Arthur Koestler: de más a menos – Mikel Arizaleta

El hún­ga­ro Artúr Kösztler ‑lue­go nacio­na­li­za­do bri­tá­ni­co como Arthur Koestler, autor del Tes­ta­men­to espa­ñol- fue el pri­me­ro que se atre­vió a des­mon­tar la tesis de Mac­Neill-Moss según la cual la matan­za de Bada­joz por los suble­va­dos fran­quis­tas no era más que una leyen­da inven­ta­da por un gru­po de perio­dis­tas que no habían pues­to los pies en el lugar de los hechos (véa­se Las fosas de silen­cio de Armen­gou y Belis y Con­tra el olvi­do de Fran­cis­co Espi­no­sa), y en su adiós al par­ti­do comu­nis­ta publi­có en 1940 una obra en inglés, dura y amar­ga, Dark­ness at Noon, que pron­to fue tra­du­ci­da al cas­te­llano bajo el nom­bre de Oscu­ri­dad a medio­día. Su pro­ta­go­nis­ta es Nico­lás Sal­ma­no­vich Rubashow, encar­na­ción y mez­cla de tres per­so­na­jes, de Karl Radek, Buja­rin y Leon Trots­ki, quie­nes, como el autor, pasa­ron de ser miem­bros des­ta­ca­dos del par­ti­do a enemi­gos decla­ra­dos y perseguidos.

En las pur­gas esta­li­nia­nas y jui­cios polí­ti­cos de los años trein­ta lla­ma­ron la aten­ción el retrac­to públi­co y las con­fe­sio­nes de cul­pa­bi­li­dad y trai­ción de los acu­sa­dos. Y el obser­va­dor inte­li­gen­te se pre­gun­ta­ba el por­qué de tal cam­bio y el enig­ma de aque­llas auto­in­cul­pa­cio­nes espe­luz­nan­tes. Koestler en Oscu­ri­dad a medio­día fue uno de los pri­me­ros que inda­gó en las cau­sas de estas con­fe­sio­nes y en la psi­co­lo­gía de los méto­dos de inte­rro­ga­ción en sue­lo ruso. Lue­go ven­drían otros, cabe citar a Sol­che­nizyn y su Archi­pié­la­go Gulag[1].

En La CIA y la gue­rra fría cul­tu­ral de Fran­ces Sto­nor Saun­ders[2] el autor ana­li­za e inves­ti­ga los enor­mes recur­sos que invir­tió el gobierno de Esta­dos Uni­dos en un pro­gra­ma ‑sin que se supie­se su exis­ten­cia– de pro­pa­gan­da cul­tu­ral en la Euro­pa occi­den­tal. La uti­li­za­ción de la cul­tu­ra como herra­mien­ta de per­sua­sión política.

Fue lle­va­do a cabo con gran secre­to por la orga­ni­za­ción de espio­na­je de Esta­dos Uni­dos, de la Agen­cia Cen­tral de Inte­li­gen­cia (CIA). La CIA a fina­les de los años cua­ren­ta cons­tru­yó un con­sor­cio y entre los miem­bros de ese con­sor­cio había un gru­po de inte­lec­tua­les y de izquier­da cuya fe en el mar­xis­mo y comu­nis­mo, por dis­tin­tas razo­nes, se había hecho añi­cos. Uno de ellos fue Arthur Koestler. La nece­si­dad de crear sim­bó­li­cos pun­tos de encuen­tro anti­co­mu­nis­tas intro­du­cía una obli­ga­ción polí­ti­ca urgen­te (y ocul­ta) de absol­ver a aque­llos que se habían aco­mo­da­do al régi­men nazi. Esto sig­ni­fi­có una acti­tud de tole­ran­cia hacia aque­llos que hubie­sen esta­do pró­xi­mos al fas­cis­mo si al impli­ca­do se le podía uti­li­zar con­tra el comu­nis­mo. “Y se pasó de una situa­ción de que sin la resis­ten­cia sovié­ti­ca el nazis­mo hubie­se con­quis­ta­do toda Euro­pa, inclui­da Gran Bre­ta­ña, con la posi­bi­li­dad de que los Esta­dos Uni­dos se hubie­sen vis­to for­za­dos, en el mejor de los casos, a una polí­ti­ca de neu­tra­li­dad y ais­la­mien­to, o en el peor de los casos a un tra­to con el nazis­mo a un brus­co giro de pos­gue­rra con­tra los sovié­ti­cos, a favor de una Ale­ma­nia que no debía ser pur­ga­da de nazis”, como dice Arthur Miller.

El Depar­ta­men­to de Inves­ti­ga­ción de la Infor­ma­ción (IRD) inglés, crea­do en febre­ro de 1948 para ata­car al comu­nis­mo, fue la sec­ción del Foreign Offi­ce que más cre­ció. El gobierno bri­tá­ni­co había tra­ba­ja­do en fabri­car una ima­gen posi­ti­va de Sta­lin: la alian­za del mun­do libre y Rusia con­tra los nazis, el comu­nis­mo era polí­ti­ca­men­te hones­to. Y aho­ra, libe­ra­da del peli­gro nazi gra­cias al poder y sacri­fi­cio sovié­ti­co, el gobierno bri­tá­ni­co se enfren­ta­ba a cómo dar vuel­ta a la tor­ti­lla: en cómo des­mon­tar lo dicho y pre­sen­tar­lo como fal­se­dad y enga­ño lo antes defen­di­do: Duran­te la gue­rra había­mos ensal­za­do a este hom­bre, aun­que sabía­mos que era terri­ble, por­que era nues­tro alia­do, diría Adam Watson. Muchos inte­lec­tua­les y escri­to­res bri­tá­ni­cos habían tra­ba­ja­do para el gobierno en sus depar­ta­men­tos de pro­pa­gan­da polí­ti­ca duran­te la gue­rra: aho­ra se echa­ba mano de ellos para des­en­ga­ñar a los bri­tá­ni­cos de las men­ti­ras que con tan­ta crea­ti­vi­dad habían cultivado.

El IRD era un secre­to Minis­te­rio de la Gue­rra Fría, su obje­ti­vo “pro­du­cir, dis­tri­buir y hacer cir­cu­lar pro­pa­gan­da sin que se supie­ra su pro­ce­den­cia”, según el espía Chris­topher Monty Woodhou­se. Pero era muy impor­tan­te y vital para el éxi­to que en Gran Bre­ta­ña y en el extran­je­ro no se die­ra la impre­sión de que el Foreign Offi­ce esta­ba orga­ni­zan­do una cam­pa­ña anti­co­mu­nis­ta, diría el direc­tor de IRD Ralph Murray, “se pon­dría en com­pro­mi­so a una serie de per­so­nas que hoy están dis­pues­tas a dar­nos su valio­so apo­yo, si se expo­nen a ser acu­sa­dos de reci­bir ins­truc­cio­nes anti­co­mu­nis­tas de algu­na sinies­tra sec­ción del Foreign Offi­ce dedi­ca­da a la fabri­ca­ción de pro­pa­gan­da con­tra la Unión Soviética.

Uno de los pri­me­ros y más impor­tan­tes con­se­je­ros del IRD fue Arthur Koestler. El pro­pio Koestler pron­to se bene­fi­cia­ría de las cam­pa­ñas de pro­pa­gan­da de IRD. Su libro El cero y el infi­ni­to, cuya des­crip­ción de la cruel­dad sovié­ti­ca había esta­ble­ci­do su repu­tación de anti­co­mu­nis­ta, sir­vió de propaganda.

Koestler, anta­ño uno de los cere­bros tras la red de orga­ni­za­cio­nes de la Unión Sovié­ti­ca antes de la gue­rra, cono­ce­dor de su maqui­na­ria y su gen­te, se había con­ver­ti­do en cola­bo­ra­dor y chi­va­to de quie­nes antes fue­ron sus cama­ra­das, ami­gos y com­ba­tien­tes. A más de uno la trai­ción de su ami­go, antes comu­nis­ta y aho­ra al ser­vi­cio del anti­co­mu­nis­mo y la CIA, le cos­tó la vida.

¿Quién mejor que los exco­mu­nis­tas para luchar con­tra los comu­nis­tas?, y esta idea vie­ja de la CIA se hizo car­ne y reali­dad en este hom­bre lla­ma­do Arthur Koestler, que sin­tió en su vida el des­pre­cio de los comu­nis­tas y des­cu­brió tam­bién el resen­ti­mien­to hacia los con­ver­sos polí­ti­cos de aque­llos que nun­ca fue­ron comunistas.

Mikel Ari­za­le­ta, 17 827 048


[1] Gulag es el acró­ni­mo de Glav­noie Upra­vle­nie Laguerei (Admi­nis­tra­ción Supe­rior de Cam­pos), pero sobre todo es el tér­mino que evo­ca todo un sis­te­ma de repre­sión y escla­vi­tud, no sólo de cam­pos de con­cen­tra­ción sino de la orga­ni­za­ción soviética.

[2] Fran­ces Sto­nor Saun­ders, La CIA y la gue­rra fría cul­tu­ral, edit. Deba­te, 2001

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