Las extra­ñas rela­cio­nes entre Bin Laden y EEUU – Rober­to Montoya

El pasa­do 2 de mayo, un coman­do de tro­pas espe­cia­les de Esta­dos Uni­dos mató, en su casa-escon­di­te de Abbo­ta­bad (Pakis­tán), a Osa­ma Ben Laden, jefe y fun­da­dor de la red terro­ris­ta Al Qae­da y autor inte­lec­tual de los aten­ta­dos del 11 de sep­tiem­bre de 2001. Cali­fi­ca­do por Washing­ton de “enemi­go públi­co n°1″, Ben Laden no siem­pre fue un adver­sa­rio de Esta­dos Uni­dos. En los años 1980, for­ma­do por la CIA, par­ti­ci­pó en la pri­me­ra gue­rra de Afga­nis­tán con­tra la Unión Sovié­ti­ca y los esta­dou­ni­den­ses lo con­si­de­ra­ban enton­ces como un héroe “com­ba­tien­te de la libertad”.

Si Osa­ma Bin Laden no hubie­ra exis­ti­do, EEUU lo hubie­ra crea­do. Era un alia­do como pocos. Repre­sen­tó una ayu­da ines­ti­ma­ble para varias Admi­nis­tra­cio­nes estadounidenses.

Cuan­do, a fina­les de los años 1970, Jimmy Car­ter pri­me­ro y Ronald Reagan des­pués, embar­ca­ron a Esta­dos Uni­dos en la macro ope­ra­ción encu­bier­ta que per­mi­tió armar y lan­zar a dece­nas de miles de com­ba­tien­tes islá­mi­cos con­tra las tro­pas sovié­ti­cas que ocu­pa­ban Afga­nis­tán, el joven y rico empre­sa­rio sau­dí Osa­ma Ben Laden fue un alia­do clave.

Y cuan­do ya en el siglo XXI Geor­ge W. Bush nece­si­tó dejar atrás su ima­gen de pre­si­den­te frau­du­len­ta­men­te elec­to en aque­llas escan­da­lo­sas elec­cio­nes de noviem­bre de 2000, Ben Laden vol­vió a apa­re­cer en esce­na para per­mi­tir­le que, en un solo día, el 11‑S de 2001, se dis­pa­ra­ra 40 pun­tos su popu­la­ri­dad, del 51% al 91%.

Diez años des­pués, Osa­ma Ben Laden vol­vió a soco­rrer a otro pre­si­den­te en aprie­tos, hacien­do subir su popu­la­ri­dad en un 11%. Pero en esa oca­sión fue nece­sa­ria la pro­pia muer­te del líder de Al Qae­da para fre­nar la caí­da en pica­do que venía sufrien­do Barack Obama.

Fue el demó­cra­ta Jimmy Car­ter quien auto­ri­zó a la CIA a lan­zar, en 1979, la que se con­ver­ti­ría en la mayor ope­ra­ción encu­bier­ta de la agen­cia en toda su his­to­ria. Y fue él quien pri­me­ro lla­mó “free­dom figh­ters” a los mujai­di­nes que com­ba­tían a las tro­pas sovié­ti­cas en Afganistán.

Des­de aquel enton­ces data el ini­cio de la extra­ña y com­ple­ja rela­ción de Osa­ma Ben Laden y su pode­ro­sa fami­lia con Washing­ton, una rela­ción de intere­ses cru­za­dos, en la que se han mez­cla­do, a lo lar­go de los años, impor­tan­tes acuer­dos comer­cia­les, com­pli­ci­da­des y alian­zas mili­ta­res con­tra natura.

Car­ter, que había lle­ga­do al poder en 1977, rei­vin­di­ca­ba, a mitad de su man­da­to, haber pur­ga­do a la CIA de sus agen­tes de gati­llo fácil, y haber hecho de la lucha por los dere­chos huma­nos en el mun­do una seña de iden­ti­dad de su Admi­nis­tra­ción. Mos­tra­ba como éxi­tos pro­pios los acuer­dos de Camp David y el Tra­ta­do con Omar Torri­jos para la devo­lu­ción, en 1999, del Canal de Pana­má. Pero varios hechos pro­du­ci­dos en 1979 en el mun­do cam­bia­ron su suer­te. El 1 de febre­ro de 1979, una revo­lu­ción islá­mi­ca radi­cal en Irán, enca­be­za­da por el aya­to­lá Jomei­ni, daba por tie­rra con un régi­men alia­do, vital para EE UU a nivel ener­gé­ti­co y geo­es­tra­té­gi­co, el del sha Reza Pahlevi.

Unos meses más tar­de, el 19 de julio, triun­fa­ba en Nica­ra­gua la revo­lu­ción lide­ra­da por el Fren­te San­di­nis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal (FSLN), que aca­bó con la dinas­tía san­grien­ta de los Somo­za, alia­dos cla­ve de EEUU en Amé­ri­ca Lati­na y el Cari­be. Era la pri­me­ra vez, des­de la revo­lu­ción cuba­na de 1959, que una gue­rri­lla de izquier­da lle­ga­ba al poder por las armas. Pero la pesa­di­lla no había aca­ba­do toda­vía para Car­ter. En ple­na Gue­rra Fría, la Unión Sovié­ti­ca le daría otra sor­pre­sa des­agra­da­ble. En la noche del 27 al 28 de diciem­bre de 1979, miles de sol­da­dos y tan­ques de la 40 Divi­sión del Ejér­ci­to Rojo entra­ban en Afga­nis­tán para apo­yar al Gobierno comu­nis­ta alia­do ante el aco­so de las gue­rri­llas islá­mi­cas. Car­ter, mani­pu­la­do por la CIA y aco­sa­do por los repu­bli­ca­nos (lide­ra­dos por Ronald Reagan), que ase­gu­ra­ban que la URSS esta­ba a pun­to de con­se­guir la supre­ma­cía nuclear, con­si­de­ró que la inva­sión de Afga­nis­tán era “la más gra­ve cri­sis en polí­ti­ca inter­na­cio­nal que enfren­tan a EEUU con la URSS des­de la II Gue­rra Mun­dial.” Y deci­dió actuar.

De inme­dia­to orde­nó el boi­cot a los Jue­gos Olím­pi­cos que debían tener lugar ese verano en Mos­cú, embar­gó ven­tas de cerea­les y auto­ri­zó el ini­cio de una carre­ra arma­men­tís­ti­ca, crean­do el Rapid Deploy­ment For­ce. La lla­ma­da Doc­tri­na Car­ter con­sis­tió en deci­dir que EEUU entra­ría en gue­rra en caso de estar bajo ame­na­za los pozos petro­le­ros de Orien­te Medio.

Y su deci­sión más radi­cal fue la de fir­mar una serie de docu­men­tos lega­les secre­tos, los Pre­si­den­tial Fin­dings, que auto­ri­za­ban explí­ci­ta­men­te a la CIA a entrar en acción, en Afga­nis­tán, con­tra el Ejér­ci­to Rojo. La CIA comen­zó a hacer lle­gar con­te­ne­do­res con armas… sovié­ti­cas, al ISI, el Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia del Pakis­tán de Mohm­mad Zia ul-Had, el dic­ta­dor a quien has­ta enton­ces cri­ti­ca­ba Car­ter por sus vio­la­cio­nes a los dere­chos humanos.

Car­ter se olvi­dó de sus crí­ti­cas a Zia al com­pren­der que era cla­ve para poder hacer lle­gar las armas a los afganos.

“Afga­nis­tán fue una gue­rra secre­ta en la que la CIA com­ba­tió y triun­fó sin deba­tes en el Con­gre­so ni pro­tes­tas en la calle. No sólo fue la mayor ope­ra­ción de la agen­cia, sino que tam­bién fue el mayor secre­to de gue­rra de la his­to­ria, y a pesar de ello no ha que­da­do de esa mane­ra regis­tra­do en la memo­ria de los esta­dou­ni­den­ses” (1), diría Geor­ge Crile.

La CIA uti­li­zó dis­tin­tas vías para hacer que la inter­ven­ción sovié­ti­ca en Afga­nis­tán se con­vir­tie­ra en el “Viet­nam” de la URSS. Y lo con­si­guió, diez años después.

Ade­más de com­pro­me­ter al Rei­no Uni­do, Fran­cia, Chi­na, Marrue­cos, Ara­bia Sau­dí y muchos otros paí­ses en la ope­ra­ción, y enviar cien­tos de miles de armas y muni­cio­nes a Pakis­tán, jun­to con ins­truc­to­res para entre­nar a los mujai­di­nes, la CIA uti­li­zó vie­jos víncu­los de EE UU con el pode­ro­so Bin­la­din Group sau­di, para vin­cu­lar­se con uno de sus miem­bros, Osa­ma Ben Laden, quien por su pro­pia ini­cia­ti­va ya esta­ba ope­ran­do sobre el terreno y ter­mi­na­ría con­vir­tién­do­se en un alia­do fundamental.

El impe­rio empre­sa­rial de los Ben Laden fue crea­do por el padre de Osa­ma, Moha­med Ben Laden, inmi­gran­te yeme­ní que comen­zó a tra­ba­jar como alba­ñil de la empre­sa petro­lí­fe­ra Aram­co en Ara­bia Sau­dí, y se ter­mi­nó con­vir­tien­do en el cons­truc­tor por exce­len­cia de los pala­cios, mez­qui­tas y gran­des obras de la monar­quía sau­dí, en el pro­pio país y en el extran­je­ro. Para el gran poder eco­nó­mi­co, finan­cie­ro y polí­ti­co de EEUU, el man­te­ner bue­nas rela­cio­nes con el Bin­la­din Group era fun­da­men­tal para acce­der a nego­cios con un socio tan impor­tan­te como Ara­bia Saudí.

El Bin­la­din Group man­tu­vo, inclu­so des­pués del 11‑S, capi­tal en el Carly­le Group, pode­ro­so gru­po de inver­sio­nes de Washing­ton, de cuyo Con­se­jo de Ase­so­res for­mó par­te des­de Geor­ge Bush “senior”, has­ta Frank Car­luc­ci, anti­guo direc­tor adjun­to de la CIA, o James Baker, anti­guo jefe de Gabi­ne­te de Ronald Reagan y Secre­ta­rio de Esta­do de Bush “senior”.

El pro­pio Geor­ge W. Bush “junior” tuvo rela­ción con el Bin­la­din Group, a tra­vés de su socio James Bath, con el que creó en los años 1970 la empre­sa petro­le­ra Arbus­to Energy, y que era repre­sen­tan­te en EE UU de las inver­sio­nes de Salem Ben Laden, uno de los her­ma­nos de Osa­ma Ben Laden.

Esas rela­cio­nes con los Ben Laden faci­li­ta­rían a la CIA el con­tac­to con Osa­ma, en esa épo­ca ya musul­mán radi­cal, para invo­lu­crar eco­nó­mi­ca­men­te y con medios para la “yihad” (gue­rra san­ta) con­tra las tro­pas sovié­ti­cas que ocu­pa­ban un país musul­mán como Afga­nis­tán, a nume­ro­sos paí­ses ára­bes, jeques y emi­res dis­pues­tos a dar una lec­ción al “infiel rojo”.

Osa­ma uti­li­zó su pro­pia expe­rien­cia y los recur­sos del Bin­la­din Group para acon­di­cio­nar zonas de Pakis­tán fron­te­ri­zas con Afga­nis­tán don­de pudie­ran entre­nar­se miles de mujai­di­nes; túne­les entre los dos paí­ses para pasar armas, muni­cio­nes y hom­bres, carre­te­ras de acce­so y pasos segu­ros para el con­tra­ban­do de opio con el que finan­ciar par­te de la guerra.

En casi todos los paí­ses musul­ma­nes se reclu­ta­ron volun­ta­rios para com­ba­tir en Afga­nis­tán. Muchos otros

pro­ve­nían de mino­rías musul­ma­nas de otras regio­nes, como los uigu­res de Chi­na, los musul­ma­nes de Bos­nia-Her­ze­go­vi­na, che­che­nos del Cáu­ca­so y de otras muchas nacionalidades.

Ana­li­zan­do todo aquel perio­do, Geor­ge Cri­le, autor de una de las obras más impor­tan­tes sobre la inter­ven­ción secre­ta de EEUU en Afga­nis­tán, escri­bió: “Cuan­do uno ve las cosas a tra­vés del pris­ma del 11‑S, la esca­la del apo­yo de EEUU a un ejér­ci­to de fun­da­men­ta­lis­tas islá­mi­cos resul­ta total­men­te incom­pren­si­ble. En el cur­so de una déca­da, billo­nes de muni­cio­nes y cien­tos de miles de armas fue­ron con­tra­ban­dea­dos a tra­vés de las fron­te­ras, arri­ba de came­llos, mulas y asnos. Alre­de­dor de 300.000 gue­rre­ros fun­da­men­ta­lis­tas afga­nos trans­por­ta­ron armas pro­vis­tas por la CIA; miles fue­ron entre­na­dos en el arte del terro­ris­mo urbano” (2).

Cri­le recor­da­ba en su libro que el 15 de febre­ro de 1989, des­pués de salir el últi­mo sol­da­do sovié­ti­co de Afga­nis­tán, en la sede cen­tral de la CIA en Lan­gley se reci­bió un cable de la ante­na de la agen­cia en Isla­ma­bad. Sólo tenía dos pala­bras: “We Won” (Hemos gana­do) decía. Ese día se fes­te­jó por todo lo alto en Lan­gley. Esta­dos Uni­dos pare­cía dejar atrás el sín­dro­me de Vietnam.

Ronald Reagan cose­cha­ba todos los éxi­tos. Pocas horas des­pués de que Jimmy Car­ter aban­do­na­ra el poder, habían sido libe­ra­dos los 52 rehe­nes esta­dou­ni­den­ses cap­tu­ra­dos en Tehe­rán al triun­far la revo­lu­ción islá­mi­ca, y diez años des­pués de que se ini­cia­ra la gue­rra de Afga­nis­tán que había ayu­da­do a poten­ciar Car­ter, Reagan podía reco­ger los frutos.

Ese mis­mo año, 1989, había vis­to tam­bién caer el Muro de Ber­lín y con él se ini­cia­ba el des­mo­ro­na­mien­to de los regí­me­nes de “socia­lis­mo real” en Euro­pa del Este. En 1990 pudo dis­fru­tar igual­men­te con la derro­ta elec­to­ral de los san­di­nis­tas. Todo pare­cía enderezarse.

Pero menos de cua­tro años des­pués de ter­mi­na­da la gue­rra de Afga­nis­tán, la orga­ni­za­ción crea­da por Osa­ma Ben Laden en ese país, Al Qae­da (’La Base’, en ára­be) agru­pan­do a los com­ba­tien­tes islá­mi­cos de nume­ro­sas nacio­na­li­da­des que habían com­par­ti­do el fren­te de bata­lla, come­tía su pri­mer aten­ta­do en terri­to­rio esta­dou­ni­den­se. Osa­ma había aca­ba­do con el “infiel rojo” y aho­ra se vol­vía con­tra el “Gran Satán”.

En 1993 fue el pri­mer ata­que con­tra el World Tra­de Cen­ter de Nue­va York, don­de murie­ron seis per­so­nas y otras 1.000 resul­ta­ron heri­das. Sólo sería el ini­cio de una serie de ata­ques con­tra fuer­zas e intere­ses esta­dou­ni­den­ses en dis­tin­tos países.

Bill Clin­ton fue el pri­me­ro en auto­ri­zar a la CIA a crear una uni­dad espe­cia­li­za­da en la bús­que­da y cap­tu­ra de Osa­ma Ben Laden y sus lugar­te­nien­tes, enca­be­za­da por el ofi­cial Michael Scheuer, quien lo rei­vin­di­có con orgu­llo en el pla­tó del pro­gra­ma “60 Minu­tes” de la CBS el 14 de noviem­bre de 2004, una sema­na des­pués de dejar la agen­cia tras 20 años de ser­vi­cio (3).

Fue ese gru­po el que, a par­tir de 1995 y has­ta 1999, pro­ta­go­ni­zó más de vein­te secues­tros de sos­pe­cho­sos de per­te­ne­cer a Al Qae­da en paí­ses tan dis­pa­res como Alba­nia, Bul­ga­ria, Fili­pi­nas, Mala­sia, Sudá­fri­ca o Kenia. Los secues­tra­dos fue­ron en su mayo­ría tras­la­da­dos en avio­nes camu­fla­dos a Egip­to para ser tor­tu­ra­dos impu­ne­men­te. Suce­dió años antes de que se empe­za­ra a hablar, ya en la era Bush, de los “vue­los de la CIA”.

En 1998, Clin­ton orde­nó igual­men­te bom­bar­dear zonas de Afga­nis­tán don­de se supo­nía que se encon­tra­ba Osa­ma Ben Laden y sus hom­bres, alber­ga­dos por los tali­ba­nes, sin nin­gún éxito.

A pesar de ello, la Admi­nis­tra­ción de Clin­ton man­te­nía para­le­la­men­te con­tac­tos con los tali­ba­nes para inten­tar cerrar una gran ope­ra­ción que per­mi­ti­ría a la empre­sa Uno­cal cons­truir un oleo­duc­to que atra­ve­sa­ra Afga­nis­tán. Una dele­ga­ción tali­bán de alto nivel visi­tó la refi­ne­ría de Uno­cal en Hous­ton en 1997. Hamid Kar­zai, actual pre­si­den­te de Afga­nis­tán y ex com­ba­tien­te con­tra los sovié­ti­cos en los años 1980, era ase­sor de Uno­cal y par­ti­ci­pa­ba en la nego­cia­ción con los tali­ba­nes (4).

El 11‑S le dio a Al Qae­da una publi­ci­dad que le per­mi­tió cre­cer y cre­cer. Casi diez años des­pués de aque­lla fecha y del comien­zo de la cru­za­da de Bush, el mun­do es aún menos segu­ro . La CIA y los SEALs (equi­pos de Mar, Aire y Tie­rra del ejér­ci­to de EE UU) mata­ron a Osa­ma Bin Laden, pero con su orden de eje­cu­ción sin jui­cio Oba­ma eli­mi­nó al sal­va­vi­das pre­si­den­cial. Para el futu­ro, la Casa Blan­ca tal vez nece­si­te crear otros OBL.

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