Por el dere­cho a com­par­tir las tareas domés­ti­cas – Pala­bra de Mujer

Duran­te la mayor par­te del siglo xx el tra­ba­jo pro­duc­ti­vo y repro­duc­ti­vo se orga­ni­zó sobre la base del mode­lo tra­di­cio­nal de fami­lia, en el cual el hom­bre es el jefe de hogar y el encar­ga­do de tra­ba­jar de mane­ra remu­ne­ra­da y per­ci­bir un sala­rio con el cual se ase­gu­ra­ba la manu­ten­ción de todos los miem­bros del gru­po fami­liar.

Trans­for­ma­cio­nes socia­les y demo­grá­fi­cas pro­vo­ca­ron que el mode­lo clá­si­co de fami­lia nuclear, en la cual sólo el hom­bre tra­ba­ja­ba de mane­ra remu­ne­ra­da, se haya diver­si­fi­ca­do. Hoy las muje­res com­par­ten con los hom­bres el tiem­po de tra­ba­jo remu­ne­ra­do, pero no se ha gene­ra­do un pro­ce­so de cam­bio simi­lar en la redis­tri­bu­ción de la car­ga de las tareas domés­ti­cas, las cua­les se han incre­men­ta­do a la par del cre­ci­mien­to y enve­je­ci­mien­to de la pobla­ción. Tam­po­co se ha pro­du­ci­do un aumen­to sig­ni­fi­ca­ti­vo en la pro­vi­sión de ser­vi­cios públi­cos en apo­yo a estas tareas, ni se ha logra­do reor­ga­ni­zar la vida social con equi­dad entre los géne­ros.

El hom­bre, tra­ba­ja­dor “ideal”

El ámbi­to pro­duc­ti­vo está pen­sa­do para un tra­ba­ja­dor mas­cu­lino “ideal”, que asu­me la jor­na­da labo­ral (“este es mi tra­ba­jo”) y des­ti­na un tiem­po muy limi­ta­do a las res­pon­sa­bi­li­da­des fami­lia­res. Sien­do así, estos tra­ba­ja­do­res deben con­tar con tra­ba­jo domés­ti­co ‑lle­va­do a cabo por las muje­res- que les per­mi­ta aten­der sus pro­pias nece­si­da­des y estar exen­tos de las res­pon­sa­bi­li­da­des del hogar y de cui­da­do de otras per­so­nas. En este con­tex­to, la mone­da corrien­te con la cual se cubren las deman­das de tra­ba­jo repro­duc­ti­vo es el tiem­po no remu­ne­ra­do de las muje­res.

Muje­res y tra­ba­jo remu­ne­ra­do

Uno de los cam­bios más sig­ni­fi­ca­ti­vos en el mer­ca­do labo­ral duran­te las últi­mas déca­das fue la incor­po­ra­ción pro­gre­si­va de la fuer­za de tra­ba­jo de las muje­res al mer­ca­do labo­ral. El mayor incre­men­to en la par­ti­ci­pa­ción labo­ral se pro­du­jo entre las muje­res con res­pon­sa­bi­li­da­des fami­lia­res. El resul­ta­do a la vis­ta de este sig­ni­fi­ca­ti­vo incre­men­to es que hoy vemos a millo­nes de muje­res madres for­man­do par­te del mer­ca­do de tra­ba­jo.

Sin embar­go, pese al cre­ci­mien­to sos­te­ni­do de la par­ti­ci­pa­ción de las muje­res en el ámbi­to pro­duc­ti­vo, en espe­cial de aque­llas con res­pon­sa­bi­li­da­des fami­lia­res, éstas con­ti­núan par­ti­ci­pan­do en el mer­ca­do labo­ral for­mal menos que los hom­bres. Esto suce­de, entre otros fac­to­res, por la dis­cri­mi­na­ción de géne­ro. Y por­que nume­ro­sas muje­res de los sec­to­res empro­bre­ci­dos tie­nen pocos años de edu­ca­ción for­mal, lo que les difi­cul­ta aún más encon­trar tra­ba­jo en el sec­tor for­mal de la eco­no­mía.

Esto expli­ca, en par­te impor­tan­te, la sobre­rre­pre­sen­ta­ción de las muje­res pobres en empleos pre­ca­rios, vul­ne­ra­bles y con bajas remu­ne­ra­cio­nes. La ausen­cia de hora­rios y luga­res de tra­ba­jo fijos, les posi­bi­li­ta asu­mir en para­le­lo un tra­ba­jo remu­ne­ra­do, pero el resul­ta­do no es para nada ópti­mo; las res­pon­sa­bi­li­da­des que las empu­jan a inser­tar­se en la eco­no­mía infor­mal, las lle­van tam­bién a un calle­jón sin sali­da de empleos de mala cali­dad caren­tes de pro­tec­ción social.

Doble jor­na­da

Como vemos, las muje­res siem­pre son res­pon­sa­bles de las labo­res domés­ti­cas, sean amas de casa o tra­ba­jen de mane­ra remu­ne­ra­da. En con­se­cuen­cia, su acti­vi­dad se pro­lon­ga en una doble jor­na­da labo­ral que invo­lu­cra una sobre­car­ga de tra­ba­jo y limi­ta su acce­so al ocio y a opor­tu­ni­da­des de capa­ci­ta­ción y par­ti­ci­pa­ción social.

Los ata­vis­mos cul­tu­ra­les supo­nen que toda­vía debe haber una mujer den­tro del hogar dedi­ca­da com­ple­ta­men­te al cui­da­do de la fami­lia. Los hora­rios esco­la­res y de los ser­vi­cios públi­cos de hecho no son com­pa­ti­bles con los de una fami­lia en que todas las per­so­nas adul­tas tra­ba­jan remu­ne­ra­da­men­te. No se ha gene­ra­do un aumen­to sufi­cien­te en la pro­vi­sión de infra­es­truc­tu­ra y ser­vi­cios de apo­yo para cubrir las nece­si­da­des de niños, niñas y otras per­so­nas depen­dien­tes. Esto trae apa­re­ja­do un alto nivel de ten­sión para las tra­ba­ja­do­ras con res­pon­sa­bi­li­da­des fami­lia­res, en espe­cial para las muje­res m adres, quie­nes con­ti­núan asu­mien­do la doble res­pon­sa­bi­li­dad de tra­ba­jar den­tro y fue­ra del hogar.

Com­par­tir las tareas del hogar

Es nece­sa­rio la deman­da per­ma­nen­te sobre los varo­nes para que asu­man un mayor com­pro­mi­so y res­pon­sa­bi­li­dad en el ejer­ci­cio de las tareas domés­ti­cas y de crian­za; para la tran­si­ción de la valo­ra­ción del varón como pro­vee­dor a la del padre com­pro­me­ti­do con el bien­es­tar emo­cio­nal de la des­cen­den­cia, con más impli­can­cia afec­ti­va, dis­po­ni­bi­li­dad y pro­xi­mi­dad a la fami­lia, y mayor invo­lu­cra­mien­to en las tareas domés­ti­cas y de cui­da­do.

Estu­dios rea­li­za­dos reve­lan que los hom­bres par­ti­ci­pan nada o muy poco en las acti­vi­da­des coti­dia­nas del cui­da­do de la casa. Y cuan­do lo hacen, se tra­ta de tra­ba­jos oca­sio­na­les, como peque­ñas repa­ra­cio­nes domés­ti­cas o del man­te­ni­mien­to del auto, pero no de las tareas que son par­te de la ruti­na dia­ria o de rea­li­za­ción muy fre­cuen­te: coci­nar, lavar los pla­tos, lim­piar la casa, lavar, plan­char.

En espe­cial, con res­pec­to a la aten­ción de los hijos, los infor­mes de estos estu­dios sos­tie­nen que si bien los hom­bres tie­nen en la actua­li­dad una mayor par­ti­ci­pa­ción, están lejos de alcan­zar los nive­les de res­pon­sa­bi­li­dad que tie­nen las madres. Como vemos, la inequi­dad entre muje­res y varo­nes en el uso del tiem­po apli­ca­do al tra­ba­jo no remu­ne­ra­do del hogar, no se alte­ra por el hecho de que ellas reali­cen tra­ba­jos remu­ne­ra­dos fue­ra del hogar.

En con­se­cuen­cia, muchas muje­res deben ade­cuar sus rit­mos de tra­ba­jo a las nece­si­da­des y hora­rios de otros miem­bros del hogar, en par­ti­cu­lar en los momen­tos de las comi­das y en fun­ción del hora­rio esco­lar. Esto sig­ni­fi­ca que el cos­to de la ausen­cia de con­ci­lia­ción es sopor­ta­do prin­ci­pal­men­te por las muje­res a tra­vés de la inten­si­dad en el uso de su tiem­po. Lo cual deri­va no sólo en un impac­to nega­ti­vo sobre su cali­dad de vida, sino tam­bién sobre la cali­dad de vida de las per­so­nas cuyo cui­da­do depen­de exclu­si­va­men­te de ellas.

Las emplea­das domés­ti­cas

Las muje­res que se desem­pe­ñan en el ser­vi­cio domés­ti­co tie­nen dos pro­ble­mas que difi­cul­tan la con­ci­lia­ción entre el ámbi­to fami­liar y laboral.Por un lado no cuen­tan con los bene­fi­cios de la segu­ri­dad social y, por otro, sólo un por­cen­ta­je muy redu­ci­do de ellas reci­be otros bene­fi­cios socia­les, tales como agui­nal­do, vaca­cio­nes paga­das.

Uno de los fac­to­res que inci­den en la irre­gu­la­ri­dad de la situa­ción labo­ral del ser­vi­cio domés­ti­co se vin­cu­la con el ámbi­to en el que se desa­rro­lla la acti­vi­dad labo­ral de estas tra­ba­ja­do­ras –la uni­dad domés­ti­ca o el hogar – , ámbi­to de difí­cil acce­so al con­trol direc­to por par­te del Esta­do. Entre los dere­chos que les son res­trin­gi­dos a estas emplea­das se pue­de men­cio­nar la exclu­sión del dere­cho del per­mi­so por mater­ni­dad, espe­cial­men­te rele­van­te por­que es una acti­vi­dad ejer­ci­da casi exclu­si­va­men­te por muje­res.

Las muje­res que se desem­pe­ñan en el ser­vi­cio domés­ti­co posi­bi­li­tan la con­ci­lia­ción entre tra­ba­jo y fami­lia de otras muje­res, en mejor situa­ción socio­eco­nó­mi­ca, con más años de esco­la­ri­dad, e inser­tas en tra­ba­jos de mayor cali­dad y remu­ne­ra­ción. De esta mane­ra, se con­fi­gu­ra una “cade­na de cui­da­dos” en cuyos dife­ren­tes esla­bo­nes muje­res reem­pla­zan a otras muje­res en las res­pon­sa­bi­li­da­des y tareas de los cui­da­dos fami­lia­res.

Sin embar­go, estas “cade­nas” tie­ne una falla impor­tan­te, por ejem­plo, tal como se rige el tra­ba­jo domés­ti­co hoy, las emplea­das domés­ti­cas están prác­ti­ca­men­te impo­si­bi­li­ta­das para com­pa­ti­bi­li­zar sus nece­si­da­des per­so­na­les, fami­lia­res y labo­ra­les.

VERDAD IRREFUTABLE

Las muje­res madres no sólo rele­van a los hom­bres, a las fami­lias, al sec­tor pri­va­do, al sec­tor guber­na­men­tal ‑que exi­ge “cola­bo­ra­do­ras”- de sus res­pon­sa­bi­li­da­des, sino qu

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