Día inter­na­cio­nal con­tra la LGTB­fo­bia: comu­ni­ca­do /​LGTB­fo­bia­ren aur­ka­ko nazioar­te­ko egu­na

Todos los dere­chos para todas las per­so­nas. Elkar­ta­su­na – Boltxe Kolek­ti­boa
EVOLUCION HISTORICA DE LA TRANSEXUALIDAD: POR ERRESPETUZ
EVOLUCION HISTORICA
Con­tra­ria­men­te a lo que algu­nos pre­sun­tos his­to­ria­do­res y filó­so­fos de medio pelo con­tem­po­rá­neos han pre­ten­di­do hacer creer a la opi­nión públi­ca, la tran­se­xua­li­dad no es un fenó­meno apa­re­ci­do en el siglo XX. Sin duda, los avan­ces acae­ci­dos a fina­les del segun­do mile­nio, no sólo en el cam­po de la medi­ci­na, sino en el terreno de las ideas y las cos­tum­bres, han faci­li­ta­do y ace­le­ra­do su visi­bi­li­dad, los medios de comu­ni­ca­ción, y algu­nas mani­fes­ta­cio­nes artís­ti­cas, espe­cial­men­te el cine, han con­tri­bui­do nota­ble­men­te a la difu­sión públi­ca de la tran­se­xua­li­dad; pero exis­ten sobra­das prue­bas de que al menos la per­mu­ta­ción de los roles de géne­ro entre sexos y la asun­ción públi­ca del nue­vo géne­ro sur­gie­ron a la par que la espe­cie huma­na mis­ma.
Las refe­ren­cias más anti­guas de que dis­po­ne­mos per­te­ne­cen al Neo­lí­ti­co (aprox.10.000 a.C.). En las socie­da­des caza­do­ras-reco­lec­to­ras, a los indi­vi­duos que, o bien nacían con algún tipo de inter­se­xua­li­dad, o bien se iden­ti­fi­ca­ban con el otro sexo, se les res­pe­ta­ba, se les deja­ba ele­gir el rol sexual que que­rían desem­pe­ñar den­tro la comu­ni­dad y eran vis­tos como signo de buen augu­rio.
Entre los sume­rios, según evi­den­cias encon­tra­das en el mis­mo códi­go de Hamu­ra­bi, se reco­no­cía un tipo de muje­res deno­mi­na­das Sal­zi­krum, un tér­mino que sig­ni­fi­ca­ría “hija mas­cu­li­na”. Una Sal­zi­krum tenía más dere­chos que cual­quier otra mujer, e inclu­so podía here­dar, cosa no per­mi­ti­da a las muje­res bio­ló­gi­cas, y tenía ade­más una con­si­de­ra­ción espe­cial como sacer­do­ti­sa.
El mito babi­ló­ni­co del dilu­vio de Atraha­sis, en el que se basó el bíbli­co Dilu­vio Uni­ver­sal, se pro­du­jo para fre­nar la super­po­bla­ción de la épo­ca. Según dicho mito, para man­te­ner la pobla­ción en unos nive­les con­tro­la­dos, tras el dilu­vio fue­ron crea­dos unos demo­nios que aumen­ta­rían la mor­ta­li­dad infan­til, unas muje­res que ele­gi­rían la cas­ti­dad y harían de la vir­gi­ni­dad una cua­li­dad, y otras que no podían pro­crear a cau­sa de su esen­cia mas­cu­li­na.
Los egip­cios uti­li­za­ron a los dio­ses para sim­bo­li­zar las dis­tin­tas com­bi­na­cio­nes de géne­ro y sexo. Según su his­to­ria de la crea­ción, el pri­mer dios, que era a la vez mas­cu­lino y feme­nino era Atum, que median­te repro­duc­ción ase­xual se divi­dió en dos, Shu y Tef­nut, que a su vez die­ron lugar a Geb y Nut, la Tie­rra y el Cie­lo, que al com­bi­nar­se pro­du­je­ron a Isis, Osi­ris, Seth y Nef­tis, que repre­sen­ta­ban res­pec­ti­va­men­te a la mujer repro­duc­ti­va, al hom­bre repro­duc­ti­vo, al eunu­co no repro­duc­ti­vo y a la vir­gen céli­be.
Esta his­to­ria sobre el ori­gen de los seres arque­tí­pi­cos recrea el pro­ce­so celu­lar de la meio­sis en la repro­duc­ción sexual, en el cual los cro­mo­so­mas son dupli­ca­dos, lue­go mez­cla­dos, des­pués divi­di­dos, una vez más mez­cla­dos y de nue­vo divi­di­dos. Median­te esta suce­sión de dupli­ca­cio­nes, mez­clas y divi­sio­nes un solo ser mas­cu­lino-feme­nino, como Atum pue­de lle­gar a gene­rar otros seres como Osi­ris (mas­cu­lino-mas­cu­lino), Isis (feme­nino-feme­nino), Nef­tis (mas­cu­lino-feme­nino) y Seth (feme­nino-mas­cu­lino).
Los feni­cios ado­ra­ban a la dio­sa Atar­ga­tis, que era her­ma­fro­di­ta, y cuyas sacer­do­ti­sas, las kela­bim, habían naci­do hom­bres, pero habían asu­mi­do un rol feme­nino. Esta dio­sa, cono­ci­da tam­bién como Astar­te, fue trans­for­ma­da por el cris­tia­nis­mo en el dia­blo Asta­roth.
En la mito­lo­gía clá­si­ca la influen­cia tran­se­xual se pone de mani­fies­to en la desig­na­ción de la dio­sa Venus Cas­ti­na, como la dio­sa que atien­de y res­pon­de los anhe­los de las almas feme­ni­nas que se encuen­tran den­tro de cuer­pos mas­cu­li­nos.
Es fre­cuen­te encon­trar mitos rela­cio­na­dos con el cam­bio de sexo, no sólo como resul­ta­do del pro­pio deseo de las per­so­nas afec­ta­das, sino tam­bién como una for­ma de cas­ti­go. Por ejem­plo, el caso de Tire­sias, el famo­so adi­vino de Tebas; según se cuen­ta en su his­to­ria, esta­ba pasean­do un día por el mon­te Cileno, cuan­do des­cu­brió a dos ser­pien­tes copu­lan­do.
. Las gol­peó con su vara has­ta sepa­rar­las matan­do a la hem­bra, tras lo cual se trans­for­mó en mujer. Sie­te años más tar­de en el mis­mo lugar encon­tró otras dos ser­pien­tes copu­lan­do y actuó de la mis­ma mane­ra recu­pe­ran­do enton­ces su sexo mas­cu­lino. Mucho tiem­po des­pués, en cier­ta oca­sión en que Zeus y Hera dis­cu­tían sobre si era el hom­bre o la mujer quien expe­ri­men­ta­ba mayor pla­cer en el sexo, sin poner­se de acuer­do, deci­die­ron con­sul­tar a Tire­sias, ya que había podi­do cono­cer ambas expe­rien­cias. Como Tire­sias, dan­do la razón a Zeus, con­tes­tó que era la mujer, Hera, con­tra­ria­da, lo dejó cie­go y Zeus para com­pen­sar­le, le con­ce­dió el don de la pro­fe­cía y una lar­ga vida.
Otra refe­ren­cia en la mito­lo­gía es la de los Esci­tas, cuya reta­guar­dia saqueó el tem­plo de Venus en Asque­lón tras el replie­gue de los ejér­ci­tos que vol­vían de inva­dir Siria y Pales­ti­na. Se supo­ne que la dio­sa se enfu­re­ció tan­to por ello, que con­vir­tió en muje­res a los saquea­do­res, y decre­tó que sus des­cen­dien­tes sufrie­sen la mis­ma suer­te.
Hipó­cra­tes, al des­cri­bir a aque­llos Esci­tas «no hom­bres», que le pare­cie­ron eunu­cos, escri­bió: «No sólo se dedi­can a ocu­pa­cio­nes pro­pias de muje­res, sino que mues­tran incli­na­cio­nes feme­ni­nas y se com­por­tan como tales. Lo atri­bu­yen a la inter­ven­ción de una dei­dad».
Hay otra más en el anti­guo rei­no de Fri­gia, don­de las sacer­do­ti­sas del Dios Atis, el con­sor­te de Cibe­les, dio­sa que repre­sen­ta a la Madre Tie­rra, tenían la obli­ga­ción de cas­trar­se como defe­ren­cia al pro­pio Atis. Según los anti­guos rela­tos mito­ló­gi­cos, Agdis­tis, per­so­na­je her­ma­fro­di­ta detrás del cual se escon­de­ría la per­so­na­li­dad de Cibe­les, sen­tía un amor apa­sio­na­do por el joven pas­tor Atis. La semi­lla de la que había naci­do Atis era una almen­dra del árbol que había bro­ta­do del miem­bro de Agdis­tis, una vez cor­ta­do por los dio­ses que lo cas­tra­ron y lo con­vir­tie­ron en sólo mujer. Por este moti­vo, Agdis­tis era el padre de Atis pero, sien­do ya sólo mujer, se ena­mo­ró del mucha­cho cuan­do este cre­ció y se hizo extra­or­di­na­ria­men­te her­mo­so. Atis fue ama­do por Agdis­tis y enlo­que­ci­do por ella se cas­tró en el cur­so de una esce­na orgiás­ti­ca, cau­sán­do­se la muer­te. Sin embar­go, Agdis­tis-Cibe­les lo resu­ci­tó y lo man­tu­vo para siem­pre a su lado.
Estas sacer­do­ti­sas, tras su cas­tra­ción, solían adop­tar atuen­dos y tareas de muje­res, y algu­nas de ellos iban más allá, y ade­más de los tes­tícu­los, eli­mi­na­ban tam­bién su pene.
El mito de Tire­sias, men­cio­na­do antes, tie­ne cier­ta simi­li­tud con una vie­ja his­to­ria de la anti­gua tra­di­ción de la India. Según el “Maha­ba­ra­ta”, el poe­ma épi­co más exten­so del mun­do, el rey Ban­gas­va­na fue trans­for­ma­do en mujer por Indra, tras bañar­se en un río mági­co. Como mujer parió a cien hijos a los que envió a com­par­tir su rei­no con los cien que había teni­do como hom­bre. Des­pués se negó a ser con­ver­ti­da de nue­vo en hom­bre, tras cons­ta­tar las sen­sa­cio­nes y pla­ce­res del sexo feme­nino. Con­tra­ria­men­te al des­tino de Tire­sias, al rey trans­for­ma­do se le con­ce­dió su deseo.
El «Maha­ba­ra­ta» nos cuen­ta tam­bién la his­to­ria de Amba, una mujer que qui­so tener un pene inmen­so, y des­pués de lar­gos años de peni­ten­cia y difí­ci­les expe­rien­cias con el Yoga, logró dejar de ser mujer y se trans­for­mó en hom­bre. Por el poder de su men­te y por la ener­gía mís­ti­ca del Yoga obtu­vo su deseo. Se trans­for­mó en Sikhan­di, uno de los gue­rre­ros más famo­sos de India, luchó con­tra Bish­ma y al final, murió como mue­ren los hom­bres.
Otra intere­san­te refe­ren­cia trans­ge­né­ri­ca alu­de a Brah­ma, una dei­dad que no era capaz de crear muje­res, por lo que su hijo Rudra se con­vir­tió volun­ta­ria­men­te en Ardha­na­rish­wa­ra, cuya mitad dere­cha era mas­cu­li­na, mien­tras que la izquier­da era feme­ni­na. Pos­te­rior­men­te, para agra­dar a Brah­ma, se divi­dió, y así sur­gió la dio­sa Sati, cono­ci­da como «la Real», por ser la mani­fes­ta­ción de la ver­da­de­ra esen­cia de Rudra.
En una de las muchas his­to­rias popu­la­res aso­cia­das con Bahu­cha­ra­ji (patro­na de las hij­ras vene­ra­da en Guja­rat), la dio­sa fue una prin­ce­sa que cas­tró a su espo­so por­que él pre­fe­ría ir al bos­que a com­por­tar­se como una mujer, que acu­dir jun­to a ella al lecho nup­cial. En otra his­to­ria, el hom­bre que inten­ta­se for­zar a Bahu­cha­ra­ji sería mal­de­ci­do con la impo­ten­cia, y sólo se le per­do­na­ría si renun­cia­ba a su mas­cu­li­ni­dad, se ves­tía como una mujer y ado­ra­ba a la dio­sa.
No son extra­ñas tan­tas refe­ren­cias en la mito­lo­gía hin­dú, ya que el sáns­cri­to tie­ne una pala­bra, «kli­ba», que a lo lar­go de dife­ren­tes tex­tos Vedas ha ser­vi­do para des­cri­bir a los indi­vi­duos que no podían con­si­de­rar­se estric­ta­men­te hom­bres o muje­res. Las pala­bras siem­pre sur­gen cuan­do la Socie­dad las nece­si­ta.
En las cul­tu­ras de la anti­güe­dad indo-euro­peas la mani­fes­ta­ción trans­ge­né­ri­ca se con­ti­nua­ba con­cre­tan­do den­tro del ámbi­to reli­gio­so: se cap­ta­ban hom­bres para con­ver­tir­los en adep­tas de una divi­ni­dad (habi­tual­men­te rela­cio­na­da con los ritos de la fer­ti­li­dad y la vege­ta­ción), se las cas­tra­ba en un ritual, se las ves­tía con ropas feme­ni­nas y se con­ver­tían en sacer­do­ti­sas de dicha divi­ni­dad. Ésas eran muje­res muy res­pe­ta­das que vivían de las limos­nas de los devo­tos o ejer­cían la pros­ti­tu­ción. Era el caso de las hij­ras, Ihoio­sais o pardhis de la India. En la actua­li­dad la figu­ra de la hij­ra con­ti­núa exis­tien­do.
A media­dos del siglo XX, en la ciu­dad india de Luck­now, una gran can­ti­dad de hij­ras acu­die­ron a votar en las elec­cio­nes hacien­do cola en la fila de las muje­res y sor­pren­dién­do­se de encon­trar sus nom­bres entre los votan­tes mas­cu­li­nos. Sólo des­pués de mucha insis­ten­cia por par­te de la poli­cía, acce­die­ron a cum­plir la ley que se les impo­nía. Aun­que las hij­ras se sue­len resis­tir a some­ter­se a inter­ven­cio­nes que mejo­ren su aspec­to feme­nino, sí se pres­tan a una en la que se les ampu­tan sus geni­ta­les mas­cu­li­nos, y el área púbi­ca se refor­ma para dar­le la apa­rien­cia de una vagi­na. Esta inter­ven­ción se lle­va a cabo en una cere­mo­nia a la que sigue una gran fies­ta a la que sólo pue­den asis­tir hij­ras.
Exis­ten nume­ro­sos lega­dos de la Gre­cia anti­gua y de Roma sobre per­so­nas que no acep­ta­ban la impo­si­ción de géne­ro en el naci­mien­to. Filón, el filó­so­fo judío de Ale­jan­dría, escri­bió «Dedi­can toda la aten­ción posi­ble a su adorno exte­rior, y ni siquie­ra se aver­güen­zan de emplear cual­quier méto­do para cam­biar su natu­ra­le­za arti­fi­cial­men­te de hom­bres a muje­res. Algu­nos de ellos, bus­can­do una trans­for­ma­ción com­ple­ta como muje­res, han lle­ga­do a ampu­tar­se los geni­ta­les».
El poe­ta romano Mani­lio escri­bió: “Siem­pre irán pen­san­do en su estra­fa­la­ria ves­ti­men­ta y su ima­gen; rizar­se el pelo en o­ndeantes mechas… pulir sus hir­su­tas pier­nas… ¡Sí! Y odia­rán su pro­pio aspec­to mas­cu­lino, soñan­do con unos bra­zos sin vello. Vis­ten como muje­res… cami­nan­do con paso afe­mi­na­do”.
Un ver­so popu­lar romano se tra­du­ci­ría así:
¿Pero qué es lo que espe­ran?
¿No es ya hora de inten­tar­lo que los Fri­gios hicie­ran
y el tra­ba­jo ter­mi­nar?
Así que un cuchi­llo cogie­ran
y esa car­ne sobran­te cor­tar.
Inclu­so en la his­to­ria de los empe­ra­do­res roma­nos hay datos de varios inten­tos de ciru­gía tran­se­xual. Las téc­ni­cas qui­rúr­gi­cas y el ins­tru­men­tal eran muy simi­la­res a las que cono­ce­mos hoy día, y hay manua­les de ciru­gía obra de Galeno y sus asis­ten­tes, que des­cri­ben con bas­tan­te pre­ci­sión algu­nas inter­ven­cio­nes sor­pren­den­tes para la épo­ca.
Pro­ba­ble­men­te la pri­me­ra ope­ra­ción de «cam­bio de sexo» docu­men­ta­da date del año 66 de nues­tra era. Pare­ce ser que el empe­ra­dor Nerón, en una de sus borra­che­ras, tras un ata­que de rabia pro­pi­nó una pata­da en el vien­tre a su espo­sa Popea, que esta­ba emba­ra­za­da, cau­san­do su muer­te. Lleno de remor­di­mien­to, tra­tó de encon­trar una sus­ti­tu­ta e hizo que bus­ca­sen por todo el impe­rio a alguien que fue­se el vivo retra­to de su ama­da. Así apa­re­ció un joven ex-escla­vo, Espo­ro, cuyo pare­ci­do con Popea era nota­ble.
Nerón hizo que le trans­for­ma­sen qui­rúr­gi­ca­men­te en mujer, le cam­bió el nom­bre por el de Espo­ro Sabi­na, y la mos­tró duran­te un año por todo el impe­rio, has­ta que con­tra­je­ron matri­mo­nio en el año 67 en Corin­to, con el pre­fec­to del pre­to­rio Tige­lino como tes­ti­go de la novia. Un año des­pués se sui­ci­da­ron jun­tos cuan­do, tras ser decla­ra­do Nerón «enemi­go del Esta­do y trai­dor a la Patria», las tro­pas del gene­ral Lucio Ser­vio Sul­pi­cio Gal­ba entra­ban en Roma para dete­ner­le.
Otro empe­ra­dor romano, Helio­gá­ba­lo, un joven de ori­gen sirio que fue nom­bra­do empe­ra­dor en el año 218, cuan­do con­ta­ba cator­ce años de edad, se casó suce­si­va­men­te con cua­tro muje­res en los dos años siguien­tes, antes de hacer­lo con el escla­vo Hie­ra­cles en el año 221. Con fre­cuen­cia Helio­gá­ba­lo se ves­tía de mujer y se ofre­cía como pros­ti­tu­ta en la puer­ta de los tem­plos, para pro­vo­car a la socie­dad roma­na, cosa que tam­bién hizo al casar­se con la segun­da de sus espo­sas, Julia Aqui­lia Seve­ra, una vir­gen Ves­tal; pero las pro­vo­ca­cio­nes no habían lle­ga­do aún al lími­te.
En el 222 ofre­ció una for­tu­na al médi­co que pudie­se ope­rar sus geni­ta­les para con­ver­tir­le por com­ple­to en mujer, con la inten­ción de nom­brar empe­ra­dor a Hie­ra­cles, con­vir­tién­do­se así en empe­ra­triz. Esto ya fue dema­sia­do para la guar­dia pre­to­ria­na que, ins­ti­ga­dos por su pro­pia abue­la Julia Mae­sa, nom­bra­ron empe­ra­dor a su pri­mo Ale­jan­dro, toma­ron al asal­to el pala­cio y ase­si­na­ron a Helio­gá­ba­lo, cuan­do esta­ba en las letri­nas, jun­to a su madre Julia Soe­mias, tan­to o más detes­ta­da que él mis­mo. Sus cadá­ve­res fue­ron arras­tra­dos por las calles de Roma y arro­ja­dos al río Tíber.
Duran­te el pri­mer cris­tia­nis­mo tam­bién se dio la cas­tra­ción por cues­tio­nes psi­co-reli­gio­sas (había hom­bres que se cas­tra­ban para no pen­sar en el sexo). Este fue el caso, en el año 232, de Orí­ge­nes cuan­do fue orde­na­do pres­bí­te­ro. Tan pron­to como su obis­po supo de su nom­bra­mien­to, corrió a enviar un men­sa­je­ro para prohi­bir a Orí­ge­nes ejer­cer su car­go adu­cien­do que era un hom­bre cas­tra­do, cosa que había hecho en su juven­tud, inter­pre­tan­do lite­ral­men­te un con­se­jo de los Evan­ge­lios, “Por­que hay eunu­cos que nacie­ron así del seno materno, y hay eunu­cos que se hicie­ron tales a sí mis­mos por el Rei­no de los Cie­los. Quien pue­da enten­der, que entien­da” (Mateo 19, 12).
Diver­sos estu­dios antro­po­ló­gi­cos han encon­tra­do mues­tras impor­tan­tes de iden­ti­dad de géne­ro cru­za­da per­fec­ta­men­te admi­ti­da por dis­tin­tas cul­tu­ras indí­ge­nas. Duran­te el pri­mer cuar­to del siglo pasa­do, se reco­gie­ron exten­sos datos sobre prác­ti­cas tra­di­cio­na­les en varias tri­bus de indios nor­te­ame­ri­ca­nos. En casi cada par­te del con­ti­nen­te pare­ce haber habi­do, des­de los tiem­pos más anti­guos, per­so­nas que se ves­tían y adop­ta­ban las fun­cio­nes y cos­tum­bres pro­pias del otro géne­ro.
Entre los indios Yuma exis­tió un gru­po de per­so­nas, ori­gi­nal­men­te varo­nes, lla­ma­dos Elxa que se con­si­de­ra­ba que habían sufri­do un «cam­bio de espí­ri­tu» como resul­ta­do de sue­ños que gene­ral­men­te ocu­rrían duran­te su puber­tad. Un chi­co o chi­ca que soña­ba dema­sia­do con cual­quier cosa «sufri­ría un cam­bio de sexo». Tales sue­ños fre­cuen­te­men­te incluían la recep­ción de men­sa­jes de las plan­tas, par­ti­cu­lar­men­te la Maran­ta, a la que se atri­bu­ye la pro­pie­dad de cam­biar el sexo. Si una Elxa, por el con­tra­rio, soña­ba con un via­je, este sue­ño impli­ca­ba su ocu­pa­ción futu­ra con las tareas feme­ni­nas. Al des­per­tar debía poner la mano en su boca rien­do con voz feme­ni­na y así su men­te cam­bia­ría de hom­bre a mujer. Los otros jóve­nes lo nota­rían, y empe­za­rían a tra­tar­le ya como mujer.
En su infan­cia, el equi­va­len­te opues­to de las Elxa, los Kwe’rha­me, jue­gan con jugue­tes de niño. Tras la puber­tad, nun­ca apa­re­ce­rá la mens­trua­ción, sus carac­te­res sexua­les secun­da­rios no se desa­rro­lla­rán, y en algu­nos casos lo harán de modo mas­cu­lino. Una ine­quí­vo­ca for­ma de her­ma­fro­di­tis­mo o viri­li­za­ción.
En la cul­tu­ra Yuma se creía que la Sie­rra Estre­lla tenía un tra­ves­ti­do que vivía en su inte­rior, y que por lo tan­to esas mon­ta­ñas tenían el poder de trans­for­mar sexual­men­te a las per­so­nas. Los sig­nos de tales trans­for­ma­cio­nes apa­re­cían pron­to, en la niñez, y los más vie­jos sabían por las accio­nes de un niño, que cam­bia­ría su sexo. Ber­da­che era el tér­mino para aque­llos que se com­por­ta­ban como muje­res. Las Ber­da­ches en la cul­tu­ra Yuma se casa­ban con hom­bres y no tenían hijos pro­pios. La tri­bu tam­bién tenía a muje­res que pasa­ban por hom­bres, ves­tían y se com­por­ta­ban como hom­bres, y se casa­ban con muje­res.
Entre los indios Coco­pa, se lla­ma­ba eL ha a quie­nes, naci­das varo­nes, habían mos­tra­do un carác­ter feme­nino des­de la infan­cia. Se las des­cri­be hablan­do como niñas, bus­can­do la com­pa­ñía de niñas, y hacien­do las cosas de modo feme­nino. Los lla­ma­dos war’he­meh jue­gan con niños, hacen arcos y fle­chas, tie­nen la nariz per­fo­ra­da, y luchan en las bata­llas. Un joven podría ena­mo­rar­se de un war’he­meh, pero a ellos no les intere­sa, sólo quie­ren con­ver­tir­se en hom­bres.
Entre los indios Moha­ve, los chi­cos des­ti­na­dos para con­ver­tir­se en cha­ma­nes, sacer­do­tes y doc­to­res que usan la magia y los tran­ces mís­ti­cos para curar a los enfer­mos, para adi­vi­nar el futu­ro, y para con­tro­lar los acon­te­ci­mien­tos que afec­tan el bien­es­tar de las per­so­nas, sue­len colo­car su pene hacia atrás entre sus pier­nas y se mues­tran así a las muje­res dicien­do, «Yo tam­bién soy una mujer, yo soy igual que tú».
Para los chi­cos Moha­ve que iban a vivir como muje­res, había un rito de ini­cia­ción duran­te el déci­mo o undé­ci­mo año de vida. Dos muje­res levan­ta­ban al joven y lo saca­ban al exte­rior. Una se ponía una fal­da y bai­la­ba, y el joven la seguía e imi­ta­ba. Las dos muje­res le daban al joven su nue­vo ves­ti­do y le pin­ta­ban la cara. Las alyhas, se debían com­por­tar como muje­res toman­do des­de enton­ces un nom­bre feme­nino e insis­tien­do en que al pene se le lla­me clí­to­ris, a los tes­tícu­los, labios mayo­res, y al ano, vagi­na. Los hwa­ne, se com­por­ta­rán como hom­bres, toma­rán un nom­bre mas­cu­lino y se refe­ri­rán a sus pro­pios geni­ta­les con ter­mi­no­lo­gía mas­cu­li­na.
Una alyha, des­pués de encon­trar mari­do, empe­za­rá a imi­tar la mens­trua­ción; toma­rá un palo y se ara­ña­rá entre las pier­nas has­ta hacer­se san­grar. Cuan­do deci­da que­dar en esta­do, inte­rrum­pi­rá las mens­trua­cio­nes, antes del «par­to» bebe­rá una pre­pa­ra­ción hecha con cier­tas legum­bres que le pro­vo­ca­rá un inten­so dolor abdo­mi­nal al que se refe­ri­rán como «dolo­res del par­to». Le segui­rá una defe­ca­ción vio­len­ta que se asu­mi­rá como un abor­to y que será ente­rra­da de modo cere­mo­nial, tras lo que comen­za­rá un perío­do de luto por par­te de los cón­yu­ges.
Los estu­dios antro­po­ló­gi­cos que se han lle­va­do a cabo, hacen men­ción de prác­ti­cas simi­la­res en otras tri­bus.
Entre los Nava­jo, a las per­so­nas lla­ma­das nad­lE, un tér­mino usa­do para tra­ves­ti­dos y her­ma­fro­di­tas indis­tin­ta­men­te, se las deno­mi­na­ba con el tra­ta­mien­to uti­li­za­do para muje­res de su rela­ción y edad, y se les con­ce­día el esta­tus legal de muje­res.
Las i‑wa-musp de los indios Cali­for­nia, for­ma­ban una cla­se social espe­cí­fi­ca. Ves­ti­das como muje­res, rea­li­za­ban tareas feme­ni­nas. Cuan­do un indio mos­tra­ba el deseo de elu­dir sus debe­res mas­cu­li­nos, se situa­ba en el círcu­lo de fue­go, don­de se le ofre­cía un arco de hom­bre y un bas­tón de mujer. Eli­gien­do uno de los dos, mar­ca­ría su futu­ro para siem­pre.
Entre los indios Pue­blo se lle­va­ba a cabo la siguien­te prác­ti­ca; se esco­gía un hom­bre muy poten­te, uno de los más viri­les; se le hacía mas­tur­bar­se muchas veces al día y mon­tar a caba­llo casi con­ti­nua­men­te. La debi­li­dad e irri­ta­bi­li­dad de sus órga­nos geni­ta­les que se pro­du­cía al mon­tar y a cau­sa de la gran pér­di­da de semen le pro­vo­ca­ba una atro­fia de los tes­tícu­los y del pene, la caí­da del vello facial, la pér­di­da de la pro­fun­di­dad y tim­bre de la voz, y su incli­na­ción y dis­po­si­ción se hacía feme­ni­na. El «muje­ra­do» per­día su posi­ción en la socie­dad como hom­bre, y sus esfuer­zos se dedi­ca­ban sólo a asi­mi­lar­se total­men­te al sexo feme­nino, y a librar­se has­ta don­de fue­se posi­ble de todos los atri­bu­tos men­ta­les y físi­cos de mas­cu­li­ni­dad.
Un médi­co del Ejér­ci­to de los Esta­dos Uni­dos des­cri­bió a una per­so­na así de modo muy grá­fi­co: «Lo pri­me­ro que atra­jo mi aten­ción fue el extra­or­di­na­rio desa­rro­llo de las glán­du­las mama­rias, que eran tan gran­des como las de una mujer emba­ra­za­da. Me dijo que había ali­men­ta­do a varios lac­tan­tes cuyas madres habían muer­to, y que les había dado sufi­cien­te leche pro­ve­nien­te de sus pechos (un fenó­meno que des­de un pun­to de vis­ta cien­tí­fi­co resul­ta poco fia­ble, aun­que la apa­rien­cia físi­ca fue­se inne­ga­ble)».
Las tri­bus indias de los Pen­dien­tes en la ore­ja (o Kalis­pel) y los Cabe­zas pla­nas (o Salish), radi­ca­das en el oes­te de Mon­ta­na ilus­tran los patro­nes de la par­ti­ci­pa­ción de muje­res en la gue­rra, fre­cuen­tes en las gran­des lla­nu­ras, y que van des­de los roles cere­mo­nia­les de bata­lla, has­ta la impli­ca­ción acti­va como gue­rre­ros y líde­res.
Los jesui­tas Pie­rre Jean De Smet, Nicho­las Point, y Gre­gory Men­ga­ri­ni lle­ga­ron a Mon­ta­na en 1841 y tra­ta­ron de cap­tar a los Cabe­zas pla­nas y a los Pen­dien­tes en la ore­ja a sus misio­nes (tal y como antes hicie­ron con nati­vos de Para­guay). En lugar de ello, aca­ba­ron por acom­pa­ñar a los supues­tos con­ver­sos en sus corre­rías de caza de búfa­los y en sus luchas con­tra sus enemi­gos. Las tri­bus, por su par­te, agra­de­cie­ron la lle­ga­da de los misio­ne­ros, espe­ran­do que les pro­por­cio­na­sen ayu­da sobre­na­tu­ral. Pero cuan­do los jesui­tas comen­za­ron a exhor­tar­les a cesar en sus dan­zas de gue­rra, en su sal­va­je obs­ce­ni­dad y en sus ver­gon­zan­tes exce­sos car­na­les, su acti­tud cam­bió rápi­da­men­te y la cola­bo­ra­ción de las tri­bus cesó, pro­vo­can­do el cie­rre de las misio­nes.
Los jesui­tas esta­ban espe­cial­men­te escan­da­li­za­dos por el papel acti­vo que toma­ban algu­nas muje­res en la gue­rra. Se unían a las dan­zas ves­ti­das como gue­rre­ros y con fre­cuen­cia entra­ban en com­ba­te. Espe­cial­men­te una mujer de los Pen­dien­tes en la ore­ja se había dis­tin­gui­do en la bata­lla y era reco­no­ci­da como un gran líder. Su nom­bre indio era Kui­lix, «La Roja», en refe­ren­cia a una casa­ca de ese color que solía ves­tir, que pro­ba­ble­men­te fue par­te de un uni­for­me bri­tá­ni­co. Para los blan­cos era cono­ci­da como Mary Qui­lle, o Marie Qui­lax, y el padre Point la dibu­jó y pin­tó con su casa­ca y la des­cri­bió en sus dia­rios y car­tas. Los rela­tos de las haza­ñas de Kui­lix fue­ron reco­gi­dos en la obra de Pie­rre Jean De Smet «Via­jes a las Mon­ta­ñas Roco­sas», publi­ca­da en 1844
En muchas tri­bus anti­guas del medi­te­rrá­neo, indias, oceá­ni­cas, afri­ca­nas y paleo-asiá­ti­cas, los hom­bres que adop­ta­ban las mane­ras y el ves­ti­do de las muje­res dis­fru­ta­ban de alta esti­ma como cha­ma­nes, sacer­do­tes y hechi­ce­ros; todos ellos per­so­nas cuyos pode­res sobre­na­tu­ra­les se temen y vene­ran.
Entre los Yakut de Sibe­ria había dos cate­go­rías de cha­ma­nes, los «blan­cos», que repre­sen­ta­ban las fuer­zas crea­ti­vas, y los «negros», que repre­sen­ta­ban las fuer­zas des­truc­ti­vas. Estos últi­mos solían com­por­tar­se como muje­res. El pelo se lo pei­na­ban des­de el cen­tro, como las muje­res, y lle­va­ban unos aros de hie­rro sobre la ropa evo­can­do los pechos feme­ni­nos. Al igual que a las muje­res bio­ló­gi­cas, no se les per­mi­tía recli­nar­se en el lado dere­cho de las pie­les de caba­llo que tapi­za­ban sus estan­cias.
Este fenó­meno no era exclu­si­vo de los Yakut, el cam­bio de sexo esta­ba muy exten­di­do entre las tri­bus paleo-Sibe­ria­nas, espe­cial­men­te entre los Chuk­chee, los Kor­yak, los Kam­cha­deb y los esqui­ma­les asiá­ti­cos.
Los Chuk­chees, un pue­blo que vivía cer­ca de la Cos­ta Árti­ca, tenían una rama espe­cial de cha­ma­nis­mo en el que tan­to hom­bres como muje­res se some­tían a un cam­bio de sexo par­cial, o inclu­so com­ple­to. Los hom­bres que se hacían muje­res eran lla­ma­das «hom­bres sua­ves» (yirka”-la” vl-ua” irgin), o «simi­la­res a muje­res» (ne’vc h i c a); y a las muje­res que se hacían hom­bres se los lla­ma­ba «muje­res trans­for­ma­das» (ga” c iki c hê c e). La trans­for­ma­ción tenía lugar por orden del Ke’­let, duran­te la ado­les­cen­cia.
Había varios gra­dos de trans­for­ma­ción. En la pri­me­ra fase, la per­so­na que se some­tía a ello per­so­ni­fi­ca­ba sólo a la mujer en el modo de pei­nar y ador­nar el pelo. La segun­da fase esta­ba mar­ca­da por la adop­ción del ves­tua­rio feme­nino. La ter­ce­ra fase de la trans­for­ma­ción era la más com­ple­ta; quien la alcan­za­ba aban­do­na­ba todas las cos­tum­bres y moda­les pro­pios del hom­bre, adop­tan­do los de una mujer. Su modo de hablar cam­bia­ba y al mis­mo tiem­po su cuer­po se alte­ra­ba, si no en su apa­rien­cia exte­rior, al menos en sus facul­ta­des y fuer­za; en gene­ral, se con­ver­tía en una mujer con la apa­rien­cia exte­rior de un hom­bre. Des­pués de un tiem­po podía tomar un espo­so y debía cui­dar de la casa y rea­li­zar las tareas domés­ti­cas. Inclu­so ha habi­do infor­mes de que algu­nos lle­ga­ban a modi­fi­car sus órga­nos geni­ta­les para hacer­los más pare­ci­dos a los de una mujer.
Los «muje­res trans­for­ma­das» ves­tían con ropas mas­cu­li­nas, adop­ta­ban el modo de hablar y las cos­tum­bres y moda­les de los hom­bres, y uti­li­za­ban un gas­troc­ne­mio de reno ata­do a una correa para simu­lar un pene.
En Mada­gas­car vivían los Tana­la, entre los cua­les había hom­bres que mos­tra­ban ras­gos feme­ni­nos des­de el naci­mien­to, se ves­tían y arre­gla­ban el pelo como las muje­res y se dedi­ca­ban a ocu­pa­cio­nes feme­ni­nas. Eran cono­ci­das como Sarom­bavy. Tam­bién vivían allí los Sak, que cuan­do nota­ban que un niño se mos­tra­ba deli­ca­do como las niñas, tan­to en su apa­rien­cia como en sus mane­ras, era sepa­ra­do de los demás y edu­ca­do como una niña. Las mal­ga­ches que eran con­si­de­ra­das como muje­res reci­bían un tra­ta­mien­to com­ple­ta­men­te feme­nino, lle­gan­do a olvi­dar su sexo ori­gi­nal. Eran exi­mi­das de las obli­ga­cio­nes mas­cu­li­nas, has­ta el pun­to de que hoy en día están exclui­das del ser­vi­cio mili­tar obli­ga­to­rio.
En Tahi­ti hay cier­tas per­so­nas lla­ma­dos mahoos o mahhus por los nati­vos, que asu­men el ves­ti­do, las acti­tu­des, y las mane­ras de las muje­res, adop­tan­do todas sus fan­ta­sías, pecu­lia­ri­da­des y coque­te­ría. Ellas mis­mos eli­gen volun­ta­ria­men­te esa for­ma de vivir des­de su niñez.
En algu­nas tri­bus bra­si­le­ñas se ha obser­va­do a muje­res que se abs­tie­nen de rea­li­zar ocu­pa­cio­nes feme­ni­nas, e imi­tan en todo a los hom­bres. Cor­tan y pei­nan su pelo al esti­lo mas­cu­lino y se deja­rían matar antes que man­te­ner rela­cio­nes sexua­les con un hom­bre. Cada uno de ellos tenía otra mujer que la ser­vía y con quien esta­ba casa­do.
En las Aleu­tia­nas, los niños que eran muy gua­pos eran edu­ca­dos por com­ple­to como si fue­ran niñas (Shu­pans). Se las ins­truía en las artes feme­ni­nas para agra­dar a los hom­bres, sus bar­bas se arran­ca­ban cui­da­do­sa­men­te en cuan­to apa­re­cían, lle­va­ban orna­men­tos hechos de cuen­tas de vidrio en sus pier­nas y bra­zos, arre­gla­ban y cor­ta­ban su pelo al esti­lo de las muje­res y al lle­gar a los diez o quin­ce años, se casa­ban con algún hom­bre de for­tu­na. Esta­ba ple­na­men­te acep­ta­do que si los padres habían desea­do tener una niña, y en su lugar había naci­do un niño, fue­se con­ver­ti­do de este modo en shu­pan.
Los Oma­níes entien­den que las varia­cio­nes de la iden­ti­dad de géne­ro no pue­den supri­mir­se y por tan­to, a las per­so­nas que las cues­tio­nan, se las reco­no­ce y recla­si­fi­ca y se las per­mi­te vivir en paz. Reci­ben el nom­bre de Xanith. Esta idea se basa en la visión de que el mun­do es imper­fec­to y las per­so­nas, crea­das a ima­gen de la natu­ra­le­za, son igual­men­te imper­fec­tas. Depen­de de cada indi­vi­duo com­por­tar­se tan correc­ta­men­te como le sea posi­ble en todas las situa­cio­nes en las que se encuen­tre, lo que debe­rá hacer con tac­to, ama­bi­li­dad, correc­ción y mora­li­dad. Mal­de­cir, san­cio­nar o cri­ti­car a quie­nes no sigan esos idea­les, le hará per­der su esti­ma. Las Xanith gene­ral­men­te sue­len con­ver­tir­se en pros­ti­tu­tas, y aun­que no se les per­mi­te uti­li­zar ves­ti­dos feme­ni­nos, lo que des­hon­ra­ría a las muje­res, uti­li­zan dis­bashas de colo­res pas­tel, se pei­nan al modo feme­nino (con la raya al lado en lugar de en el cen­tro), uti­li­zan maqui­lla­je y per­fu­mes y actúan con mane­ras feme­ni­nas.
La len­gua hawaia­na no con­tie­ne nin­gún adje­ti­vo o artícu­lo mas­cu­lino o feme­nino, e inclu­so los nom­bres pro­pios son ambi­guos. Esto mues­tra el énfa­sis que los poli­ne­sios ponen en la inte­gra­ción y equi­li­brio de los dio­ses mas­cu­li­nos y feme­ni­nos. La noción de pola­ri­dad de los géne­ros en sexos opues­tos es extra­ña al modo de pen­sar hawaiano. Los Mahu per­so­ni­fi­can este anti­guo prin­ci­pio poli­ne­sio de la dua­li­dad espi­ri­tual y son vis­tos como un hono­ra­ble sexo inter­me­dio, inte­gra­do en la cul­tu­ra hawaia­na. Expli­can su exis­ten­cia de este modo:
«A veces la Madre Natu­ra­le­za no pue­de deci­dir si hacer un hom­bre o una mujer, inclu­so en la poli­ne­sia, así que mez­cla un poco del ele­men­to mas­cu­lino con el feme­nino».
El fenó­meno de los Mahu no pue­de enten­der­se des­de el con­cep­to Occi­den­tal del géne­ro. Muchas muje­res hawaia­nas fue­ron cria­das y edu­ca­das como niños por sus padres o abue­los, para pre­ser­var­las de las rela­cio­nes sexua­les con hom­bres. Anti­gua­men­te estas niñas se dedi­ca­ban a labo­res de cura­ción o a los sagra­dos bai­les del hula. Del mis­mo modo, cuan­do una pare­ja hawaia­na había teni­do muchos hijos, pero nin­gu­na hija, era fre­cuen­te que edu­ca­sen y cria­sen al menor de los hijos como a una niña, de modo que pudie­ra resul­tar de ayu­da a las labo­res de la madre. Esta prác­ti­ca data de los orí­ge­nes de su socie­dad.
Los Mahu han repre­sen­ta­do un papel enor­me en la his­to­ria y las leyen­das de Hawai. La actual pobla­ción Mahu con­tie­ne una varie­dad asom­bro­sa de indi­vi­duos, ya que el tér­mino pue­de refe­rir­se a muje­res que vis­ten y actúan como hom­bres, a hom­bres que vis­ten y actúan como muje­res, a hom­bres o muje­res que cam­bian su ropa para ocul­tar su cla­si­fi­ca­ción bio­ló­gi­ca, a muje­res que sólo se rela­cio­nan con otras muje­res, a hom­bres que sólo se rela­cio­nan con hom­bres, a hom­bres que vis­ten de modo ambi­guo, a hom­bres o muje­res que se some­ten a pro­ce­di­mien­tos hor­mo­na­les o qui­rúr­gi­cos, o a ver­da­de­ros her­ma­fro­di­tas. Los padres sue­len dejar a sus hijos al cui­da­do de los Mahu, por­que pien­san que se tra­ta de per­so­nas más com­pren­si­vas y crea­ti­vas que las demás.
Sir James Fra­zer escri­bió en su obra «La Rama Dora­da»: «Hay una cos­tum­bre amplia­men­te exten­di­da entre los sal­va­jes en la que algu­nos hom­bres se vis­ten y actúan como muje­res duran­te toda su vida. A menu­do se dedi­can a ello y se les pre­pa­ra des­de su infan­cia». Se han encon­tra­do per­so­nas así entre los Iban de Bor­neo, los Bugis de la Céle­bes del Sur y los Pata­go­nios de Amé­ri­ca del Sur. Entre los Arau­ca­nos de Chi­le era común encon­trar hechi­ce­ros mas­cu­li­nos a los que se les exi­gía renun­ciar a su sexo.
En el Con­go se ha des­cri­to a sacer­do­tes de sacri­fi­cios que nor­mal­men­te ves­tían como una mujer, y eran hon­ra­dos con el títu­lo de abue­las. Algu­nos hom­bres de la tri­bu Lan­go de Ugan­da, ves­tían como muje­res, simu­la­ban la mens­trua­ción, y se con­ver­tían en espo­sas de otros varo­nes. Tam­bién suce­día entre los Mala­gasy (son lla­ma­dos eca­tes). Entre los o­nondaga de Sudoes­te afri­cano y entre los Dia­ki­te-Sarra­co­le­se en Sudán, hay hom­bres que asu­men el ves­ti­do, la acti­tud y los moda­les de las muje­res. Para los zulúes, simu­lar el cam­bio de sexo era un modo de apar­tar la mala suer­te. Tam­bién se han rese­ña­do casos en el con­ti­nen­te afri­cano entre los siguien­tes pue­blos: Kon­so y Amha­ra (Etio­pía), Otto­ro (Nubia), Din­ka y Nuer (Sudán), Sererr de Pokot (Kenia), Sekra­ta (Mada­gas­car) y Kwa­ya­ma y Ovim­bun (Ango­la).
Con la irrup­ción de las reli­gio­nes reve­la­das la diver­si­dad sexual y de géne­ro fue per­se­gui­da y repri­mi­da. Se implan­tó la con­cep­ción dual del mun­do entre el bien y el mal, hom­bre y mujer, hete­ro­se­xua­li­dad y homo­se­xua­li­dad. Es por ello que a par­tir de la anti­güe­dad tar­día has­ta el siglo XIX sea muy difí­cil seguir la pis­ta a las dife­ren­tes mani­fes­ta­cio­nes sexua­les. Pero afor­tu­na­da­men­te, a pesar de la per­se­cu­ción y al inten­to de silen­ciar estas mani­fes­ta­cio­nes, se han podi­do docu­men­tar casos per­te­ne­cien­tes en la Edad Media y Moder­na. No obs­tan­te en los pri­me­ros ocho siglos de nues­tra era fue­ron muy fre­cuen­tes los casos de muje­res que adop­ta­ron per­so­na­li­da­des, ves­tua­rio y nom­bres mas­cu­li­nos, con­vir­tién­do­se en mon­jes. En muchas oca­sio­nes, esa demos­tra­ción extre­ma de “voca­ción” fue pre­mia­da por la Igle­sia con la san­ti­dad, así tene­mos los casos de San­ta Anas­ta­sia la Patri­cia, San­ta Ana de Cons­tan­ti­no­pla, San­ta Apo­li­na­ria, San­ta Ata­na­sia de Egi­na, San­ta Euge­nia, San­ta Eufro­sia, San­ta Hila­ria, San­ta Mar­ga­ri­ta, San­ta María Egip­cia­ca, San­ta Mari­na, San­ta Matro­na de Per­gia, San­ta Susa­na de Eleu­te­ró­po­lis, San­ta Tecla de Ico­nio y San­ta Teo­do­ra de Ale­jan­dría.
En ple­na Edad Media, en el siglo IX se pro­du­jo un hecho sor­pren­den­te que, por moti­vos obvios, se ha tra­ta­do de silen­ciar, insis­tien­do en que se tra­ta de una leyen­da, pero del que han lle­ga­do datos sufi­cien­tes como para poder­lo recons­truir con cier­ta pre­ci­sión y segu­ri­dad. En el año 855 a la muer­te de León IV, fue ele­gi­do Papa Juan VIII, ori­gi­na­rio de Ingleheim, quien pron­to se des­ta­có por las obras públi­cas des­ti­na­das al pue­blo que man­dó lle­var a cabo. Un día del año 857, en el cur­so de una pro­ce­sión, cuan­do el cor­te­jo atra­ve­sa­ba por un calle­jón estre­cho, Juan comen­zó a pali­de­cer; sen­tía que se des­ma­ya­ba sin reme­dio; des­plo­ma­do y con los ojos en blan­co, el papa se moría. De repen­te, de deba­jo de las sagra­das ves­ti­du­ras, bro­tó un cho­rro de san­gre: ¡el Papa aca­ba­ba de dar a luz!
La evi­den­cia de que una mujer había sido Papa, tur­bó a cier­tos sec­to­res de la curia, y quin­ce años des­pués, otro Papa tomó el nom­bre de Juan y se le dio el núme­ro VIII de nue­vo, para tapar la exis­ten­cia de la Papi­sa Jua­na, y se ade­lan­tó en dos años la subi­da al solio de Bene­dic­to III, para que no que­da­sen «hue­cos» incon­ve­nien­tes. Pero en el año 1.003, Sil­ves­tre II fue suce­di­do por otro Papa que eli­gió el nom­bre de Juan, y aun­que su ante­rior homó­ni­mo lle­vó el nume­ral 15, él tomó el 17, para res­ta­ble­cer el núme­ro correc­to de Papas lla­ma­dos Juan. El domi­ni­co pola­co Mar­tín de Trop­pau reco­gió los deta­lles en sus cró­ni­cas en 1.278, y el bus­to de la Papi­sa Jua­na for­mó par­te de la gale­ría de Papas que hay en la Cate­dral de Sie­na, con la ins­crip­ción «Juan VIII, una mujer de ori­gen inglés», has­ta que Cle­men­te VIII lo orde­na­se reti­rar en 1.595 por con­se­jo del Car­de­nal Baro­nio.
No sólo eran los dio­ses quie­nes podían cam­biar el sexo, sino que se podía rea­li­zar en huma­nos y en bes­tias median­te la bru­je­ría y por la inter­ven­ción de demo­nios. Se decía que las bru­jas dis­po­nían de dro­gas capa­ces de inver­tir el sexo de quien las toma­ba. Algu­nos afir­ma­ban que las muje­res podían trans­for­mar­se en hom­bres y los hom­bres en muje­res, pero tam­bién se defen­día que el cam­bio del sexo sólo era posi­ble en una direc­ción. Por tan­to se decla­ró que el dia­blo podía con­ver­tir a las muje­res en hom­bres, pero no a los hom­bres en muje­res, por­que el méto­do que uti­li­za la natu­ra­le­za es el de aña­dir en lugar de res­tar. En el «Malleus Male­fi­ca­rum» (Mar­ti­llo de las Bru­jas), publi­ca­do entre 1.485 y 1.486, y que sir­vió como manual de la Inqui­si­ción con­tra la bru­je­ría y las pose­sio­nes, o lo que es igual, guía de tra­ta­mien­to con­tra la demen­cia, duran­te casi tres­cien­tos años, se rela­ta un caso de trans­for­ma­ción de una mucha­cha en mucha­cho por obra del dia­blo, o el caso del ben­di­to abad Equi­cio, per­tur­ba­do en su juven­tud por la pro­vo­ca­ción de la car­ne, que reza­ba con­ti­nua­men­te por un reme­dio con­tra ese mal, has­ta que se le pre­sen­tó un ángel y des­de enton­ces tal como antes se des­ta­ca­ba entre los hom­bres, así des­pués se des­ta­có entre las muje­res.
En Ale­ma­nia hubo el caso de Ulrich von Lich­tens­tein, hacia el año 1200, un hom­bre que se vis­tió con ropas de mujer, lle­va­ba una tren­za pos­ti­za y se hacía lla­mar rei­na Vènes. O John Ryke­ner, arres­ta­do en Lon­dres en 1395 al ser des­cu­bier­to con ropa de mujer ejer­cien­do la pros­ti­tu­ción, decla­ró haber teni­do muchos clien­tes sacer­do­tes fran­cis­ca­nos y car­me­li­tas. En el siglo XV, está el caso famo­so de Jua­na de Arco, la mujer que ves­tía y coman­da­ba el ejér­ci­to fran­cés en la gue­rra con­tra los ingle­ses como un hom­bre. En Espa­ña hay un caso muy bien docu­men­ta­do que es el de Anto­nio de Erau­so, naci­do en San Sebas­tián en 1585 como Cata­li­na, y que fue popu­lar­men­te cono­ci­do como «la Mon­ja Alfé­rez, y has­ta con­si­guió per­mi­so del papa Urbano VII para ves­tir como hom­bre. A fina­les de la Edad Moder­na, en el siglo XVII, esta­ba el ejem­plo de la rei­na Cris­ti­na de Sue­cia, que se ves­tía y actua­ba como un hom­bre. Y no nos olvi­de­mos de los cas­tra­ti, esos jóve­nes can­tan­tes en los coros de la Igle­sia a los que se cas­tra­ba para así poder can­tar mejor. Aun­que la San­ta Madre Igle­sia Cató­li­ca no podía apro­bar tales prác­ti­cas, lo tole­ra­ba. Esta cos­tum­bre per­du­ró en el tiem­po duran­te casi cin­co siglos (des­de el siglo XV has­ta el XIX).
La his­to­ria fran­ce­sa de los siglos XVI a XVIII nos ha dado varias figu­ras trans­ge­né­ri­cas públi­cas. Empe­zan­do por el Rey Enri­que III de Fran­cia que en oca­sio­nes mani­fes­tó su deseo de ser con­si­de­ra­do una mujer. Tuvo gran núme­ro de aman­tes mas­cu­li­nos, y en cier­ta oca­sión, en Febre­ro de 1.577, se pre­sen­tó ante la cor­te ves­ti­do de mujer, con un collar de per­las y un ves­ti­do de cor­te bajo.
Entre los fran­ce­ses nota­bles del siglo XVII, el Abad de Choisy, tam­bién cono­ci­do como Fra­nçois Timo­léon, ha deja­do para la pos­te­ri­dad una vívi­da des­crip­ción de pri­me­ra mano de un fuer­te deseo de cam­bio de géne­ro. Duran­te su infan­cia y su pri­me­ra juven­tud, su madre solía ves­tir­le como a una chi­ca. A los die­cio­cho estas prác­ti­cas con­ti­nua­ban y como su cin­tu­ra era ceñi­da fre­cuen­te­men­te con cor­sets, sus cade­ras y bus­to se hicie­ron más pro­mi­nen­tes. Ya como adul­to vivió en una oca­sión cin­co meses segui­dos como mujer con­si­guien­do enga­ñar a todos, y toman­do suce­si­vos aman­tes a los que con­ce­día diver­sos favo­res. A los trein­ta y dos fue nom­bra­do Emba­ja­dor de Luis XIV en Siam. Con res­pec­to a su iden­ti­dad de géne­ro escri­bió:
«Yo me veo real­men­te como una autén­ti­ca mujer. He inten­ta­do des­cu­brir cómo lle­gó a mí este extra­ño pla­cer, y qué he hecho para ser de este modo. Es un atri­bu­to de Dios ser ama­do y ado­ra­do, y el hom­bre, has­ta don­de su débil natu­ra­le­za lo per­mi­te, tie­ne la mis­ma ambi­ción; es la belle­za la que crea el amor, y la belle­za gene­ral­men­te es una par­te de la mujer. Cuan­do he escu­cha­do a alguien decir acer­ca de mí, que era una her­mo­sa mujer, he sen­ti­do un pla­cer tan gran­de que está más allá de cual­quier com­pa­ra­ción. Ni la ambi­ción, ni la rique­za, ni inclu­so el amor pue­den igua­lar­lo».
Uno de los ejem­plos más famo­sos de con­duc­ta de géne­ro cru­za­da en la his­to­ria es el del Caba­lle­ro de Eon, de cuyo nom­bre sur­gió el epó­ni­mo «eonis­mo». Se dice que hizo su debut en la his­to­ria ves­ti­do de mujer como rival de Mada­me de Pom­pa­dour, como una nue­va bella dama de la cor­te de Luis XV. Cuan­do su secre­to fue cono­ci­do por el Rey, sacó par­ti­do de su error ini­cial con­vir­tien­do al Caba­lle­ro de Eon en un diplo­má­ti­co de con­fian­za. En una oca­sión, en 1.755, fue a Rusia en una misión secre­ta dis­fra­za­do como la sobri­na del envia­do del Rey y al año siguien­te vol­vió ves­ti­do como un hom­bre para com­ple­tar la misión. Tras la muer­te de Luis XV vivió per­ma­nen­te­men­te como mujer, y hubo una gran con­tro­ver­sia en Ingla­te­rra, don­de pasó sus últi­mos años, sobre si su ver­da­de­ro sexo mor­fo­ló­gi­co era mas­cu­lino, o si los perío­dos en los que ves­tía de varón no eran, en reali­dad, los que fin­gía. De hecho, a lo lar­go de su vida, pasó cua­ren­ta y nue­ve años como hom­bre y trein­ta y cua­tro como mujer.
Otro per­so­na­je intere­san­te fue el Abad de Entra­gues, que tra­tó de repro­du­cir la pali­dez de la belle­za facial feme­ni­na median­te con­ti­nuas san­grías. Uno de sus asis­ten­tes era Beca­re­lli, un fal­so Mesías que ase­gu­ra­ba dis­po­ner de los ser­vi­cios del Espí­ri­tu San­to y alar­dea­ba de poseer una dro­ga que podía cam­biar el sexo. Aun­que el sexo físi­co no podía ser cam­bia­do, los hom­bres que toma­ban esta dro­ga se creían trans­for­ma­dos en muje­res tem­po­ral­men­te, y las muje­res pen­sa­ban que se trans­for­ma­ban en hom­bres.
Cier­ta per­so­na que a lo lar­go de toda su vida había sido cono­ci­da como Made­moi­se­lle Jenny Sava­let­te de Lan­ge, murió en Ver­sa­lles en 1.858, tras lo que se des­cu­brió que tenía geni­ta­les mas­cu­li­nos. Duran­te toda su vida había uti­li­za­do un dupli­ca­do de su cer­ti­fi­ca­do de naci­mien­to en el que se la desig­na­ba como mujer, se había com­pro­me­ti­do con dis­tin­tos hom­bres en seis oca­sio­nes, y había reci­bi­do del Rey de Fran­cia una pen­sión de mil fran­cos anua­les y un apar­ta­men­to en el Pala­cio de Ver­sa­lles.
Duran­te los siglos XVIII y XIX se empie­zan a docu­men­tar nume­ro­sos casos de tran­se­xua­li­dad, de los que cita­re­mos los siguien­tes: Anas­ta­sius Lagran­ti­nus Rosens­ten­gel, Ale­ma­nia 1694 – 1721. Naci­do Catha­ri­na Mar­ga­retha Linck, fue juz­ga­do, con­de­na­do a muer­te y eje­cu­ta­do por pre­ten­der casar­se con Catha­ri­na Mühlhahn, acu­sán­do­le de sodo­mía, a cau­sa del pene de cue­ro que uti­li­zó para tales fines. Gio­van­ni Bor­do­ni, Ita­lia 1719 – 1743. Naci­do Cat­te­ri­na Viz­za­ni, adqui­rió nota­ble fama de seduc­tor, batién­do­se varias veces con otros hom­bres por asun­tos ama­to­rios. Mary Hamil­ton, naci­do en 1721. Pro­fe­sor en Dublín. Casa­do con Mary Pri­ce, arres­ta­do y fus­ti­ga­do por ello, pasó 6 meses en pri­sión. James Gray Snell, Ingla­te­rra 1723 – 1792. Naci­do Han­nah Snell, se enro­ló en el ejér­ci­to adop­tan­do la per­so­na­li­dad de su cuña­do, y sir­vió duran­te diez años en la India, don­de lle­gó a ser heri­do. Robert Shurtleff. USA, 1760 – 1827. Naci­do Debo­rah Sam­pson, fue un bri­llan­te sol­da­do en la Gue­rra de Inde­pen­den­cia Nor­te­ame­ri­ca­na. Ale­xan­der Soko­lov, Rusia 1783 – 1866. Sol­da­do de caba­lle­ría de los húsa­res naci­do como Nar­dezh­da Duro­va. James Barry, Ingla­te­rra 1795 – 1865. Ciru­jano de la Arma­da e Ins­pec­tor Gene­ral de Hos­pi­ta­les, de quien a su muer­te, se des­cu­brió que no había naci­do varón. Joseph Lob­del, USA 1829 – 1891. Minis­tro meto­dis­ta casa­do con una mujer, que fue inter­na­do en un sana­to­rio men­tal al ser denun­cia­do por ella y saber­se que había naci­do como Lucy Ann Lob­del. Edward de Lacy Evans, Ingla­te­rra 1830 – 1911. Naci­do como Ellen Tra­ma­ye, emi­gró a Aus­tra­lia adop­tan­do una iden­ti­dad mas­cu­li­na. Se casó suce­si­va­men­te con Mary Delahunty, Sarah Moo­re, y Julia Mar­quand, con la que inclu­so tuvo un hijo uti­li­zan­do a otro hom­bre que se hacía pasar por él en la oscu­ri­dad del dor­mi­to­rio. Franklyn Thom­pson, Cana­dá 1841 – 1898. Espía del ejér­ci­to de la Unión, naci­do como Sarah Emma Edmonds. Fanny Wini­fred Park, naci­da en Ingla­te­rra en 1847. Estu­dian­te naci­da como Fre­de­rick William Park. Ste­lla Clin­ton, naci­da en Ingla­te­rra en 1848. Artis­ta naci­da como Ernest Boul­ton. Char­les Dur­kee Panhurst, que con­du­cía una dili­gen­cia en el oes­te nor­te­ame­ri­cano a fina­les del siglo XIX y que tam­bién resul­tó que tenía un ori­gen feme­nino. Murray Hall (naci­do Mary Ander­son), un repu­tado polí­ti­co de Tam­many Hall, que se casó dos veces, adop­tó una hija y vivió como hom­bre duran­te 30 años sin que nadie supie­ra la ver­dad. Jack Bee Gar­land, USA 1869 – 1936. Escri­tor y perio­dis­ta naci­do Elvi­ra Vir­gi­na Muga­rrie­ta. Lili Elbe, Dina­mar­ca 1886 – 1931. Pin­to­ra naci­da como Einar Wegen­ner, se some­tió a varias inter­ven­cio­nes. Era un caso de sín­dro­me de Kli­ne­fel­ter (XXY). Alan Lugll Hart, USA 1890 – 1962. Médi­co nor­te­ame­ri­cano, naci­do Alber­ta Luci­lle. Casa­do con Inez Stark en 1918 y con Edna Rudick en 1925. Vic­tor Bar­ker. Naci­do a fina­les del siglo XIX como Vale­rie Lilias Arkell-Smith, se casó con Elfri­da Haward hacién­do­se pasar por un Coro­nel, héroe de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial. Un buen núme­ro de estas per­so­nas paga­ron con la cár­cel la osa­día de mos­trar su iden­ti­dad de géne­ro; dos siglos des­pués no han cam­bia­do mucho las cosas.
Con la lle­ga­da del siglo XIX y la pro­gre­si­va secu­la­ri­za­ción de la socie­dad occi­den­tal, los cien­tí­fi­cos abrie­ron bien los ojos para estu­diar lo que se con­si­de­ra­ba, para enton­ces, las con­duc­tas sexua­les des­via­das (homo­se­xua­li­dad, tra­ves­tis­mo y eonis­mo o tran­se­xua­li­dad). Para los pri­me­ros inves­ti­ga­do­res todo era muy con­fu­so y no dis­tin­guían las dife­ren­tes mani­fes­ta­cio­nes des­via­das. Pero ya se empe­za­ron a estu­diar y a acu­ñar nue­vos tér­mi­nos para defi­nir estas con­duc­tas pato­ló­gi­cas. Así nació el con­cep­to de per­ver­sión, toda prác­ti­ca que se salie­ra de las nor­mas socia­les era con­si­de­ra­da una abe­rra­ción y el tra­ves­tis­mo y la homo­se­xua­li­dad no eran nin­gu­na excep­ción. Se las englo­bó den­tro del gru­po de con­duc­tas de inver­sión sexual. Hubo unos pocos auto­res que se dedi­ca­ron a estu­diar el fenó­meno del tra­ves­tis­mo. Para enton­ces, la acti­vi­dad tra­ves­tis­ta era con­si­de­ra­da una enfer­me­dad neu­ró­ti­ca, como la defi­nió a fina­les del siglo XIX Krafft-Ebing: “Metha­morpho­sis sexua­lis para­noi­ca”. No será has­ta el siglo XX cuan­do se empie­ce a des­blo­quear esta situa­ción.
Es evi­den­te que el fenó­meno de asu­mir el rol de un miem­bro del sexo opues­to no es nue­vo ni úni­co en nues­tra cul­tu­ra. La evi­den­cia de su exis­ten­cia es iden­ti­fi­ca­ble en los mitos y rela­tos más anti­guos. Dife­ren­tes cul­tu­ras pre­sen­tan datos que demues­tran que el fenó­meno está uni­ver­sal­men­te exten­di­do, que siem­pre ha exis­ti­do en una for­ma u otra, y que ha esta­do incor­po­ra­do en todas las cul­tu­ras con gra­dos varia­bles de acep­ta­ción social. La valo­ra­ción del mate­rial clí­ni­co con­tem­po­rá­neo y la con­si­de­ra­ción psi­co­pa­to­ló­gi­ca con la que se mira a estas per­so­nas, con­vir­tién­do­las en pacien­tes, adquie­re una nue­va dimen­sión cuan­do se enfren­ta con­tra el telón de esta pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca y antro­po­ló­gi­ca. De este modo se debe hacer una apro­xi­ma­ción más com­pren­si­va, en la eva­lua­ción y asun­ción de que la tran­se­xua­li­dad es un fenó­meno natu­ral, fuer­te­men­te arrai­ga­do en el ser humano, y no una sim­ple mani­fes­ta­ción psi­co­se­xual.

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