El con­tra­po­der – Joxean Agi­rre

El con­tra­po­der o anti­po­der es una estruc­tu­ra que se eri­ge fren­te al poder ofi­cial en un Esta­do. Casi siem­pre per­si­gue dete­ner deter­mi­na­das accio­nes que afec­tan pro­fun­da­men­te a la socie­dad o a un sec­tor de la mis­ma. Des­car­ta, por tan­to, pro­gra­mar alter­na­ti­vas al actual mode­lo impe­ran­te, lo cual no es óbi­ce para que, en deter­mi­na­dos con­flic­tos, esté ins­cri­to en una estra­te­gia inte­gral.

Acer­ca del con­tra­po­der de los movi­mien­tos socia­les exis­te una rica con­tri­bu­ción teó­ri­ca, sobre todo des­de el mar­xis­mo auto­no­mis­ta encar­na­do por Toni Negri y Michael Hardt. Tam­bién la obra del irlan­dés John Hollo­way plan­tea el con­tra­po­der como un equi­li­brio nece­sa­rio en la socie­dad; más que eso, cons­truir una lógi­ca del anti­po­der que eli­mi­ne las con­se­cuen­cias his­tó­ri­cas del uso y abu­so del poder en la his­to­ria del hom­bre. Las luchas socia­les en dife­ren­tes lati­tu­des del pla­ne­ta son ejem­plos mani­fies­tos de un con­tra­po­der ope­ran­do des­de la mis­ma socie­dad. Su prin­ci­pal mani­fes­ta­ción son las innu­me­ra­bles prác­ti­cas de resis­ten­cia en las que la pobla­ción se auto­or­ga­ni­za con el fin de resis­tir a los pode­res esta­ble­ci­dos.

Los dos esta­dos en los que esta­mos encor­se­ta­dos son terri­to­rios en don­de se expre­sa una deter­mi­na­da corre­la­ción de fuer­zas, y por lo mis­mo sus com­po­nen­tes ‑leyes, ins­ti­tu­cio­nes, polí­ti­cas- son apre­cia­ble­men­te flui­das. ¿Qué quie­re decir­se con ello? Que, ade­más de res­pon­der a la iden­ti­dad bási­ca del orden exis­ten­te, expre­san tam­bién la com­po­si­ción, vita­li­dad y pujan­za de los acto­res socia­les. El recha­zo al uni­ver­so esta­tal y polí­ti­co no debe impli­car sos­la­yar­lo, sino asu­mir­lo crí­ti­ca­men­te. Hay que entrar en ayun­ta­mien­tos y ofi­ci­nas públi­cas, en los par­la­men­tos y has­ta en los tri­bu­na­les; hay que entrar para com­ba­tir­los des­de den­tro, arti­cu­lar nue­vas mayo­rías que per­mi­tan su trans­for­ma­ción y obte­ner el refren­do popu­lar a esas trans­for­ma­cio­nes. No en vano los tres ejes revo­lu­cio­na­rios esen­cia­les del cono­ci­do como Socia­lis­mo del siglo XXI son: sus­ti­tuir la eco­no­mía de mer­ca­do por la eco­no­mía de valor demo­crá­ti­ca­men­te pla­nea­da; el Esta­do cla­sis­ta por una admi­nis­tra­ción de asun­tos públi­cos al ser­vi­cio de las mayo­rías y, la demo­cra­cia capi­ta­lis­ta por la demo­cra­cia direc­ta. En algu­nos paí­ses de Amé­ri­ca Lati­na esta vía tie­ne un reco­rri­do real, con erro­res y sobre­sal­tos, pero par­tien­do de su inte­gra­ción crí­ti­ca en las ins­ti­tu­cio­nes pre­exis­ten­tes.

En Eus­kal Herria, Eus­kal Herri­ko Bil­tza­rre Nazio­na­la fue un pro­yec­to para­le­lo al de las ins­ti­tu­cio­nes ema­na­das del fran­quis­mo que, sin­to­ni­zan­do con los obje­ti­vos inme­dia­tos refe­ren­tes a la rup­tu­ra demo­crá­ti­ca y el esta­ble­ci­mien­to de un nue­vo mar­co, inten­tó agru­par a dife­ren­tes sec­to­res popu­la­res actuan­tes en el cam­po eco­nó­mi­co, social, polí­ti­co y cul­tu­ral. Corría el año 1979, y aquel pro­yec­to bus­ca­ba, en suma, for­jar un con­tra­po­der popu­lar que hicie­se fren­te al avan­ce ins­ti­tu­cio­nal de la refor­ma neo­fran­quis­ta. Aquel pro­yec­to nun­ca cua­jó, con lo que resul­tó evi­den­te que había sido más fácil resis­tir­se a la estra­te­gia de la refor­ma que poner una alter­na­ti­va en mar­cha.

Han trans­cu­rri­do más de trein­ta años des­de enton­ces, en la mayor par­te de los cua­les la izquier­da aber­tza­le ha bas­cu­la­do entre la ten­ta­ción de ins­ta­lar­se en un recha­zo glo­bal a las ins­ti­tu­cio­nes, pro­yec­tos y leyes del sis­te­ma y pode­res esta­ble­ci­dos tras la muer­te del dic­ta­dor Fran­co, y la nece­sa­ria inter­ven­ción que recla­man las bases popu­la­res ante una reali­dad polí­ti­ca, social e ins­ti­tu­cio­nal esta­ble­ci­da y asen­ta­da des­de hace tiem­po. Esa dia­léc­ti­ca nos lle­vó, duran­te años, a plan­tear recha­zos fron­ta­les sin pro­po­ner alter­na­ti­vas, enten­dien­do que enmen­dar la reali­dad ins­ti­tu­cio­nal y sus ini­cia­ti­vas era poco menos que dar por bueno el sta­tus quo, dán­do­nos por asi­mi­la­dos. En otros perío­dos his­tó­ri­cos, por el con­tra­rio, enten­di­mos que era per­ti­nen­te hacer pro­pues­tas alter­na­ti­vas, glo­ba­les o par­cia­les, en cues­tio­nes y deci­sio­nes que afec­ta­ban direc­ta­men­te a la socie­dad, a las per­so­nas.

En el terreno medioam­bien­tal o de la ver­te­bra­ción del terri­to­rio, supi­mos pro­po­ner cam­bios o alter­na­ti­vas que mejo­ra­sen los pro­yec­tos ampa­ra­dos en una fal­sa idea del desa­rro­llo. En la ges­tión muni­ci­pal, hemos ido tejien­do una tupi­da red de cola­bo­ra­ción y con­fian­za mutua con la ciu­da­da­nía, has­ta el pun­to de que no exis­te un solo pue­blo de Eus­kal Herria que, tras tener un gobierno muni­ci­pal pre­si­di­do por la izquier­da aber­tza­le, haya cam­bia­do de signo con pos­te­rio­ri­dad, excep­ción hecha de aque­llos casos for­za­dos por la exclu­sión de nues­tras can­di­da­tu­ras. A cada inten­to de impo­ner un macro­pro­yec­to que afec­ta a la pobla­ción de mane­ra sus­tan­cial, hemos sabi­do con­tra­po­ner­le un prin­ci­pio uni­ver­sal: dar la pala­bra al pue­blo y que éste eli­ja. Pero tam­bién una solu­ción más cabal: así, la inci­ne­ra­do­ra, el puer­to exte­rior de Pasaia, el Tren de Alta Velo­ci­dad com­pi­ten con el tra­ta­mien­to y reci­cla­je de la basu­ra, con la rege­ne­ra­ción de la bahía de Pasaia, o con el tren social, por men­cio­nar algu­nos ejem­plos.

Aho­ra, tras lar­gos años de apartheid, algu­nos asis­ten ató­ni­tos al res­pal­do obte­ni­do por Bil­du en las últi­mas elec­cio­nes, y a su capa­ci­dad de pac­to, ges­tión y con­tem­po­ri­za­ción en aspec­tos que, cier­ta­men­te, nun­ca se hubie­ran abor­da­do igual hace una o dos déca­das. Ver a los cesan­tes Olano, Gas­co o Elor­za des­ga­ñi­tán­do­se des­de sus gabi­ne­tes de pren­sa en su afán por pre­sen­tar Gipuz­koa o Donos­tia como encla­ves des­go­ber­na­dos, es la mejor mues­tra de que en la Dipu­tación gui­puz­coa­na y en el con­sis­to­rio donos­tia­rra corre el aire des­de junio a esta par­te. Otro tan­to ocu­rre con el pac­to alcan­za­do por Bil­du en torno a las garan­tías de no pri­va­ti­za­ción de la fusio­na­da Kutxa Bank y el man­te­ni­mien­to de la Obra Social de la enti­dad de aho­rro. Dejan­do cla­ro que la apues­ta de Bil­du no es pre­ci­sa­men­te la ban­ca­ri­za­ción, las posi­bi­li­da­des de inter­ven­ción real pasa­ban o por con­di­cio­nar en algu­na medi­da las con­di­cio­nes de inte­gra­ción de las cajas, o por no mate­ria­li­zar algu­nas deman­das his­tó­ri­cas de clien­tes, sin­di­ca­tos y bene­fi­cia­rios de la obra social. Es una deri­va refor­mis­ta des­de el pris­ma del anti­po­der, pero una res­pon­sa­bi­li­dad inelu­di­ble en la estra­te­gia de la izquier­da aquí y aho­ra exis­ten­te.

De aquí en ade­lan­te, tene­mos dos mane­ras de equi­vo­car­nos gra­ve­men­te. Seguir el guión del infan­ti­lis­mo ultra­iz­quier­dis­ta que sólo fre­cuen­ta bares y chats, es una de ellas. Ven refor­mis­tas por todas par­tes, ana­te­mi­zan alian­zas, pac­tos y cam­bios de estra­te­gia, pero sin salir de su blo­gos­fe­ra. Lle­van meses cas­can­do a Bil­du y, como aquí nos cono­ce­mos todos, nun­ca des­ta­ca­ron por su com­pro­mi­so real en los tiem­pos en que ardían las calles. Afor­tu­na­da­men­te, se les van aca­ban­do las excu­sas.

Pero la com­pren­sión de la revo­lu­ción anti-capi­ta­lis­ta no como sim­ple sus­ti­tu­ción de los agen­tes deten­ta­do­res del poder, sino como una pro­fun­da y total sub­ver­sión cul­tu­ral, es otro aspec­to a tener en cuen­ta. Al dis­po­ner cada vez de más resor­tes de inter­ven­ción públi­ca, la ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción de las estruc­tu­ras polí­ti­cas y socia­les es una ame­na­za. Emplean­do un len­gua­je más direc­to, del mis­mo modo que es impres­cin­di­ble tra­ba­jar a fon­do des­de los orga­nis­mos públi­cos, pode­mos limi­tar nues­tra acción polí­ti­ca y social al apun­ta­la­mien­to de los mis­mos, crean­do nues­tro pro­pio clien­te­lis­mo y con­fun­dien­do medios con fines. Cam­biar el para­dig­ma del poder nos exi­ge com­pro­mi­so en su ges­tión y des­ape­go per­so­nal hacia sus ven­ta­jas. Ése es el con­tra­po­der del que esta­mos nece­si­ta­dos.

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