Sólo la lucha paga – Mario Zubi­lla­ga

Pasa­do, pre­sen­te y futu­ro son cate­go­rías uni­das de for­ma inse­pa­ra­ble en los pro­ce­sos de cons­truc­ción social. Las iden­ti­da­des indi­vi­dua­les y colec­ti­vas se cons­tru­yen día a día, sobre la inter­pre­ta­ción de un pasa­do que se esta­ble­ce como guía para el futu­ro. Por eso, el pasa­do está inde­fec­ti­ble­men­te suje­to a un deba­te inter­pre­ta­ti­vo. Es más, como nos recuer­da Zizek, «el deba­te ideo­ló­gi­co fun­da­men­tal es acer­ca de la defi­ni­ción actual de un pasa­do que siem­pre pre­fi­gu­ra el futu­ro». En este sen­ti­do, tres momen­tos son cla­ves en nues­tra memo­ria. Tres momen­tos cuya inter­pre­ta­ción his­tó­ri­ca con­fi­gu­ra el futu­ro de Eus­kal Herria como nación: el pasa­do Esta­do inde­pen­dien­te de Nava­rra nos espe­ra en el futu­ro. Los ven­ci­dos en la gue­rra civil ‑izquier­dis­tas y/​o abertzales‑, nos mues­tran las alian­zas posi­bles y nece­sa­rias para alcan­zar­lo. Y, como no podía ser de otro modo, se ha abier­to ya la pug­na ideo­ló­gi­ca res­pec­to al valor de la lucha en el pasa­do recien­te, la que se ini­cia a fina­les de los cin­cuen­ta, con el sur­gi­mien­to de ETA.

Está abier­ta la veda del pasa­do para los soció­lo­gos pala­ti­nos, intér­pre­tes intere­sa­dos cuan­do se tra­ta de ana­li­zar pro­ce­sos de cam­bio: la mayo­ría no ha pasa­do del fun­cio­na­lis­mo mer­to­niano, más o menos camu­fla­do. Por eso, les repug­na el con­flic­to, defi­ni­do siem­pre como pato­lo­gía social: los que luchan son inadap­ta­dos, locos, ton­tos úti­les, o malos. Por eso miti­fi­can a los trai­do­res y arre­pen­ti­dos, con­fun­dien­do la cate­que­sis, el aná­li­sis de la evo­lu­ción indi­vi­dual y los pro­ce­sos socia­les. Si no tuvié­ra­mos posi­bi­li­dad de arre­pen­tir­nos no pasa­ría­mos de la pura ata­ra­xia. Para este acer­ca­mien­to aca­dé­mi­co, tan aplau­di­do en los medios domi­nan­tes, nun­ca hay razo­nes polí­ti­cas para luchar. Peor aún, nun­ca las ha habi­do: «es un via­je a nin­gu­na par­te». Sólo algu­nos pasa­dos con­sen­sua­dos son rei­vin­di­ca­bles: como si la resis­ten­cia fran­ce­sa no hubie­ra mata­do ale­ma­nes, tan per­so­nas como cual­quie­ra, por otra par­te.

Cri­ti­can­do la labor de muchos cien­tí­fi­cos socia­les al hilo de mayo del 68, Kris­tin Ross nos advier­te de la des­po­li­ti­za­ción de la memo­ria: un con­flic­to polí­ti­co se con­vier­te en rebe­lión gene­ra­cio­nal o mera mani­fes­ta­ción de una con­tra­cul­tu­ra más o menos sim­pá­ti­ca, una moda lam­pe­du­sia­na: «todo cam­bia para que nada cam­bie». Esa es una de las vías de des­po­li­ti­za­ción del pasa­do: la «moda­li­za­ción». La otra, más gra­ve, si cabe, es la «mora­li­za­ción de la memo­ria». Así, el con­flic­to vas­co ha sido «una corrup­ción moral, una per­ver­si­dad social… a la que sólo algu­nos ciu­da­da­nos espi­ri­tual­men­te supe­rio­res se ha enfren­ta­do con arro­jo admi­ra­ble». En fin, que el aná­li­sis socio­ló­gi­co o polí­ti­co de aho­ra se reduz­ca a esta visión roma de la reali­dad no es muy edi­fi­can­te. A los ana­lis­tas se nos pide que anti­ci­pe­mos lo que se dirá sobre estos cin­cuen­ta años den­tro de cin­cuen­ta, y no conoz­co nin­gún epi­so­dio his­tó­ri­co con­flic­ti­vo que con cier­ta pers­pec­ti­va se lea úni­ca­men­te en cla­ve moral bina­ria: malos y bue­nos. Es más, ni siquie­ra el epi­so­dio más trá­gi­co de la recien­te his­to­ria ‑Auschwitz‑, está cerra­do en lo que ata­ñe a la refle­xión éti­ca, como nos recuer­da Agam­ben: hay que dis­tin­guir la res­pon­sa­bi­li­dad por el daño del arre­pen­ti­mien­to moral. No sea que la mera catar­sis moral par­ti­cu­lar impi­da un aná­li­sis éti­co y polí­ti­co pro­fun­do de lo que unos y otros han hecho bien o mal duran­te estos años de gue­rra en Eus­kal Herria. A veces la moral es una nie­bla espe­sa que nos impi­de asu­mir nues­tros erro­res ‑los de todos‑, y apren­der a dise­ñar una vida bue­na colec­ti­va, es decir, a vivir éti­ca­men­te, sin cul­pa ni res­pon­sa­bi­li­dad.

En esa mis­ma línea, Char­les Tilly, cuya prin­ci­pal vir­tud fue la de inten­tar expli­car los pro­ce­sos socia­les sin ver­se en la nece­si­dad de con­de­nar­los o aplau­dir­los, nos ofre­ce una lec­tu­ra poli­to­ló­gi­ca de nues­tro tiem­po: esta­ría­mos asis­tien­do al fin de un lar­go ciclo de protesta/​democratización ini­cia­do a media­dos de los años seten­ta del pasa­do siglo. Lo que ha esta­do en jue­go es la defi­ni­ción de las deman­das sociales/​políticas admi­si­bles por el sis­te­ma polí­ti­co y el equi­li­brio entre las mis­mas una vez inte­gra­das en el mis­mo. La demo­cra­ti­za­ción nun­ca es un pro­ce­so pací­fi­co, y, en muchas oca­sio­nes el con­flic­to en torno a la demo­cra­ti­za­ción adquie­re con­te­ni­dos vio­len­tos. En nues­tro caso, se han conec­ta­do y retro­ali­men­ta­do en una lar­ga y dolo­ro­sa espi­ral dos temo­res, y dos diso­nan­cias cog­ni­ti­vas, o con­tra­dic­cio­nes insu­pe­ra­bles.

En pri­mer lugar, por un lado, en el seno del aber­tza­lis­mo radi­cal, exis­tía el temor de que el sis­te­ma demo­crá­ti­co ins­tau­ra­do tras la muer­te de Fran­co jamás reco­no­cie­ra el dere­cho de auto­de­ter­mi­na­ción enten­di­do como impres­cin­di­ble para la con­ti­nui­dad de un pro­yec­to nacio­nal vas­co. Mien­tras tan­to, por el lado sis­té­mi­co, exis­tía el temor de que una mino­ría apo­ya­da en el uso de la vio­len­cia con­si­guie­ra intro­du­cir una deman­da ‑la autodeterminación‑, en situa­ción de ven­ta­ja res­pec­to a otras que pudie­ran ser mayo­ri­ta­rias según cri­te­rios cuan­ti­ta­ti­vos y, que, ade­más, su intro­duc­ción pusie­ra en peli­gro el pro­yec­to nacio­nal espa­ñol.

En segun­do lugar, la diso­nan­cia de ETA estri­ba­ba en que pre­ten­día demo­cra­ti­zar el sis­te­ma ape­lan­do a ins­tru­men­tos no demo­crá­ti­cos. La diso­nan­cia se acen­tuó en su caso a par­tir de la ela­bo­ra­ción de la «alter­na­ti­va demo­crá­ti­ca» en abril de 1995, en tan­to en cuan­to ese dis­cur­so demo­crá­ti­co no podía con­vi­vir sin incohe­ren­cia insu­pe­ra­ble con la pra­xis arma­da. En el otro lado, la diso­nan­cia por par­te del Esta­do resi­día en que el dis­cur­so «cual­quier pro­yec­to polí­ti­co es posi­ble sin vio­len­cia» no tenía una base real.

La inma­du­rez del enfren­ta­mien­to con­du­jo a un calle­jón sin sali­da en el que todos podían tener par­te de razón: ETA y su comu­ni­dad de refe­ren­cia pen­só que la vio­len­cia era la úni­ca for­ma de arre­ba­tar a Espa­ña el dere­cho de auto­de­ter­mi­na­ción, enten­di­do como cla­ve para la sub­sis­ten­cia nacio­nal. Y los ges­to­res del sis­te­ma, des­de su lógi­ca, tenían algu­na razón para poner lími­tes a la demo­cra­ti­za­ción plan­tea­da por ETA: peli­gra­ba su pro­yec­to de tran­si­ción demo­crá­ti­ca limi­ta­da.

Llos pro­ce­sos de demo­cra­ti­za­ción se desa­rro­llan en la ten­sión irre­so­lu­ble entre lo ideal y lo posi­ble, ten­sión resuel­ta según la rela­ción de fuer­zas exis­ten­te en cada momen­to. En ese pun­to de ten­so equi­li­brio, sim­ple­men­te con­flu­yen for­mas dis­tin­tas de enten­der la demo­cra­cia y su alcan­ce. Por eso, la dimen­sión éti­ca no es aje­na a nin­guno de los adver­sa­rios: cuan­do un perio­do de vio­len­cia polí­ti­ca ocu­pa dece­nios, la situa­ción no se defi­ne abso­lu­ta­men­te a par­tir del mar­co «la locu­ra cri­mi­nal de unas pocas per­so­nas caren­tes de nin­gu­na legi­ti­mi­dad y un sis­te­ma polí­ti­co legí­ti­mo que no hace sino defen­der­se». Tam­po­co a par­tir del mar­co espe­cu­lar «la lucha arma­da está jus­ti­fi­ca­da por la opre­sión de un Esta­do ile­gí­ti­mo que vul­ne­ra las ansias de liber­tad de todo un pue­blo». El con­flic­to se sos­tie­ne en el tiem­po por­que es una pug­na entre éti­cas dis­tin­tas, entre legi­ti­mi­da­des fluc­tuan­tes en com­pe­ten­cia. Entre diso­nan­cias cog­ni­ti­vas más o menos ges­tio­na­bles. El gra­do de incohe­ren­cia y credibilidad/​viabilidad del dis­cur­so y la pra­xis conec­ta­da al mis­mo es el que deter­mi­na el gra­do de legi­ti­mi­dad social de cada uno de los con­ten­dien­tes, y el que, nor­mal­men­te deter­mi­na el momen­to y con­te­ni­do del final del ciclo.

El fin del ciclo demo­cra­ti­za­dor es mul­ti­fac­to­rial, pero bási­ca­men­te se resuel­ve por la aper­tu­ra de diver­sas ven­ta­nas de opor­tu­ni­dad que pue­den per­mi­tir resol­ver los temo­res y las diso­nan­cias cog­ni­ti­vas exis­ten­tes en los dis­cur­sos de los adver­sa­rios prin­ci­pa­les. Resu­mien­do: el pro­yec­to inde­pen­den­tis­ta pue­de (debe) pres­cin­dir de ETA para avan­zar polí­ti­ca­men­te, supe­ra­da ya una lar­ga fase de «ago­nía nacio­nal» de la mano de la mis­ma auto­no­mía que el inde­pen­den­tis­mo ha impul­sa­do y com­ba­ti­do, de modo sólo apa­ren­te­men­te para­dó­gi­co. Y el Esta­do pue­de (debe) abor­dar deter­mi­na­das cues­tio­nes, como la auto­de­ter­mi­na­ción, sin que peli­gre nece­sa­ria­men­te su esta­bi­li­dad en un con­tex­to euro­peo en el que, tras 1989, esa rei­vin­di­ca­ción demo­crá­ti­ca se vive ya con ente­ra nor­ma­li­dad. Este es el pun­to de madu­rez que per­mi­te cerrar el ciclo. Por eso es irre­le­van­te el momen­to nego­cia­dor: éste ya se ha pro­du­ci­do de fac­to, aun­que fal­te su con­crec­ción en el ámbi­to de la refor­ma ins­ti­tu­cio­nal. Todo se anda­rá.

Pen­sar que estos cua­ren­ta años «no han ser­vi­do para nada» es un acer­ca­mien­to reac­cio­na­rio a la reali­dad. Al con­tra­rio, como nos recuer­da Tilly, ni uno sólo de los dere­chos de los que hoy dis­fru­ta­mos, des­de la auto­no­mía terri­to­rial a las vaca­cio­nes paga­das, se ha con­se­gui­do sin luchar. Y tam­po­co se man­ten­drán en el futu­ro en ausen­cia de una movi­li­za­ción polí­ti­ca con­ti­nua­da. Otra cosa es que los obje­ti­vos deban ense­ñar a los medios y que, éstos, no sólo deben ser efi­ca­ces ‑que también‑, sino que deben medir siem­pre sus con­se­cuen­cias éti­cas a la luz de lo que está en jue­go en cada momen­to. Aho­ra bien, sien­do cons­cien­tes de que ayer como hoy, maña­na y siem­pre, «sólo la lucha paga».

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