Judas o el cuen­to de un trai­dor – Mikel Ari­za­le­ta

Me pare­ció intere­san­te la refle­xión que ofre­cía al lec­tor el gran pro­fe­sor Gerd Lüde­mann, que ense­ña His­to­ria y Lite­ra­tu­ra del cris­tia­nis­mo pri­mi­ge­nio en la facul­tad de teo­lo­gía de la uni­ver­si­dad de Göt­tin­gen, en su libro “El Evan­ge­lio de Judas y el Evan­ge­lio de María” (2006). Se tra­ta­ba de poner en cla­ro esa mala ima­gen que arras­tra­mos des­de niños sobre Judas.

¿Hubo beso por par­te de Judas antes de ser apre­sa­do Jesús, tal como nos lo han trans­mi­ti­do?

Judas Isca­rio­te, es decir Judas de Karioth ‑al sur de Judea- posee hoy día en nues­tra socie­dad un tufi­llo nega­ti­vo. En el argot ordi­na­rio Judas sig­ni­fi­ca trai­dor, tú eres un Judas; según el dere­cho ale­mán a nadie se le pue­de poner este nom­bre. En el acer­vo cul­tu­ral se une con él una mala acción, y los cua­tro Evan­ge­lios del Nue­vo Tes­ta­men­to, con nume­ro­sas varia­cio­nes, la inter­pre­tan como la entre­ga del Hijo de Dios a manos enemi­gas. Para los cris­tia­nos más pri­mi­ge­nios era inima­gi­na­ble que el cri­men de Judas no aca­rrea­ra con­si­go un gra­ve cas­ti­go. De modo que pin­ta­ron de dis­tin­ta mane­ra el terri­ble fin de Judas.

Hoy exis­te un gran con­sen­so en el tra­ba­jo cien­tí­fi­co res­pec­to a la inten­ción de los tex­tos del Nue­vo Tes­ta­men­to que hablan de Judas.

Mateo y Lucas, inde­pen­dien­te­men­te entre sí, se sir­ven como base del Evan­ge­lio de Mar­cos, por ser el Evan­ge­lio más anti­guo trans­mi­ti­do; el de Juan es sin duda pos­te­rior a los tres ante­rio­res. Res­pec­to al plan de Judas de entre­gar a Jesús: Mar­cos narra la toma de con­tac­to de Judas con las auto­ri­da­des judías enemi­gas; Mateo asu­me esto y le impu­ta codi­cia; Lucas com­ple­ta dicien­do que Satán se apo­de­ró de Judas para lle­var a cabo esa mala acción y Juan com­pa­ra a Judas con el demo­nio.

Res­pec­to al cono­ci­mien­to pre­vio que Jesús tie­ne de su entre­ga por Judas se obser­va el siguien­te desa­rro­llo: los tres pri­me­ros evan­ge­lis­tas ven el cono­ci­mien­to pre­vio de Jesús sobre la “trai­ción” de Judas como par­te de su omnis­cien­cia, Juan subor­di­na el cono­ci­mien­to pre­vio de Jesús a un con­tras­te curio­so entre luz y som­bra, en la que la luz ven­ce a las tinie­blas y Judas, como repre­sen­tan­te de las tinie­blas, se con­vier­te en una ima­gen ate­rra­do­ra. Mien­tras que las narra­cio­nes de los tres pri­me­ros Evan­ge­lios sobre el apre­sa­mien­to de Jesús con ayu­da de Judas no encie­rran dife­ren­cias impor­tan­tes, recal­can­do en espe­cial su ale­vo­sía, sí lla­man la aten­ción en cam­bio los ador­nos y exa­ge­ra­cio­nes de la narra­ción de Juan.

¿El final de Judas: sui­ci­dio o acci­den­te?

Los rela­tos del final de Judas se con­tra­di­cen entre sí: Mateo des­cri­be el sui­ci­dio de Judas col­gán­do­se; la His­to­ria de los Após­to­les hace que su cuer­po se revien­te en un acci­den­te. En estos rela­tos, como en otras narra­cio­nes del Nue­vo Tes­ta­men­to sobre Judas, se tra­ta de un mate­rial legen­da­rio sin valor his­tó­ri­co. Lo mis­mo cabe decir del Evan­ge­lio de Judas encon­tra­do hace poco. Y es que su encua­dre narra­ti­vo pre­su­po­ne los Evan­ge­lios del Nue­vo Tes­ta­men­to y la His­to­ria de los Após­to­les de Lucas, mien­tras que los Diá­lo­gos en la acción prin­ci­pal –fiel a la teo­lo­gía gnós­ti­ca del siglo II- pin­tan a Judas como un ami­go de Jesús.

En la dis­cu­sión sobre Judas, lle­va­da a cabo has­ta nues­tros días, hay dos cosas que no se han valo­ra­do sufi­cien­te­men­te:

pri­me­ro, que el ver­bo grie­go para­di­dô­mi, tra­du­ci­do muy a menu­do como “trai­cio­nar”, en reali­dad sig­ni­fi­ca entre­gar, trans­mi­tir, dar, con­ce­der;

segun­do, que el tex­to con ven­ta­ja más anti­guo de la entre­ga de Jesús se halla en la pri­me­ra car­ta de Pablo a los corin­tios. For­ma par­te de la tra­di­ción de la cena, que el mis­mo Pablo lo asu­mió y trans­mi­tió ‑inme­dia­ta­men­te des­pués de su con­ver­sión, unos tres años des­pués de la cru­ci­fi­xión de Jesús- a los corin­tios en la fun­da­ción de la comu­ni­dad. El após­tol escri­be en la intro­duc­ción: “El Señor Jesús, en la noche que fue entre­ga­do”. La tra­di­ción cita­da por Pablo sugie­re que Jesús es el escla­vo de Dios pro­me­ti­do en el libro de Isaías y que como tal fue “entre­ga­do” por Dios mis­mo a una muer­te sal­ví­fi­ca para la cris­tian­dad, una afir­ma­ción que se retro­trae a los pri­me­ros tiem­pos y que se halla espar­ci­da en los pri­me­ros escri­tos del pri­mi­ge­nio cris­tia­nis­mo.

La trai­ción de Jesús apa­re­ce como muy impro­ba­ble

En este esta­dio de la his­to­ria de la tra­di­ción la entre­ga nada tie­ne que ver con la acción de un trai­dor, pues­to que tie­ne una inter­pre­ta­ción teo­ló­gi­ca y for­ma par­te de la fór­mu­la de fe más anti­gua. De ahí que tam­po­co se le invo­lu­cra­ra a Judas. Con­tra un pro­ce­der así habla ade­más el hecho de que Jesús tras su “resu­rrec­ción” se apa­re­cie­ra inme­dia­ta­men­te a los doce y que tam­bién Judas siguie­ra per­te­ne­cien­do a los doce. Jesús fun­dó este círcu­lo. Nada extra­ño que tras la supera­ción del schock del vier­nes san­to estos doce, con Cefas a la cabe­za, fue­ran los pri­me­ros en ver al supues­to Jesús resu­ci­ta­do en una visión. A la vis­ta de esto es muy impro­ba­ble que Judas, como uno de estos doce, hubie­ra “trai­cio­na­do” antes a Jesús.

Pos­te­rio­res tes­ti­mo­nios escri­tos corri­gen el tex­to de Pablo en este lugar y hacen que ya inclu­so la pri­me­ra apa­ri­ción sea sólo a los once. Tam­bién lo ve así Mateo, y el autor de la His­to­ria de los Após­to­les narra inclu­so de la segun­da elec­ción, nece­sa­ria por la “trai­ción” de Judas. En ambos casos se tra­ta de har­mo­ni­za­cio­nes, que reela­bo­ran las narra­cio­nes secun­da­rias de la “trai­ción” de Judas.

Fue­ron por pri­me­ra vez los cris­tia­nos de una gene­ra­ción des­pués de Pablo quie­nes por pri­me­ra vez com­ple­ta­ron con his­to­ria una inter­pre­ta­ción de la pasión mera­men­te teo­ló­gi­ca y nece­si­ta­ron un entre­ga­dor iden­ti­fi­ca­ble his­tó­ri­ca­men­te. La fór­mu­la de fe, de que el “Señor” fue entre­ga­do por Dios para sal­var evo­ca­ba la pre­gun­ta del eje­cu­tor de esta acción. Reca­yó en el dis­cí­pu­lo de Jesús, en Judas de Karioth en Judea.

Al pue­blo judío los cris­tia­nos vie­ron des­de el ini­cio como cul­pa­ble de la muer­te de Cris­to y nadie podía sim­bo­li­zar mejor que él (Judas, Judea, judío). Es aho­ra cuan­do por pri­me­ra vez la entre­ga obtu­vo de modo com­ple­men­ta­rio un lado infaus­to (“¡ay del hom­bre por el que es entre­ga­do el hijo del hom­bre!”.

Judas y los judíos fue­ron esti­li­za­dos como mons­truos, algo que ha teni­do su efec­to per­ni­cio­so has­ta nues­tros días.


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