Oba­ma entra al tra­po: la pakis­ta­ni­za­ción de la Gue­rra de Libia – Fran­klin “Chuck” Spin­ney

Entrar al tra­po es un tér­mino tra­di­cio­nal­men­te usa­do en el Pen­tá­gono para refe­rir­se a la acción de atraer a tu enemi­go hacia tu solu­ción, sobre todo cuan­do ésta no está en su mejor inte­rés. Bus­ca la ana­lo­gía con el capo­te rojo tre­mo­la­do fren­te al toro.

Mien­tras que el jue­go psi­co­ló­gi­co de obnu­bi­la­mien­to y esto­ca­da ha sido per­fec­cio­na­do en el Pen­tá­gono como medio para ganar bata­llas pre­su­pues­ta­rias inter­nas, los mili­ta­res nor­te­ame­ri­ca­nos han sido har­to menos exi­to­sos en pun­to a derro­tar a sus adver­sa­rios exte­rio­res en un jue­go que, cuan­to menos, se remon­ta a los tiem­pos de Sun Tzu. Hágan­me uste­des el favor de refle­xio­nar sobre lo siguien­te.

El jue­ves, 22 de abril, el secre­ta­rio de defen­sa Robert Gates anun­ció que el pre­si­den­te Oba­ma había apro­ba­do la entra­da en acción de bom­bar­deos des­de vehícu­los aéreos no tri­pu­la­dos sobre Libia. El vice­pre­si­den­te de la Jun­ta de jefes de Esta­do Mayor, gene­ral James Cartw­right, pro­cla­mó que esos vehícu­los aéreos no tri­pu­la­dos resul­ta­ban «espe­cial­men­te ade­cua­dos» en áreas urba­nas, por­que pue­den volar más bajo y, pre­su­mi­ble­men­te, lograr una mejor visi­bi­li­dad de los obje­ti­vos que los ojos de los pilo­tos en avio­nes nor­ma­les. Hates se apre­su­ró a decir que los bom­bar­deos con vehícu­los no tri­pu­la­dos sobre Libia se rea­li­za­rían por «razo­nes huma­ni­ta­rias».

En otras pala­bras, alguien le ha ven­di­do a Oba­ma la pakis­ta­ni­za­ción de la gue­rra en Libia, esto es, la apli­ca­ción de una estra­te­gia mili­tar fun­da­da en ata­ques des­de los vehícu­los aéreos no tri­pu­la­dos para des­truir escon­di­tes enemi­gos camu­fla­dos sobre el terreno. Lo estu­pe­fa­cien­te es que Oba­ma entra­ra al tra­po sólo 12 días des­pués de que un repor­ta­je de David Cloud publi­ca­do en Los Ange­les Times ilus­tra­ra por enési­ma vez lo absur­do de las pre­ten­sio­nes de Cartw­right y de Gates. 

El repor­ta­je de Cloud es digno de estu­dio por­me­no­ri­za­do, por­que explo­ra todo tipo de rami­fi­ca­cio­nes iné­di­tas (nin­gu­na de las cua­les bue­na). Sir­vién­do­se de trans­crip­cio­nes de con­ver­sa­cio­nes reales entre ope­ra­do­res de vehícu­los aéreos no tri­pu­la­dos, David Cloud reve­ló los sinies­tros efec­tos psi­co­ló­gi­cos que los lla­ma­dos bom­bar­deos de pre­ci­sión y las pre­ten­di­das gue­rras de alta tec­no­lo­gía tie­nen sobre los nor­te­ame­ri­ca­nos que par­ti­ci­pan en ellos. Sus esté­ri­les diá­lo­gos mues­tran de la mane­ra más viva has­ta qué pun­to la prác­ti­ca de una gue­rra libra­da con tec­no­lo­gía de alta pre­ci­sión des­de una segu­ra dis­tan­cia des­en­si­bi­li­za a nues­tros «gue­rre­ros» res­pec­to de los san­grien­tos efec­tos de sus accio­nes sobre las gen­tes a las que están ata­can­do y matan­do y sobre las pro­pie­da­des que están des­tru­yen­do. No hay valen­tía u honor de sol­da­do o espí­ri­tu de sacri­fi­cio entre los bra­vos ope­ra­do­res de vehícu­los no tri­pu­la­dos, con­for­ta­ble­men­te arre­lla­na­dos en Creech AFB, Neva­da; son sim­ples dien­tes de engra­na­je en una máqui­na des­hu­ma­ni­za­do­ra y dis­fun­cio­nal. La dis­fun­ción se reve­la en la com­ple­ta ausen­cia, en sus diá­lo­gos, de cual­quier esti­ma­ción psi­co­ló­gi­ca del «adver­sa­rio». Ni siquie­ra un adar­me de ganas de hacer una esti­ma­ción. Obsér­ve­se, por ejem­plo, la vacui­dad del siguien­te diá­lo­go repro­du­ci­do por Cloud:

Los afga­nos des­ple­ga­ban lo que pare­cían ser man­tas y se arro­di­lla­ban. «Están rezan­do. Están rezan­do», dijo el ope­ra­dor de la cáma­ra del Pre­da­tor, sen­ta­do jun­to al pilo­to.

Aho­ra, la «tri­pu­la­ción» del Pre­da­tor esta­ba segu­ra de que los hom­bres eran tali­ba­nes. «Eso es, segu­ro, esa es su fuer­za», dijo el de la cáma­ra. «¿Rezan­do? Lo digo en serio, es lo que están hacien­do».

«Están a pun­to de hacer algo atroz», inter­vino el coor­di­na­dor de inte­li­gen­cia.

La fal­ta de curio­si­dad por la men­te del enemi­go se halla en noto­rio con­tras­te con las suti­les esti­ma­cio­nes psi­co­ló­gi­cas que el Pen­tá­gono hace de sus adver­sa­rios del inte­rior (en este caso, el des­nor­ta­do Oba­ma, pero tam­bién de sus pre­de­ce­so­res, remon­tán­do­nos has­ta Ken­nedy, así como de los con­gre­sis­tas), esti­ma­cio­nes que tan exi­to­sas han sido a la hora de ganar bata­llas pre­su­pues­ta­rias para sacar dine­ros del pue­blo nor­te­ame­ri­cano.

Pero la extre­ma uni­la­te­ra­li­dad psi­co­ló­gi­ca por nues­tra par­te no es nada nue­vo en nues­tras ope­ra­cio­nes mili­ta­res. Ha sido un ras­go cen­tral de la gue­rra de alta tec­no­lo­gía nor­te­ame­ri­ca­na des­de hace mucho tiem­po. En efec­to, la teo­ría, según la cual el enemi­go no es sino un con­jun­to físi­co de blan­cos –un con­jun­to des­hu­ma­ni­za­do de nódu­los crí­ti­cos des­pro­vis­tos de toda agi­li­dad men­tal y de toda for­ta­le­za moral— que pue­de sim­ple­men­te derro­tar­se limi­tán­do­nos a iden­ti­fi­car y des­truir físi­ca­men­te esos nódu­los, es una doc­tri­na que ha ido evo­lu­cio­nan­do, hacién­do­se cada vez más extre­ma des­de el desa­rro­llo de la doc­tri­na del bom­bar­deo «estra­té­gi­co» con pre­ci­sión de luz diur­na por par­te del US Army Corps en los años 30 del siglo pasa­do. En la II Gue­rra Mun­dial, uno de esos nódu­los crí­ti­cos fue­ron, por ejem­plo, las fábri­cas de arma­men­to; hoy, en Pakis­tán, los nódu­los crí­ti­cos son los diri­gen­tes tali­ba­nes y de al Qae­da. Huel­ga decir que la his­to­ria ha mos­tra­do repe­ti­da­men­te que el enemi­go es adap­ta­ble y los lla­ma­dos nódu­los crí­ti­cos pue­den recon­fi­gu­rar­se o reem­pla­zar­se una y otra vez). En Libia, sin embar­go, pue­de que haya­mos caí­do al nivel más bajo. Dios sabe qué nódu­los crí­ti­cos hay en el oxi­mo­ró­ni­co caso de ata­ques huma­ni­ta­rios que no sean el ase­si­na­to de Gada­fi. Como ha obser­va­do Patrick Cock­burn, ni siquie­ra sabe­mos qué libios son nues­tros alia­dos, y pue­de que algu­nos sean anti­guos isla­mis­tas anti­nor­te­ame­ri­ca­nos. Sin embar­go, una vez más, las fala­ces pre­sun­cio­nes de la tec­no­gue­rra flo­re­cen a satis­fac­ción.

En el cen­tro de la teo­ría de la tec­no­gue­rra se halla la con­for­ta­ble idea de que el bom­bar­deo de pre­ci­sión (en la II Gue­rra Mun­dial, con los alar­des téc­ni­cos del avis­ta­mien­to de bom­bas de Nor­den y los sis­te­mas de bom­bar­deo cie­go, como el radar H2X) nos per­mi­ti­rá ata­car «blan­cos mili­ta­res» pre­ci­sos situa­dos en las pro­fun­di­da­des del terri­to­rio enemi­go evi­tan­do la des­truc­ción de vidas y pro­pie­da­des civi­les. Lo cier­to es que muchos de sus par­ti­da­rios sos­tu­vie­ron, absur­da­men­te, según ter­mi­nó por ver­se, que el bom­bar­deo de Ale­ma­nia con pre­ci­sión de luz diur­na sal­va­ría vidas al evi­tar la nece­si­dad de inva­sión terres­tre de Euro­pa. El vehícu­lo aéreo no tri­pu­la­do pro­vis­to de arma­men­to guia­do con pre­ci­sión se limi­ta a desa­rro­llar ulte­rior­men­te la men­ta­li­dad ori­gi­nal indu­cién­do­la hacia un nue­vo nivel de teme­ri­dad, por­que su efec­to ate­na­zan­te sobre nues­tra psi­co­lo­gía des­co­nec­ta más aún a quien mata de las con­se­cuen­cias de la acción de matar.

La dis­tan­cia clí­ni­ca crea la ilu­sión de que la gue­rra es más lim­pia y más fácil de librar des­de nues­tra pers­pec­ti­va: las muer­tes civi­les se hacen moral­men­te acep­ta­bles, por­que que­dan redu­ci­das a meros acci­den­tes de accio­nes bien inten­cio­na­das. El tér­mino clí­ni­co «daño cola­te­ral» lo dice todo. Cloud ter­mi­na su repor­ta­je con la des­crip­ción de las dis­cul­pas nor­te­ame­ri­ca­nas y de las com­pen­sa­cio­nes finan­cie­ras a las fami­lias super­vi­vien­tes de los civi­les que inopi­na­da­men­te hemos mata­do, sólo que, a la vis­ta de la vacui­dad de los diá­lo­gos reve­la­dos por Cloud, la idea de que esas muer­tes son daños cola­te­ra­les de una pre­ci­sa máqui­na de matar roza lo esper­pén­ti­co, para decir­lo cari­ta­ti­va­men­te.

Por otro lado, la idea de una com­pen­sa­ción de finan­cie­ra de unos cuan­tos miles de dóla­res enca­ja con el mode­lo des­hu­ma­ni­za­dor de la tec­no­gue­rra, por­que igno­ra las dimen­sio­nes men­ta­les y mora­les de la gue­rra.

En este caso, la natu­ra­le­za psi­co­ló­gi­ca de los con­cep­tos pash­tun del honor y del éthos gue­rre­ro pasthun garan­ti­za que las com­pen­sa­cio­nes finan­cie­ras no miti­ga­rán su sed de ven­gan­za, que dura­rá gene­ra­cio­nes. Pero esas con­si­de­ra­cio­nes psi­co­ló­gi­cas no caben en el meca­ni­cis­ta equi­po men­tal de la tec­no­gue­rra, que ve al adver­sa­rio como una mera colec­ción de blan­cos físi­cos y racio­na­li­za las muer­tes civi­les como des­di­cha­dos acci­den­tes pro­du­ci­dos por bue­nas inten­cio­nes.

Las ilu­sio­nes de la tec­no­gue­rra resul­tan muy recon­for­tan­tes para sus gene­ra­lí­si­mos [en cas­te­llano en el ori­gi­nal; T.], para los Clin­to, Bush y Oba­ma. Y los video­jue­gos que la acom­pa­ñan ofre­cen buen entre­te­ni­mien­to a un públi­co nor­te­ame­ri­cano empo­bre­ci­do por las polí­ti­cas de su gobierno, redis­tri­bui­do­ras de la rique­za hacia los archi­ri­cos. Por lo demás, al hacer la gue­rra des­de una dis­tan­cia que la hace más fácil de librar y menos peno­sa para noso­tros (al menos, a cor­to pla­zo), las fala­cias de la tec­no­gue­rra se aco­mo­dan estu­pen­da­men­te a nues­tro actual esta­do de gue­rra per­pe­tua. Peque­ñas gue­rras con­ti­nua­das, o con­ti­nua­das ame­na­zas de tales gue­rras, resul­tan nece­sa­rias para man­te­ner en for­ma al escle­ro­ti­za­do com­ple­jo militar/​industrial/​congresual (el CMIC: véa­se mi ensa­yo The Domes­tic Roots of Per­pe­tual War) pro­ce­den­te de la gue­rra fría. Peque­ñas gue­rras per­pe­tuas, o la ame­na­za con ellas, crean una deman­da infi­ni­ta de alta tec­no­lo­gía CMIC, pro­duc­tos para per­der gue­rras, lega­dos de la difun­ta Gue­rra Fría, pero sin los cua­les el CMIC no podría sobre­vi­vir en la post­gue­rra fría. Man­te­ner los pre­su­pues­tos CMIC a los nive­les de la Gue­rra Fría, y aun más altos, ayu­da a refor­zar las polí­ti­cas públi­cas de redis­tri­bu­ción de la rique­za hacia los ricos y los archi­ri­cos.

Y eso es lo que expli­ca que cada vez que la tec­no­es­tra­te­gia fra­ca­sa a la hora de cum­plir sus pro­me­sas, como ocu­rrió con los bom­bar­deos estra­té­gi­cos en la II Gue­rra Mun­dial, en Corea, en Viet­nam, en la pri­mer gue­rra de Irak, en Koso­vo, en la segun­da gue­rra de Irak, en Afga­nis­tán y aho­ra en Libia, la solu­ción no sea jamás un examen serio de la situa­ción con pro­pó­si­to de «apren­der de la expe­rien­cia» y del fra­ca­so en pun­to a lograr vic­to­rias rápi­das y lim­pias. No; la «solu­ción» es siem­pre la mis­ma: se reco­mien­da gas­tar toda­vía más dine­ro en ver­sio­nes toda­vía más caras y com­ple­jas de la mis­ma vie­ja idea, es decir: más y mejo­res sen­so­res, más y mejo­res sis­te­mas de guía, más y mejo­res man­dos, con­tro­les, comu­ni­ca­cio­nes, compu­tado­res y sis­te­mas de inte­li­gen­cia.

Fran­klin «Chuck» Spin­ney es un anti­guo ana­lis­ta mili­tar del Pen­tá­gono. Actual­men­te vive en un vele­ro que sur­ca el mar Medi­te­rrá­neo. Este tex­to fue escri­to des­de el puer­to de Bar­ce­lo­na.

Tra­duc­ción para www​.sin​per​mi​so​.info: Míni­ma Estre­lla

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