Néme­sis – Iña­ki Ega­ña

Hace ya algún tiem­po que me tro­pe­cé con los infor­mes de un poli­cía espa­ñol infil­tra­do en los medios de la opo­si­ción al fran­quis­mo, tan­to en París como en Baio­na y otras loca­li­da­des vas­cas con­ti­nen­ta­les. Los datos del agen­te no eran impar­cia­les, lle­nos de cali­fi­ca­cio­nes, adje­ti­vos e impre­sio­nes que no debe­rían corres­pon­der a un inter­me­dia­rio, sino más bien a quien los ana­li­za­ra. Tal y como los «peri­tos» poli­cia­les actua­les.

En las car­tas a sus supe­rio­res, el cita­do poli­cía acon­se­ja­ba cómo pro­ce­der con los que espia­ba, a los que tra­ta­ba de for­ma des­pec­ti­va, casi racis­ta. En cier­ta oca­sión lle­gó a seña­lar que el per­se­gui­do tenía «una total fal­ta de sen­ti­do patrió­ti­co y que mani­fes­ta­ba pro­fu­sa­men­te sen­ti­mien­tos sub­ver­si­vos». Para ser patrio­ta no se pue­de ser sub­ver­si­vo, por lo vis­to. Y vice­ver­sa. El sub­ver­si­vo jamás será espa­ñol.

Olvi­dé a Néme­sis, abun­dan­tes por otro lado en la his­to­ria de ese país que lla­man Espa­ña, has­ta que hace unas pocas sema­nas tro­pe­cé con una nove­la del mis­mo títu­lo. Del norue­go Jo Nes­bo. Una his­to­ria poli­cía­ca, bien escri­ta, con un final intri­gan­te. Lo intere­san­te de la fábu­la de Nes­bo era pre­ci­sa­men­te que reco­gía una fla­man­te com­po­si­ción coral, con per­so­na­jes de todo tipo, cuya últi­ma refle­xión era la ven­gan­za. Néme­sis, en la mito­lo­gía grie­ga.

Y enton­ces caí en la cuen­ta, ino­cen­te de mí y años más tar­de, que aquel poli­cía espa­ñol infil­tra­do entre los refu­gia­dos y que ocul­ta­ba su iden­ti­dad con un apo­do, al modo de los espías clá­si­cos, esta­ba citan­do su razón de ser, de exis­tir, como ese esta­do de cosas que pro­te­gía. Néme­sis, la ven­gan­za. Por ella mere­cía la pena cons­truir un país, una socie­dad, un esta­do, un nom­bre. Espa­ña.

Por ella, por la ven­gan­za, per­se­guía a hui­dos, dete­nía a disi­den­tes, tor­tu­ra­ba a incon­for­mis­tas, macha­ca­ba a irre­ve­ren­tes. Por ven­gan­za com­ple­ta­ba su vida como el mayor de los des­ti­nos, como si una vez hubie­ra sido ungi­do con un per­fu­me espe­cial. Con mayor tras­cen­den­cia que cual­quier otra vir­tud, por­que tra­tán­do­se de un espa­ñol, la ven­gan­za era una vir­tud.

No soy muy afi­cio­na­do a las gene­ra­li­za­cio­nes, pero más de uno habrá caí­do en la cuen­ta que la his­to­ria espa­ño­la, des­de hace tan­to que per­dí la cuen­ta, es la de la impo­si­ción de varias de sus seña­les a medio mun­do. Gon­za­lo Puen­te Ojea nos diría que la cruz y la coro­na entre las más impor­tan­tes. Euro­pa y Amé­ri­ca, sobre todo, han sido ava­sa­lla­das por espa­ño­les de pro. Sus habi­tan­tes, que no desea­ban ni reyes, ni dio­ses ibé­ri­cos, ni sis­te­mas corrup­tos, ni fron­te­ras roji­gual­das, lo han teni­do cru­do. No quie­res taza. Pues taza y media. La disi­den­cia al pro­yec­to mesiá­ni­co ha sido, sis­te­má­ti­ca­men­te, cas­ti­ga­da. Con ven­gan­za.

Gipuz­koa y Biz­kaia paga­ron su osa­día por no adhe­rir­se al fas­cis­mo y fue­ron lla­ma­das trai­do­ras, reti­ra­dos sus con­cier­tos. Ger­ni­ka, hace aho­ra 74 años, fue arra­sa­da por ser sím­bo­lo. Néme­sis. En 1961, los adul­tos lo recor­da­rán, que­ma­ron una ban­de­ra monár­qui­ca espa­ño­la en Donos­tia el 18 de julio, ani­ver­sa­rio de la suble­va­ción fas­cis­ta. La ven­gan­za fue terri­ble: más de dos cen­te­na­res de dete­ni­dos. Tor­tu­ra­dos. Una ban­de­ra la que­man dos per­so­nas, tres a los sumo. La res­pues­ta al esti­lo nazi: sem­brar el terror, cuan­to más mejor.

Sabe­mos que jamás se inte­rrum­pie­ron las matan­zas ofi­cia­les y ofi­cio­sas. Así, cuan­do en 1975 los poli­cías y mer­ce­na­rios espa­ño­les comen­za­ron a cru­zar la muga hacia el nor­te para balear y poner bom­bas bajo los coches de los refu­gia­dos (bas­tan­te antes de que el GAL hicie­ra acto de pre­sen­cia), la ven­gan­za fue el prin­ci­pal argu­men­to. No fui el úni­co que lo intuí. No soy tan pedan­te. Des­pués de cer­ca de 20 aten­ta­dos, el dia­rio inglés «The Guar­dian» seña­la­ría al res­pec­to ese mis­mo año: «Des­de que Mus­so­li­ni envió ase­si­nos a suel­do a Mar­se­lla para ase­si­nar a los her­ma­nos Rose­lli, nin­gún otro dic­ta­dor (en refe­ren­cia a Fran­co) había mos­tra­do tal espí­ri­tu de ven­gan­za».

Ant­ton Troi­ti­ño, des­pués de más de dos déca­das en pri­sión, es cru­ci­fi­ca­do, como si no hubie­ra paga­do con cre­ces su acti­vi­dad. Y es que lo úni­co que mue­ve a la «jus­ti­cia», a los que tocan las teclas del piano espa­ñol, es tam­bién la ven­gan­za. Néme­sis. Y quien pare­ce no ser diri­gi­do por seme­jan­te vehícu­lo, es capaz de exi­gir su entre­ga, como sím­bo­lo de bue­na volun­tad (Patxi Zaba­le­ta). ¿Alguien ha repar­ti­do ciga­rros de marihua­na a la puer­ta del cole­gio?

La deten­ción, la entre­ga, el arres­to tie­ne un nom­bre: tor­tu­ra. Otro autor de nove­las como el esco­cés Phi­lip Kerr, que des­li­za su plu­ma entre ambien­tes ber­li­ne­ses, lo dejó plas­ma­do has­ta el esca­lo­frío: «Escu­char la sis­te­má­ti­ca des­truc­ción de otro espí­ri­tu humano tie­ne un efec­to pre­de­ci­ble­men­te des­mo­ra­li­za­dor en tu pro­pia fibra. La Ges­ta­po no hace nada a la lige­ra. Te dejan que oigas la ago­nía del otro para ablan­dar­te por den­tro, y solo enton­ces empie­zan a tra­ba­jar­te por fue­ra».

Me vie­nen a la reti­na los nom­bres de Aitor e Igor Esnao­la, dete­ni­dos recien­te­men­te en Lego­rre­ta. Tone­la­das de letras inten­cio­na­das. Igor no lle­gó a pasar siquie­ra delan­te del juez.

¿Cuál era el obje­ti­vo de la deten­ción? Phi­lip Kerr lo hubie­ra des­cri­to con la maes­tría del escri­tor, aun­que en estas cues­tio­nes la líri­ca está de sobra. Nue­va­men­te: «Te dejan que oigas la ago­nía del otro para ablan­dar­te por den­tro, y solo enton­ces empie­zan a tra­ba­jar­te por fue­ra».

He reco­gi­do tan­tos epi­so­dios de ven­gan­za en las cár­ce­les, en el exi­lio, en la calle prin­ci­pal, en el mer­ca­do, en las escue­las… que mi fiche­ro hace tiem­po que se que­dó cor­to. Exhaus­to. Nece­si­to una exten­sión. Para seguir reco­gien­do epi­so­dios, maca­bros algu­nos, repe­ti­ti­vos la mayo­ría. Epi­so­dios inter­mi­na­bles, como si jamás hubie­ra exis­ti­do otro ingre­dien­te que la anti­ma­te­ria.

Sufro un espe­cial aho­go con el recuer­do de Luis Mar­tí­nez Sainz, un joven de 19 años natu­ral de Men­da­bia, loca­li­dad nava­rra cuyos cho­pos la pro­te­gen de la bri­sa esti­val que lle­ga del Ebro. Con 19 años, ape­nas una fran­ja estre­cha de lo que debe de ser la vida. Lo detu­vie­ron. Lo tor­tu­ra­ron, has­ta casi per­der la noción de las cosas. No fue sufi­cien­te. Nece­si­ta­ban ven­gan­za los tor­tu­ra­do­res. Y lla­ma­ron a su madre, a la madre de Luis, para que llo­ra­ra al que había sido fru­to de su vien­tre. Para que lo vie­ra tor­tu­ra­do.

Y cuan­do lo hizo, cuan­do aque­lla pobre mujer se arre­pin­tió de haber con­ce­bi­do aquel hijo mal­tra­ta­do, se lo lle­va­ron. Y en Ace­do le pega­ron dos tiros. Para enviar­lo, tor­tu­ra­do y con tes­ti­gos para que no cupie­se la menor duda, a la eter­ni­dad.

¿Qué recuer­do ten­dría aque­lla mujer el res­to de sus días? ¿Qué pesa­di­llas jalo­na­rían sus sue­ños?

A José Mari Berron­do, de 18 años, se lo lle­va­ron un día de verano por­que su padre había ido al exi­lio. Hui­do. De Oiar­tzun, la muga está a un paso. ¿Recuer­dan cómo en noviem­bre de 1985 aquel joven de Orbai­ze­ta lla­ma­do Mikel Zabal­za apre­ció muer­to cer­ca de Endar­lat­sa, des­pués de haber pasa­do por los cala­bo­zos de Intxau­rron­do? En ese mis­mo lugar fue eje­cu­ta­do ese cha­val oiar­tzua­rra que era José Mari, al que le habían abra­sa­do a pre­gun­tas por su padre, que no deja­ba de tem­blar en esa noche calu­ro­sa de verano. Ven­gan­za.

¿Qué padre es capaz de sopor­tar la losa eter­na de la res­pon­sa­bi­li­dad en la deten­ción, tor­tu­ra y ase­si­na­to de su hijo? Mal­di­jo la hora en que cru­zó la línea.

Néme­sis. El ori­gen de la acti­vi­dad polí­ti­ca. No quie­ro abu­rrir, pero no deseo mar­char sin recor­dar a Joseph Abe­berry, alcal­de de Zibu­ru, y Léon Lan­ne­pou­quet, alcal­de de Hen­daia, en la épo­ca de la ocu­pa­ción nazi. Ambos habían ayu­da­do a esca­par a dece­nas de com­pa­trio­tas. Un día fue­ron dete­ni­dos. Lo más terri­ble de estas cap­tu­ras fue que ambos las cono­cían pre­via­men­te, gra­cias a las con­fi­den­cias del tra­duc­tor de la Ges­ta­po, pero deci­die­ron no esca­par para evi­tar las repre­sa­lias sobre sus fami­lias. Para evi­tar la ven­gan­za. Abe­berry murió en el cam­po de exter­mi­nio de Mathau­sen y Lan­ne­pou­quet en el de Dachau.

A veces sien­to como si el aire hubie­ra deja­do de cir­cu­lar.

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