“Como Bel­fast en sus peo­res días”- Patrick Cock­burn

Un joven, con la cara enmas­ca­ra­da con un paño rojo de modo que solo se ven sus ojos, cami­na a gran­des pasos fren­te a una mul­ti­tud de mani­fes­tan­tes por una calle de la aldea chií de Nuwai­drat, en Bah­réin. Los que le siguen pare­cen ten­sos, como si espe­ra­ran un enfren­ta­mien­to inme­dia­to con la poli­cía. Algu­nos agi­tan ban­de­ras roji­blan­cas bah­rei­níes, que se han con­ver­ti­do en sím­bo­lo de los mani­fes­tan­tes pro demo­cra­cia, y uno de ellos lle­va un blo­que de cemen­to en cada mano que pro­ba­ble­men­te quie­re colo­car en la calle como obs­tácu­lo para los autos de la poli­cía. “Pron­to la poli­cía comen­za­rá a dis­pa­rar”, advier­te un espec­ta­dor, mien­tras vehícu­los poli­cia­les azu­les y blan­cos paran en seco con un chi­rri­do a la entra­da de la aldea. Poco des­pués escu­cha­mos los dis­pa­ros de gra­na­das de gas lacri­mó­geno.

Hay por doquier seña­les de revuel­ta hir­vien­do bajo la super­fi­cie des­de hace cin­co meses en el rei­no-isla de Bah­réin, des­pués de que los mani­fes­tan­tes exi­gie­ran una refor­ma demo­crá­ti­ca. Ins­pi­ra­dos por el Des­per­tar Ára­be, miles de mani­fes­tan­tes toma­ron la Pla­za Per­la en el cen­tro de Mana­ma, la capi­tal de Bah­réin, que se con­vir­tió en el pun­to de encuen­tro. Un mes des­pués, el 15 de mar­zo, las fuer­zas de segu­ri­dad del gobierno, res­pal­da­das por un con­tin­gen­te mili­tar de la veci­na Ara­bia Sau­dí, expul­sa­ron a los mani­fes­tan­tes, arro­lla­ron el ele­gan­te monu­men­to del cen­tro de la pla­za, y lan­za­ron un pogro­mo de extra­or­di­na­ria fero­ci­dad con­tra la mayo­ri­ta­ria comu­ni­dad chií que apo­ya­ba las pro­tes­tas.

Los bah­rei­níes, chiíes y suníes, toda­vía están trau­ma­ti­za­dos por lo que suce­dió. “Yo espe­ra­ba que el gobierno nos agra­de­cie­ra haber aten­di­do a tan­ta gen­te duran­te la cri­sis”, recuer­da un doc­tor cuya posi­ción polí­ti­ca era rela­ti­va­men­te mode­ra­da. Sin embar­go, en vez de eso, fue some­ti­do a pro­lon­ga­das gol­pi­zas, pri­va­ción del sue­ño, así como fue obli­ga­do a estar de pie duran­te cua­tro días. Un hom­bre de 64 años, acti­vis­ta de la defen­sa de los dere­chos huma­nos, Muham­mad Has­san Jawad, toda­vía está en la cár­cel. Dio deta­lles a su fami­lia de cómo lo tor­tu­ra­ron los inte­rro­ga­do­res con cho­ques eléc­tri­cos en los geni­ta­les, pier­nas, oídos y manos. Lo hicie­ron incli­nar­se ante una foto del rey bah­rei­ní Hamad bin Isa al-Kha­li­fa y le dije­ron que abrie­ra la boca para escu­pir en su inte­rior, y agre­ga­ron que “a menos que te tra­gues el escu­po, ori­na­re­mos en tu boca”. Su fami­lia, a la que per­mi­ten ver­lo solo duran­te bre­ves perío­dos super­vi­sa­dos, notó que las uñas de sus pies esta­ban muer­tas, negras, debi­do a los cho­ques eléc­tri­cos.

Bah­réin, una peque­ña isla con una pobla­ción de 1,2 millo­nes, en su mitad ára­bes, debe­ría haber sido el úni­co sitio en el mun­do ára­be en el cual podía dar­se un com­pro­mi­so entre gober­nan­tes y gober­na­dos, y entre suníes y chiíes. En su lugar, se sumó a un puña­do de sitios como Bei­rut y Jeru­sa­lén don­de las comu­ni­da­des están total­men­te pola­ri­za­das y el aire está satu­ra­do de odio y sos­pe­chas. Es como Bel­fast en sus peo­res días de los años seten­ta, cuan­do cató­li­cos y pro­tes­tan­tes solo se veían como enemi­gos a los que había que temer. El cho­que que pro­du­jo lo suce­di­do es tan­to mayor por­que Bah­réin se con­si­de­ra como uno de los paí­ses más libe­ra­les y mejor edu­ca­dos del Gol­fo. A dife­ren­cia de la cer­ca­na Ara­bia Sau­dí, las muje­res con­du­cen coches y tie­nen impor­tan­tes pues­tos en el gobierno. Mana­ma era más cono­ci­da por sus bri­llan­tes edi­fi­cios ultra­mo­der­nos que por sus pri­sio­nes.

La expli­ca­ción más sim­ple del desas­tre humano que con­su­me a la socie­dad bah­rei­ní es que el gobierno entró en páni­co y reac­cio­nó de for­ma exa­ge­ra­da. Los al-Kha­li­fa sin­tie­ron que su régi­men esta­ba bajo una seria ame­na­za al ver que los dés­po­tas esta­ble­ci­dos hace tiem­po en todo el mun­do ára­be eran derro­ca­dos o ame­na­za­dos. Tra­ta­ron a refor­ma­do­res mode­ra­dos como si fue­ran revo­lu­cio­na­rios pro­fe­sio­na­les. Sin nin­gu­na prue­ba, las auto­ri­da­des sata­ni­za­ron a Irán como la mano ocul­ta tras la deman­da de la mayo­ría chií de aca­bar con la dis­cri­mi­na­ción y la fal­ta de dere­chos civi­les. “A la comu­ni­dad suní en este país le dije­ron que se enfren­ta­ba una ame­na­za exis­ten­cial y que la igual­dad de ciu­da­da­nía para los chiíes sig­ni­fi­ca­ba el fin de los suníes”, y lo cre­yó.

Bah­réin siem­pre ha esta­do divi­di­do entre la eli­te suní gober­nan­te, cen­tra­da en la fami­lia real al-Kha­li­fa, y los chiíes, pero des­de mar­zo esto se ha con­ver­ti­do en algo más pare­ci­do a un pogro­mo anti-chií. La evi­den­cia del sec­ta­ris­mo ofi­cial es dema­sia­do obvia. Des­pués de ver el comien­zo de un dis­tur­bio en Nuwai­drat fui­mos a una par­te más tran­qui­la de la aldea don­de diez mez­qui­tas chiíes fue­ron des­trui­das en un solo día tres meses antes. Un hom­bre del lugar, quien está escri­bien­do una his­to­ria de las mez­qui­tas y luga­res sagra­dos chiíes del vecin­da­rio y que no qui­so ver su nom­bre publi­ca­do, nos mos­tró un mon­tón de escom­bros y dijo: “Esto era la mez­qui­ta Mo’min, don­de ora­ban 200 o 300 per­so­nas. Hubo una mez­qui­ta aquí duran­te 400 años, aun­que la actual fue recons­trui­da hace quin­ce.”

Des­cri­bió cómo, el 19 de abril, los mili­ta­res y la poli­cía rodea­ron el área y, cer­ca de las 3 de la tar­de, habían lle­va­do equi­po de demo­li­ción. Cuan­do se reti­ra­ron ocho horas des­pués, diez de las die­ci­sie­te mez­qui­tas chiíes de Nuwai­drat habían sido demo­li­das. En el lugar de la mez­qui­ta Mo’min solo deja­ron en pie un árbol ver­de jun­to a una pila de tro­zos de hor­mi­gón. No solo ata­ca­ron las mez­qui­tas. Los chiíes reve­ren­cian las tum­bas de sus hom­bres san­tos. En dos sitios en Nuwai­drat fue­ron exca­va­das por sol­da­dos o poli­cías. El his­to­ria­dor local que nos guia­ba mos­tró un hoyo en el sue­lo mar­ca­do por un paño ama­ri­llo ata­do a una cer­ca y nos dijo que era el lugar de la tum­ba de un hom­bre san­to chií lla­ma­do Moham­med Abu Kha­ris quien murió hace 200 años, y agre­gó: “Saca­ron sus hue­sos y los tira­ron”.

La expli­ca­ción ofi­cial del gobierno bah­rei­ní sobre la des­truc­ción de por lo menos 35 mez­qui­tas y sitios reli­gio­sos chiíes es que se habían cons­trui­do sin per­mi­so. Pare­ce poco pro­ba­ble que en medio de la agi­ta­ción polí­ti­ca al gobierno le haya ata­ca­do repen­ti­na­men­te un deseo abru­ma­dor de uti­li­zar al ejér­ci­to y a la poli­cía para impo­ner las regu­la­cio­nes de cons­truc­ción. Muchos chiíes sos­pe­chan que, de algu­na mane­ra, los sau­díes tuvie­ron que ver con la des­truc­ción, ya que es par­te de la tra­di­ción del waha­bis­mo, la ver­sión fun­da­men­ta­lis­ta del Islam suní que pre­va­le­ce en Ara­bia Sau­dí. Un diri­gen­te chií tie­ne otra expli­ca­ción y cree que el pro­pó­si­to del sec­ta­ris­mo res­pal­da­do por el gobierno es inti­mi­dar a la comu­ni­dad chií en su con­jun­to. Dice que el gobierno quie­re decir: “No cono­ce­mos lími­tes al enfren­tar­nos a los chiíes”·

Es posi­ble que la polí­ti­ca ofi­cial no se cal­cu­le con tan­to cui­da­do y mal­dad. Lub­na Selai­beekh, por­ta­voz del Minis­te­rio de Edu­ca­ción, dice que está “horro­ri­za­da” por las afir­ma­cio­nes de que se están negan­do becas a los estu­dian­tes por­que son chiíes o por­que han par­ti­ci­pa­do en mani­fes­ta­cio­nes. Agre­ga que los estu­dian­tes en el Rei­no Uni­do que habían per­di­do finan­cia­mien­to del Esta­do por haber par­ti­ci­pa­do en mani­fes­ta­cio­nes las recu­pe­ra­ron. “Hubo un anun­cio pero se sus­pen­dió”. Acep­ta que 6.500 de 12.000 maes­tros en Bah­réin par­ti­ci­pa­ron en una huel­ga para apo­yar a los mani­fes­tan­tes en la Pla­za Per­la, pero dijo que solo los que vio­la­ron reglas del ser­vi­cio civil serían cas­ti­ga­dos. Afir­ma que el minis­te­rio no tie­ne “esta­dís­ti­cas sobre quién es chií o suní”.

El gobierno podrá afir­mar que no man­tie­ne esta­dís­ti­cas sec­ta­rias, pero sus opo­nen­tes sí lo hacen. Nabil Rajab, jefe del Cen­tro por Dere­chos Huma­nos de Bah­réin, tie­ne cifras pre­ci­sas sobre la dis­cri­mi­na­ción que mues­tran que “en 2003, un 18% de los pues­tos impor­tan­tes en Bah­réin esta­ba en manos de chiíes, para 2008 habían baja­do a un 13% y actual­men­te son entre 8 y 9%”. Cree que el gobierno bus­ca un cam­bio de la demo­gra­fía en la isla des­pi­dien­do a chiíes e impor­tan­do y natu­ra­li­zan­do suníes de Pakis­tán, Jor­da­nia, Yemen y otros paí­ses de mayo­ría suní. Dice que el “gobierno crea los ingre­dien­tes para una gue­rra civil” por­que cuan­to más mar­gi­ne a los chiíes, más enfu­re­ci­dos y extre­mis­tas se vol­ve­rán ya que “no tie­nen nada que per­der”.

Unos 2.500 chiíes han sido des­pe­di­dos, aun­que el rey Hamad pro­me­tió que recu­pe­ra­rían sus pues­tos de tra­ba­jo. Pue­de que no sea tan fácil. Hus­sain, un espe­cia­lis­ta infor­má­ti­co en la semi-esta­tal com­pa­ñía de tele­co­mu­ni­ca­cio­nes Batel­co, fue uno de los que per­die­ron su tra­ba­jo. Dice que aho­ra hay una capa de fun­cio­na­rios suníes que no quie­re que los chiíes vuel­van, no impor­ta lo que diga el rey. “Nos tra­tan como a los pie­les rojas indí­ge­nas en EE.UU.”, dice. “Aho­ra somos la mayo­ría, pero tal vez no por mucho tiem­po. Estoy bus­can­do tra­ba­jo en Qatar o Dubai.”

El rey Hamad afir­ma que han ofre­ci­do un com­pro­mi­so y un diá­lo­go nacio­nal, pero esto sigue flo­tan­do incó­mo­da­men­te entre ver­da­de­ras con­ce­sio­nes y rela­cio­nes públi­cas. El Diá­lo­go Nacio­nal que aca­ba de ter­mi­nar fue muy pro­mo­cio­na­do por el gobierno, pero resul­tó ser una plá­ti­ca sin repre­sen­ta­ti­vi­dad. “El diá­lo­go fue un monó­lo­go”, dice Abdul Jalil Kha­lil Ibrahim, nego­cia­dor del prin­ci­pal par­ti­do chií al-Wifaq, que se reti­ró del diá­lo­go. Dice que su par­ti­do obtu­vo una mayo­ría por una­ni­mi­dad en la últi­ma elec­ción al Con­se­jo de Repre­sen­tan­tes, prác­ti­ca­men­te impo­ten­te, pero solo cin­co miem­bros de los 320 que asis­tie­ron al Diá­lo­go Nacio­nal.

Mucho más seria es la comi­sión inves­ti­ga­do­ra de lo que suce­dió en Bah­réin des­de febre­ro, enca­be­za­da por el famo­so abo­ga­do de dere­chos huma­nos Che­rif Bas­siou­ni, que aca­ba de ini­ciar su tra­ba­jo en Bah­réin. En vis­ta de que la pér­di­da de vidas es tan­to más peque­ña que en Ruan­da o Bos­nia, sue­na asom­bra­do ante el gra­do de abo­rre­ci­mien­to ape­nas ocul­to con el cual se enfren­tan las dos dife­ren­tes comu­ni­da­des bah­rei­níes. “Las dos tie­nen narra­ti­vas total­men­te dife­ren­tes de lo que suce­dió”, dice. “Esto refle­ja una socie­dad pola­ri­za­da y radi­ca­li­za­da”.

El señor Bas­siou­ni se mues­tra opti­mis­ta ante la idea de que el Rey y el Prín­ci­pe here­de­ro quie­ran sin­ce­ra­men­te que tra­ba­je como si diri­gie­ra una comi­sión de la ver­dad, que dis­tri­bu­ya impar­cial­men­te la cul­pa entre el gobierno y los mani­fes­tan­tes. En gene­ral, lo que suce­dió en Bah­réin lo per­sua­de de una ver­dad más som­bría. “La natu­ra­le­za pri­mi­ti­va del hom­bre comien­za direc­ta­men­te bajo la piel”, dice resig­na­do. “Cuan­do se ras­pa la super­fi­cie apa­re­ce lo peor del géne­ro humano”.

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