Hiroshi­ma y el Capi­tán Amé­ri­ca- Anjel Ordo­ñez

El Capi­tán Amé­ri­ca sur­ca las pan­ta­llas de mun­do y medio. La indus­tria cine­ma­to­grá­fi­ca y en gene­ral la mer­ca­do­tec­nia cul­tu­ral de sello nor­te­ame­ri­cano han desa­rro­lla­do y per­fec­cio­na­do toda una com­ple­ja inge­nie­ría ico­no­grá­fi­ca des­ti­na­da a expan­dir la idea de que los Esta­dos Uni­dos son el cen­tro geo­grá­fi­co del mun­do, la autén­ti­ca mora­da del bien, y el res­to, meros arra­ba­les más o menos pin­to­res­cos y/​o peli­gro­sos. El Capi­tán Amé­ri­ca y, aca­so de una for­ma menos obvia pero no menos con­tun­den­te, Super­man y otros super, son cla­ros refe­ren­tes de esa efi­caz pro­pa­gan­da que, ade­más de un nada des­pre­cia­ble cau­dal eco­nó­mi­co inme­dia­to, abre al sta­blish­ment made in USA una amplia y veloz auto­pis­ta para impo­ner a la huma­ni­dad una for­ma glo­bal de com­pren­der el uni­ver­so favo­ra­ble al sos­tén de su pode­ro­sa poten­cia eco­nó­mi­ca.

Coin­ci­den en el tiem­po el estreno de las nue­vas y «diver­ti­das» aven­tu­ras del Capi­tán Amé­ri­ca con otro ani­ver­sa­rio mucho menos lúdi­co: el lan­za­mien­to de la pri­me­ra bom­ba ató­mi­ca sobre Hiroshi­ma. Vin­cu­lar una cosa con la otra pue­de pare­cer for­za­do, pero en el fon­do no lo es. En abso­lu­to. Resul­ta evi­den­te que los enemi­gos del Capi­tán (no pasa por alto la vin­cu­la­ción con la jer­ga mili­tar) per­te­ne­cen a la esfe­ra de lo irreal, de lo ima­gi­na­rio. Pero la estruc­tu­ra ínti­ma que rodea a estos per­so­na­jes no es menos evi­den­te: hay que con­ven­cer a la opi­nión públi­ca de que es pre­ci­so com­ba­tir al enemi­go con méto­dos ter­mi­nan­te­men­te expe­di­ti­vos (los super­po­de­res) para aca­bar con la ame­na­za (los mal­va­dos). Como ocu­rrió en Hiroshi­ma, en Naga­sa­ki, en Irak… Geno­ci­dios por los que nin­gu­na Jus­ti­cia (y tam­po­co la His­to­ria) ha juz­ga­do a nadie.

Los super­hé­roes son todo menos ino­cen­tes. Bajo la bri­llan­te páti­na de desin­te­rés, defen­sa del ciu­da­dano y sacri­fi­cio, escon­den la apo­lo­gía de una vio­len­cia sin medi­da, la jus­ti­fi­ca­ción de la eje­cu­ción sin jui­cio, el horror de la ani­qui­la­ción al ser­vi­cio del «bien». Lue­go, sólo es pre­ci­so pin­tar­le al enemi­go cuer­nos y rabo de un tama­ño ade­cua­do, y ful­mi­nar­lo con la mira­da láser o el escu­do indes­truc­ti­ble.

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