Ojo con quien nada teme, tien­de a la malig­ni­dad – Mikel Ari­za­le­ta

Dice Harald Mar­tens­tein que cuan­do encien­de la tele­vi­sión oye a menu­do comen­tar que: igual­dad no tie­ne por qué dege­ne­rar en nive­la­ción. Igual­dad es algo dis­cu­ti­ble. Sin embar­go, refle­xio­na Harald, por lo que pue­do cap­tar en tele­vi­sión todos abo­gan por la liber­tad. Nadie dice: La liber­tad no pue­de dege­ne­rar en liber­ti­na­je.

No soy un buen con­duc­tor, cual­quie­ra pue­de dar­se cuen­ta de lo que digo sin aspa­vien­tos. A veces sue­ño con­du­cien­do y come­to infrac­cio­nes, nada gra­ves pero sí peque­ñas fal­tas. Olvi­do seña­lar con el inter­mi­ten­te, circu­lo por el carril inade­cua­do, el semá­fo­ro está ya en ver­de y yo sigo aún en babia; a menu­do hay alguien, que bajan­do el cris­tal, me lan­za impro­pe­rios: “idio­ta”, “dor­mi­do”, «imbé­cil», “hue­vón”… He obser­va­do que en Ale­ma­nia a los jóve­nes les gus­ta gri­tar: “¡Haz­te una paja!”. Por lo vis­to la mas­tur­ba­ción es un pro­ble­ma juve­nil, lue­go vie­ne la fase anal. Dis­cúl­pen­me por estas expre­sio­nes poco acor­des con el medio, como dicen los ingle­ses esto es un dirty dan­cing. Pero me gus­ta coger al toro por los cuer­nos y lla­mar al pan pan y al vino vino. Podría escri­bir otra cosa, pero cui bono, ¿a quién bene­fi­cia? Soy así de libre.

Tam­bién meto la pata en otros cam­pos, a menu­do soy plas­ta con la gen­te: empu­jo hacia delan­te en la cola del pana­de­ro sin dar­me cuen­ta, a veces lo hago que­rien­do por las pri­sas y dejo apar­ca­da la urba­ni­dad y demás prin­ci­pios mora­les. Son borro­nes en mi bio­gra­fía. O en un artícu­lo escri­bo mal un nom­bre, o la orto­gra­fía no es la correc­ta. Pen­sa­ba que se escri­bía así pero no, o no repa­ro en alguien a quien debía salu­dar… Peque­ñas cosas.

Pero en la pana­de­ría nadie me gri­ta: “¡Eh, no empu­jes come­pán, tra­ga­lo­to­do!”. A veces se lamen­tan con disi­mu­lo, cor­tés­men­te. Nun­ca me ha dicho un redac­tor este nom­bre está mal escri­to: “no se escri­be así”. Y cuan­do en un acto son­ríes un tan­to per­ple­jo a alguien, con el que tuvis­te una sim­pá­ti­ca con­ver­sa­ción hace 8 meses, no te hace un ges­to dis­pli­cen­te o con su dedo en la sien indi­ca tu idio­tez.

Sí, el coche pro­vo­ca en la gen­te un sen­ti­mien­to de liber­tad en la comu­ni­ca­ción. Tocan el cla­xon y te voci­fe­ran lo que les vie­ne en gana: “¡Idio­ta!, ¡Ton­to!!”…, lue­go ace­le­ran y se mar­chan. Suce­de pare­ci­do con los comen­ta­rios en Inter­net. Las burra­das, que se escri­ben, uno es inca­paz de escu­pir­las a la cara, con el ano­ni­ma­to por pan­ta­lla uno teclea su mala hos­tia. Cara a cara se es menos agre­si­vo que con­du­cien­do un coche o sur­fean­do en Inter­net. Finu­ra y amis­tad son con fre­cuen­cia en la per­so­na care­ta y facha­da, detrás hier­ve a menu­do una cloa­qui­lla de tufo y mala leche.

Si pudié­ra­mos, si real­men­te qui­sié­ra­mos, temo que varias veces al día nos cru­za­ría­mos la cara los unos a los otros, nos rom­pe­ría­mos los morros. El hom­bre libre que nada tie­ne que temer, tira­do para ade­lan­te, que no se arru­ga ni ante una recla­ma­ción por inju­rias, ni ante un tor­ta­zo o un con­tra­gol­pe… tien­de a la malig­ni­dad.

Yo no soy nin­gu­na excep­ción, no soy de los bue­nos, temo que soy más Gada­fi que Gan­di. Y éste fue siem­pre el mayor pro­ble­ma del coro­nel Gada­fi: El ser libre. Podía hacer lo que qui­sie­ra. Por eso no soy par­ti­da­rio de la liber­tad sin lími­tes, sin fre­nos ni tapu­jos, tam­po­co, me gus­ta sur­fear des­del ano­ni­ma­to, me doy mie­do. La liber­tad dege­ne­ra con fre­cuen­cia en liber­ti­na­je

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