Sen­ten­cias medie­va­les – Jon Odrio­zo­la

La juris­pru­den­cia es una intrin­ca­da hoja­ras­ca don­de es fácil per­der­se. Hay pro­fe­sio­nes que toda­vía con­ser­van ves­ti­gios de lo que fue­ron en el Anti­guo Régi­men: gre­mios con sus códi­gos y jeri­gon­zas.

Pero lle­gó la Ilus­tra­ción. Y la secu­la­ri­za­ción y su pos­tu­la­do fun­da­men­tal de la sepa­ra­ción entre Dere­cho y moral. El esta­do no es nin­gu­na obra divi­na, sino un arti­fi­cio humano al ser­vi­cio de la segu­ri­dad y la feli­ci­dad de sus com­po­nen­tes. En con­se­cuen­cia, la inter­ven­ción penal debe limi­tar­se a aque­llas con­duc­tas exter­nas capa­ces de pro­du­cir una efec­ti­va lesión de algún bien jurí­di­co rele­van­te; los pen­sa­mien­tos, las meras inten­cio­nes o los ras­gos de la per­so­na­li­dad han de que­dar exclui­dos de la esfe­ra puni­ti­va. Esta idea ‑sigo a Luis Prie­to San­chís- de que el Dere­cho penal ha de con­fir­mar­se como una res­pues­ta fren­te a con­duc­tas o hechos exter­nos y no fren­te a sim­ples vicios de la per­so­na­li­dad cons­ti­tu­ye una apor­ta­ción ver­da­de­ra­men­te fun­da­men­tal de la Filo­so­fía penal ilus­tra­da que había de desm­bo­car en un pro­ce­so de des­ti­pi­fi­ca­ción del amplí­si­mo catá­lo­go de con­duc­tas cas­ti­ga­das por la legis­la­ción del Anti­guo Régi­men. Pién­se­se que antes de la Revo­lu­ción fran­ce­sa había más de cien deli­tos cas­ti­ga­dos con la pena capi­tal.

La jus­ti­cia espa­ño­la no es jus­ti­cia y nun­ca lo será, al mar­gen de que, coyun­tu­ral­men­te, bene­fi­cie o per­ju­di­que. Si lo fue­ra, Sor­tu, que como buen chi­co apli­ca­do ha cum­pli­do todos los pasos de una ley fas­cis­ta como la de par­ti­dos (¿o es que ya no es fas­cis­ta?), sería legal ya mis­mo. Pero no es ya que la sel­vá­ti­ca y nemo­ro­sa legis­la­ción espa­ño­la peque de vicio de ori­gen ‑cual­quier sen­ten­cia que emi­ta la Audien­cia Nacio­nal, por ejem­plo, es per se ile­gal por­que el pro­pio tri­bu­nal de excep­ción lo es, pero lo pin­tan todo al revés, con­fian­do en la igno­ran­cia del pue­blo- des­de la gue­rra civil ‑aquí jamás hubo un Nüremberg‑, sino que es pro­pia de tiem­pos medie­va­les y pre­in­dus­tria­les. Sor­tu ya no se juz­ga por lo que diga, haga o deje de decir o hacer, sino «por-no-ser-creí­ble». No se some­te a una orda­lía alto­me­die­val por­que es anti­es­té­ti­co. Y, sin embar­go, no hay mucha dife­ren­cia, pues ¿cómo lla­mar a quien pide que des un paso y, cuan­do lo da, pedir otro y otro según el arbi­trio de jui­cios que ni siquie­ra con­tem­pla la ley fas­cis­ta? Lega­li­za­rá el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal a Sor­tu, pero eso no cam­bia­rá la esen­cia de la más abe­rran­te y venal de la legi­fe­ran­cia euro­pea: la espa­ño­la. Una apó­cri­fa jus­ti­cia don­de los jue­ces son pro­ta­go­nis­tas y se habla de ellos como «jue­ces-estre­lla», cuan­do si hay o debie­ra haber algo más neu­tro y epi­ceno en los apa­ra­tos del Esta­do ‑en su épo­ca liberal‑, son los jue­ces, de quie­nes Mon­tes­quieu dije­ra que «los jue­ces de la nación no son más que el ins­tru­men­to que pro­nun­cia las pala­bras de la ley, seres inani­ma­dos que no pue­den mode­rar ni la fuer­za ni el rigor de las leyes». O sea, un poder nulo, en cier­to modo. No como aho­ra que está anu­la­do, cosa bien dis­tin­ta, aun­que galleen las vedet­tes.

Fuen­te: gara

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