De Sor­tu a Bil­du: ¿ayun­ta­mien­tos demo­crá­ti­cos?- Car­los Tai­bo

Mucho me gus­ta­ría que alguien con­si­guie­se con­ven­cer­me de que los obs­tácu­los sin cuen­to que se han impues­to, pri­me­ro a la lega­li­za­ción de Sor­tu y, más ade­lan­te, a la de la coa­li­ción elec­to­ral Bil­du, obe­de­cen a un berrin­che pasa­je­ro en vir­tud del cual jue­ces y polí­ti­cos se esta­rían toma­do una cum­pli­da revan­cha ante lo ocu­rri­do duran­te dece­nios. Si así fue­sen los hechos, me mos­tra­ría más que dis­pues­to a pasar pági­na y a olvi­dar­me de todo esto.

No hay, sin embar­go, nin­gu­na garan­tía de que nos halle­mos ante un sim­ple y pasa­je­ro berrin­che que dará pron­to pie a noti­cias más esti­mu­lan­tes. Y eso que alguien adu­ci­rá, con res­pe­ta­bi­lí­si­mo argu­men­to, que lo que están hacien­do jue­ces y polí­ti­cos bebe en más de un sen­ti­do de una curio­sa para­do­ja: lo hacen por­que, digan lo que digan, saben que la cosa no tie­ne vuel­ta atrás, esto es, que ETA no va a regre­sar a don­de esta­ba, con lo que pre­ser­var una línea de estric­ta presión/​represión sobre la izquier­da aber­tza­le tie­ne en estas horas un cos­te y un ries­go, no ya limi­ta­dos, sino más bien nulos.

Exa­mi­ne­mos, aun así, las cir­cuns­tan­cias con mayor deta­lle. Lo pri­me­ro que corres­pon­de decir es que no pue­de sino sor­pren­der que el peso de la prue­ba en lo que se refie­re a lo que son o dejan de ser los mili­tan­tes de Sor­tu y los can­di­da­tos de Bil­du recai­ga sobre los infor­mes de dos ins­tan­cias, la poli­cía nacio­nal y la guar­dia civil, que son, cla­ro, juez y par­te, y que a duras penas cabe admi­tir, de resul­tas, están lla­ma­das a asu­mir una con­duc­ta neu­tral. Aun cuan­do acep­te­mos que con la polé­mi­ca ley de par­ti­dos en la mano los infor­mes de esas dos ins­tan­cias se anto­jan insor­tea­bles, no sería salu­da­ble que esqui­vá­se­mos, con todo, la dis­cu­sión prin­ci­pal. Esta últi­ma no es otra que la que remi­te al argu­men­to mayor emplea­do para pos­ter­gar a Sor­tu y, al menos has­ta la hora en que se escri­ben estas líneas, a la pro­pia Bil­du: el que seña­la que con­fi­gu­ran meras pro­lon­ga­cio­nes de Bata­su­na y, en su caso, de ETA.

Por­que, y vaya­mos a lo más impor­tan­te, ¿qué otra cosa cabría espe­rar que fue­se Sor­tu sino una fuer­za polí­ti­ca con­ti­nua­do­ra de Bata­su­na y de su mun­do? ¿Ten­dría algún sen­ti­do que sur­gie­se de la nada, de tal suer­te que Bata­su­na siguie­se per­vi­vien­do como tal, man­te­nién­do­se en sus tre­ce? Lo que cons­ti­tu­ye una nove­dad nota­bi­lí­si­ma, y para bien, es pre­ci­sa­men­te el hecho de que quie­nes han ampa­ra­do duran­te mucho tiem­po la vio­len­cia de ETA se mues­tren en estas horas mani­fies­ta­men­te dis­pues­tos a ale­jar­se de aqué­lla. Lo intere­san­te es, en otras pala­bras, que efec­ti­va­men­te Sor­tu, y los mili­tan­tes de ésta pre­sen­tes en las lis­tas de Bil­du, pro­ce­de de Bata­su­na y no deja mar­gen para la duda en lo que se refie­re al cam­bio ope­ra­do den­tro de esta últi­ma. Un cam­bio, dicho sea de paso, que con toda cer­te­za se ha rea­li­za­do no sin con­flic­to, esto es, no sin la derro­ta de quie­nes por­fia­ban en man­te­ner las reglas del jue­go del pasa­do.

A mi enten­der, y al de muchos otros, sobran las razo­nes, por lo demás, para afir­mar que Sor­tu ha cum­pli­do con lo que duran­te años han exi­gi­do los pro­mo­to­res de la ley de Par­ti­dos, algo que con­vier­te en mode­ra­da­men­te sor­pren­den­te la con­duc­ta pre­sen­te de la abru­ma­do­ra mayo­ría de los defen­so­res de esta últi­ma. Pare­cie­ra como si a los ojos de éstos cual­quier per­so­na que haya man­te­ni­do en el pasa­do algún víncu­lo con Bata­su­na estu­vie­se con­de­na­da para siem­pre. Menos mal que el voto es secre­to, por­que alguno de estos ada­li­des de la demo­cra­cia bien podría sen­tir la ten­ta­ción de reti­rar el dere­cho corres­pon­dien­te a quien res­pal­dó en el pasa­do a la men­ta­da Bata­su­na.

Per­mí­ta­se­me que, en tales con­di­cio­nes, for­mu­le tres pre­gun­tas deli­ca­das. ¿No es legí­ti­mo, en pri­mer lugar, que nos empe­ñe­mos en con­cluir que hay quie­nes pare­cen pre­fe­rir la mise­ria en la que hemos vivi­do duran­te dece­nios antes que los hori­zon­tes de cam­bio que se abren de la mano de un pro­ce­so razo­na­ble­men­te espe­ran­za­dor? ¿No tie­ne uno dere­cho, en segun­do tér­mino, a sos­pe­char que algu­nos de los sor­pren­den­tes silen­cios de estas horas obe­de­cen al mez­quino pro­pó­si­to de ganar votos sin mere­cer­los o al aún más pro­sai­co de no per­der­los ante la embes­ti­da ultra­mon­ta­na del rival? Las cosas como van, en fin, ¿hay algún moti­vo sóli­do para ase­ve­rar que las elec­cio­nes muni­ci­pa­les que se van a cele­brar pró­xi­ma­men­te en el País Vas­co tie­nen una ine­quí­vo­ca con­di­ción demo­crá­ti­ca?

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