La homo­fo­bia, de actua­li­dad en la Aste Nagu­sia Bil­bo­ta­rra

Bil­bo * E.H
¡¡ Denun­cia !! En estos tiem­pos que corren, con la apa­ri­ción habi­tual de tan­tos gays decla­ra­dos en pro­gra­mas de la tele, bien como con­ter­tu­lios o pre­sen­ta­do­res; así como la sali­da del arma­rio de per­so­na­jes públi­cos de pri­mer orden como el can­tan­te Riky Mar­tin, bien pudie­ra uno creer que la homo­fo­bia esta­ba casi erra­di­ca­da en nues­tra socie­dad.
Cra­so error que ano­che com­pro­bé en mis pro­pia car­nes (y hue­sos).
La noche empe­za­ba con nor­ma­li­dad, diría yo que genial inclu­so. Des­pués de apar­car a la pri­me­ra en la calle Erre­ka­koetxe, cén­tri­ca y al lado de don­de íba­mos, cosa difí­cil en Aste Nagu­sia, fui la Alhon­di­ga a nadar un rato con mi novio (lo de «mi pare­ja» siem­pre me ha sona­do arti­fi­cio­so y eufe­mís­ti­co). Com­pra­mos algo de comi­da para lle­var y nos fui­mos a ver los fue­gos des­de la pla­za del liber­ta­dor Simon de Bolí­var.
La noche, me dirán que no, iba genial. Tras los fue­gos fui­mos a tomar unos espi­ri­tuo­sos (si ama, algo de alcohol) a la txoz­na de Gogo­rre­gi (para quien no lo sepa, la de las juven­tu­des del PNV). Don­de casua­li­dad actua­ba Asier Bil­bao, show­man don­de los haya en la Villa jun­to con La Otxoa y demás com­pa­ñe­ros de la diver­ti­da noche bil­baí­na. Por cier­to, un show gay, ade­más habi­tual en cada Aste­na­gu­sia, en un entorno «con­ser­va­dor» (que no lo es tan­to). Otro cla­ro ejem­plo para quien diga que «lo gay» está asi­mi­la­do y crea, como lo hacía yo, que la homo­fo­bia (al menos la físi­ca), esta­ba erra­di­ca­da.
Aca­ban­do la noche nos diri­gi­mos hacía la calle Prín­ci­pe, jun­to al puen­te del Ayun­ta­mien­to, a una boka­te­ría que sole­mos visi­tar cuan­do rugen las fie­ras gás­tri­cas y uno le ape­te­ce comer como en casa. Allí mis­mo, tras salir y andar esca­sos 4 metros, en pleno cen­tro de Bil­bo, tuve la fatal idea de besar a mi novio. En ese momen­to nos llo­vió por la espal­da un katxi ente­ro de bebi­da. Me gire y mire hacia arri­ba al nivel supe­rior de la calle des­de don­de una cua­dri­lla de jóve­nes nos había lan­za­do y baña­do en bebi­da al gri­to de «mari­co­nes iros a besa­ros a…(no recuer­do don­de)». La calle esta­ba lle­na de gen­te, jóve­nes y no tan­to, y creo que recor­dar que algu­nos padres con niños.
Valien­te a la par que incau­to, inten­té recri­mi­nar­les aque­llo inten­ta­do subir al des­ni­vel de la calle en el que ellos esta­ban, asien­do la baran­di­lla. En ese momen­to me lle­ve un puñe­ta­zo en el ojo izquier­do que me tiró al sue­lo un metro lar­go atrás. Indig­na­do y con­mo­cio­na­do por aquel sor­da­bi­rón me levan­te y estú­pi­do de mí, repe­tí la acción y me vol­ví a lle­var otro puñe­ta­zo esta vez en el cue­llo.
Aca­ba­mos ambos, mi novio que inten­tó auxi­liar­me y yo, con res­tos de san­gre pro­pia en la cami­se­ta, los ojos deco­ra­dos por sen­dos more­to­nes, dolo­res varios por el cuer­po y con un atra­cón de la más cru­da a lar que des­agra­da­ble reali­dad.

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