Las Farc des­de aden­tro, mode­lo 2011 – Paki­to Arriarán.org

Las Farc desde adentro, modelo 2011

Karl Penhaul, exco­rres­pon­sal de gue­rra de CNN inter­na­cio­nal, con­vi­vió ocho días en los lla­nos Orien­ta­les con una de las colum­nas gue­rri­lle­ras de las Farc que diri­gía alias ‘Mono Jojoy’ y reve­la en El Espec­ta­dor la super­vi­ven­cia nóma­da a que las obli­gó las Fuer­zas Arma­das, aun­que tam­bién cómo siguen entre­nan­do, reci­bien­do armas, com­ba­tien­do y has­ta hacien­do bri­ga­das cívi­cas en memo­ria de su coman­dan­te.

Fue­go sal­pi­ca del cañón de una ame­tra­lla­do­ra rusa. Fusi­les de asal­to se unen al com­ba­te. Gue­rri­lle­ros de las FARC y sol­da­dos colom­bia­nos inter­cam­bian dis­pa­ros de un lado a otro de una hon­do­na­da. En una pla­ni­cie cer­ca­na, solo 100 metros de ras­tro­jo sepa­ran a otras dos escua­dras gue­rri­lle­ras de sus adver­sa­rios. Gra­na­das hacen eco al explo­tar.

“Es duro en todo este barro”, dice un gue­rri­lle­ro apo­da­do Adrián mien­tras abra­za su ame­tra­lla­do­ra M‑60. “Eso es para fre­nar el avan­ce de ellos (el ejér­ci­to). Den­tro de dos o tres días toman nue­va­men­te posi­cio­nes y vuel­ven y com­ba­ten”. El cam­po de bata­lla ese día fue un cerro insig­ni­fi­can­te en El Por­ve­nir, una vere­da cer­ca­na al pue­blo La Julia. El hos­ti­ga­mien­to duró casi una hora. Fue otra esca­ra­mu­za en una serie de bata­llas anó­ni­mas que rara vez lle­gan a los titu­la­res de la pren­sa.

Hoy en día, por lo menos en el papel, las fuer­zas guber­na­men­ta­les lle­van la ven­ta­ja. El ata­que al cam­pa­men­to de Raúl Reyes en 2008 fue un avi­so de la devas­ta­do­ra cam­pa­na aérea que se venía. Unos meses des­pués, la libe­ra­ción de Íngrid Betan­court y sus com­pa­ñe­ros de cau­ti­ve­rio en la Ope­ra­ción Jaque sig­ni­fi­có un fuer­te gol­pe a las pre­ten­sio­nes polí­ti­cas de las Farc nacio­nal e inter­na­cio­nal­men­te.

El año pasa­do la ope­ra­ción qui­rúr­gi­ca que mató a Jor­ge Bri­ce­ño, alias Mono Jojoy, fue inter­pre­ta­da por ana­lis­tas de todo el mun­do como la últi­ma para­da antes del fin del camino de esta gue­rri­lla. Pero en el terreno, nin­guno de los 54 jóve­nes com­ba­tien­tes de la Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia – par­te del Blo­que Orien­tal – hablan de ren­di­ción.
“Lle­ga a falle­cer el Mono (Jojoy) y todo el mun­do murió. Lle­ga a falle­cer el cama­ra­da Manuel (Maru­lan­da) y todo el mun­do murió. Eso es lo que pien­san pero resul­ta que no”, dice Jag­win, coman­dan­te de la recién refor­ma­da “Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia”. “Uno lo sien­te –aña­de- por­que el Mono era prác­ti­ca­men­te nues­tro padre. Es como pasa en la casa cuan­do mue­re el papá, pero tie­ne que haber un her­mano que tra­ba­ja en el desa­rro­llo de la fin­ca”.

Al igual que Jag­win, Willin­ton 40, el segun­do al man­do de la com­pa­ñía, estu­vo cer­ca al cam­pa­men­to de Bri­ce­ño la noche que fue bom­bar­dea­do. De igual mane­ra nie­ga que el ata­que fue­ra el anun­cio del dece­so de las Farc:
“Para las fuer­zas arma­das y para el res­to del mun­do, las Farc están en el fin del fin des­pués de la muer­te del cama­ra­da Jor­ge (Mono Jojoy). Pero para noso­tros no es así. Somos una orga­ni­za­ción con jerar­quía y cuan­do uno ya no está otro lo reem­pla­za”.

La con­ver­sa­ción se detie­ne abrup­ta­men­te. El soni­do de las aspas de un heli­cóp­te­ro arti­lla­do Blackhawk retum­ba por enci­ma. Mien­tras per­si­gue a esta colum­na móvil de la gue­rri­lla des­car­ga sus ame­tra­lla­do­ras cali­bre .50. La “Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia” está ya en su reti­ra­da tác­ti­ca, com­ba­tien­tes de otras dos uni­da­des tam­bién se reti­ran del filo.

Des­de el colap­so del pro­ce­so de paz en 2002, la gue­rra de Colom­bia no es una gue­rra de posi­cio­nes. En vere­das como El Por­ve­nir hay muy poco que defen­der. Empi­na­dos potre­ros de gana­do. Una humil­de escue­la con pupi­tres que­bra­dos. Y peque­ños reduc­tos de espe­sa sel­va tro­pi­cal.
La reti­ra­da de la gue­rri­lla es sufri­da. Des­pués de los fuer­tes agua­ce­ros el barro lle­ga has­ta el tobi­llo. Los com­ba­tien­tes suben y bajan arras­trán­do­se de los filos res­ba­lo­sos aca­rrean­do morra­les car­ga­dos de ropa, muni­cio­nes y ali­men­tos que pesan entre 60 y 70 libras.

En el momen­to en que salen de la sel­va el heli­cóp­te­ro Blackhawk, bau­ti­za­do Arpía por los rebel­des, retor­na a la vis­ta. “Se que­dan allí quie­ti­cos. Vie­ne para acá, va a cohe­tear”, advier­te Fai­ber, uno de los sub­co­man­dan­tes de la com­pa­ñía. Un misil impac­ta un blan­co invi­si­ble y una llu­via de balas cas­ca­be­lea hacia la tie­rra. “Me sien­to nor­mal. Uno le pier­de el mie­do”, dice Fai­ber, orde­nan­do a sus com­pa­ñe­ros seguir la mar­cha.

Esa noche el cam­pa­men­to se eri­gió en una pla­ta­ne­ra. Avio­nes de las fuer­zas mili­ta­res patru­lla­ban cons­tan­te­men­te. Coman­dan­tes rebel­des orde­na­ron un apa­gón total y con­fis­ca­ron las lin­ter­nas que per­te­ne­cían a los com­ba­tien­tes. Todas las con­ver­sa­cio­nes eran susu­rros.

Mien­tras escu­cha­ban el zum­bi­do sobre sus cabe­zas mur­mu­ra­ban “la explo­ra­do­ra”, refi­rién­do­se a un avión de reco­no­ci­mien­to, o a “la Marra­na”, un avión arti­lla­do y equi­pa­do con sofis­ti­ca­dos sen­so­res noc­tur­nos. Sus vidas depen­den de obser­var estos avio­nes a tiem­po y evi­tar ser detec­ta­dos.

Bajo el techo de zinc de una cho­za cam­pe­si­na aban­do­na­da, Jag­win expli­ca como sobre­vi­vió a un bom­bar­deo. Era pasa­da la media­no­che en agos­to del 2009. Oyó minu­tos antes la lle­ga­da de una flo­ti­lla de caza­bom­bar­de­ros e inme­dia­ta­men­te el cam­pa­men­to se pren­dió en lla­mas y cayó una tor­men­ta de esquir­las. Veía las silue­tas y oía los gri­tos de sus com­pa­ñe­ros al correr.

“El últi­mo recur­so que nos que­da­ba –recuer­da-era la trin­che­ra. Cuan­do vie­ne el bom­bar­deo uno se entie­rra allí. Y al momen­to que lle­ga el ame­tra­lla­mien­to o el des­em­bar­co (de tro­pa) uno va salien­do”. En ese ata­que 33 de sus com­pa­ñe­ros, inte­gran­tes del Fren­te 27 murie­ron.

Willing­ton 40 tam­bién ha sen­ti­do la furia de las misio­nes aéreas. Ofre­ció pocos deta­lles pero con­fe­só que él y otros sobre­vi­vien­tes tuvie­ron que aban­do­nar los muer­tos y heri­dos – un tabú para cual­quier fuer­za mili­tar-. “Es difí­cil tener que aban­do­nar un terreno de com­ba­te o de bom­bar­deo dejan­do com­pa­ñe­ros heri­dos o muer­tos. Son com­pa­ñe­ros y uno ha com­par­ti­do la vida gue­rri­lle­ra con ellos. Ellos son los que han pues­to el pecho a la bri­sa. Es difí­cil dejar­los pero es cues­tión de fuer­za mayor. A veces uno lo tie­ne que hacer solo para poder esca­par”.

Por esa razón, esa noche como todas las noches, los coman­dan­tes ins­tru­yen a los gue­rri­lle­ros sobre las rutas de eva­cua­ción en caso de bom­bar­deo. Les orde­na­ron usar caños poco pro­fun­dos y peque­ñas trin­che­ras cava­das al lado de sus cale­tas para pro­te­ger­se de una even­tual llu­via de esquir­las. Y final­men­te, antes de acos­tar­se, esbo­za­ron pla­nes de com­ba­te en caso de tener que enfren­tar un asal­to noc­turno.

Los dos días siguien­tes fue­ron una serie de exte­nuan­tes mar­chas. Mien­tras la com­pa­ñía avan­za­ba, inte­gran­tes de por lo menos otras dos colum­nas y otros tres fren­tes de las Farc apa­re­cían para guiar­los o sim­ple­men­te salu­dar. La red de comu­ni­ca­cio­nes de la gue­rri­lla esta­ba fun­cio­nan­do efi­caz­men­te a pesar de las ver­sio­nes guber­na­men­ta­les sobre que las Farc habían per­di­do “coman­do y con­trol” – es decir la habi­li­dad de dife­ren­tes uni­da­des de comu­ni­car­se y coor­di­nar entre ellos-.

La épo­ca de llu­vias había lle­ga­do al Meta y la “Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia” avan­za­ba menos de dos kiló­me­tros por hora.
En el camino, nadie tenía mucho áni­mo para con­ver­sar.
Esta­ban fati­ga­dos bajo sus morra­les de 30 kilos, con rifles de asal­to y mor­te­ros. Sus botas de cau­cho esta­ban lle­nas, mitad con agua tibia de río y mitad con sudor. Enor­mes raí­ces for­ma­ban esca­lo­nes natu­ra­les para bajar los filos emba­rra­dos. Mari­po­sas de un azul eléc­tri­co vola­ban entre la male­za. Los monos aulla­do­res se colum­pia­ban en las copas de los árbo­les, aven­tan­do ramas al piso de vez en cuan­do.

Con pocas excep­cio­nes las eda­des de los gue­rri­lle­ros en esta com­pa­ñía osci­la­ban entre los 20 y 30 años.
Eran jóve­nes, en buen esta­do físi­co y de fami­lias pobres – un per­fil com­pa­ra­ble a los sol­da­dos rasos de cual­quier uni­dad de infan­te­ría que sea del ejér­ci­to colom­biano o tro­pas esta­dou­ni­den­ses en Irak o Afga­nis­tán-.

Hos­pi­tal ambu­lan­te

El des­tino para la “Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia” des­pués de dos días de mar­cha era una cho­za de made­ra ocul­ta en la sel­va. En la pared se veía un afi­che escri­to a mano con las pala­bras “Bri­ga­da cívi­co-mili­tar Jor­ge Bri­ce­ño Suá­rez”.

Gue­rri­lle­ros de una uni­dad her­ma­na, la “Com­pa­ñía Ismael Aya­la”, habían ins­ta­la­do una clí­ni­ca para ofre­cer tra­ta­mien­to odon­to­ló­gi­co y ciru­gías meno­res a los cam­pe­si­nos y sus fami­lias. Pon­chos camu­fla­dos hacían las veces de pare­des alre­de­dor de la sala de odon­to­lo­gía. Otro pon­cho mar­ca­ba la entra­da a otra sala don­de médi­cos de las Farc esta­ban lis­tos para ope­rar uti­li­zan­do anes­te­sia local.

Una madre había traí­do sus tres niños. Su ante­rior inten­to de bus­car tra­ta­mien­to con un den­tis­ta civil en La Julia – a más o menos tres horas de camino – resul­tó ser un via­je per­di­do. “Fui con ellos, pero la enfer­me­ra que saca las mue­las no esta­ba ese día así que los tuve que traer de vuel­ta a la casa”.

Ella, como otros espe­ran­do en la clí­ni­ca de las Farc, dice que la aten­ción en el pue­blo es gra­tis pero de pobre cali­dad bajo el Sis­ben. Pero si algún pacien­te no está regis­tra­do en el pro­gra­ma un den­tis­ta le cobra­ría 25.000 pesos por sacar un dien­te. Aun­que el cos­to mayor es pagar la movi­li­za­ción hacia el pue­blo.

Mien­tras que las clí­ni­cas de la gue­rri­lla como esta pue­den con­si­de­rar­se una solu­ción momen­tá­nea para cam­pe­si­nos, no repre­sen­tan una solu­ción ínte­gra a lar­go pla­zo para las con­di­cio­nes pre­ca­rias de salud de estas comu­ni­da­des ais­la­das.

Cla­ra­men­te es una cam­pa­na de la gue­rri­lla para ganar los “cora­zo­nes y men­tes” de los civi­les. Yesid, uno de los médi­cos rebel­des, cuen­ta: “Lo que dia­ria­men­te esta­mos bus­can­do es ganar las masas. Por­que el que gana las masas gana la gue­rra. Tam­bién lo hace­mos por­que somos del pue­blo y tra­ba­ja­mos para el pue­blo”.

Es una tác­ti­ca común de cual­quier fuer­za mili­tar espe­cial­men­te aque­llas com­pro­me­ti­das en una gue­rra irre­gu­lar. El ejér­ci­to colom­biano tie­ne sus pro­pias bri­ga­das cívi­co-mili­ta­res al igual que el ejér­ci­to nor­te­ame­ri­cano en Irak y Afga­nis­tán.

La clí­ni­ca había esta­do fun­cio­nan­do tan solo una hora ese día y una doce­na de civi­les se habían con­gre­ga­do. De repen­te lle­gó la noti­cia de que el ejér­ci­to se esta­ba acer­can­do. Las con­sul­tas debe­rían ser sus­pen­di­das inme­dia­ta­men­te.

El anun­cia­do cho­que entre las dos fuer­zas nun­ca se dio. Los guías de la gue­rri­lla no tenían una idea cla­ra de cuan­tos sol­da­dos había o cuál era su tra­yec­to exac­to.

Así que la “Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia” optó por mover su cam­pa­men­to y manio­brar para evi­tar a sus opo­nen­tes. Jag­win expli­ca: “En la gue­rra de gue­rri­llas se eli­ge el terreno de com­ba­te, deci­mos aquí pode­mos pelear o allí no, o allí los pode­mos espe­rar”.

Esa deci­sión fue un ejem­plo de cómo uni­da­des de com­ba­te de las Farc han asi­mi­la­do las lec­cio­nes de sus últi­mas derro­tas. Están reim­ple­men­tan­do la gue­rra de gue­rri­llas don­de la movi­li­dad se con­vier­te en su ven­ta­ja prin­ci­pal. Es tam­bién otra señal de que esta gue­rra de baja inten­si­dad podría pro­lon­gar­se inde­fi­ni­da­men­te, por lo menos aquí en el cam­po.

Un día des­pués, la clí­ni­ca de la gue­rri­lla esta­ba de vuel­ta y fun­cio­nan­do en otro lugar a varios kiló­me­tros. Des­de tem­prano 17 adul­tos y algu­nos niños se habían ins­cri­to para reci­bir tra­ta­mien­to. No hay elec­tri­ci­dad en esta región. Sólo algu­nos con suer­te tie­nen plan­tas o pane­les sola­res. Por esta razón, obser­var una extrac­ción de dien­te o un cor­te de bis­tu­rí sobre la piel sobre todo cuan­do se tra­ta de un vecino crea un espec­tácu­lo mejor que un “show” de tele­vi­sión.

Una niña obser­va­ba un hom­bre que ella cono­cía como “don Luis” mien­tras le ope­ra­ban una her­nia. Rayos de luz pene­tra­ban a tra­vés de las ranu­ras de las pare­des de made­ra. Yesid, el médi­co, y sus tres asis­ten­tes tra­ba­ja­ban bajo la luz de lin­ter­nas mon­ta­das sobre sus cabe­zas. La mesa de ope­ra­cio­nes era una tabla de made­ra mon­ta­da par­cial­men­te sobre un tron­co de árbol.

Una vez que la ciru­gía comen­zó, los médi­cos dije­ron que no tenían otra opción que con­ti­nuar inclu­so si el ejér­ci­to mon­ta­ba un ata­que sor­pre­sa. “Si empie­zan a caer bom­bas o a sonar plo­mo ‑ano­ta Yesid- esta­mos en lo que esta­mos y no pode­mos dejar el pacien­te abier­to”.

En una sala con­ti­gua, la den­tis­ta Mar­ta saca­ba dien­tes y reem­pla­za­ba cal­zas. Ella ha esta­do en las Farc duran­te 19 años y como muchos otros se unió al gru­po cuan­do era solo una niña: “estu­dié has­ta ter­ce­ro de pri­ma­ria. Mi mamá nos aban­do­nó cuan­do tenía seis anos. Nos dejó con un tío borra­cho”. “Yo ven­día hela­dos en Cora­bas­tos en Bogo­tá y bus­ca­ba comi­da para mi her­mano –agre­ga-. Lue­go fui a tra­ba­jar con otro her­mano en una fin­ca en el Meta y allí empe­cé a tener con­tac­to con la gue­rri­lla”. Sue­ña con ser odon­tó­lo­ga en la vida civil, pero sólo cuan­do se aca­be el con­flic­to. “Un día u otro esto tie­ne que ter­mi­nar. Qui­zás yo no esté pero ese día ven­drá. No pue­do creer que todo lo que hemos hecho es en vano”.

Para los líde­res mili­ta­res y polí­ti­cos de Colom­bia, la visión de Mar­ta es una ilu­sión. En abril pasa­do el coman­dan­te de las Fuer­zas Mili­ta­res colom­bia­nas, almi­ran­te Édgar Cely, comen­tó: “Las Farc y el Eln están ago­ni­zan­do, aun­que estas orga­ni­za­cio­nes per­ver­sas se resis­tan a creer­lo y luchen, a tra­vés del terro­ris­mo, los explo­si­vos y los cam­pos mina­dos”.

Las nue­vas Farc

En tér­mi­nos mili­ta­res el año 2011 está muy dis­tan­te de la épo­ca del mayor éxi­to de las Farc en los años 90 cuan­do la gue­rri­lla podía jun­tar cien­tos de com­ba­tien­tes para tomar bases mili­ta­res como Las Deli­cias, Patas­coy y Mira­flo­res o para rodear y ani­qui­lar bri­ga­das con­tra­in­sur­gen­tes en El Billar.

Algu­nas de esas uni­da­des gue­rri­lle­ras actual­men­te basa­das en Meta – nota­ble­men­te el fren­te 52 y el aho­ra fren­te Poli­car­pa Sala­va­rie­ta – fue­ron des­te­rra­das por el ejér­ci­to de posi­cio­nes estra­té­gi­ca­men­te mucho más impor­tan­tes en las afue­ras de Bogo­tá.

Ese pro­ce­so comen­zó cuan­do el ejér­ci­to eli­mi­nó al estra­te­ga regio­nal de las Farc, alias ‘Mar­co Aure­lio Buen­día’, en el oes­te de Cu
ndi­na­mar­ca hacia fina­les de 2003. Pero al pare­cer la gue­rri­lla han usa­do esa reti­ra­da como una opor­tu­ni­dad para rear­mar­se y refor­zar­se.

Una maña­na duran­te un bre­ve des­can­so, Jag­win el coman­dan­te de la compa��ía expli­có que las Farc habían logra­do man­te­ner abier­tas las rutas de sumi­nis­tro clan­des­tino de arma­men­to. Exhi­bió un nue­vo rifle de asal­to que según él es una ver­sión del M‑16, pero hecho en Corea del Sur y trans­por­ta­do como con­tra­ban­do a Colom­bia den­tro de un barril de petró­leo. El cos­to, 17 millo­nes de pesos, dijo.

La ame­tra­lla­do­ra rusa PKM uti­li­za­da en el hos­ti­ga­mien­to en El Por­ve­nir tam­bién era nue­va. La tar­de ante­rior, Jag­win había reci­bi­do 100 gra­na­das para un lan­za­gra­na­das múl­ti­ple MGL. Apa­ren­te­men­te todas las muni­cio­nes tenían el sello y núme­ros de serie de la fábri­ca esta­tal de muni­cio­nes Indu­mil. El cos­to de cada gra­na­da es de140 mil pesos, según Jag­win. Admi­tió que era más difí­cil con­se­guir bom­bas de mor­te­ro de 81 milí­me­tros. Un con­tra­ban­dis­ta esta­ba pidien­do 500 mil pesos por cada una, reve­ló.

Dado el limi­ta­do acce­so a tele­vi­sión y radio, y mar­chan­do duran­te días bajo la den­sa sel­va, es fácil per­der la noción del tiem­po. Los días se hacen sema­nas y estos lue­go años. La revo­lu­ción de las Farc se con­vier­te en una gue­rra sin fin apa­ren­te. Duran­te los últi­mos 50 años, varios com­ba­tes han anun­cia­do nue­vas fases en el con­flic­to. Pero ni una sola bata­lla ha deter­mi­na­do defi­ni­ti­va­men­te el resul­ta­do de toda la gue­rra, ni siquie­ra la muer­te de Mono Jojoy.

A pesar de inten­tos de par­te de polí­ti­cos de recha­zar la gue­rra de gue­rri­llas como una tác­ti­ca desusa­da en el siglo XXI, el mode­lo cla­ra­men­te sigue vigen­te alre­de­dor del pla­ne­ta. Hoy día sus prin­ci­pa­les expo­nen­tes pue­den ser isla­mis­tas radi­ca­les en Irak y Afga­nis­tán en vez de comu­nis­tas.

Pero una mira­da a la Com­pa­ñía Mar­que­ta­lia demues­tra que la gue­rra de gue­rri­llas ha sobre­vi­vi­do en Colom­bia tam­bién. Y una nue­va gene­ra­ción de com­ba­tien­tes en sus vein­te años ya tie­nen cer­ca de una déca­da de expe­rien­cia en el cam­po de bata­lla.

“¿Las Farc están aca­ba­das? De nin­gu­na mane­ra. Todos los pre­si­den­tes des­de 1964 están dicien­do que aca­ba­mos con las Farc”, dijo Jag­win. “No hay que dudar de que vamos por el poder”, agre­go Willin­ton 40. “Pero si el gobierno die­ra todo lo nece­sa­rio al pue­blo segu­ra­men­te no habría gue­rri­lla. No ten­dría­mos un fin para luchar”.

Para ver el video de este perio­dis­ta copia en tu nave­ga­dor el siguien­te link:
http://​sta​tic​.eles​pec​ta​dor​.com/​e​s​p​e​c​i​a​l​e​s​/​2​0​1​1​/​0​4​/​5​1​b​b​f​c​a​a​0​2​c​d​1​c​c​8​7​7​a​8​6​a​d​7​7​0​4​e​d​d​b​8​/​i​n​d​e​x​.​h​tml

*Perio­dis­ta inglés radi­ca­do en Colom­bia. Ha sido corres­pon­sal de gue­rra de CNN Inter­na­cio­nal y cubrió las gue­rras en Irak y Afga­nis­tán.

Karl Penhaul (ex CNN) /​Espe­cial para El Espec­ta­dor 

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