Joa­quín Pérez no fue extra­di­ta­do, sino entre­ga­do irre­gu­lar­men­te. El Gobierno vene­zo­lano aún pue­de rec­ti­fi­car – Rebe­lión

El comu­ni­ca­dor Joa­quín Pérez Bece­rra, direc­tor de la Agen­cia de Noti­cias Nue­va Colom­bia (ANNCOL), ciu­da­dano sue­co y ex refu­gia­do con esta­tu­to por ser sobre­vi­vien­te del geno­ci­dio de la Unión Patrió­ti­ca, por lo que tuvo que huir de Colom­bia hace dos déca­das, fue dete­ni­do en el aero­puer­to de Cara­cas el sába­do 23 de abril y entre­ga­do dos días des­pués al Esta­do que casi aca­bó con su vida y ase­si­nó a su espo­sa y a más de cua­tro mil de sus com­pa­ñe­ros, mili­tan­tes, can­di­da­tos y car­gos elec­tos de este par­ti­do. El Gobierno vene­zo­lano ha jus­ti­fi­ca­do esta entre­ga «exprés», eje­cu­ta­da en 48 horas, en el cum­pli­mien­to de los con­ve­nios inter­na­cio­na­les y ha recri­mi­na­do al Gobierno sue­co por no eje­cu­tar el códi­go rojo de Inter­pol y al pro­pio Joa­quín Pérez por via­jar a Vene­zue­la, «ponien­do en ries­go a la revo­lu­ción vene­zo­la­na». Pero más pare­cie­ra que el Gobierno vene­zo­lano ha sido víc­ti­ma de una juga­da cal­cu­la­da del eje­cu­ti­vo colom­biano, a la que se ha pres­ta­do Inter­pol, y de su pro­pia pre­ci­pi­ta­ción y negli­gen­cia en el cum­pli­mien­to de las leyes. Acu­di­mos a un juris­ta exper­to en dere­cho inter­na­cio­nal y defen­sor incan­sa­ble de dere­chos huma­nos para que nos expli­que cómo debe­ría haber sido el pro­ce­so de extra­di­ción de Joa­quín Pérez Bece­rra, si es que un juez colom­biano hubie­ra lle­ga­do a reque­rir­la, y cómo se podría reen­cau­zar el caso para que fue­ra res­pe­tuo­so de la ley, de los con­ve­nios y los tra­ta­dos inter­na­cio­na­les sus­cri­tos por Vene­zue­la.

Des­de el pun­to de vis­ta jurí­di­co, ¿has­ta qué pun­to se han vul­ne­ra­do nor­mas del dere­cho inter­na­cio­nal y del dere­cho nacio­nal vene­zo­lano con esta entre­ga?Esta entre­ga no res­pon­de a nin­gún pro­ce­di­mien­to esta­ble­ci­do en el dere­cho inter­na­cio­nal y creo que tam­po­co en el dere­cho nacio­nal vene­zo­lano, por­que des­de lue­go, no pue­de equi­pa­rar­se a un pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción. Un pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción es un pro­ce­di­mien­to com­ple­jo, que debe ser sus­tan­cia­do siem­pre con las debi­das garan­tías de defen­sa para el extra­di­ta­ble. Esta­mos hablan­do de una entre­ga poli­cial exclu­si­va­men­te, en la que no se han res­pe­ta­do los dere­chos del recla­ma­do.

¿Qué es un códi­go rojo de Inter­pol y qué impli­ca?

El códi­go rojo de Inter­pol no sig­ni­fi­ca nece­sa­ria­men­te una orden de deten­ción inter­na­cio­nal. Un códi­go rojo de Inter­pol es una orden de prio­ri­dad que pue­de ser tan­to una orden de ubi­ca­ción e iden­ti­fi­ca­ción como una orden de deten­ción, pue­de ser ambas cosas. Antes de actuar res­pec­to a una per­so­na dete­ni­da a con­se­cuen­cia de un códi­go rojo de Inter­pol, cual­quier Gobierno debe veri­fi­car de que cla­se de códi­go rojo se tra­ta, y a fecha de hoy nadie sabe cuál códi­go rojo tenía Joa­quín Pérez Bece­rra. En prin­ci­pio, un códi­go rojo esta­ble­ce una obli­ga­ción de actuar para las auto­ri­da­des del país don­de se ubi­ca una per­so­na con tal reque­ri­mien­to, obli­ga­ción de que se ubi­que esta per­so­na y, una vez ubi­ca­do, debe ser pues­to a dis­po­si­ción de las auto­ri­da­des has­ta que se con­fir­me si hay una orden de deten­ción con­tra él o no. Por­que inclu­so un códi­go rojo no nece­sa­ria­men­te lle­va apa­re­ja­da la pos­te­rior orden de deten­ción inter­na­cio­nal. Es lo habi­tual, pero no tie­ne por qué ser así, podría ser sim­ple­men­te una orden de ubi­ca­ción.

¿Cómo es posi­ble que Joa­quín Pérez no fue­ra dete­ni­do en Sue­cia ni en Ale­ma­nia, habien­do un códi­go rojo de Inter­pol?

La úni­ca expli­ca­ción que tie­ne el que, tenien­do un códi­go rojo, no hayan sido las auto­ri­da­des del país don­de resi­de, que en este caso era Sue­cia y es par­te del sis­te­ma de Inter­pol, quie­nes lo hayan dete­ni­do, es que dicha orden de Colom­bia a Inter­pol no se hubie­ra cur­sa­do has­ta que Joa­quín Pérez hubie­ra aban­do­na­do Sue­cia. No hay otra expli­ca­ción al hecho de que las auto­ri­da­des sue­cas no le hubie­ran visi­ta­do y no lo hubie­ran –al menos- infor­ma­do de que tenía un códi­go rojo y, en su caso, le hubie­ran noti­fi­ca­do si ese códi­go rojo lle­va­ba apa­re­ja­da una deten­ción con fines extra­di­cio­na­les y el ini­cio de un pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción con pues­ta a dis­po­si­ción de las auto­ri­da­des, o bien le hubie­ran comu­ni­ca­do que se tra­ta­ba de una soli­ci­tud de ubi­ca­ción.

El hecho de soli­ci­tar la extra­di­ción de un nacio­nal del país al que se le soli­ci­ta ‑por ejem­plo, soli­ci­tar la extra­di­ción de un sue­co a Sue­cia- requie­re la apli­ca­ción de unas nor­mas espe­cí­fi­cas que, en resu­men, con­sis­ten en que el Esta­do sue­co, una vez con­clui­do el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción y aun­que hubie­ra una reso­lu­ción judi­cial de entre­ga, el Esta­do sue­co pue­de deci­dir no entre­gar a un ciu­da­dano de esa nacio­na­li­dad y pro­ce­der a juz­gar­lo en Sue­cia por los mis­mos deli­tos por los que se recla­ma la extra­di­ción. Este supues­to habría sido el más pro­ba­ble en Sue­cia aten­dien­do a la con­di­ción de Joa­quín Pérez como anti­guo refu­gia­do en Sue­cia, con­si­de­ran­do que la Con­ven­ción de Gine­bra de 1951 sobre refu­gia­dos prohí­be taxa­ti­va­men­te la enter­ga de un refu­gia­do o de quien lo haya sido, al país del que huyó debi­do a una per­se­cu­ción.

Por ello es abso­lu­ta­men­te obli­ga­to­rio, una vez reci­bi­da la soli­ci­tud de deten­ción inter­na­cio­nal (códi­go rojo), que las auto­ri­da­des del país don­de resi­de o se encuen­tra la per­so­na recla­ma­da por Inter­pol, en pri­mer lugar, se lo noti­fi­quen al recla­ma­do y pro­ce­dan a garan­ti­zar el pro­ce­di­mein­to de extra­di­cion, siem­pre con inter­ven­ción judi­cial, ya sea median­te una deten­ción o median­te una medi­da cau­te­lar que garan­ti­ce que el extra­di­ta­ble no pue­da aban­do­nar el país has­ta que con­clu­ya el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción.

A la vis­ta de lo ante­rior, todo indi­ca que no exis­tía nin­gún códi­go rojo ni nin­gu­na orden de deten­ción inter­na­cio­nal res­pec­to a Joa­quín Pérez mien­tras que éste se encon­tra­ba en Sue­cia.

Por otra par­te, si ha via­ja­do a Vene­zue­la tra­vés de Ale­ma­nia, ha entra­do en Ale­ma­nia y tam­po­co ha sido adver­ti­do por las auto­ri­da­des ale­ma­nas de que exis­tía ese códi­go rojo, es evi­den­te que tam­po­co exis­tía nin­gu­na recla­ma­ción colom­bia­na u orden de Inter­pol mien­tras que Joa­quín Perez esta­ba en Ale­ma­nia.

La orden de Inter­pol se tie­ne que haber emi­ti­do en el momen­to en que se subió al avión en Ale­ma­nia y ya había pasa­do los con­tro­les de fron­te­ras de ese país. Eso enca­ja per­fec­ta­men­te con la sor­pre­sa que a todo el mun­do ha cau­sa­do el hecho de exis­tir esa orden inter­na­cio­nal de deten­ción de Inter­pol cuan­do Joa­quin Perez lle­ga al aero­puer­to de Cara­cas. Por ello, es obvio el segui­mien­to que por par­te de las auto­ri­da­des colom­bia­nas y, pro­ba­ble­men­te sin orden judi­cial, des­de Sue­cia se le venía efec­tuan­do a este hom­bre.

Las auto­ri­da­des colom­bia­nas sabían per­fec­ta­men­te cuán­do lle­ga­ba a Vene­zue­la, en qué vue­lo y des­de dón­de lle­ga­ba. Es decir, esta­ba sien­do some­ti­do a un segui­mien­to, con lo cual todo indi­ca que ha habi­do una nue­va uti­li­za­ción frau­du­len­ta de Inter­pol, igual que ocu­rrió con la inter­ven­ción de Inter­pol a solic­tud de las auto­ri­da­des colom­bia­nas, res­pec­to a los supues­tos orde­na­do­res de Raúl Reyes encon­tra­dos en el ata­que a Sucum­bíos: nue­va­men­te en este caso las auto­ri­da­des colom­bia­nas inten­ta­ron dar visos de lega­li­dad a una actua­ción legal­men­te frau­du­len­ta, a tra­vés de la inter­ven­ción de Inter­pol. De algu­na for­ma han obte­ni­do la con­ni­ven­cia de Inter­pol para lega­li­zar una actua­ción que pro­ba­ble­men­te ha sido irre­gu­lar.

Cada vez son más las sos­pe­chas sobre el com­por­ta­mien­to impar­cial de un orga­nis­mo como Inter­pol, no en este sino en otros asun­tos. Hay que recor­dar que, recien­te­men­te y por pri­me­ra vez, en noviem­bre de 2010, Inter­pol se ha nega­do a intro­du­cir en su sis­te­ma órde­nes de bus­ca y cap­tu­ra y deten­ción con fines extra­di­cio­na­les, con­cre­ta­men­te las órde­nes emi­ti­das por el Juz­ga­do Cen­tral de Ins­truc­ción nº 1 de la Audien­cia Nacio­nal en el caso José Couso, res­pec­to a los tres mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses pro­ce­sa­dos pro el ase­si­na­to del cáma­ra de tele­vi­són en Bag­dad. Ha sido la pri­me­ra vez en la his­to­ria de Inter­pol que este orga­nis­mo se ha nega­do a cum­plir una orden judi­cial. En este caso es toda­vía más sor­pren­den­te esta nega­ti­va, por­que en la pri­me­ra fase del pro­ce­so de Couso, has­ta el año 2007, fecha en que se archi­vó la cau­sa por orden de la Sala de lo Penal de la Audien­cia Nacioanl – lue­go reabier­to por deci­sión del Tri­bu­nal Supre­mo- los tres mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses tenían orden de bus­ca y cap­tu­ra inter­na­cio­nal a tra­vés del sis­te­ma de Inter­pol, tenían un códi­go rojo e Inter­pol había intro­du­ci­do los datos. El hecho de que pos­te­rior­men­te, en fechas recien­tes, Inter­pol se haya nega­do a intro­du­cir unas órde­nes que ya había intro­du­ci­do en su momen­to ale­gan­do que no tie­ne com­pe­ten­cia por­que no es una cues­tión cri­mi­nal sino polí­ti­ca o mili­tar, que es lo que han ale­ga­do en apli­ca­ción del artícu­lo 3 del Esta­tu­to de Inter­pol, vie­ne a poner de mani­fies­to la deri­va en los últi­mos años, espe­cial­men­te des­de que lle­gó a la secre­ta­ría gene­ral de Inter­pol el señor Noble, y la supe­di­ta­ción abso­lu­ta a las indi­ca­cio­nes de Esta­dos Uni­dos, que son quie­nes tie­nen el con­trol de Inter­pol en estos momen­tos. Inter­pol no es un orga­nis­mo impar­cial, sino que es un orga­nis­mo poli­cial inter­na­cio­nal al ser­vi­cio de los Esta­dos Uni­dos.

La ope­ra­ción ha sido cla­ra: se ha coor­di­na­do con Inter­pol por par­te de las auto­ri­da­des colom­bia­nas, le han cur­sa­do la orden de códi­go rojo cuan­do esta­ba ya embar­ca­do en el avión des­de Ale­ma­nia, de for­ma que ni Joa­quín Pérez ni nadie podía saber que cuan­do lle­ga­ra a Cara­cas y aban­do­na­ra la Unión Euro­pea – de la que es ciu­da­dano- iba a tener este códi­go rojo.

La acu­sa­ción con­tra Joa­quín Pérez Bece­rra se sus­ten­ta, que sepa­mos, has­ta el momen­to, úni­ca­men­te en supues­tas prue­bas halla­das en los compu­tado­res supues­ta­men­te encon­tra­dos en el cam­pa­men­to bom­bar­dea­do de Raúl Reyes. ¿Pero no fue aca­so el infor­me peri­cial de Inter­pol el que tam­bién, des­de el pri­mer momen­to, puso en duda esas prue­bas?

Cla­ro. El infor­me tenía la fina­li­dad de vali­dar lo actua­do por las auto­ri­da­des colom­bia­nas y el con­te­ni­do que según las auto­ri­da­des colom­bia­nas había en esos orde­na­do­res. Lo que ocu­rre es que el mis­mo infor­me de Inter­pol, que, cla­ra­men­te tie­ne esa inten­cio­na­li­dad, no pudo evi­tar indi­car que había irre­gu­la­ri­da­des en el mane­jo de esos compu­tado­res. Y así, Inter­pol seña­la­ba que había varios miles de archi­vos con fechas pos­te­rio­res a la incau­ta­ción o fechas de mani­pu­la­ción pos­te­rio­res a la incau­ta­ción. Y tam­bién que había fiche­ros a los que, en el lap­so de tiem­po trans­cu­rri­do entre la supues­ta fecha de inter­ven­ción de los orde­na­do­res y el momen­to en que se los entre­gan a Inter­pol para hacer su infor­me peri­cial, se había acce­di­do. Esto lo hace cons­tar el infor­me de Inter­pol, si bien ellos lue­go en el mis­mo infor­me inten­tan dar una expli­ca­ción dicien­do que eso no tie­ne mayor valor jurí­di­co. Lo que es evi­den­te es que no es Inter­pol quien tie­ne que decir si eso tie­ne o no valor jurí­di­co, eso lo ten­drán que decir los jue­ces en un pro­ce­di­mien­to judi­cial con las debi­das garan­tías.

La inter­ven­ción de Inter­pol en todo lo rela­ti­vo a Colom­bia ha sido siem­pre una actua­ción que ha bus­ca­do ampa­rar las manio­bras de into­xi­ca­ción del Gobierno colom­biano y lega­li­zar prue­bas obte­ni­das de for­ma irre­gu­lar y con­tra­ria a dere­cho.

Una vez acla­ra­do cuál es el pro­ce­di­mien­to por el que se pone en mar­cha el códi­go rojo de Inter­pol y en qué momen­to, ¿cuá­les son las opcio­nes que las auto­ri­da­des vene­zo­la­nas tenían y cuál habría sido la for­ma legal de pro­ce­der en este caso?

El «Acuer­do de coope­ra­ción y asis­ten­cia judi­cial en mate­ria penal entre el Gobierno de la Repú­bli­ca de Colom­bia y el Gobierno de la Repú­bli­ca de Vene­zue­la», sus­cri­to en Cara­cas, el vein­te (20) de febre­ro de mil nove­cien­tos noven­ta y ocho (1998), en su articu­lo 3 exclu­ye expre­sa­men­te la deten­ción de per­so­nas con el fin de que sean extra­di­ta­das, y a las soli­ci­tu­des de extradición;Existe un Acuer­do de Extra­di­ción sus­cri­to por las Repú­bli­cas de Ecua­dor, Boli­via, Perú, Colom­bia y Vene­zue­la, adop­ta­da en Cara­cas, Vene­zue­la en 1911, que reco­ge la tota­li­dad de los prin­ci­pios apli­ca­bles a los pro­ce­di­mien­tos de extra­di­ción, que se resu­me en la nece­si­dad de sus­tan­ciar un pro­ce­di­mien­to judi­cial antes de acor­dar la entre­ga al esta­do que soli­ci­ta la extra­di­ción.

Por otra par­te, la Con­ven­ción Inter­ame­ri­ca­na sobre Asis­ten­cia Mutua en mate­ria penal con­tem­pla la entre­ga tem­po­ral de dete­ni­dos entre paí­ses de la OEA, a efec­tos úni­ca­men­te de rea­li­zar dili­gen­cias judi­cia­les y con obli­ga­ción de devo­lu­ción al esta­do que ha entre­ga­do al dete­ni­do. Dicha Con­ven­ción inclu­so con­tem­pla como cau­sa de dene­ga­ción de la entre­ga la nega­ti­va del afec­ta­do.

La extra­di­ción se regu­la en base a unos prin­ci­pios fun­da­men­ta­les que cons­tan en todos los con­ve­nios y lue­go a tra­vés de un entra­ma­do de con­ve­nios bila­te­ra­les y mul­ti­la­te­ra­les.

Entre los prin­ci­pios del dere­cho extra­di­cio­nal des­ta­ca que estos pro­ce­di­mien­tos no pre­ten­den dilu­ci­dar la cul­pa­bi­li­dad o ino­cen­cia del extra­di­ta­ble, sino que se pre­ten­den garan­ti­zar el juz­ga­mien­to del extra­di­ta­ble en el país que lo requie­re o el cum­pli­mien­to de una con­de­na si ya hubie­ra sido con­de­na­do, lo que no es el caso de Joa­quín Pérez.

En el supues­to de la extra­di­ción con fines de ser some­ti­do a jui­cio en Colom­bia, es impres­cin­di­ble veri­fi­car que exis­te una orden de deten­ción emi­ti­da por este Esta­do de for­ma ajus­ta­da a Dere­cho, y si esa orden de deten­ción se ha emi­ti­do por deli­tos con­tem­pla­dos por las legis­la­cio­nes de ambos pai­ses el reque­ri­do y el que requie­re (lo que se cono­ce como la “doble incri­mi­na­ción”). Pos­te­rior­men­te, siem­pre en un pro­ce­di­mien­to judi­cial de extra­di­ción, es impres­cin­di­ble veri­fi­car si los deli­tos por los que se pide la extra­di­ción no inten­tan encu­brir una acu­sa­ción de índo­le polí­ti­ca, en cuyo caso nun­ca se podría con­ce­der la extra­di­ción, o si exis­te algu­na cir­cuns­tan­cia legal –ser refu­gia­do o haber­lo sido por ejem­plo- que impi­da la entre­ga del extra­di­ta­ble. Y final­men­te, los tra­ta­dos de extra­di­ción tam­bién tie­nen que velar por que el extra­di­ta­ble nun­ca pudie­ra ser, en el país que pide la extra­di­ción, some­ti­do a malos tra­tos, tor­tu­ra o ser con­de­na­do a una pena que se con­si­de­re inhu­ma­na, cruel o degra­dan­te, como pena de muer­te, cade­na per­pe­tua, tra­ba­jos for­za­dos, etc. Es de des­ta­car que el extra­di­ta­do úni­ca­men­te podrá ser juz­ga­do en el país al que ha sido entre­ga­do pro los deli­tos que haya esta­ble­ci­do el tri­bu­nal del país reque­ri­do que haya sus­tan­cia­do el pro­ce­so de extra­di­ción.

Un pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción no nece­sa­ria­men­te sig­ni­fi­ca el encar­ce­la­mien­to de la per­so­na some­ti­da al mis­mo, sino que las auto­ri­da­des del país al que se soli­ci­ta la extra­di­ción tie­nen que garan­ti­zar que esa per­so­na va a estar a dis­po­si­ción del pro­ce­di­mien­to extra­di­cio­nal. De hecho, en los pro­ce­di­mien­tos de extra­di­ción úni­ca­men­te se uti­li­za la pri­sión cuan­do no hay otra for­ma para garan­ti­zar que la per­so­na va a estar a dis­po­si­ción del pro­ce­di­mien­to.

Cuan­do el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción con­clu­ye, una vez veri­fi­ca­das estas cues­tio­nes, y tras la ape­la­ción corres­pon­dien­te, por­que siem­pre ha de exis­tir posi­bi­li­dad de ape­la­ción, entra en fun­cio­na­mien­to la cláu­su­la de sobe­ra­nía. El país que ha reci­bi­do la soli­ci­tud de extra­di­ción tie­ne, por varios moti­vos de índo­le polí­ti­ca, la capa­ci­dad para dene­gar la entre­ga, con nece­si­dad en ese caso de juz­gar al extra­di­ta­ble en ese país, sal­vo en deter­mi­na­das cir­cuns­tan­cias excep­cio­na­les don­de no exis­ti­ría esa obli­ga­ción.

Si la entre­ga se denie­ga por­que esa per­so­na es nacio­nal del país al que se le ha pedi­do la extra­di­ción, en ese caso lle­va apa­re­ja­da la obli­ga­ción de que esa per­so­na sea juz­ga­da en el país que ha dene­ga­do la extra­di­ción, con­for­me a las leyes de dicho país y por los hechos de los que se le acu­sa en el país que ha reque­ri­do la extra­di­ción.

Pero exis­te inclu­so la posi­bi­li­dad, y se con­tem­pla en todos los tra­ta­dos inter­na­cio­na­les, de que, sim­ple­men­te, aten­dien­do a cri­te­rios polí­ti­cos, huma­ni­ta­rios o de soli­da­ri­dad, por una deci­sión de sobe­ra­nía polí­ti­ca, el poder eje­cu­ti­vo, que es a quien corres­pon­de la deci­sión, deci­da no eje­cu­tar una deci­sión judi­cial de extra­di­ción.

En todo caso, el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción tie­ne que garan­ti­zar siem­pre el dere­cho a la defen­sa, que no se pro­duz­can situa­cio­nes de inde­fen­sión, y garan­ti­zar los dere­chos del ciu­da­dano. En este caso con­cre­to, con Joa­quín Pérez Bece­rra ocu­rre que esta per­so­na fue refu­gia­do polí­ti­co. La Con­ven­ción de Gine­bra de 1951 –sus­cri­ta por Colom­bia y por Vene­zue­la- y la inmen­sa mayo­ría de leyes de extra­di­ción con­tem­plan que nin­gu­na per­so­na refu­gia­da o que haya dis­fru­ta­do del esta­tu­to de refu­gia­do –aun­que lo haya per­di­do lue­go, ya sea por­que haya mejo­ra­do su esta­tus al acce­der a la nacio­na­li­dad del país que le dio el asi­lo, que es el caso de Joa­quín Pérez Bece­rra, o inclu­so en casos de cesa­ción o de exclu­sión del esta­tu­to de refu­gia­do, por acti­vi­da­des con­tra­rias al Esta­do que le con­ce­dió el asi­lo, o por­que se ha lle­ga­do a la con­clu­sión de que esa per­so­na no era mere­ce­do­ra del esta­tu­to de refu­gia­do por­que había incu­rri­do en crí­me­nes de gue­rra o de lesa huma­ni­dad (que son cau­sas para cesar el esta­tu­to pre­via­men­te con­ce­di­do). Pero inclu­so en esos casos de cesa­ción o exclu­sión del esta­tu­to de refu­gia­do, según la Con­ven­ción de Gine­bra y los con­ve­nios de extra­di­ción de la inmen­sa mayo­ría de los paí­ses, nun­ca pue­de ser entre­ga­do un extra­di­ta­ble al país en el que sufrió una per­se­cu­ción que ame­ri­tó que se le con­ce­die­ra el asi­lo. Joa­quín Pérez Bece­rra nun­ca podría ser entre­ga­do en un pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción a Colom­bia por­que es un ciu­da­dano colom­biano de ori­gen que tuvo que aban­do­nar su país por sufrir per­se­cu­ción pre­ci­sa­men­te por par­te de las auto­ri­da­des colom­bia­nas y que obtu­vo el esta­tu­to de refu­gia­do con­for­me a la Con­ven­ción de Gine­bra de 1951 en Sue­cia. Él aho­ra ya no lo tie­ne, por­que ha varia­do su esta­tus jurí­di­co al acce­der a la nacio­na­li­dad sue­ca, pero inclu­so en ese caso, esa cláu­su­la es de apli­ca­ción por estar expre­sa­men­te esta­ble­ci­da en la Con­ven­ción de Gine­bra.

En segun­do lugar, por la for­ma en que se ha pro­du­ci­do la entre­ga a Colom­bia de Joa­quín Pérez, se ha vul­ne­ra­do la Con­ven­ción de Vie­na sobre asis­ten­cia diplo­má­ti­ca y con­su­lar. La Con­ven­ción de Vie­na esta­ble­ce el dere­cho de cual­quier dete­ni­do en un país que no es el suyo, a con­tar con el ase­so­ra­mien­to en entre­vis­ta direc­ta y con la defen­sa por par­te del Esta­do del que es nacio­nal. En este caso, duran­te la deten­ción en Vene­zue­la, a las auto­ri­da­des con­su­la­res sue­cas les nega­ron la posi­bi­li­dad de entre­vis­tar­se con Joa­quín Pérez Bece­rra, lo que ha moti­va­do inclu­so una pro­tes­ta for­mal de las auto­ri­da­des sue­cas.

En ter­cer lugar, se han vio­la­do todos los prin­ci­pios con­te­ni­dos en los tra­ta­dos inter­na­cio­na­les en mate­ria de extra­di­ción y el Con­ve­nio de asis­ten­cia mutua en mate­ria penal de la OEA, que esta­ble­cen la nece­si­dad de some­ter a estas per­so­nas que tie­nen un reque­ri­mien­to de deten­ción inter­na­cio­nal a un pro­ce­di­mien­to con las debi­das garan­tías, don­de pue­da defen­der­se, pue­da con­tar con su abo­ga­do y no sufra inde­fen­sión.

Eso en tér­mi­nos prác­ti­cos impli­ca que tras la deten­ción, habría teni­do que entre­vis­tar­se con las auto­ri­da­des con­su­la­res sue­cas; a con­ti­nua­ción ten­dría que haber com­pa­re­ci­do ante un juez vene­zo­lano, que ten­dría que haber deci­di­do en qué situa­ción que­da­ba o si se adop­ta­ban medi­das cau­te­la­res: es decir, si que­da­ba en liber­tad, con reti­ra­da del pasa­por­te y prohi­bi­ción de aban­do­nar el país o si que­da­ba en pri­sión pro­vi­sio­nal, some­ti­do al pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción, o la medi­da cau­te­lar que hubie­ra deci­di­do el juez. Y en ese momen­to da ini­cio el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción.

Ade­más, es impor­tan­te tener en cuen­ta que la orden de deten­ción inter­na­cio­nal con fines extra­di­cio­na­les cur­sa­da por un Esta­do, no nece­sa­ria­men­te tie­ne por qué tra­mi­tar­se a tra­vés de Inter­pol, sino tam­bién pue­de rea­li­zar­se bila­te­ral­men­te, aten­dien­do a los Con­ve­nio bila­te­ra­les de ambos paí­ses en mate­ria de extra­di­ción y asis­ten­cia en mate­ria penal.

Una vez que se reci­be la orden de extra­di­ción y se detie­ne a la per­so­na hay un pla­zo muy peren­to­rio, que no sue­le supe­rar en nin­gún tra­ta­do los 40 días, don­de se tie­ne que for­ma­li­zar esa peti­ción de extra­di­ción. Si no se for­ma­li­za envian­do direc­ta­men­te la peti­ción, no ya a tra­vés de Inter­pol sino por el país que ha reque­ri­do al país que es reque­ri­do, no pue­de comen­zar el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción. Y si no lle­ga en ese pla­zo, que­da sin efec­to la soli­ci­tud de deten­ción inter­na­cio­nal cur­sa­da a tra­vés de Inter­pol o bila­te­ral­men­te, y que­da sin efec­to el pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción. Y res­pec­to a ese expe­dien­te extra­di­cio­nal se exi­ge que inclu­ya deter­mi­na­da infor­ma­ción para su examen por el juez com­pe­ten­te en la extra­di­ción y por la defen­sa del extra­di­ta­ble: en pri­mer lugar, se tie­nen que indi­car los hechos con­cre­tos por los cua­les se pide la extra­di­ción, los hechos que supues­ta­men­te son delic­ti­vos en el país que pide la extra­di­ción y veri­fi­car que esos mis­mos hechos son deli­tos en el país reque­ri­do; en segun­do lugar, se tie­ne que enviar toda la legis­la­ción del país que pide la extra­di­ción en la que se acre­di­ta que esos hechos que se le impu­tan son deli­to con­for­me a esa legis­la­ción; y lue­go hay que enviar la orden ori­gi­nal dic­ta­da por el juez del país requi­ren­te que ha pedi­do la extra­di­ción.

El juez que ha pedi­do la extra­di­ción se lo envía al juez que tie­ne a su dis­po­si­ción al dete­ni­do a efec­tos extra­di­cio­na­les, y se cur­sa a tra­vés de los minis­te­rios de Exte­rio­res. En Colom­bia pue­de ser el juez o la Fis­ca­lía. Tie­nen que enviar­lo al Minis­te­rio de Jus­ti­cia colom­biano; éste a su vez al Minis­te­rio de Exte­rio­res colom­biano, que lo man­da­ría al Minis­te­rio de Exte­rio­res vene­zo­lano y éste a su vez al Minis­te­rio de Jus­ti­cia vene­zo­lano, que es quien tie­ne que remi­tir­lo al juez vene­zo­lano.

Esto es impor­tan­te. La mera exis­ten­cia de un códi­go rojo en Inter­pol no sig­ni­fi­ca que vaya a lle­gar una orden de extra­di­ción, por­que pue­de haber muchos fac­to­res que pos­te­rior­men­te impi­dan la lle­ga­da en pla­zo de la soli­ci­tud extra­di­cio­nal.

Que Inter­pol haya cur­sa­do erró­nea­men­te la orden, por ejem­plo, por una peti­ción del poder Eje­cu­ti­vo y no del poder judi­cial, haría invia­ble la extra­di­ción. El juez no se rela­cio­na direc­ta­men­te con Inter­pol. Quien se rela­cio­na con Inter­pol es el poder Eje­cu­ti­vo, son los minis­te­rios de Inte­rior. Enton­ces, un pri­mer supues­to de error, inten­cio­na­do o no, pue­de ser que haya sido el poder Eje­cu­ti­vo colom­biano sin que exis­ta una reso­lu­ción judi­cial o del minis­te­rio fis­cal colom­biano, quien haya man­da­do a Inter­pol la orden de deten­ción, con lo cual esa orden no ten­dría nin­gún tipo de efec­to si no se pro­du­ce en ese perío­do de vali­da­ción la lle­ga­da de la orden judi­cial. Y eso no se ha lle­ga­do a pro­du­cir en este caso, con lo cual nun­ca sabre­mos si real­men­te había una soli­ci­tud de extra­di­ción cur­sa­da for­mal­men­te. Un códi­go rojo de Inter­pol o una soli­ci­tud de deten­ción inter­na­cio­nal a efec­tos de extra­di­ción cur­sa­da bila­te­ral­men­te no nece­sa­ria­men­te lle­va apa­re­ja­da una orden judi­cial. Este requi­si­to siem­pre debe ser veri­fi­ca­do.

Pare­ce que en este caso, aten­dien­do a la rapi­dez con la que se ha pro­du­ci­do la entre­ga a Colom­bia, la nor­ma­ti­va de extra­di­ción se ha incum­pli­do, y tam­bién pare­ce que se ha incum­pli­do fla­gran­te­men­te toda la nor­ma­ti­va rela­ti­va a la pre­ven­ción de la tor­tu­ra, en espe­cial la Con­ven­ción para la Pre­ven­ción del deli­to de Tor­tu­ra, los tra­tos inhu­ma­nos, crue­les y degra­dan­tes de 1984, que esta­ble­ce cla­ra­men­te que no pue­de ser, no ya extra­di­ta­do, sino entre­ga­do ni envia­do de nin­gu­na mane­ra, ni por reso­lu­ción admi­nis­tra­ti­va ni por reso­lu­ción judi­cial a un ter­cer país, sea o no el de ori­gen del dete­ni­do, si en ese país hay sos­pe­cha de que esa per­so­na vaya a ser some­ti­da a malos tra­tos, tor­tu­ra, tra­tos inhu­ma­nos, crue­les o degra­dan­tes.

Y en este caso, Colom­bia tie­ne innu­me­ra­bles con­de­nas por tor­tu­ra a dete­ni­dos, por mal­tra­to a dete­ni­dos. En estos momen­tos exis­ten denun­cias de mul­ti­tud de orga­nis­mos inter­na­cio­na­les sobre la situa­ción de los pre­sos polí­ti­cos en las cár­ce­les en Colom­bia. La dra­má­ti­ca situa­ción ha moti­va­do la pues­ta en mar­cha de una cam­pa­ña inter­na­cio­nal para denun­ciar esta situa­ción, y no hay que olvi­dar que inclu­so hay ya dos juris­dic­cio­nes, la dane­sa, que ya deci­dió en pri­me­ra ins­tan­cia que Colom­bia es un país don­de se prac­ti­ca habi­tual­men­te la tor­tu­ra y recien­te­men­te la chi­le­na en los mis­mos tér­mi­nos, caso Ola­te, con una pri­me­ra reso­lu­ción que aho­ra está pen­dien­te de la Cor­te de Casa­ción chi­le­na.

¿Qué con­se­cuen­cias tie­ne esta for­ma de pro­ce­der del Gobierno vene­zo­lano con res­pec­to al dere­cho de asi­lo, tenien­do en cuen­ta que Vene­zue­la hace fron­te­ra con Colom­bia y la can­ti­dad de refu­gia­dos colom­bia­nos que han bus­ca­do refu­gio en el país vecino?

Esta situa­ción es real­men­te dra­má­ti­ca. Ya al mar­gen de cómo pue­de afec­tar a Joa­quín Pérez Bece­rra, es una pena por­que el Gobierno vene­zo­lano se ha veni­do carac­te­ri­zan­do en los últi­mos años por ser uno de los gobier­nos más escru­pu­lo­sa­men­te res­pe­tuo­sos con la Con­ven­ción de Gine­bra sobre refu­gia­dos. Tie­ne en su haber varias feli­ci­ta­cio­nes del Comi­sio­na­do de Nacio­nes Uni­das para los Refu­gia­dos por el tra­to dado a los refu­gia­dos colom­bia­nos lle­ga­dos a su país, y esto es una man­cha en ese expe­dien­te de res­pe­to a la Con­ven­ción de Gine­bra.

Es un incum­pli­mien­to gra­ví­si­mo y muy cla­ro de la Con­ven­ción de Gine­bra y ade­más es el mayor incum­pli­mien­to posi­ble de la Con­ven­ción de Gine­bra. Por­que, entre otras cosas, lo que se está hacien­do es entre­gar a una per­so­na sobre la cual hay una reso­lu­ción del Gobierno sue­co con­for­me a la Con­ven­ción de Nacio­nes Uni­das, es decir, hay un esta­tu­to de refu­gia­do emi­ti­do por el Gobierno sue­co y cuya pro­tec­ción tam­bién incum­be a las Nacio­nes Uni­das, y ese esta­tu­to se ha obvia­do abso­lu­ta­men­te y se ha entre­ga­do a una per­so­na pro­te­gi­da pri­ván­do­la de las garan­tías. En espe­cial, pri­ván­do­la de las garan­tías esta­ble­ci­das en la Con­ven­ción de Gine­bra, ade­más de pare­cer que se han vul­ne­ra­do muchos otros Tra­ta­dos que impe­di­rían haber hecho esta entre­ga. Des­gra­cia­da­men­te, esto pue­de cali­fi­car­se como la mayor de las vio­la­cio­nes posi­bles de la Con­ven­ción de Gine­bra.

Una vez en esta situa­ción, ¿habría toda­vía algu­na opor­tu­ni­dad de rec­ti­fi­car legal­men­te?

Efec­ti­va­men­te. Las auto­ri­da­des vene­zo­la­nas debe­rían rec­ti­fi­car este incum­pli­mien­to y pedir al Gobierno colom­biano, con fun­da­men­to en la Con­ven­ción de la OEA de asis­ten­cia mutua en mate­ria penal, la devo­lu­ción de esta per­so­na, para que fue­ra some­ti­da, una vez veri­fi­ca­do que lle­ga la orden judi­cial colom­bia­na de extra­di­ción, al pro­ce­di­mien­to extra­di­cio­nal con las debi­das garan­tías.

Des­de mi pun­to de vis­ta, una soli­ci­tud de extra­di­ción a Colom­bia de Pérez Bece­rra, en este caso, por haber sido refu­gia­do, cla­rí­si­ma­men­te habría sido des­es­ti­ma­da por el juez com­pe­ten­te vene­zo­lano, a pesar inclu­so de que este hubie­ra deter­mi­na­do que se cum­plía el prin­ci­pio de doble incri­mi­na­ción, que las penas no fue­ran crue­les, inhu­ma­nas o degra­dan­tes. Ade­más es impres­cin­di­ble que el juez extra­di­cio­nal veri­fi­que las penas apli­ca­bles en el país que soli­ci­ta la extra­di­ción. Las extra­di­cio­nes no pue­den con­ce­der­se por deli­tos que lle­ven apa­re­ja­da una pena infe­rior a seis meses según el tra­ta­do de extra­di­ción de 1911 entre Colom­bia y Vene­zue­la, y en la mayo­ría de los paí­ses no se con­ce­den por deli­tos que lle­ven apa­re­ja­das penas infe­rio­res a un año.

Lo pro­ce­den­te sería aho­ra mis­mo que las auto­ri­da­des vene­zo­la­nas pidie­ran retro­traer la situa­ción, la entre­ga de este ciu­da­dano a Vene­zue­la para que fue­ra some­ti­do al pro­ce­di­mien­to de extra­di­ción. Esto es lo que debe­rían estar ya soli­ci­tan­do las auto­ri­da­des vene­zo­la­nas.

(*) Enri­que San­tia­go es abo­ga­do, exper­to en Dere­chos Huma­nos y Dere­cho Inter­na­cio­nal.

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