Islan­dia: Un labo­ra­to­rio libe­ral arra­sa­do por la cri­sis- Robert Wade y Silla Sigurgeirsdóttir

Isla peque­ña, gran­des pre­gun­tas. ¿Deben los ciu­da­da­nos pagar por la locu­ra de los ban­que­ros? ¿Exis­te toda­vía algu­na ins­ti­tu­ción vin­cu­la­da a la sobe­ra­nía popu­lar capaz de opo­ner su legi­ti­mi­dad a la supre­ma­cía de las finan­zas? Esto es lo que esta­ba en jue­go en el refe­rén­dum orga­ni­za­do el pasa­do 10 de abril en Islan­dia. Ese día el gobierno son­dea­ba la opi­nión de la pobla­ción por segun­da vez: ¿acep­tan uste­des reem­bol­sar los depó­si­tos de par­ti­cu­la­res bri­tá­ni­cos y holan­de­ses en el ban­co pri­va­do Ice­sa­ve? Y, por segun­da vez, los habi­tan­tes de la isla devas­ta­da por la cri­sis ini­cia­da en 2008 res­pon­die­ron “no”; lo hizo el 60% de los votan­tes, con­tra el 93% en la pri­me­ra con­sul­ta, en mar­zo de 2010.

El final de la vota­ción adop­ta un tono par­ti­cu­lar en un momen­to en que, bajo la pre­sión de los espe­cu­la­do­res, de la Comi­sión Euro­pea y del Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal (FMI), los gobier­nos del Vie­jo Con­ti­nen­te impo­nen polí­ti­cas de aus­te­ri­dad para las cua­les no fue­ron ele­gi­dos. La domi­na­ción del mun­do occi­den­tal por par­te de las ins­ti­tu­cio­nes finan­cie­ras, libe­ra­das de cual­quier res­tric­ción, inquie­ta inclu­so a los turi­fe­ra­rios de la des­re­gu­la­ción. Lue­go del refe­rén­dum islan­dés, el edi­to­ria­lis­ta del muy libe­ral Finan­cial Times se ale­gró de que “fue­ra posi­ble colo­car a los ciu­da­da­nos antes que a los ban­cos” (13−4−11). Una idea que aún encuen­tra poco eco entre los diri­gen­tes polí­ti­cos europeos.

Si Islan­dia es hoy un “caso de libro”, es por­que este país ofre­ce un ejem­plo quí­mi­ca­men­te puro de las diná­mi­cas que, duran­te los años 1990 y 2000, per­mi­tie­ron a los intere­ses pri­va­dos dic­tar regu­la­cio­nes públi­cas que lle­va­ron a inflar la esfe­ra finan­cie­ra, a des­en­ca­jar­la del res­to de la eco­no­mía y, final­men­te, a su implosión.

En 2007, jus­to antes de la cri­sis, todo iba de la mejor mane­ra posi­ble: el ingre­so pro­me­dio islan­dés se ubi­ca­ba en el quin­to pues­to del ran­go mun­dial y aven­ta­ja­ba en un 60% al de Esta­dos Uni­dos. En ese momen­to, los res­tau­ran­tes ele­gan­tes de Reik­ja­vik deja­ban a los de Lon­dres como medio­cres can­ti­nas. Los artícu­los de lujo inun­da­ban los nego­cios y enor­mes 4×4 obs­truían las calles. Un año antes, un estu­dio inter­na­cio­nal había iden­ti­fi­ca­do a la pobla­ción de la isla como la más feliz del pla­ne­ta (1). Una gran par­te de su pros­pe­ri­dad se apo­ya­ba en el ace­le­ra­do cre­ci­mien­to de tres ban­cos islan­de­ses. Has­ta 1998 habían sido peque­ñas empre­sas del sec­tor públi­co, pero fue­ron cre­cien­do rápi­da­men­te has­ta ubi­car­se entre los tres­cien­tos ban­cos más impor­tan­tes del mun­do y sus acti­vos pasa­ron del 100% del Pro­duc­to Interno Bru­to (PIB) en 2000, a casi el 800% en 2007, un nivel que sólo supe­ra­ba Suiza.

La cri­sis eco­nó­mi­ca esta­lló a fines de sep­tiem­bre de 2008. Des­pués de la quie­bra del ban­co de inver­sión Leh­man Brothers, los mer­ca­dos mone­ta­rios se com­pri­mie­ron (2). Inca­pa­ces de devol­ver el dine­ro a sus acree­do­res, los tres gran­des ban­cos islan­de­ses fue­ron nacio­na­li­za­dos. Acce­die­ron así a un gru­po menos glo­rio­so: el que publi­có la agen­cia de cali­fi­ca­ción de ries­gos Moody’s como el de las once catás­tro­fes finan­cie­ras más espec­ta­cu­la­res de la historia.

De una estruc­tu­ra feu­dal al neoliberalismo

A comien­zos del siglo XX, des­pués de más de seis­cien­tos años de domi­na­ción extran­je­ra, las estruc­tu­ras socia­les de Islan­dia seguían sien­do las más feu­da­les de los paí­ses nór­di­cos. La pes­ca domi­na­ba la eco­no­mía y gene­ra­ba la mayor par­te de las entra­das de divi­sas extran­je­ras, per­mi­tien­do que el comer­cio se desa­rro­lla­ra gra­cias a las impor­ta­cio­nes. Esto esti­mu­ló nue­vas acti­vi­da­des: cons­truc­ción, ser­vi­cios e indus­tria livia­na. Des­pués de la Segun­da Gue­rra Mun­dial la eco­no­mía entró en un perío­do de cre­ci­mien­to más sos­te­ni­do, favo­re­ci­da por diver­sos fac­to­res: la ayu­da liga­da al Plan Marshall, aso­cia­da a la ins­ta­la­ción de una base mili­tar des­ti­na­da a reci­bir al ejér­ci­to esta­dou­ni­den­se y a la Orga­ni­za­ción del Tra­ta­do del Atlán­ti­co Nor­te (OTAN); la abun­dan­cia de un bien de expor­ta­ción poco sen­si­ble a las fluc­tua­cio­nes del ingre­so de los con­su­mi­do­res, el pes­ca­do de agua fría, y una pobla­ción poco nume­ro­sa, muy edu­ca­da y dota­da de un fuer­te sen­ti­mien­to de per­te­nen­cia nacional.

A medi­da que Islan­dia se enri­que­cía, fue sen­tan­do las bases de un Esta­do de Bien­es­tar ins­pi­ra­do en el mode­lo escan­di­na­vo, finan­cia­do con impues­tos. En la déca­da de 1980, el nivel y la dis­tri­bu­ción del ingre­so dis­po­ni­ble alcan­za­ron al pro­me­dio de los paí­ses nór­di­cos. Sin embar­go, el peso del Esta­do siguió sien­do más pro­nun­cia­do en Islan­dia que en sus veci­nos euro­peos. Igual que el clien­te­lis­mo: la oli­gar­quía local limi­ta­ba el pai­sa­je tan­to polí­ti­co como económico.

La socie­dad capi­ta­lis­ta moder­na de la segun­da mitad del siglo XX se ins­cri­bió en un víncu­lo de filia­ción direc­ta con las estruc­tu­ras casi feu­da­les del siglo XIX. En las déca­das que siguie­ron a la Segun­da Gue­rra Mun­dial, cator­ce fami­lias –un gru­po cono­ci­do con el nom­bre de “Pul­po”– cons­ti­tu­ye­ron la eli­te eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca del país. A seme­jan­za de los jefes tri­ba­les anti­guos, estas fami­lias con­tro­la­ban las impor­ta­cio­nes, los trans­por­tes, la ban­ca, los segu­ros, la pes­ca y el apro­vi­sio­na­mien­to de la base de la OTAN.

Esta oli­gar­quía reinó tam­bién en el Par­ti­do de la Inde­pen­den­cia (PI, de dere­cha), que con­tro­la­ba los medios de comu­ni­ca­ción y ava­la­ba los nom­bra­mien­tos de los altos fun­cio­na­rios en la admi­nis­tra­ción, la poli­cía y el ejér­ci­to. En su momen­to, los par­ti­dos domi­nan­tes –el PI y el Par­ti­do del Cen­tro (PC), que reclu­ta­ba adep­tos en las zonas rura­les (3)– admi­nis­tra­ban direc­ta­men­te los ban­cos públi­cos loca­les: era impo­si­ble obte­ner un prés­ta­mo sin pasar por el appa­rat­chik local. La inti­mi­da­ción, la adu­la­ción ser­vil y la des­con­fian­za tejie­ron una red de poder impreg­na­da de cul­tu­ra machis­ta, pron­ta a eri­gir la abun­dan­cia de vello en vir­tud universal.

Pero a fines de los años 70, una fac­ción neo­li­be­ral vino a sub­ver­tir, des­de el inte­rior, el orden tra­di­cio­nal. Fue empu­ja­da por la “Loco­mo­to­ra”, nom­bre pro­ve­nien­te de un dia­rio del cual se apro­pia­ron estu­dian­tes de dere­cho y comer­cio. Su obje­ti­vo era pro­mo­ver los pre­cep­tos del libre­cam­bio y gene­rar­se posi­bi­li­da­des de carre­ra sin tener que espe­rar la ben­di­ción del Pul­po. Con el fin de la Gue­rra Fría, la opo­si­ción de izquier­da ya no tuvo influen­cia y la Loco­mo­to­ra pros­pe­ró. Le dio al país un pri­mer minis­tro, David Odds­son (PI).

Naci­do en 1948 en el seno de la cla­se media, Odds­son lle­gó a ser con­se­je­ro muni­ci­pal de Reik­ja­vik por el PI en 1974 y des­pués alcal­de en 1982. Enton­ces lle­vó a cabo cam­pa­ñas de pri­va­ti­za­ción –como la ven­ta de la flo­ta de pes­ca muni­ci­pal– en bene­fi­cio de miem­bros de la Loco­mo­to­ra. En 1991, con­du­jo al PI hacia la vic­to­ria en las elec­cio­nes nacio­na­les. Con­ver­ti­do en Pri­mer Minis­tro, reinó el país duran­te más de 14 años y pre­si­dió el extra­or­di­na­rio cre­ci­mien­to del sec­tor finan­cie­ro, antes de ins­ta­lar­se al man­do del Ban­co Cen­tral, en 2004. Sin ale­jar­se jamás de la corrien­te prin­ci­pal de la polí­ti­ca islan­de­sa, se man­tu­vo apar­ta­do del res­to de la socie­dad, don­de no des­per­ta­ba la menor curio­si­dad. Su pro­te­gi­do den­tro de la Loco­mo­to­ra, Geir Haar­de, minis­tro de Finan­zas de 1998 a 2005, suce­dió en 2006 a Hall­dór Asgríms­son a la cabe­za del gobierno, a quien Odd­son le había cedi­do el poder en 2004.

La libe­ra­li­za­ción de la eco­no­mía islan­de­sa comen­zó en 1994. El acce­so al Espa­cio Eco­nó­mi­co Euro­peo –la zona de libre comer­cio de los paí­ses de la Unión Euro­pea a la cual se unen Islan­dia, Liech­tens­tein y Norue­ga– impu­so la libre cir­cu­la­ción de capi­ta­les, bie­nes, ser­vi­cios y per­so­nas. El gobierno de Odds­son se lan­zó a un pro­gra­ma de ven­ta de acti­vos del Esta­do y de des­re­gu­la­ción del mer­ca­do de tra­ba­jo. La pri­va­ti­za­ción del sec­tor finan­cie­ro comen­zó en 1998 bajo la direc­ción de Odds­son y Hali­dór Ásgríms­son, líder del PC, socio de la coa­li­ción enton­ces en el poder: el ban­co Lands­ban­ki fue asig­na­do a dig­na­ta­rios del PI, mien­tras que su com­pe­ti­dor, el Kaupthing, le corres­pon­dió al PC. Más tar­de, un ban­co pri­va­do pro­ve­nien­te de la fusión de varios peque­ños esta­ble­ci­mien­tos, el Glit­nir, se ins­ta­ló en el ter­cer lugar.

Islan­dia entró al nue­vo mile­nio empu­ja­da por el alien­to de las finan­zas inter­na­cio­na­les, dopa­das por los cré­di­tos bara­tos. En el plano nacio­nal, tres ele­men­tos resul­ta­ron deter­mi­nan­tes: un com­pro­mi­so polí­ti­co fuer­te a favor del sec­tor; la fusión de los ban­cos de inver­sión y de los ban­cos comer­cia­les, que les per­mi­tió a los pri­me­ros bene­fi­ciar­se con las garan­tías que el gobierno ofre­cía a los segun­dos, y una deu­da sobe­ra­na redu­ci­da, que per­mi­tía cali­fi­car a los ban­cos con la indis­pen­sa­ble bue­na nota de las agen­cias inter­na­cio­na­les cali­fi­ca­do­ras de ries­go. Segu­ros con eso, los accio­nis­tas mayo­ri­ta­rios de Lands­ban­ki, Kaupthing, Glit­nir y sus diver­sas filia­les, invir­tie­ron la vie­ja domi­na­ción de la polí­ti­ca sobre las finanzas.

La admi­nis­tra­ción Odds­son pron­to dis­mi­nu­yó la regu­la­ción de los prés­ta­mos hipo­te­ca­rios garan­ti­za­dos por el Esta­do, auto­ri­zan­do prés­ta­mos que lle­ga­ban al 90% del valor de un bien. Los ban­cos, recién pri­va­ti­za­dos, se apre­su­ra­ron a ofre­cer con­di­cio­nes aun más “gene­ro­sas”. El impues­to a los ingre­sos y el Impues­to al Valor Agre­ga­do (IVA) baja­ron, de acuer­do con la estra­te­gia que apun­ta­ba a con­ver­tir a Islan­dia en un cen­tro finan­cie­ro inter­na­cio­nal ben­de­ci­do por la mode­ra­ción fis­cal. Así se ini­ció la diná­mi­ca de la burbuja.

Las nue­vas eli­tes ban­ca­rias islan­de­sas, deseo­sas de exten­der su domi­nio sobre la eco­no­mía del país, se dedi­ca­ron a ello con ale­gría. Uti­li­zan­do sus accio­nes como garan­tía, se per­mi­tie­ron sus­cri­bir fuer­tes emprés­ti­tos en sus pro­pios esta­ble­ci­mien­tos para pro­ce­der a la com­pra de accio­nes… de esos mis­mos esta­ble­ci­mien­tos. Resul­ta­do: las coti­za­cio­nes subie­ron. La mis­ma ope­ra­ción se exten­dió a veces a otros ban­cos. Así, los accio­nis­tas del ban­co B toma­ron prés­ta­mos en el ban­co A para com­prar accio­nes de su pro­pia socie­dad, antes de devol­ver­les la ama­bi­li­dad a sus ami­gos del ban­co A, que pro­ce­die­ron de la mis­ma mane­ra. Des­de ese momen­to, la coti­za­ción en bol­sa de ambos ban­cos cre­ció noto­ria­men­te, sin rela­ción con su acti­vi­dad real.

A ese rit­mo, la peque­ña isla logró que le abrie­ran las puer­tas del club de los gigan­tes de las finan­zas. La sobre­abun­dan­cia de cré­di­to le per­mi­tió a la pobla­ción cele­brar con exu­be­ran­cia el final de las déca­das de racio­na­mien­to del cré­di­to, que antes pasa­ba por el tamiz de las redes polí­ti­cas. Final­men­te, los islan­de­ses se sin­tie­ron ver­da­de­ra­men­te “inde­pen­dien­tes”. Lo que tal vez expli­que su sen­ti­mien­to –en ese momen­to– de ser la pobla­ción “más feliz del mun­do”. Los pro­pie­ta­rios y los diri­gen­tes de ban­cos se remu­ne­ra­ron a sí mis­mos cada vez más gene­ro­sa­men­te (un ver­da­de­ro embe­le­sa­mien­to den­tro de los esta­ble­ci­mien­tos). Y cuan­to más ricos eran, más goza­ban del apo­yo de los par­ti­dos polí­ti­cos, a los que finan­cia­ban. Los jets pri­va­dos des­ga­rran­do el cie­lo de Reik­ja­vik apa­re­cie­ron enton­ces como la prue­ba sono­ra del éxi­to para una pobla­ción que, des­de tie­rra fir­me, duda­ba entre la envi­dia y la admi­ra­ción. Las des­igual­da­des en los ingre­sos y en los patri­mo­nios aumen­ta­ron, agra­va­das por polí­ti­cas guber­na­men­ta­les que refor­za­ban la car­ga fis­cal de la mitad más pobre de la socie­dad. En resu­men, “las ini­cia­ti­vas libe­ra­les de Odds­son cons­ti­tu­ye­ron el más for­mi­da­ble éxi­to del mun­do” (4), decla­ró en las colum­nas de The Wall Street Jour­nal uno de los más ardien­tes defen­so­res islan­de­ses de la eco­no­mía de mercado.

Ice­sa­ve: un arma de doble filo

Sin embar­go, a comien­zos de 2006 apa­re­ció la des­con­fian­za. La pren­sa finan­cie­ra se pre­gun­tó sobre la esta­bi­li­dad de los gran­des ban­cos, que empe­za­ban a tener difi­cul­ta­des para encon­trar fon­dos en los mer­ca­dos mone­ta­rios. El défi­cit corrien­te de Islan­dia sal­tó del 5% del PIB en 2003 al 20% en 2006, uno de los nive­les más ele­va­dos del mun­do. La capi­ta­li­za­ción bur­sá­til alcan­zó, en 2007, cin­co veces su nivel de 2001. Lands­ban­ki, Kaupthing y Glit­nir ya ope­ra­ban mucho más allá de la capa­ci­dad del Ban­co Cen­tral de Islan­dia para sos­te­ner­los como pres­ta­mis­ta de últi­ma ins­tan­cia. Y esto suce­dió por­que sus deu­das eran reales, y sus acti­vos, dudo­sos. En febre­ro de 2006, la agen­cia Fitch bajó la nota islan­de­sa de “esta­ble” a “nega­ti­va”: fue la “mini-cri­sis”. La coro­na islan­de­sa cayó brus­ca­men­te en sen­ti­do con­tra­rio al valor de las deu­das de los ban­cos, que aumen­ta­ron; la peren­ni­dad de los cré­di­tos expre­sa­dos en mone­das extran­je­ras se con­vir­tió pron­to en un pro­ble­ma “públi­co”; el mer­ca­do de accio­nes se derrum­bó y las quie­bras se mul­ti­pli­ca­ron. El Dans­ke Bank de Copenha­gue des­cri­bió enton­ces a Islan­dia como una “eco­no­mía géi­ser” a pun­to de explo­tar (5).

Los ban­que­ros y los diri­gen­tes polí­ti­cos islan­de­ses ponían a un lado las crí­ti­cas. El Ban­co Cen­tral de Islan­dia tomó un prés­ta­mo con el fin de dupli­car sus reser­vas de divi­sas extran­je­ras, mien­tras la Cáma­ra de Comer­cio –con­du­ci­da por los repre­sen­tan­tes de Lands­ban­ki, Kaupthing, Glit­nir y de sus diver­sas filia­les– res­pon­dió con una cam­pa­ña de comu­ni­ca­ción en la pren­sa. El eco­no­mis­ta esta­dou­ni­den­se Fre­de­ric Mish­kin per­ci­bió 135.000 dóla­res por poner su nom­bre en un infor­me escri­to casi ente­ra­men­te por un eco­no­mis­ta islan­dés, dan­do prue­bas de la esta­bi­li­dad de los ban­cos islan­de­ses (6). Richard Por­tes, que venía de Lon­don School of Eco­no­mics, se con­ten­tó con 58.000 libras por el mis­mo tipo de eva­lua­ción. A fines de 2007, Arthur Laf­fer, teó­ri­co de la eco­no­mía de la ofer­ta, sen­ten­ció: “Islan­dia debe­ría ser un mode­lo para el mun­do ente­ro” (7). El valor de los acti­vos de los ban­cos lle­gó enton­ces a alre­de­dor de ocho veces el PIB.

En las elec­cio­nes de mayo de 2007, la Alian­za Social Demó­cra­ta (ASD) (8) for­mó un gobierno de coa­li­ción con el PI, toda­vía domi­nan­te. Para cons­ter­na­ción de muchos de sus par­ti­da­rios, los diri­gen­tes de la ASD olvi­da­ron sus pro­me­sas pre­elec­to­ra­les y mani­fes­ta­ron un apo­yo incon­di­cio­nal a la expan­sión del sec­tor financiero.

Aun­que habían sobre­vi­vi­do a la mini cri­sis de 2006, el Lands­ban­ki, el Kaupthing y el Glit­nir siguie­ron tenien­do difi­cul­ta­des para encon­trar dine­ro fres­co para finan­ciar nue­vas adqui­si­cio­nes y reem­bol­sar sus deu­das. Los ban­cos desa­rro­lla­ron enton­ces dos méto­dos para supe­rar sus difi­cul­ta­des. El pri­me­ro: “Ice­sa­ve”, una inven­ción de Lands­ban­ki. Se tra­ta de un ser­vi­cio en inter­net des­ti­na­do a atraer depó­si­tos ofre­cien­do tasas de inte­rés más atrac­ti­vas que los ban­cos tra­di­cio­na­les. Ice­sa­ve, fun­da­da en Gran Bre­ta­ña en octu­bre de 2006 y en los Paí­ses Bajos 18 meses más tar­de, gozó muy rápi­da­men­te de las reco­men­da­cio­nes de otros sitios espe­cia­li­za­dos en finan­zas en línea, y pron­to se encon­tró des­bor­da­da por los depó­si­tos. Aflu­ye­ron dece­nas de millo­nes de libras ester­li­nas. Entre los pri­me­ros clien­tes estu­vie­ron la Uni­ver­si­dad de Cam­brid­ge, la poli­cía de Lon­dres, e inclu­so la Comi­sión de Audi­to­ría del Rei­no Uni­do, encar­ga­da de admi­nis­trar las finan­zas de los gobier­nos loca­les. Sin con­tar cen­te­nas de miles de par­ti­cu­la­res (300.000 posee­do­res de una cuen­ta Ice­sa­ve sólo en el Rei­no Unido).

El hecho de que las enti­da­des Ice­sa­ve fue­ran esta­ble­ci­das como “agen­cias” –y no como filia­les– sig­ni­fi­ca que se colo­ca­ban bajo el con­trol de las auto­ri­da­des islan­de­sas, con pre­fe­ren­cia a las de los paí­ses hués­pe­des. Sin embar­go, nadie se inquie­ta­ba por el hecho de que la agen­cia de regu­la­ción islan­de­sa sólo con­ta­ba con 45 per­so­nas –recep­cio­nis­tas inclui­dos – , la mayo­ría de los cua­les efec­tua­ba una esta­día con vis­tas a ser reclu­ta­dos por uno de los ban­cos del país. Nadie se preo­cu­pó tam­po­co por el hecho de que el dis­po­si­ti­vo de segu­ro de los depó­si­tos del espa­cio euro­peo esti­pu­la­ba que le incum­bi­ría a la pobla­ción islan­de­sa (320.000 per­so­nas) indem­ni­zar a los depo­si­tan­tes extran­je­ros en caso de quiebra.

La segun­da solu­ción ima­gi­na­da por los ban­cos para tener acce­so a nue­vos fon­dos líqui­dos, sin tener que jus­ti­fi­car acti­vos reales, fue­ron las “car­tas de amor”. Los “Tres Gran­des” ven­dían cré­di­tos a ban­cos regio­na­les más peque­ños que, a su vez, los pre­sen­tan al Ban­co Cen­tral para garan­ti­zar nue­vos prés­ta­mos… y pres­tar­le así a los “Tres Gran­des”. Los cré­di­tos ini­cia­les fue­ron rápi­da­men­te deno­mi­na­dos en la pro­fe­sión “car­tas de amor”, por­que se resu­men en sim­ples pro­me­sas. El dis­po­si­ti­vo se inter­na­cio­na­li­zó: los “Tres Gran­des” crea­ron filia­les en Luxem­bur­go y depo­si­ta­ron su correo sen­ti­men­tal en el Ban­co Cen­tral Euro­peo (BCE), a cam­bio de fon­dos líqui­dos que remi­tían a Islandia.

La caí­da de los esta­ble­ci­mien­tos ban­ca­rios islan­de­ses se pro­du­jo dos sema­nas des­pués de la caí­da de Leh­man Brothers. El 29 de sep­tiem­bre de 2008, el Glit­nir soli­ci­tó ayu­da al gober­na­dor del Ban­co Cen­tral, Odds­son. Pre­ten­dien­do tran­qui­li­zar­lo, éste orde­nó a su ins­ti­tu­ción com­prar el 75% de las accio­nes de Glit­nir, lo cual tuvo como úni­co efec­to agra­var la inquie­tud. La nota del país se vino aba­jo, mien­tras al Lands­ban­ki y al Kaupthing les reti­ra­ron sus líneas de cré­di­to. Los reti­ros masi­vos comen­za­ron en las filia­les de Ice­sa­ve en el extran­je­ro. El 7 de octu­bre, Odds­son deci­dió inde­xar la coro­na islan­de­sa con una canas­ta de divi­sas. Pero la mone­da cayó, y las reser­vas en mone­da extran­je­ra se ago­ta­ron rápi­da­men­te. Sin con­trol de los capi­ta­les, la inde­xa­ción no duró más que algu­nas horas. Sin embar­go, eso les dio tiem­po sufi­cien­te a los cer­ca­nos al poder para cam­biar sus coro­nas a un tipo de cam­bio favo­ra­ble. Miles de millo­nes salie­ron del país, antes de dejar flo­tar a la coro­na o, para decir­lo mejor, de que se hun­die­ra. El 8 de octu­bre, el pri­mer minis­tro bri­tá­ni­co, Gor­don Brown, con­ge­ló los acti­vos de Lands­ban­ki en Gran Bre­ta­ña, apo­yán­do­se en una de las leyes anti­te­rro­ris­tas apro­ba­das por el New Labour. La Bol­sa, las obli­ga­cio­nes ban­ca­rias y el sec­tor inmo­bi­lia­rio sufrie­ron la mis­ma suer­te que el ingre­so medio de los islan­de­ses, es decir, cayeron.

Polí­ti­cas de ajus­te y esta­lli­do social

El Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal (FMI) lle­gó enton­ces a Reik­ja­vik. Fue la pri­me­ra vez des­de su inter­ven­ción en Gran Bre­ta­ña en 1976, que era lla­ma­do para sal­var a una eco­no­mía desa­rro­lla­da. Ofre­ció un prés­ta­mo con­di­cio­na­do de 2.100 millo­nes de dóla­res para esta­bi­li­zar la coro­na islan­de­sa. El FMI apo­yó, por otra par­te, las exi­gen­cias de los gobier­nos bri­tá­ni­co y holan­dés: some­ti­da al dis­po­si­ti­vo euro­peo de garan­tía de los depó­si­tos, Islan­dia debía indem­ni­zar a Lon­dres y La Haya (que deci­die­ron reflo­tar por sí mis­mos a los clien­tes de Ice­sa­ve en sus territorios).

El pue­blo, habi­tual­men­te plá­ci­do, dejó esta­llar su furia. Los movi­mien­tos de pro­tes­ta se diri­gie­ron prin­ci­pal­men­te a Haar­de y Odds­son –los caci­ques del PI– así como al minis­tro de Rela­cio­nes Exte­rio­res de la ASD, Ingib­jorg Gis­la­dót­tir. En varias opor­tu­ni­da­des, entre octu­bre de 2008 y enero de 2009, los sába­dos des­pués de almor­zar, en medio del frío, miles de per­so­nas de todas las eda­des se agru­pa­ron en la pla­za prin­ci­pal de Reik­ja­vik. Los mani­fes­tan­tes se toma­ron del bra­zo para for­mar una cade­na huma­na en torno al Par­la­men­to y tapi­za­ron el edi­fi­cio con fru­tas y yogu­res exi­gien­do la renun­cia del gobierno.

En enero de 2009, la coa­li­ción entre la ASD y el PI se que­bró. Como úni­co ejem­plo de un “vira­je hacia la izquier­da” en un país afec­ta­do por la cri­sis finan­cie­ra inter­na­cio­nal, se cons­ti­tu­yó enton­ces un gobierno pro­vi­so­rio que reu­nió a social­de­mó­cra­tas y al nue­vo y popu­lar Movi­mien­to de Izquier­da Ver­de (MIV). En las elec­cio­nes de abril de 2009, el PI sólo obtu­vo die­ci­séis esca­ños, a pesar de un sis­te­ma elec­to­ral que le era extre­ma­da­men­te favo­ra­ble. Fue su peor resul­ta­do des­de su crea­ción, en 1929.

La nue­va coa­li­ción se vio rápi­da­men­te urgi­da a reem­bol­sar la enor­me deu­da de Ice­sa­ve a los bri­tá­ni­cos y holan­de­ses: era la con­di­ción pre­via para la ayu­da del FMI. El nue­vo gobierno tam­bién con­si­de­ró some­ter su can­di­da­tu­ra para con­ver­tir­se en miem­bro com­ple­to de la Unión Euro­pea y de la zona euro. Des­pués de lar­gas nego­cia­cio­nes, en octu­bre de 2009, pre­sen­tó al Par­la­men­to los tér­mi­nos de un acuer­do posi­ble sobre la deu­da de Ice­sa­ve: 5.500 millo­nes de dóla­res (alre­de­dor de 3.700 millo­nes de euros), o sea el 50% del PIB islan­dés, que se paga­ría a los Teso­ros públi­cos bri­tá­ni­co y holan­dés entre 2016 y 2023.

El MIV pro­tes­tó. El minis­tro de salud, que pro­vie­ne de ese par­ti­do, dejó su pues­to, mien­tras cin­co disi­den­tes nega­ron la con­sig­na de voto del gobierno. La ley fue impues­ta el 30 de diciem­bre de 2009, en un cli­ma de des­apro­ba­ción gene­ral, que lle­vó al pre­si­den­te Ola­fur Grims­son a anun­ciar que no pro­mul­ga­ría una ley tan con­tra­ria al sen­ti­mien­to nacio­nal. En el refe­rén­dum de mar­zo de 2010, el 93% de los votan­tes se pro­nun­ció con­tra el acuer­do de Ice­sa­ve, y sólo el 2% a favor. Los diri­gen­tes del Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta y del MIV se abs­tu­vie­ron. En mayo de 2010 los social­de­mó­cra­tas vol­vie­ron a caer al 19% en las elec­cio­nes muni­ci­pa­les de Reik­ja­vik, que con­sa­gra­ron a un actor cómi­co en la alcal­día de la capi­tal. En octu­bre, vol­vie­ron las mani­fes­ta­cio­nes popu­la­res; la coa­li­ción con­ce­dió la elec­ción de una asam­blea cons­ti­tu­yen­te que sería final­men­te inva­li­da­da por la Cor­te Suprema.

El nue­vo pro­yec­to de acuer­do sobre el liti­gio Ice­sa­ve, some­ti­do a refe­rén­dum en abril pasa­do, se refe­ría a un mon­to de 4.000 millo­nes de dóla­res (alre­de­dor de 2.700 millo­nes de euros). Des­pués del “no”, el dife­ren­do que enfren­tó a Reik­ja­vik con Lon­dres y La Haya podría ser envia­do a la justicia.

El hecho de tras­la­dar a 2011 los recor­tes más impor­tan­tes en el gas­to públi­co, le dio un poco de aire a la eco­no­mía. Has­ta aho­ra, Islan­dia ha sufri­do una con­trac­ción de su acti­vi­dad menos impor­tan­te que Irlan­da, Esto­nia y Litua­nia, don­de el rigor se apli­có más inten­sa­men­te. El des­em­pleo pasó del 2% en 2006 a alre­de­dor del 7% o el 9% des­de el ini­cio de 2009. Pero la tasa de emi­gra­ción –de los islan­de­ses y de otros tra­ba­ja­do­res euro­peos pre­sen­tes en el país, sobre todo pola­cos– alcan­zó su nivel más alto des­de 1889. Sin embar­go, el poder social­de­mó­cra­ta y ver­de había pro­me­ti­do aus­te­ri­dad para 2011. Los gobier­nos ya no dis­po­nen de pre­su­pues­to para nue­vos pro­yec­tos. En los hos­pi­ta­les y escue­las, los sala­rios baja­ron y han comen­za­do los des­pi­dos. El con­ge­la­mien­to de los embar­gos inmo­bi­lia­rios expi­ró a fines de 2010.

La deci­sión del gobierno de coa­li­ción PI-PSD, de otor­gar a los ciu­da­da­nos islan­de­ses una garan­tía ili­mi­ta­da para los depó­si­tos, toma­da a fines de 2008, ilus­tra el poder de la eli­te finan­cie­ra sobre el país. Impo­ner un lími­te de cin­co millo­nes de coro­nas –alre­de­dor de 50.000 euros– habría bas­ta­do para pro­te­ger al 95% de los depo­si­tan­tes. Sólo el 5% más rico se bene­fi­ció de la garan­tía ili­mi­ta­da, que hoy gene­ra nue­vas res­tric­cio­nes en los gas­tos públi­cos. Se hubie­ra podi­do pen­sar que el peque­ño tama­ño de Islan­dia habría per­mi­ti­do reve­lar más pron­to la cegue­ra del gobierno; pero ocu­rrió todo lo con­tra­rio. Mucho antes, Odds­son había empren­di­do la “pri­va­ti­za­ción” de la infor­ma­ción. El Ins­ti­tu­to Eco­nó­mi­co Nacio­nal de Islan­dia, que tenía una repu­tación de inde­pen­den­cia en sus aná­li­sis, fue disuel­to en 2002, ya que la admi­nis­tra­ción pre­fe­ría recu­rrir… a los depar­ta­men­tos de aná­li­sis e inves­ti­ga­ción de los pro­pios bancos.

Otro fenó­meno resul­ta igual­men­te sor­pren­den­te. El cre­ci­mien­to de la bur­bu­ja islan­de­sa estu­vo acom­pa­ña­do, en un pri­mer momen­to, por la publi­ca­ción de infor­mes crí­ti­cos, espe­cial­men­te den­tro del Ban­co Cen­tral. Pero en 2007 y 2008, cuan­do la ame­na­za se hizo seria, los docu­men­tos –inclu­yen­do los del FMI– sua­vi­za­ron su tono. Tan­to las ins­ti­tu­cio­nes finan­cie­ras ofi­cia­les como los ban­que­ros y los polí­ti­cos pare­cen haber actua­do sobre la base de un acuer­do implí­ci­to: la situa­ción se había hecho tan gra­ve que no había que hablar de ella, a ries­go de des­en­ca­de­nar un páni­co bancario.

En octu­bre de 2010 el Par­la­men­to deci­dió deman­dar al ex pri­mer minis­tro Haar­de por no haber cum­pli­do con sus res­pon­sa­bi­li­da­des. El secre­ta­rio de finan­zas per­ma­nen­te Bal­dur Gud­laugs­son (un ex miem­bro de la Loco­mo­to­ra) fue con­de­na­do a dos años de cár­cel por el deli­to infor­ma­ción pri­vi­le­gia­da cuan­do ven­dió su par­ti­ci­pa­ción en Lands­ban­ki en sep­tiem­bre de 2008, sólo algu­nos días des­pués de haber con­ver­sa­do sobre el ban­co con el minis­tro de Finan­zas bri­tá­ni­co, Alis­dair Darling.

Lejos de haber res­pon­di­do por sus actos, a Odds­son le ofre­cie­ron el pues­to de jefe de Redac­ción del prin­ci­pal dia­rio de Reik­ja­vik, Mor­gun­bla­did, des­de don­de diri­ge la cober­tu­ra de la cri­sis; un poco como si, como seña­ló un comen­ta­ris­ta, se hubie­ra nom­bra­do a Richard Nixon a la cabe­za de The Washing­ton Post duran­te el Watergate.


Notas

1 World Data­ba­se of Hap­pi­ness, 2006, http://​world​da​ta​ba​seofhap​pi​ness​.eur​.nl

2 Véa­se “Le krach du libé­ra­lis­me”, Maniè­re de voir, N° 102, diciem­bre 2008 – enero 2009.

3 En la opo­si­ción se encuen­tra espe­cial­men­te el Par­ti­do Social Demó­cra­ta y el Par­ti­do de la Gen­te Común (Com­mon People’s Par­ti, más a la izquierda).

4 Han­nes Gis­su­rar­son, “Mira­cle on Ice­land”, The Wall Street Jour­nal, Nue­va York, 29−1−04.

5 Dans­ke Bank, “Ice­land: Gey­ser Cri­sis”, Copenha­gue, 2006.

6 Des­pués de la deba­cle de sep­tiem­bre de 2008, Mish­kin modi­fi­có subrep­ti­cia­men­te el títu­lo de su estu­dio “Sta­bi­li­té finan­ciè­re en Islan­de”. En su curri­cu­lum vitae, el infor­me se titu­la aho­ra “Ins­ta­bi­li­té finan­ciè­re en Islande”.

7 Arthur Laf­fer, “Overhea­ting is not dan­ge­rous”, Mor­gun­bla­did, Reik­ja­vik, 17−11−07.

8 La Alian­za reu­nió al Par­ti­do Social Demó­cra­ta, la Lis­ta de las Muje­res y una frac­ción de la Alian­za Popu­lar (pro­ve­nien­te de la izquier­da crí­ti­ca, tan­to de la OTAN como del Blo­que de Varsovia).

* Pro­fe­sor de Eco­no­mía Polí­ti­ca de Lon­don School of Eco­no­mics y pro­fe­so­ra de Polí­ti­cas Públi­cas en la Uni­ver­si­dad de Islan­dia, res­pec­ti­va­men­te. Este artícu­lo es una ver­sión modi­fi­ca­da y actua­li­za­da de un estu­dio publi­ca­do en New Left Review, Nº 65, Lon­dres, sep­tiem­bre-octu­bre de 2010.

Tra­duc­ción: Lucía Vera para Le Mon­de Diplomatique

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