La «doc­tri­na Matu­sa­lén» – Jon Odrio­zo­la

Es lás­ti­ma que no viva­mos eda­des vete­ro­tes­ta­men­ta­rias pues sería bueno para la salud de los huma­nos y para el códi­go penal. Leyen­do el Géne­sis com­pro­ba­mos la lon­ge­va edad de los patriar­cas ante­di­lu­via­nos algo que cal­ma la furia de los aman­tes de la epi­que­ya que ven cómo los «malos» (ya hablan así, como en los tebeos) cum­plen 700 años de cár­cel de los, como vere­mos, 900 de espe­ran­za bíbli­ca de vida que tie­nen.

De vivir épo­cas bíbli­cas habría tiem­po bas­tan­te para ser «demó­cra­ta» diz­que bien naci­do y/​o, tam­bién, «terro­ris­ta» con la ven­ta­ja ‑para la «socie­dad»- de poder pur­gar al menos una déci­ma par­te de los dos mil años de con­de­na pedi­dos. Ejem­plos como los de Erran­do­nea ‑y no diga­mos «Gatza» o Jon Agi­rre- des­mo­ra­li­zan la «socie­dad civil» que ve que, de dos mil años soli­ci­ta­dos, ¡sólo ha cum­pli­do 25 nada más!

De bue­na gana estos neme­sia­nos alar­ga­rían la vida de los reos con tal de ver­les cum­plir ínte­gra­men­te sus penas. Debe­rían ser más pru­den­tes no vaya a dar vuel­ta la tor­ti­lla y se les apli­quen sus cuen­tos.

La cosa vie­ne des­de los tiem­pos del Paraí­so. De Adán se dice que vivió 930 años, «y murió». Des­pués de la imper­do­na­ble vile­za del epi­so­dio de la man­za­na, que nos obli­gó ‑no a todos- a tra­ba­jar como des­tri­pa­te­rro­nes, 500 años entre rejas ya se mere­cía este capu­llo.

Y todo por des­obe­de­cer a lo que Dios man­da.

Adán, según las Escri­tu­ras, engen­dró un cen­tón de vás­ta­gos con sus des­cen­dien­tes. Por ejem­plo, el más famo­so fue Matu­sa­lén. Lea­mos el Géne­sis, que siem­pre es diver­ti­do a pesar de los litros de hemo­glo­bi­na que des­ti­la la pato­ló­gi­ca pala­bra de Dios: Yéred tenía 162 años cuan­do engen­dró a Henoc. Vivió 962 años, «y murió» (siem­pre se pone esta cole­ti­lla como para ase­gu­rar­se ‑se figu­ra uno- de que, efec­ti­va­men­te, esta gen­te tan pro­vec­ta la diña­ba de una mal­di­ta y puñe­te­ra vez). Henoc tenía 65 «añi­tos» cuan­do engen­dró a Matu­sa­lén. Henoc andu­vo (sic) con Dios des­pués de pro­crear a Matu (ya le vamos a tutear) y des­apa­re­ció por­que «Dios se lo lle­vó». Tenía 365 años, joven toda­vía.

Nues­tro entra­ña­ble Matu, a quien de tan vie­jo se le hace pasar por cho­cho a las veces, tenía 187 años cuan­do engen­dró a Lámec. Matu­sa­lén vivió la poco frio­le­ra, para lo que se esti­la­ba, de 969 años, «y murió». Este Lámec, por cier­to, fue el padre del céle­bre Noé (tra­sun­to de Deu­ca­lión), y lo fue con 182 años. Un pipio­lo com­pa­ra­do con su hijo Noé quien, con medio siglo cum­pli­do, tuvo a Sem, Cam y Jafet. Lue­go, el Dilu­vio.

Y des­pués del dilu­vio, el Esta­do de Dere­cho y la por algu­nos lla­ma­da «doc­tri­na Parot», para corre­gir y ase­me­jar los tiem­pos «moder­nos» actua­les a los bíbli­cos y que nun­ca jamás se pudie­ra decir ni oír esta impos­tu­ra: «le con­de­na­ron a dos mil años y sólo cum­plió trein­ta». Y es que en el Esta­do espa­ñol los «terro­ris­tas» entran por una puer­ta y salen por otra…

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