Gatza – Mikel Ari­za­le­ta

Leía a Eduar­do Galeano en Espe­jos aque­lla his­to­ria que cuen­ta:

Bru­ne­te de 1937: en ple­na bata­lla, un bala­zo par­te el pecho de Oli­ver Law- Oli­ver era negro y rojo y obre­ro. Des­de Chica­go se había veni­do a pelear por la repú­bli­ca espa­ño­la en las filas de la Bri­ga­da Lin­coln.

En la bri­ga­da los negros no inte­gran un regi­mien­to apar­te. Por pri­me­ra vez en la his­to­ria de los Esta­dos Uni­dos blan­cos y negros están mez­cla­dos. Y por pri­me­ra vez en la his­to­ria de los Esta­dos Uni­dos sol­da­dos blan­cos han obe­de­ci­do las órde­nes de un coman­dan­te negro.

Un coman­dan­te raro: cuan­do Oli­ver Law daba orden de ata­que no con­tem­pla­ba a sus hom­bres con pris­má­ti­cos, como los gene­ra­les y polí­ti­cos actua­les, sino que se lan­za­ba a la pelea antes que ellos.

Pero raros son al fin y al cabo todos estos volun­ta­rios de las bri­ga­das inter­na­cio­na­les que no com­ba­ten por ganar meda­llas, ni por con­quis­tar terri­to­rios, ni por cap­tu­rar pozos de petró­leo.

A veces Oli­ver se pre­gun­ta­ba:

-Si ésta es una gue­rra entre blan­cos y los blan­cos nos han escla­vi­za­do duran­te siglos, ¿qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo, un negro, aquí?

Y se con­tes­ta­ba:

-Hay que barrer a los fas­cis­tas.

Y rien­do agre­ga­ba, como si fue­ra chis­te:

-Algu­nos de noso­tros ten­drán que morir hacien­do este tra­ba­jo.

Y me acor­dé de José Mari Sagar­dui, el Nel­son Man­de­la vas­co, 31 años de cár­cel, y me acor­dé de sus ami­gos y fami­lia, que para dar­le un abra­zo, un beso en la espal­da y traer­le a casa hicie­ron 730 kiló­me­tros de ida y 730 de vuel­ta. Y me acor­dé de su reci­bi­mien­to en Zor­notza y de los nume­ro­sos poli­cías embo­za­dos, car­ga­dos de armas y tiros, olien­do a muni­ción y a porra, ponien­do barre­ra al cari­ño y al salu­do ¡Qué cri­mi­na­les estos demó­cra­tas! Y vi el abra­zo con su hija y su puño en alto en el fir­ma­men­to azul de Jaén, y su son­ri­sa mien­tras otros, con la ban­de­ra espa­ño­la en el pecho gri­ta­ban con­sig­nas de muer­te. Y me acor­dé de los coches, auto­bu­ses y tre­nes que cada sema­na par­ten, car­ga­dos de cari­ño y deseos, a esas cár­ce­les dis­tan­tes y leja­nas por­que un gobierno qui­so y quie­re cas­ti­gar el amor entre padres, hijos, her­ma­nos, espo­sos y ami­gos, quie­re hacer la cár­cel más cár­cel y más cam­po de exter­mi­nio, apli­can­do como anta­ño inqui­si­cio­nes y tor­tu­ras inhu­ma­nas a pro­ble­mas huma­nos y solu­cio­na­bles.

Y me acor­dé de la fra­se de aquel com­ba­tien­te inter­na­cio­na­lis­ta ame­ri­cano negro de piel y obre­ro rojo en Bru­ne­te en 1937, me acor­dé de Oli­ver Law: Hay que barrer a los fas­cis­tas. Hacien­do este tra­ba­jo algu­nos de noso­tros ten­drán que morir.

¡Qué bueno que hayas regre­sa­do a casa, Gatza! Un beso a ti y a los tuyos. Agur.

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