Ni esta­bas, ni esta­rás- Xabier Sil­vei­ra

El mejor ber­tso­la­ri del mun­do, Nach, ofre­ce un nue­vo álbum, «Mejor que el silen­cio». Toman­do como pun­to de par­ti­da uno de sus track, «Ni esta­bas ni esta­rás», para quien se de por alu­di­do no más, sólo eso, opor­tu­nis­ta, ni esta­bas ni esta­rás.

Dón­de esta­bas tú cuan­do el dolor se pin­tó en ocre, cuan­do los guays de turno nos lla­ma­ron medio­cres. Don­de esta­bas tú cuan­do el futu­ro era humo de cóc­te­les molo­tov que mar­ca­ban nues­tro rum­bo, cuan­do la tor­tu­ra era ruti­na que quien no la cono­ció ni la ima­gi­na. Dón­de esta­bas tú en aquel dile­ma, con la pena como estra­ta­ge­ma ante pro­ble­mas en cade­na, cuan­do cien­tos de poe­mas cal­ma­ban la fie­bre de cha­va­les ende­bles, aho­ra todos que­réis ser los héroes. Dón­de esta­bas tú cuan­do los perros roji­gual­dos con­si­guie­ron que antes de entrar en casa mirá­ra­mos a los lados, cuan­do el soni­do de algún coche divi­día en dos la noche. Dón­de esta­bas tú cuan­do dor­mir era un rega­lo, cuan­do des­per­tar sin que hubie­ran veni­do se con­ver­tía en mila­gro. Dón­de esta­bas tú cuan­do pare­cía impo­si­ble lograr hablar de tú a tú con un impe­rio inin­te­li­gi­ble. Dón­de esta­bas tú cuan­do todo olía a podri­do, cuan­do nadie tenía fe en con­se­guir lo con­se­gui­do.

Yo sé dón­de esta­bas tú: al otro lado. Esta­bas con ellos, con los ase­si­nos de sue­ños, ya fue­ra en tu pupi­tre, en tu ofi­ci­na, en la cali­dez de tu coci­na que nun­ca per­dis­te. Nun­ca dis­te nada. Cada boca­na­da de aire que tu boca tra­ga pro­vo­ca hoy en mí una tre­men­da arca­da. Cama­ra­da, no hay bien que para el mal no val­ga. Cai­ga quien cai­ga de per­di­dos al río, si hoy hay lo que ves, es gra­cias a aque­llos putos críos. En aquel dolor, en aquel frío, en aquel temor, aquel vacío, en aque­lla lla­ma que no se apa­ga­ba: Va por quien ofre­ció su vida a cam­bio de nada.

Dón­de esta­rás tú cuan­do el futu­ro se tiña en negro, cuan­do el pre­sen­te se pre­sen­te como un gro­tes­co recuer­do. Dón­de esta­rás tu, mal­di­to opor­tu­nis­ta, cuan­do lle­gues a la fase siguien­te a ser un hipó­cri­ta. Dón­de esta­rás tú cuan­do esto falle, no espe­res que calle cuan­do nos cru­ce­mos en la calle. Dón­de esta­rás tú cuan­do vuel­van esas som­bras, cuan­do nadie ven­da los votos que aho­ra com­pras. Dón­de esta­rás tú cuan­do vuel­va a correr el plo­mo, cuan­do la sali­da que hoy se men­di­ga no sea visi­ble ni por aso­mo. Dón­de esta­rás tú cuan­do esto pase, cuan­do la lucha pue­blos-impe­rios vuel­va a ser gue­rra entre cla­ses. Dón­de esta­rás tú cuan­do la paz en tu boca sea simi­lar a la sen­si­bi­li­dad de las rocas, rotas por las gotas que aho­ra bro­tan de este pue­blo, qui­sie­ra per­do­nar­te pero no pue­do, pue­do con­fiar en ti, pero no quie­ro.

Yo se dón­de esta­rás tú: Esta­rás con ellos, con los ase­si­nos de sue­ños, ya sea en tu pupi­tre, en tu ofi­ci­na, en la cali­dez de tu coci­na que nun­ca per­dis­te. Nun­ca dis­te nada. Cada boca­na­da de aire que tu boca tra­ga pro­vo­ca hoy en mí una tre­men­da arca­da. Cama­ra­da, no hay mal que para el bien no val­ga. Cai­ga quien cai­ga de per­di­dos al río, si hoy hay lo que ves, es gra­cias a aque­llos putos críos. En aquel dolor, en aquel frío, en aquel temor, aquel vacío, en aque­lla lla­ma que se apa­ga: Va por quien ofre­ció su vida a cam­bio de nada.

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