Juan Luis Iba­rra y Juan Ramón Cal­par­so­ro- Mikel Ari­za­le­ta

El 3 de octu­bre del 2011, en Bil­bao, y con moti­vo de la inau­gu­ra­ción del año judi­cial del Tri­bu­nal Supe­rior de Jus­ti­cia del País Vas­co, estos dos seño­res, el uno pre­si­den­te y fis­cal jefe el otro, pues­tos en pie nos con­ta­ron una milon­ga sobre la jus­ti­cia, la suya, la del Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal y la del Tri­bu­nal Supre­mo.

Leyen­do sus pero­ra­tas me acor­dé de lo poco antes leí­do en el perió­di­co Jun­ge Welt, redac­ta­do por el perio­dis­ta Gerhard Feld­bauer.

El acto terro­ris­ta de los cazas de la OTAN de hace 31 años se con­vir­tió de nue­vo en Ita­lia en pri­me­ra pági­na. El 21 de sep­tiem­bre infor­ma­ba el perió­di­co ita­liano La Repub­bli­ca que un tri­bu­nal de Paler­mo había con­de­na­do al gobierno ita­liano a indem­ni­zar con 100 millo­nes de euros a los parien­tes de las 81 víc­ti­mas del derri­bo del avión ita­liano.

¿Qué ocu­rrió aque­lla tar­de del 27 de junio de 1980? A las 20´59 cayó el avión de pasa­je­ros DC 9 McDon­nell Dou­glas de la com­pa­ñía ita­lia­na Ita­via no lejos de la peque­ña isla Usti­ca del mar Tirreno, al nor­te de Sici­lia. Como lue­go se supo, en ese momen­to se encon­tra­ban inter­vi­nien­do en la zona entre cazas, avio­nes-radar, bar­cos-por­ta­vio­nes y sub­ma­ri­nos de la OTAN cer­ca de 30. Por infor­ma­cio­nes de medios ita­lia­nos y de US pron­to se cono­ció que el jefe de Esta­do libio Muam­mar Al-Ghad­da­fi sería el obje­to del ata­que lle­va­do a cabo en el mar­co de unas manio­bras de la OTAN. Vola­ba en este momen­to a bor­do de un Tupo­lew sovié­ti­co sobre Usti­ca. Sor­pren­den­te­men­te su avión giró brus­ca­men­te. Se ase­gu­ra­ba que círcu­los pro ára­bes de Roma tuvie­ron cono­ci­mien­to del plan y en el últi­mo momen­to advir­tie­ron a Ghad­da­fi. El aten­ta­do debía des­atar un gol­pe mili­tar en Trí­po­lis. El pilo­to que dis­pa­ró el cohe­te con­fun­dió al DC 9 con el Tupo­lew de pare­ci­do per­fil.

En los medios de noti­cias se habló de que terro­ris­tas izquier­do­sos habrían explo­ta­do una bom­ba en el inte­rior del mis­mo. Lue­go se acha­có el acci­den­te a mues­tras e indi­cios de des­gas­te, de mate­rial cadu­co, de mala con­ser­va­ción y pues­ta a pun­to del avión…, éstas serían las cau­sas de la des­gra­cia. La com­pa­ñía Ita­via recha­zó estas acu­sa­cio­nes. Mos­tró dibu­jos e imá­ge­nes del radar del aero­puer­to romano de Fiu­mi­cino en las que se obser­va­ba un obje­to volan­te, que muy bien podría ser un caza, dis­pa­ran­do un cohe­te con­tra el DC 9. La OTAN y sus ser­vi­cios secre­tos, sobre todo la CIA, sal­ta­ron a la pales­tra de inme­dia­to juran­do y per­ju­ran­do que, en ese momen­to, “todos los avio­nes se encon­tra­ban en tie­rra y que todos los cohe­tes se halla­ban en los han­ga­res”. Men­ti­ras que se man­tu­vie­ron en pie duran­te una déca­da. Toda­vía en mar­zo de 1989 expli­ca­ba el Pen­tá­gono que “en el momen­to del infor­tu­nio ni avio­nes ni bar­cos de la mari­na o del aire se encon­tra­ban en o sobre el mar Tirreno». En Roma el emba­ja­dor ame­ri­cano man­tu­vo la mis­ma opi­nión. Man­fred Wör­ner (ale­mán), des­de 1982 a 1988 Minis­tro de Defen­sa, y des­de 1988 has­ta su muer­te en 1994 secre­ta­rio gene­ral de la OTAN, encu­brió de igual modo el aten­ta­do y ates­ti­guó, según Der Spie­gel 141991, “la ino­cen­cia de los pilo­tos de la OTAN”.

En una cam­pa­ña de des­in­for­ma­ción, esce­ni­fi­ca­da por los ser­vi­cios secre­tos, se man­tu­vo duran­te años la teo­ría de la supues­ta explo­sión de una bom­ba. Pero el pun­to de vis­ta de Ita­via se con­fir­mó por fin cuan­do en 1987 se extra­je­ron los res­tos del DC 9 a más de 3000 metros de pro­fun­di­dad. En su inte­rior no había ras­tro de fue­go, se excluía la explo­sión de una bom­ba. Y se con­fir­ma­ba el impac­to de un cohe­te, por­que uno de los dos moto­res había que­da­do total­men­te derre­ti­do y en fuse­la­je se obser­va­ban impac­tos. El voi­ce­re­cor­der, que debía con­te­ner las últi­mas comu­ni­ca­cio­nes de los pilo­tos, curio­sa­men­te no fue encon­tra­do por la com­pa­ñía fran­ce­sa de res­ca­te IFREMIR. La empre­sa, que ya había cola­bo­ra­do con los ame­ri­ca­nos en sacar a flo­te las par­tes del Tita­nic hun­di­do en 1912, fue acu­sa­da de haber men­ti­do sobre el hallaz­go.

Pero tras la exhi­bi­ción de avio­nes del 28 de agos­to de 1988 en la base aérea de Rams­tein (Rena­nia del Pala­ti­na­do), en la que cho­ca­ron dos pilo­tos de la escua­dri­lla artís­ti­ca ita­lia­na “Frec­ce tri­co­lo­ri”, cayen­do sobre la gen­te y oca­sio­nan­do 70 muer­tos y 450 heri­dos, algu­nos de ellos gra­ves, las inves­ti­ga­cio­nes ita­lia­nas lle­va­das a cabo lle­ga­ron a puer­to. Era segu­ro que al menos una de las máqui­nas ita­lia­nas había sido mani­pu­la­da. Los dos pilo­tos el 27 de junio de 1980 habían pilo­ta­do sus cazas sobre Usti­ca y fue­ron inte­rro­ga­dos tras la demos­tra­ción. Se des­cu­brió que has­ta enton­ces más de una doce­na de tes­ti­gos, todos ellos cono­ce­do­res de las cir­cuns­tan­cias del derri­bo, habían muer­to de mane­ra mis­te­rio­sa o, como se dijo cada vez con más cla­ri­dad en los medios ita­lia­nos, habían sido eli­mi­na­dos.

Con el retra­so de bús­que­da y res­ca­te del DC9 se come­tió un cri­men bes­tial. Aun cuan­do se cono­cía con exac­ti­tud el lugar del derri­bo, se envió a los coman­dos de res­ca­te a una zona bas­tan­te leja­na del mis­mo. Los “inten­to de sal­va­ción” comen­za­ron sólo 10 horas des­pués del derri­bo. Obje­ti­vo cla­ro fue que no debía haber super­vi­vien­tes que pudie­ran narrar que el avión había sido derri­ba­do por un cohe­te. La revis­ta mila­ne­sa Pano­ra­ma infor­mó en 1989 que el DC 9, mer­ced a la peri­cia del pilo­to, ate­rri­zó sobre el agua y que se man­tu­vo a flo­te duran­te algu­nas horas. Se hun­dió cuan­do, al alba, el cuer­po del avión fue vola­do por un sub­ma­rino bri­tá­ni­co. Pano­ra­ma cita­ba que tes­ti­gos de círcu­los mili­ta­res afir­ma­ban que toda­vía había super­vi­vien­tes cuan­do fue vola­do.

Pero el cam­bio en las inves­ti­ga­cio­nes tuvo lugar –des­pués de que cua­tro jue­ces de ins­truc­ción hubie­ran tira­do la toa­lla o les hicie­ran tirar- lo con­si­guió el fis­cal Rosa­rio Prio­re, expe­ri­men­ta­do en temas terro­ris­tas. Puso a buen recau­do las cin­tas de las cen­tra­les de radar, entre­ga­das en pro­pias manos al jefe de la CIA resi­den­te en Roma, Dua­ne Cla­rrid­ge. Extra­jo de las mis­mas que el emba­ja­dor de US en Roma duran­te ese día, tras el derri­bo del DC 9, for­mó un “man­do espe­cial Usti­ca” con la misión de hacer­se con todas las prue­bas dis­po­ni­bles y ence­rrar­las bajo cua­tro lla­ves. El ex minis­tro de Defen­sa Lago­rio dijo que todos los hilos de los ser­vi­cios secre­tos iban en una direc­ción y las inves­ti­ga­cio­nes en direc­ción fal­sa. El gene­ral admi­tió que tam­bién los tes­ti­gos habían sido “apar­ta­dos”.

El fis­cal Prio­re en su infor­me de acu­sa­ción de 5000 pági­nas con­fir­mó que el DC 9 fue aba­ti­do por un caza de la OTAN. Que no podía demos­trar si quien dis­pa­ró fue un pilo­to US, pero con toda pro­ba­bi­li­dad lo fue. Prio­re final­men­te acu­só a nue­ve gene­ra­les y ofi­cia­les ita­lia­nos de alta trai­ción, por induc­ción a error a auto­ri­da­des y por eli­mi­na­ción de prue­bas y chan­ta­je a tes­ti­gos. Una acu­sa­ción por cola­bo­ra­ción en el ase­si­na­to o cuan­do menos de aten­tar con­tra los 81 pasa­je­ros del DC 9 no fue acep­ta­da ni tam­po­co por eli­mi­na­ción de tes­ti­gos. Y, natu­ral­men­te, tam­po­co se sen­ta­ron en el ban­qui­llo los autén­ti­cos muñi­do­res del cri­men, los res­pon­sa­bles de la CIA, ni el ser­vi­cio de cubri­ción y ampa­ro de la Repú­bli­ca Fede­ral Ale­ma­na, ni otros ser­vi­cios secre­tos occi­den­ta­les, ni los res­pon­sa­bles de la OTAN, entre otros el secre­ta­rio gene­ral de enton­ces Wör­ner.

Las con­de­nas fue­ron sua­ves, los con­de­na­dos que­da­ron pron­to libres y sus carre­ras ape­nas sufrie­ron algún ras­gu­ño. El gene­ral con­de­na­do, Lam­ber­to Bar­to­luc­ci, inclu­so ascen­dió pos­te­rior­men­te a gene­ral en jefe del Minis­te­rio de Defen­sa.

Allí como aquí.

O, con otras pala­bras, los obis­pos nun­ca temen al espí­ri­tu san­to, por­que siem­pre dice lo que ellos quie­ren.


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