El regre­so de Zela­ya y el futu­ro de la Resis­ten­cia hon­du­re­ña- Car­los Aznares

Algu­nos diri­gen­tes polí­ti­cos pro­gre­sis­tas debe­rían tener en cuen­ta que la con­cien­cia de los de aba­jo no se cons­tru­ye con tan brus­cos vira­jes de timón.

Vol­vió Mel Zela­ya y el pue­blo hon­du­re­ño explo­tó de ale­gría y entu­sias­mo. Esa mis­ma gen­te que duran­te dos años ha gene­ra­do la mayor Resis­ten­cia cen­tro­ame­ri­ca­na que se recuer­de. Miles y miles de hom­bres, muje­res y niños en la calle, enfren­tan­do a los mili­ta­res y poli­cías, ponien­do el cuer­po a las balas y tam­bién dejan­do en esa dura bata­lla dece­nas de muer­tos. Esta vez, lle­ga­ron a Tegu­ci­gal­pa des­de todos los pun­tos del país a reen­con­trar­se con su líder.

Vol­vió Mel Zela­ya, y Hon­du­ras se tiñó del rojo de la ban­de­ra del Fren­te Nacio­nal de Resis­ten­cia Popu­lar, y del azul de la ense­ña patria, mien­tras las con­sig­nas de «Sí, se pudo» y «Fue­ra el impe­ria­lis­mo» se mez­cla­ban con los piti­dos al gobierno de Por­fi­rio Lobo, mien­tras can­ta­ban tam­bién ese himno uni­ver­sal de los que luchan en cual­quier rin­cón del mun­do: «El pue­blo uni­do jamás será vencido».

Vol­vió Mel Zela­ya y rati­fi­có públi­ca­men­te el «Acuer­do de Recon­ci­lia­ción» fir­ma­do en Car­ta­ge­na de Indias (Colom­bia), que inclu­ye entre sus pun­tos la inves­ti­ga­ción de las vio­la­cio­nes de dere­chos huma­nos (dere­chos que siguen sien­do piso­tea­dos a dia­rio por el gobierno de Lobo), y la posi­bi­li­dad de rea­li­zar un ple­bis­ci­to en aras de lograr la tan ansia­da Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, por la que tan­tas veces el pue­blo salió a la calle en estos dos años.

Sin embar­go, en este Acuer­do hay algo no cie­rra, que gene­ra lógi­cas des­con­fian­zas, que hace que miles de mili­tan­tes de la Resis­ten­cia deban estar aler­ta de aquí en más, y tie­ne que ver con que los que rea­li­za­ron un gol­pe de Esta­do pro-yan­qui como el de Hon­du­ras, siguen en el gobierno, y más allá de per­mi­tir el regre­so de Zela­ya no será fácil que cedan lo que vie­nen usur­pan­do des­de tiem­po atrás. Ade­más, uno de los media­do­res para que este Acuer­do se rea­li­za­ra es nada menos que un geno­ci­da del pue­blo colom­biano, el pre­si­den­te San­tos, el mis­mo que posi­bi­li­ta que los yan­quis hayan ins­ta­la­do nue­ve bases mili­ta­res en el país, para ame­na­zar a los paí­ses del con­ti­nen­te que no se ali­nean con EEUU:

Otro pun­to de dis­cor­dia es la casi segu­ra entra­da de Hon­du­ras a la OEA, lo que se con­cre­ta­ría en esta pró­xi­ma sema­na. No hay nin­gu­na razón que con­ven­za a los que han lucha­do todo este tiem­po, sobre seme­jan­te des­pro­pó­si­to. Nadie igno­ra, por más dis­cur­so polí­ti­ca­men­te correc­to se quie­ra escri­bir, que Por­fi­rio Lobo es el con­ti­nuis­mo de la dic­ta­du­ra impues­ta en 2009. De lo con­tra­rio, que se lo pre­gun­ten a los maes­tros gol­pea­dos, tor­tu­ra­dos y ase­si­na­dos, o a los perio­dis­tas que en un len­to cuen­ta­go­tas son balea­dos por el paramilitarismo.

Peor aún, que opi­nen los cam­pe­si­nos del Aguán que han sufri­do has­ta ayer nomás la muer­te de dece­nas de sus mili­tan­tes. Con­tra ellos se han lan­za­do, mes a mes, las guar­dias arma­das del empre­sa­rio Miguel Facus­sé (sos­tén finan­cie­ro de los gol­pis­tas) gene­ran­do ver­da­de­ras masa­cres, que por supues­to siguen impu­nes. No, Hon­du­ras de Lobo no debe­ría vol­ver a la OEA, y en ese sen­ti­do son muy cla­ros los diri­gen­tes de la Resis­ten­cia Ber­ta Cáce­res, Car­los Reyes o Juan Baraho­na, apun­tan­do que sería un «error injus­ti­fi­ca­ble», mien­tras no se cum­plan las exi­gen­cias popu­la­res que no ter­mi­nan de nin­gu­na mane­ra con el retorno de Zelaya.

Vol­vió Manuel Zela­ya y se abra­zó con su pue­blo, que le demos­tró el cari­ño que le pro­fe­sa por haber sido el pri­mer Pre­si­den­te que pen­só en los más humil­des, a pesar de pro­ve­nir de un pasa­do polí­ti­co cen­tro-dere­chis­ta, pero que en el mar­co del gobierno al que lle­gó por el voto popu­lar, fue viran­do correc­ta­men­te hacia la izquier­da y gene­ró pro­pues­tas suma­men­te pro­gre­sis­tas en un país que déca­das atrás fun­cio­na­ra como un encla­ve estra­té­gi­co de Washington.

Vol­vió Manuel Zela­ya y pro­me­tió pro­fun­di­zar el avan­ce de la Resis­ten­cia que él mis­mo coor­di­na. En el acto mul­ti­tu­di­na­rio fue pre­sen­tan­do uno a uno a la dele­ga­ción inter­na­cio­nal que lo acom­pa­ño des­de Nica­ra­gua, rei­vin­di­can­do la soli­da­ri­dad lati­no­ame­ri­ca­na que siem­pre lo acom­pa­ñó duran­te su exi­lio. Valo­ró hon­da­men­te el papel de Bra­sil, de Ecua­dor, de Argen­ti­na y por supues­to de la Vene­zue­la de Hugo Chávez.

Párra­fo apar­te mere­cen las pala­bras de otra de las acom­pa­ñan­tes de Zela­ya, la com­ba­ti­va sena­do­ra Pie­dad Cór­do­ba. Cuan­do Mel le cedió el micró­fono, elo­gió a Hon­du­ras y a la Resis­ten­cia, y en un ges­to incom­pren­si­ble, vivó al geno­ci­da colom­biano Juan Manuel San­tos, invi­tan­do a los allí reu­ni­dos a agra­de­cer­le su media­ción. No tuvo éxi­to: ese mis­mo pue­blo sabio, que cuan­do minu­tos antes, Zela­ya men­cio­na­ra al mis­mo per­so­na­je, man­tu­vo un obli­ga­do silen­cio de aplau­sos y lan­zó varios gri­tos de abu­cheo, vol­vió a repe­tir el ges­to digno. Un momen­to des­pués, sin dudar­lo, ova­cio­na­ba a Hugo Chá­vez. Algu­nos diri­gen­tes polí­ti­cos pro­gre­sis­tas debe­rían tener en cuen­ta que la con­cien­cia de los de aba­jo no se cons­tru­ye con tan brus­cos vira­jes de timón, que sólo sir­ven para sem­brar el desconcierto.

Vol­vió Manuel Zela­ya. Si, y todos los lucha­do­res del Ter­cer Mun­do habrán de fes­te­jar­lo ya que, por enci­ma de los Acuer­dos diplo­má­ti­cos, esta lucha se ganó en la calle. Si la Resis­ten­cia no hubie­ra man­te­ni­do la pul­sea­da en todos estos meses, y la soli­da­ri­dad popu­lar inter­na­cio­na­lis­ta no la hubie­ra acom­pa­ña­do, este retorno sería difí­cil de imaginar.

Aho­ra, otra vez y como siem­pre, pero con Zela­ya en el terri­to­rio, la bata­lla con­tra los que lo echa­ron hace dos años habrá de agu­di­zar­se. Ima­gi­nar un esce­na­rio dife­ren­te es no cono­cer los pun­tos que cal­za el enemi­go que se enfren­ta. En el tiem­po que vie­ne, la movi­li­za­ción será la mejor auto­de­fen­sa popu­lar. En ese sen­ti­do lo tie­ne cla­ro los inte­gran­tes del COPINH (Con­se­jo de Orga­ni­za­cio­nes Popu­la­res e indí­ge­nas de Hon­du­ras), una de las orga­ni­za­cio­nes que está en la pelea des­de hace décadas:

«No des­can­sa­re­mos has­ta des­mon­tar las estruc­tu­ras gol­pis­tas que hoy están en el poder gozan­do de la impu­ni­dad nacio­nal e inter­na­cio­nal, con­tra lo que con­ti­nua­re­mos alzan­do nues­tra lucha por­que somos un pue­blo digno que no está dis­pues­to retro­ce­der. No olvi­da­mos, no per­do­na­mos, no nos reconciliamos».

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