Las mil caras del fas­cis­mo – Jesús Valencia

La tar­de del 22 de julio Norue­ga se con­vir­tió en epi­cen­tro infor­ma­ti­vo. Un tal Anders Beh­ring aca­ba­ba de pro­ta­go­ni­zar una bru­ta­li­dad sin nom­bre: había sega­do la vida de casi cien per­so­nas. El sose­ga­do país escan­di­na­vo sufrió un shock. Las agen­cias de infor­ma­ción hur­ga­ron en la bio­gra­fía del ener­gú­meno, deta­lla­ron la tra­ge­dia y reco­gie­ron las incon­ta­bles adhe­sio­nes de con­do­len­cia que llo­vían des­de todo el mun­do; Ban-Ki Mon, secre­ta­rio gene­ral de la ONU, y Barak Oba­ma, estu­vie­ron entre los más madrugadores.

En agos­to de 1990 ‑tam­bién enton­ces era verano- las poten­cias occi­den­ta­les impu­sie­ron al pue­blo de Irak un férreo embar­go que con­ta­ba con la apro­ba­ción de la ONU y la anuen­cia de la opi­nión públi­ca mun­dial; la pren­sa derro­chó empe­ños para legi­ti­mar aque­lla bar­ba­ri­dad. Para el pue­blo ira­quí la apli­ca­ción del embar­go vino a resul­tar más mor­tí­fe­ra que el bom­bar­deo de Hiroshi­ma. Toda la nación que­dó colap­sa­da; toda la pobla­ción se vio afec­ta­da, espe­cial­men­te la infan­cia. Los matri­mo­nios se nega­ban a engen­drar, pues care­cían de recur­sos para criar a sus hijos. No les fal­ta­ba razón; las recién pari­das no pro­du­cían leche natu­ral y no tenían dine­ro para com­prar leche arti­fi­cial; tra­ta­ban de malnu­trir­los con agua edul­co­ra­da; como las incu­ba­do­ras no fun­cio­na­ban, los bebes que nece­si­ta­ban de ellas eran envuel­tos en man­tas. «Una enfer­me­ra ‑cuen­ta la perio­dis­ta Feli­city Arbuth­not- tra­ta­ba deses­pe- rada­men­te de lim­piar la gar­gan­ta de un recién naci­do; el pobre­ci­to se vol­vía blan­co, gris, casi azul, has­ta que ter­mi­nó murien­do. Para sal­var­le la vida habría bas­ta­do un sen­ci­llo aspi­ra­dor de plás­ti­co que cues­ta un céntimo».

Cuan­do el embar­go cum­plía seis años (estu­vo en vigor bas­tan­te más), ya se sabía que había dis­pa­ra­do la mor­ta­li­dad infan­til de Irak y que había oca­sio­na­do medio millón de muer­tes pre­ma­tu­ras. El PSOE, des­de Lakua, repu­dia­ba ayer la matan­za de Norue­ga: «estos crí­me­nes no tie­nen sen­ti­do»; vein­te años antes cola­bo­ra­ba acti­va­men­te en la apli­ca­ción del embar­go. El pre­sen­ta­dor de una cade­na nor­te­ame­ri­ca­na pre­gun­ta­ba a Made­lei­ne Albright: «¿Qué opi­na de la muer­te de todos estos niños ira­quíes?». Ella, con una frial­dad que con­ge­la el alma, le con­tes­tó: «Creo que ha mere­ci­do la pena».

Tras las aira­das y pri­me­ras reac­cio­nes ‑cuan­do se le supo­nía al ase­sino un isla­mis­ta- la iden­ti­dad de Anders ha cam­bia­do y los comen­ta­rios res­pec­to a él tam­bién. Su per­fil corres­pon­de al de un euro­peo vis­ce­ral, impla­ca­ble anti­mar­xis­ta, fun­da­men­ta­lis­ta cris­tiano, feroz ant­is­la­mis­ta, defen­sor acé­rri­mo del sio­nis­mo, par­ti­da­rio de infli­gir al enemi­go el mayor núme­ro posi­ble de bajas para aca­bar con él. Ras­gos muy pare­ci­dos a los de la seño­ra Albright. Al ase­sino norue­go se lo pre­sen­ta aho­ra como un lobo este­pa­rio de cuya afi­ni­dad todo el mun­do renie­ga. La nor­te­ame­ri­ca­na, cuan­do fue entre­vis­ta­da, era emba­ja­do­ra en la ONU. Los crí­me­nes de Norue­ga han mere­ci­do la repul­sa mun­dial; los de Irak ‑mucho más nume­ro­sos- el aplau­so y con­cur­so de las poten­cias occidentales.

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