó.

-No hace fal­ta ser­lo, dice la Comu­ne­ra. Bas­ta con enten­der lo que el poe­ta quie­re expresar.

-Que el vien­to es el pue­blo y los pinos los gran­des nobles… ‑se aven­tu­ró a decir. (El ros­tro de de ella se ilu­mi­nó con una sonrisa).

-O que el sen­ci­llo peón se come a la pode­ro­sa torre ‑acla­ró al tiem­po que efec­tua­ba el movi­mien­to y se comía la torre del impresor.

*El 1 de Noviem­bre del 1521: María Pache­co, aban­do­na el alcá­zar, pero no entre­ga las armas.

*1531, María Pache­co mue­re en el exi­lio por­tu­gués, 35 años antes, había naci­do en la her­mo­sa Gra­na­da, don­de cre­ció, corre­teó, y leyó fer­vien­te poe­sía entre los her­mo­sos jar­di­nes y fuen­tes de la exó­ti­ca Alhambra:

“A quie­nes me lla­man igno­ran­te res­pon­do que pocos hay entre ellos capa­ces de supe­rar mis cono­ci­mien­tos. ¿Qué saben ellos? ¿Aca­so no leí las obras de Pla­tón y de Aris­tó­te­les, de Pico de la Mirán­do­la, de maes­tros Eras­mo y de Tomás Moro, huma­nis­tas, hom­bres de sen­ti­do y sen­ti­mien­to? Las enten­dí y las hice mías, por­que mío es tam­bién el dere­cho de creer en un mun­do mas jus­to, en la igual­dad, en la liber­tad del ser humano; mío es tam­bién el gobierno del pue­blo y para el pue­blo. Es fácil agra­viar a una mujer que no pue­de defen­der­se, que lo ha per­di­do todo: fami­lia, patria, bie­nes y honor, pero yo les reto ante Dios a que demues­tren sus calum­nias y ante la His­to­ria para que ella juz­gue si la lucha comu­ne­ra fue cri­men o jus­ti­cia (…) Fue­ron nobles e hidal­gos, sí, los jefes del movi­mien­to, pero sólo en su prin­ci­pio. Intere­sa­dos en cau­sas menos dig­nas, inten­ta­ron man­te­ner sus pri­vi­le­gios, desean­do ocu­par los pues­tos de los fla­men­cos, pero los dos mil de Sego­via, los cua­tro mil de Tor­de­si­llas, los seis mil de Villa­lar no eran nobles ni hidal­gos, sino hijos del pue­blo. Ten­de­ros, pelle­je­ros, boti­ca­rios, cam­pe­si­nos, clé­ri­gos, escri­ba­nos, cur­ti­do­res, teje­do­res, hom­bres y muje­res, levan­ta­ron el pen­dón de la jus­ti­cia que equi­pa­ra a todos los seres huma­nos. Pocos nobles e hidal­gos se man­tu­vie­ron fir­mes has­ta el final y muchos de los excep­tua­dos en el per­dón del hijo de la rei­na ya habían muda­do de casa­ca cuan­do el triun­fo se con­vir­tió en derro­ta, cuan­do más fal­ta hacía. Aho­ra pagan su trai­ción sien­do a su vez trai­cio­na­dos (…) Mal­di­go a nues­tros enemi­gos, a todos aque­llos cuya ter­que­dad les impi­de escu­char la voz de la razón pidien­do un gobierno jus­to, denun­cian­do los abu­sos de los gran­des y el expo­lio de Cas­ti­lla; a los que nie­gan la pala­bra al pue­blo y se arro­gan el dere­cho divino de dar a uno lo que a mil corres­pon­de. Mal­di­go a los cobar­des, trai­do­res de pen­sa­mien­to y de hecho; a los que alien­tan la espe­ran­za de un futu­ro mejor en los cora­zo­nes humil­des y les vuel­ven la espal­da por mie­do o pro­ve­cho, y tam­bién a los ricos comer­cian­tes cuyas bol­sas se lle­nan con el ham­bre de los pobres. No hubo entre todos estos ava­ri­cio­sos, mez­qui­nos, egoís­tas, ni uno solo que defen­die­se el bien de esta tie­rra antes que el suyo pro­pio. Ama­ga­ron sin gol­pear, ladra­ron pero no mor­die­ron y escon­die­ron la cabe­za bajo el ala cuan­do vie­ron sus pri­vi­le­gios en peli­gro (…) Ambi­cio­sa, sí, lo soy. Ambi­cio­né la igual­dad entre las per­so­nas, la equi­dad, el gobierno del pue­blo, la libre elec­ción de gober­nan­tes y el repar­to de las rique­zas (…) Los cro­nis­tas, escri­bien­tes de ofi­cio paga­dos por sus amos, vier­ten calum­nias en sus escri­tos pues es más cómo acu­sar de defen­der. Podrán enga­ñar duran­te algún tiem­po al pue­blo ate­mo­ri­za­do, a quie­nes desean escu­char lo que quie­ren, a quie­nes se empe­ñan en jus­ti­fi­car la la rec­ti­tud de un rey que nun­ca ha ama­do a Cas­ti­lla, no qui­so com­pren­der­la, la dejó en manos de extra­ños y en las de unos pocos cuyos intere­ses son el poder y la bol­sa. Algún día las bue­nas gen­tes cas­te­lla­nas recor­da­rán año­ran­tes a los hom­bres y muje­res que lucha­ron por la Comu­ni­dad. Habre­mos muer­to para enton­ces, pero los calum­nia­do­res y sus amos tam­bién, y serán olvidados.
Noso­tros no.”

Padre de Juan Padi­lla, a éste:
“Escu­cha mi con­se­jo, hijo, no con­fíes en los pode­ro­sos por­que no son de fiar. Úni­ca­men­te miran por sus pro­pios intere­ses y te uti­li­zan si entien­den que pue­des ser­les de algu­na uti­li­dad. No te fíes de sus pro­me­sas de amis­tad y apo­yo. “Nues­tros” nobles tie­nen el cora­zón de pie­dra, y el cla­mor del pue­blo es cada día más fuer­te. Están sor­dos o no quie­ren escu­char, lo cual es aún peor.

Reac­ción en defen­sa de la comunidad:
Dáva­los, no se moles­tó en inten­tar con­ven­cer­los, y exi­gió la entre­ga de par­te del oro y la pla­ta que se guar­da­ba en el Sagra­rio en for­ma de cus­to­dias, cru­ces y otros objetos.

-Estos obje­tos son sagra­dos y nadie pon­drá una mano enci­ma de ellos y menos para una cau­sa que la igle­sia no aprue­ba ‑afir­mó tajan­te el Obis­po Campo.

-Enton­ces, coge­re­mos lo que no lo es ‑ase­ve­ró el comunero.

-En nom­bre de Dios! ¿Qué hacéis?

-Pues­to que la Igle­sia se nie­ga a cola­bo­rar y escon­de sus teso­ros como el ava­ro sus mone­das, el pue­blo toma lo que es suyo.

-¿Pen­sáis ven­der las cam­pa­nas en el mercado?.

-Pen­sa­mos fun­dir­las y hacer caño­nes con ellas…

-¡Arde­réis en el infierno por ladro­nes, blas­fe­mos y herejes!

-¡Allí nos vere­mos!, res­pon­dió el comunero.

María Pache­co, se pre­sen­tó en la cate­dral acom­pa­ña­da de con­di­cio­na­les comu­ne­ros arma­dos, y se diri­ge hacia el sagra­rio don­de están las joyas, con dos pajes des­cal­zos, hacien­do caso omi­so de de rue­gos y ame­na­zas de los canó­ni­gos. Cogió una gran cruz de pla­ta lla­ma­da Ante­que­ra y otros uten­si­lios tam­bién de plata.

-Come­tes un sacrilegio.

-Nues­tro señor Jesu­cris­to no tenía ni oro ni plata.

-Las pro­pie­da­des de la igle­sia son intocables…

-La obli­ga­ción de la igle­sia es estar del lado del pue­blo y no de los poderosos.

San Blas ama­ne­ció cubier­to por gri­ses nuba­rro­nes, pre­sa­gio de tor­men­ta. El obis­po de Bari pro­cla­mó día de fies­ta en honor del nue­vo papa… des­de pri­me­ras horas de la maña­na, gru­pos de sol­da­dos reco­rrie­ron la ciu­dad obli­gan­do a sus gen­tes a salir de las casas y dar vivas al regen­te y al rey, la mayo­ría lo hizo a la fuer­za, obser­va­dos por sol­da­dos pica en mano. De repen­te un gri­to agu­do, fino, irrum­pe -¡Viva Padi­lla! ¡Viva la comu­ni­dad! ‑y los ojos del pue­blo obli­ga­do a asis­tir ante el rey, bri­lla­ron… momentos

des­pués, un cha­val, casi un niño, era arras­tra­do y gol­pea­do hacia el medio de la pla­za por sol­da­dos. Un hom­bre inten­ta rom­per el cer­co de los sol­da­dos, y sal­var al mucha­cho de los gol­pes. ‑Mal­di­tos hijos de puta, cobar­des, bella­cos ¿Es ésta la jus­ti­cia del rey? ¿Matar a gol­pes a un mucha­cho indefenso?

Cin­co siglos después… 

“El coman­do del orden”, de la ley que no que­ría cir­co ni colo­res, y que impu­so el “colo­ra­do” por el rojo ‑para defi­nir, la bien dife­ren­cia­da san­gre entre reyes y ple­be­yos- como una orgía sin lími­te, pren­dió fue­go a los carro­ma­tos de la cara­va­na, para que no que­da­ra señal algu­na del cir­co de la ale­gría. For­ma de no sen­tir­se menos “reales”, (ante la monar­quía de cas­ta fran­ce­sa en los madri­les, esa lla­ma­da capi­tal del rei­no y de las cor­tes), que los sol­da­dos lea­les del Rey de Cas­ti­lla y Ara­gón coro­na­do por “nobles fla­men­cos” en Bru­se­las y que jamás per­do­nó el orgu­llo revo­lu­cio­na­rio de la gra­na­di­na rebel­de. María Pache­co: La Comunera.

* Siem­pre rojo y a la izquier­da. (Pablo Hasel, a la sali­da de la Audien­cia Nacional)

Mai­té Cam­pi­llo (actriz)

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