Nacio­na­lis­mo espa­ñol (y IV) – Jon Odrio­zo­la

Como afir­ma­ra Máxi­mo d’A­ze­glio, un minis­tro ita­liano en la pri­me­ra reu­nión del Par­la­men­to de la Ita­lia uni­fi­ca­da: «Hemos hecho Ita­lia, aho­ra tene­mos que hacer los ita­lia­nos». Y es que los «ita­lia­nos» coe­tá­neos de Man­zi­ni eran ita­lia­nos sin saber­lo. Les tuvie­ron que «cons­truir» una iden­ti­dad. Por estos pagos, la nacio­na­li­za­ción del pasa­do adqui­rió níti­dos sig­nos con­ser­va­do­res con­me­mo­rán­do­se a Reca­re­do, San­ta Tere­sa o Cal­de­rón de la Bar­ca, pre­sen­ta­do como pro­to­ti­po del «alma espa­ño­la». Inte­gris­mo cató­li­co.

La gene­ra­ción de inte­lec­tua­les de 1868, por su par­te, ele­vó las crea­cio­nes cul­tu­ra­les de la his­to­ria cas­te­lla­na a ras­go defi­ni­to­rio de lo espa­ñol. Los Giner de los Ríos, Gal­dós, Azcá­ra­te, Juan Vale­ra, Sal­me­rón y el ámbi­to de influen­cia krau­so­po­si­ti­vis­ta en el medio aca­dé­mi­co, polí­ti­co y perio­dís­ti­co, apun­ta­ló el esen­cia­lis­mo espa­ñol. Acre­cen­ta­do por el sur­gi­mien­to de nacio­na­lis­mos peri­fé­ri­cos en el Esta­do. Apa­re­cen los «Epi­so­dios nacio­na­les» de Gal­dós.

En estas épo­cas fini­se­cu­la­res, los nacio­na­lis­mos recu­rrie­ron a las ideas cien­tí­fi­cas en boga, ya al dar­wi­nis­mo social para jus­ti­fi­car la supues­ta supre­ma­cía de un pue­blo, ya al orga­ni­cis­mo posi­ti­vis­ta e inclu­so a filo­so­fías irra­cio­na­les. El krau­so­po­si­ti­vis­mo era una meto­do­lo­gía que liga­ba el pasa­do con el pre­sen­te por­que se con­si­de­ra­ba que la evo­lu­ción de un pue­blo fun­cio­na­ba igual que cual­quier ser vivo (nacen, cre­cen, etc.) Por eso se encuen­tran en los escri­to­res de estos años tan­tas metá­fo­ras sobre la salud o la enfer­me­dad de Espa­ña.

El nacio­na­lis­mo espa­ñol ‑que no se reco­no­ce como tal- ha resul­ta­do de la con­ver­gen­cia de cuan­tos inte­lec­tua­les arti­cu­la­ron y crea­ron la exis­ten­cia de una mis­ma «nación cul­tu­ral» pre­via a la for­ma­ción del Esta­do. La nación, algo natu­ral, sería ante­rior al Esta­do, algo arti­fi­cial (para un mar­xis­ta es al revés). Son tiem­pos román­ti­cos. La espa­ño­li­dad con­ce­bi­da como algo pri­mor­dial estruc­tu­ra­da sobre tópi­cos esen­cia­lis­tas se for­jó tem­pra­na­men­te con los reac­cio­na­rios del siglo XIX. Seme­jan­te corrien­te lle­gó a su máxi­ma expre­sión con Menén­dez Pela­yo y el menen­dez­pe­la­yis­mo como ideo­lo­gía ofi­cial del cato­li­cis­mo que toda­vía dura, pues Espa­ña siem­pre tuvo pro­pie­ta­rio.

Y es que en Espa­ña diz­que el Esta­do, sal­vo cor­tí­si­mos perio­dos his­tó­ri­cos aho­ga­dos en san­gre, jamás se ha vivi­do en demo­cra­cia en los últi­mos dos­cien­tos años. Podrá haber mayor o menor liber­tad de expre­sión, pero de poco sir­ve ésta si se impi­de la rea­li­za­ción mate­rial de las ideas, prin­ci­pio bur­gués con­sa­gra­do por la Revo­lu­ción fran­ce­sa y hoy, por supues­to, piso­tea­do. Se diría que lle­van tan­to tiem­po man­te­nién­do­se a garro­ta­zo lim­pio que ni saben ni pue­den hacer las cosas de otra mane­ra (ejem­plos: el Esta­tut cata­lán o el Plan Iba­rretxe). Son inca­pa­ces ‑ni quie­ren ni pue­den bajo el capi­ta­lis­mo- de resol­ver nin­gu­na cues­tión a la que anhe­len las masas, inclui­da la nacio­nal. Sólo que­da barrer­los y abrir las ven­ta­nas. Sería un comien­zo.

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