Insul­tos a la inte­li­gen­cia – Alva­ro Reiza­bal

Insul­tos a la inte­li­gen­cia­Lo que ocu­rre en Libia es que no impor­tan los civi­les, sino el petró­leo que hay bajo sus pies. Quie­ren que nos tra­gue­mos no sólo las rue­das de molino, sino tam­bién las aspas

Aque­llos que rigen los des­ti­nos del mun­do se pro­nun­cian, a menu­do, como si todos fué­ra­mos ton­tos y estu­vié­ra­mos dis­pues­tos a creer­nos las patra­ñas que nos suel­tan, como si fué­se­mos niños espe­ran­do al cuen­to que nos hará con­ci­liar el sue­ño. Es algo que no nos coge de sor­pre­sa. Que los polí­ti­cos quie­ran meter­nos tro­las como cate­dra­les es más que fre­cuen­te, máxi­me en épo­cas pre­elec­to­ra­les como la que vivi­mos. Pero hay veces que se pasan, como, por ejem­plo, en estos días en que uno corre el ries­go de morir de sobre­do­sis.

Pri­me­ro empe­za­ron con el tema del acci­den­te nuclear de Japón. Nada que temer. La ener­gía nuclear había demos­tra­do, una vez mas, que es la más lim­pia, bara­ta y, sobre todo segu­ra, por­que pese a la mag­ni­tud del terre­mo­to y el pos­te­rior tsu­na­mi, la cen­tral de Fukushi­ma se había man­te­ni­do incó­lu­me. Este era el dis­cur­so que el sis­te­ma y todas sus ter­mi­na­les mediá­ti­cas rema­cha­ban con­ti­nua­men­te. Es más, en los SMS que supues­tos tele­vi­den­tes envían a las teles más fachas, se pedían insis­ten­te­men­te más cen­tra­les nuclea­res, por favor, y se abo­ga­ba por pro­rro­gar la vida útil de la de Garo­ña, her­ma­na geme­la de la japo­ne­sa sinies­tra­da, cuyos téc­ni­cos estu­vie­ron el verano pasa­do apren­dien­do de los res­pon­sa­bles de la cen­tral bur­ga­le­sa, tal como reco­gía en sus pági­nas el «Dia­rio de Bur­gos» de 27 de junio, hacién­do­se eco de que los nipo­nes se lle­va­ron a su país lo mejor de Garo­ña y deja­ron en el Valle de Toba­li­na par­te de la sabi­du­ría nuclear japo­ne­sa (!).

Los días van pasan­do y cada vez es más evi­den­te que la catás­tro­fe nuclear está ser­vi­da: el agua de Tokio con­ta­mi­na­da, el mar y las ver­du­ras tam­bién, los tra­ba­ja­do­res de la plan­ta des­alo­ja­dos (man­dan a los más vie­jos) y, sobre todo, la sen­sa­ción de que aque­llo está fue­ra de con­trol. Entre todos los sabios más sabios del mun­do de lo nuclear, la úni­ca téc­ni­ca super­efi­caz y moder­na que se les ha ocu­rri­do es echar agua por enci­ma del reac­tor para enfriar­lo. Epa­tan­te. Nos ocul­tan la ver­dad, dicen, para no gene­rar páni­co o, dicho de otra for­ma, la ver­dad, si la supié­ra­mos, nos daría pavor, y para evi­tar­lo, por nues­tro bien, nos tra­tan como a imbé­ci­les.

Sin haber­se supe­ra­do aún la cri­sis nuclear japo­ne­sa, nos meten en otra gue­rra, pero que, aun­que lo parez­ca, no es tal, sino una acción huma­ni­ta­ria para pro­te­ger a la pobla­ción civil de los ata­ques indis­cri­mi­na­dos de Gada­fi, del que reci­bían de rega­lo caba­llos de raza ára­be y al que aho­ra lla­man sátra­pa.

La acción huma­ni­ta­ria con­sis­te en bom­bar­dear por mar y aire todo lo que pillan, lo que sin duda está gene­ran­do más per­di­das en vidas huma­nas que las que se dice tra­tan de evi­tar. Lo que en Libia ocu­rre es que hay dos ejér­ci­tos enfren­ta­dos y la comu­ni­dad inter­na­cio­nal ayu­da deses­pe­ra­da­men­te a uno de ellos por­que aho­ra les intere­sa que man­de ése y no el otro. No impor­tan los civi­les, sino el petró­leo que hay bajo sus pies. Quie­ren que nos tra­gue­mos no sólo las rue­das de molino, sino tam­bién las aspas. ¡Cana­llas!

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