La rein­ser­ción penal de los encar­ce­la­dos – José Luis Ore­lla Unzué

Debe­mos comen­zar por ajus­tar la defi­ni­ción de pena. Según Wel­zel la pena es «la retri­bu­ción expia­to­ria de un deli­to por un mal pro­por­cio­na­do a su cul­pa­bi­li­dad». La difi­cul­tad nace cuan­do se estu­dia la fina­li­dad de la san­ción penal. Si la fina­li­dad es el cas­ti­go, el fun­da­men­to de la pena es la repre­sión, pero si la fina­li­dad del cas­ti­go es que el delin­cuen­te no vuel­va a rea­li­zar más hechos delic­ti­vos, el fun­da­men­to es la pre­ven­ción. Pero tan­to la fina­li­dad repre­si­va como la pre­ven­ti­va, deben con­ju­gar­se, pues­to que el ámbi­to penal tra­ta sobre per­so­nas que tie­nen dere­cho a rein­ser­tar­se. Sin embar­go la difi­cul­tad se acre­cien­ta cuan­do se tra­ta de per­so­nas que han come­ti­do varios hechos delic­ti­vos. Y es en este pun­to en don­de sur­gen los pro­ble­mas más impor­tan­tes del Dere­cho Penal.

La delin­cuen­cia es un acto per­so­nal frus­tra­do pero, a la vez, es un fra­ca­so de la socie­dad. La pobre­za, la dro­ga­dic­ción y el «terro­ris­mo» son el resul­ta­do de actos per­so­na­les pero tam­bién son un fra­ca­so de la socie­dad. El delin­cuen­te es el que delin­que pero la socie­dad tie­ne su par­te de res­pon­sa­bi­li­dad que no debe sos­la­yar.

El Esta­do espa­ñol tie­ne una pobla­ción peni­ten­cia­ria de las más altas de Euro­pa y, ade­más, se ha cua­dri­pli­ca­do en los años de demo­cra­cia. En algo menos de 30 años se ha pasa­do de una pobla­ción reclu­sa de 18.500 per­so­nas en 1980 a más de 77.000 en el día de hoy. Sin embar­go, el Esta­do espa­ñol tie­ne una tasa baja de deli­tos con menos de 47 por cada 1.000 habi­tan­tes.

¿Cuá­les son las razo­nes de tal endu­re­ci­mien­to de las penas y del códi­go penal?. Cier­ta­men­te la pro­li­fe­ra­ción de la legis­la­ción y de las sen­ten­cias judi­cia­les ad hoc, como res­pues­ta al cli­ma de «popu­lis­mo puni­ti­vo que vive la socie­dad espa­ño­la». La sed ven­ga­ti­va fru­to de la gue­rra civil, de la repre­sión de la dic­ta­du­ra y de los años de terro­ris­mo, acre­cen­ta­da por la cri­sis eco­nó­mi­ca y social en la que nos move­mos, nos obli­ga a sere­nar­nos y, en con­se­cuen­cia, a rea­li­zar las nece­sa­rias refor­mas en el dere­cho penal y en las ins­ti­tu­cio­nes peni­ten­cia­rias para huma­ni­zar el sis­te­ma.

Pero resul­ta que la socie­dad espa­ño­la tie­ne unos polí­ti­cos y unos jue­ces que no nos los mere­ce­mos. Por­que mien­tras que la Cons­ti­tu­ción de 1978 dice en su artícu­lo 25.2: «Las penas pri­va­ti­vas de liber­tad y las medi­das de segu­ri­dad esta­rán orien­ta­das hacia la reedu­ca­ción y rein­ser­ción social», el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal en la sen­ten­cia 7598 dice expre­sa­men­te que «el artícu­lo 25.2 de la Cons­ti­tu­ción no con­tie­ne un dere­cho abso­lu­to a la rein­ser­ción social, sino un man­da­to del legis­la­dor para orien­tar la polí­ti­ca penal y peni­ten­cia­ria».

Por esta razón la prác­ti­ca judi­cial y peni­ten­cia­ria nos dice que este artícu­lo cons­ti­tu­cio­nal tie­ne un difí­cil cum­pli­mien­to. Ade­más el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal se incli­na por ava­lar la «doc­tri­na Parot» con lími­tes, sin for­mu­lar meca­nis­mos jurí­di­cos uni­ver­sa­les y cla­ros, y con una apli­ca­ción ad hoc de las nor­mas lega­les. Entre los tri­bu­na­les de la Audien­cia Nacio­nal, del Supre­mo y del Cons­ti­tu­cio­nal se dan inter­pre­ta­cio­nes dife­ren­tes y aun con­tra­dic­to­rias, por no decir que con­tra­rias de un tri­bu­nal a otro. No pare­ce que los miem­bros de estos tri­bu­na­les estén con­ven­ci­dos de que la cár­cel no sea la mejor solu­ción. Pero como abo­ga y sos­tie­ne la pla­ta­for­ma «Otro dere­cho penal es posi­ble» debe­mos insis­tir una vez más en la gra­ve res­pon­sa­bi­li­dad ins­ti­tu­cio­nal de los polí­ti­cos y de los jue­ces de favo­re­cer la rein­ser­ción.

La rein­ser­ción exi­ge que la meta del ter­cer gra­do sea un hori­zon­te pre­vi­si­ble para que la psi­co­lo­gía del pre­so no se derrum­be. Sin embar­go, como afir­ma Ramón Villo­ta Coullaut en Espa­ña la mayo­ría de las per­so­nas cum­plen sus penas en 1º y 2º Gra­do, lo que sig­ni­fi­ca que lo hacen en la cár­cel. Menos de 7.000 per­so­nas se encuen­tran en situa­ción de 3º Gra­do, es decir, que salen de la pri­sión duran­te el día y vuel­ven por la noche o tie­nen per­mi­sos los fines de sema­na.

Con el cum­pli­mien­to ínte­gro de los 30 años a los que se ciñe la «doc­tri­na Parot» el techo de la rein­ser­ción es fic­ti­cio por­que como dice José Luis de la Cues­ta «para no pocas ins­tan­cias (y como afir­ma­ran ya el Con­se­jo de Euro­pa y el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal ale­mán hace más de trein­ta años) el encar­ce­la­mien­to de una per­so­na de por vida sin espe­ran­za de libe­ra­ción no resul­ta com­pa­ti­ble con el prin­ci­pio de huma­ni­dad, de aquí que, para que la pri­sión a per­pe­tui­dad pue­da con­ci­liar­se con la dig­ni­dad huma­na, deba que­dar abier­ta la posi­bi­li­dad de revi­sión o de libe­ra­ción con­di­cio­nal trans­cu­rri­do un pla­zo de efec­ti­vo cum­pli­mien­to; este perío­do de segu­ri­dad que pre­sen­ta múl­ti­ples varian­tes en el Dere­cho com­pa­ra­do, no debe­ría exce­der en la prác­ti­ca los 20 años de encar­ce­la­mien­to»

Y sigue afir­man­do: «Al recha­zo de la cade­na per­pe­tua debe sumar­se el de la ten­den­cia de un núme­ro cre­cien­te de sis­te­mas que, no con­tem­plan­do la pri­sión a per­pe­tui­dad en su elen­co puni­ti­vo, van intro­du­cien­do penas de una dura­ción des­me­su­ra­da y com­ple­ta­da en su eje­cu­ción por reglas tan estric­tas diri­gi­das a su cum­pli­mien­to ínte­gro, que aca­ban asi­mi­lan­do la situa­ción de los con­de­na­dos a la de los pre­sos a per­pe­tui­dad incon­di­cio­nal. Ejem­plo de lo ante­rior es cla­ra­men­te el caso de la legis­la­ción espa­ño­la, par­ti­cu­lar­men­te tras las refor­mas de 2003 y, muy en espe­cial, a par­tir de la línea abier­ta por la juris­pru­den­cia del Tri­bu­nal Supre­mo con la Sen­ten­cia del caso Parot, que en modo alguno que­da res­trin­gi­da a las con­de­nas por terro­ris­mo. Pues bien, como hace tiem­po seña­lan los espe­cia­lis­tas, todo inter­na­mien­to de dura­ción supe­rior a 15 – 20 años corre un gra­ve ries­go de cau­sar daños irre­ver­si­bles en la per­so­na­li­dad del pre­so, por lo que la pena pri­va­ti­va de liber­tad no debe­ría supe­rar, en su cum­pli­mien­to efec­ti­vo, ese lími­te tem­po­ral».

Por otra par­te las Ins­ti­tu­cio­nes Peni­ten­cia­rias son orga­ni­za­cio­nes polí­ti­cas y aun par­ti­dis­tas, poco trans­pa­ren­tes, y que se atri­bu­yen com­pe­ten­cias que no les corres­pon­den. En con­cre­to, el tras­la­do de los pre­sos de una cár­cel a otra. Según el mejor pena­lis­ta vas­co Manuel de Lar­di­za­bal y Uri­be, para enclaus­trar a un pre­so en una cár­cel leja­na de su entorno fami­liar, y lejos del lugar de su rein­ser­ción, es nece­sa­ria otra sen­ten­cia judi­cial, ade­más de la pena con­de­na­to­ria por el deli­to come­ti­do. Sin embar­go, en la prác­ti­ca espa­ño­la los pre­sos son zaran­dea­dos de una cár­cel a otra sin la exi­gen­cia de una sen­ten­cia judi­cial pre­via y sin tener en cuen­ta el fac­tor de la rein­ser­ción.

Y quien paga este des­va­río, ade­más de los pro­pios encar­ce­la­dos, son los fami­lia­res de los pre­sos que no quie­ren aban­do­nar ni des­am­pa­rar a sus alle­ga­dos.

Final­men­te, el pena­lis­ta José Luis de la Cues­ta en su dis­cur­so de ingre­so en la Real Socie­dad Bas­con­ga­da abo­ga­ba por la apli­ca­ción en el dere­cho peni­ten­cia­rio espa­ñol del prin­ci­pio de huma­ni­dad, como cla­ro here­de­ro del huma­ni­ta­ris­mo y del pro­gra­ma huma­nis­ta ilus­tra­dos y que en su fun­ción actual, se trans­for­ma en axio­ma fun­da­men­tal del Dere­cho penal y de la Polí­ti­ca cri­mi­nal con­tem­po­rá­neos.

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