[Video] Len­ta meta­mor­fo­sis del pregón

Bola de NieveEl sabor de eter­ni­dad que nos deja cual­quier inter­pre­ta­ción de Igna­cio Villa –Bola de Nieve- 

Des­pués de un espe­so letar­go, aso­ma de nue­vo la cabe­za en nues­tros barrios –tími­do y deci­di­do a la vez– el típi­co pre­gón cubano. A lo lar­go de estos años, sólo que­da­ban dos ven­de­do­res ambu­lan­tes en los alre­de­do­res de mi casa, anun­cián­do­se a voz en cue­llo (sin con­tar las espo­rá­di­cas incur­sio­nes de los afi­la­do­res anun­cian­do su pro­xi­mi­dad a pun­ta de zam­po­ña, como para no per­mi­tir­nos la total des­me­mo­ria a quie­nes pasa­mos de quin­ce y, a veces, los tri­pli­ca­mos). Ver­da­de­ra­men­te dig­nos de un home­na­je popu­lar, mi tama­le­ro (…”ya están calien­te’ los tama­les”…) y mi flo­re­ro (…”flo­re­róo.. las flo­res.”) han con­tri­bui­do a man­te­ner des­al­mi­do­na­do el ambien­te calle­je­ro que me rodea.

Cla­ro que, en tiem­pos del rap y tra­tán­do­se de una acti­vi­dad en la que casi todos (hom­bres y muje­res jóve­nes que no cono­cie­ron la tra­di­ción del pre­gón como recur­so para anun­ciar­se) pue­den cali­fi­car­se como debu­tan­tes, aque­llas per­so­nas que esta­mos del otro lado ‑es decir, la posi­ble clien­te­la-per­ci­bi­mos, en ese rena­cer, el esfuer­zo casi infan­til de quien está inven­tan­do algo que ya exis­tía, si bien apor­tán­do­le un tin­te nue­vo. Pasa por mi puer­ta, en este momen­to, un hom­bre anunciando…”la pul­pa de man­go, pul­pa de tama­rin­do…” y nues­tros niños siguen tirán­do­se sus inmen­sas pelo­tas sin mirar siquie­ra por­que no saben de qué se tra­ta en reali­dad (cosa que no ocu­rre cuan­do pasa el de la galle­ti­ca de hela­do). Al medio­día pasa una pare­ja cuya mer­can­cía nada tie­ne que ver con la pin­to­res­ca gama de dul­ce­ci­tos crio­llos o el car­bo­ne­ro de anta­ño. Son otros tiem­pos y yo los espe­ro para com­pro­bar, con ali­vio, que su car­ga pesa­da, arras­tra­da en un impro­vi­sa­do carri­to lleno de jabas plás­ti­cas cuyo con­te­ni­do, sea cual fue­re el pro­duc­to, tie­ne pre­cio fijo y ha encon­tra­do un rit­mo para orga­ni­zar­se en posi­ble pre­gón:. Son voces de “sone­ro” ‑hom­bre y mujer‑y ensa­yan dos mane­ras: “..malan­ga-pla­ta­no­ma­cho – quim­bom­bóoo…” o “plá­tano macho-malan­ga-quim­bom­bóo…” Pasan segu­ros por­que toda­vía no tie­nen com­pe­ti­dor por estos alre­de­do­res. Den­tro de muy poco, con toda segu­ri­dad, van a enri­que­cer y ador­nar su fan­fa­rria en el caso de que apa­rez­ca alguien con una carre­ti­lla o un carre­tón y soni­do de latas o cen­ce­rros y su mer­can­cía lim­pia, varia­da y colo­ca­da bien boni­to. Otra cosa es el bro­te de voces envi­dia­bles (me refie­ro a los sitios de La Haba­na que sue­lo fre­cuen­tar) que ha reve­la­do una des­co­mu­nal des­tre­za en el ofi­cio de armar rudi­men­ta­rios esco­bi­llo­nes, palos, hara­ga­nes, reco­ge­do­res y demás artícu­los para la lim­pie­za domés­ti­ca. Voces cor­tan­tes que bien podrían estar ensa­yan­do para pre­sen­tar­se a un “cas­ting” con aspi­ra­cio­nes de entrar a desem­pe­ñar el papel de solis­tas o aca­so como sim­ples coros en cual­quier gru­po de músi­ca bai­la­ble actual. Cada pare­ja o trío pasa por la calle bara­jan­do mane­ras de entre­la­zar, de mane­ra lla­ma­ti­va, los nom­bres de las pie­zas que inte­gran el con­jun­to de su mer­can­cía así como los res­pec­ti­vos atri­bu­tos que pue­den abrir las ganas y los mone­de­ros de los vecinos.

Toda­vía que­da bas­tan­te por ver y escu­char: como dice una fra­se popu­lar, “esto pro­me­te”. Poco nos sepa­ra de una eta­pa en la que se des­bor­da­rá la inven­ti­va de la gen­te, según se vayan diver­si­fi­can­do y mul­ti­pli­can­do los ren­glo­nes en la ofer­ta; pron­to comen­za­rá a inser­tar­se, en nues­tra músi­ca popu­lar, un pre­gón de nue­vo tipo. En cual­quier momen­to pare­ce­rá que “…el mani­se­ro ento­na su pre­gón y, si la niña escu­cha su can­tar, lla­ma des­de su bal­cón…” Toda­vía, por mucho tiem­po, nues­tros barrios, pue­blos y repar­tos don­de abun­dan las vivien­das de uno, dos, has­ta cua­tro pisos, ten­drán la opor­tu­ni­dad de colo­rear sus vidas con los mati­ces del pre­gón popular.

La lite­ra­tu­ra uni­ver­sal abun­da en estu­dios acer­ca de esta expre­sión y su tras­cen­den­te paso al can­cio­ne­ro. El pre­gón que escu­cha­re­mos aquí: El bote­lle­ro, es obra del com­po­si­tor matan­ce­ro Gil­ber­to Val­dés (1905−1971). En él, ade­más de las exce­len­cias de su fac­tu­ra musi­cal y el sabor de eter­ni­dad que nos deja cual­quier inter­pre­ta­ción de Igna­cio Villa –Bola de Nie­ve−(1911−1971) pode­mos apre­ciar los com­po­nen­tes que, a gran­des ras­gos, carac­te­ri­zan a este tipo de com­po­si­ción: el lla­ma­do “gri­to” en el que el ven­de­dor pro­cla­ma el nom­bre de su mer­can­cía, los ele­men­tos que dan noti­cia del entorno en que pre­ten­de rea­li­zar­se la com­pra­ven­ta, moti­va­cio­nes de ambas par­tes entre ven­de­dor y posi­ble clien­te así como ese toque de gra­cia que tipi­fi­ca a las rela­cio­nes entre los per­so­na­jes, sin con­tar los ardi­des que se ponen en jue­go para esti­mu­lar la curio­si­dad del posi­ble com­pra­dor hacia el pro­duc­to. Acer­ca de estas y otras con­si­de­ra­cio­nes rela­cio­na­das con el pre­gón en Lati­noa­mé­ri­ca y ‑muy espe­cial­men­te-en Cuba, he podi­do encon­trar ame­nas e intere­san­tes refle­xio­nes en el libro Si te quie­res por el pico diver­tir, publi­ca­do en 1988 en San Juan, Puer­to Rico, por el cubano Cris­tó­bal Díaz Ayala.

La Haba­na, 22 de mayo de 201

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