El ansia del gue­rre­ro – Anto­nio Alva­rez Solís

Pri­me­ro se equi­vo­có rotun­da­men­te Aznar en Irak; aho­ra se equi­vo­ca necia­men­te Zapa­te­ro en Libia. Ambas equi­vo­ca­cio­nes tie­nen la mis­ma base: el ansia de ins­cri­bir­se en la lis­ta de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria median­te la sim­ple­za de traer una foto de las Azo­res o lucrar una son­ri­sa al bies en París. Todo para ganar el voto en la mese­ta ale­tar­ga­da o las elec­cio­nes en el sur de las rome­rías. Absur­da pre­ten­sión, ade­más, esta de vol­ver a ins­cri­bir­se en la his­to­ria.

La his­to­ria de Espa­ña se con­su­mió al ser­vi­cio impe­rial de los Aus­trias o del ansia fran­ce­sa de los Bor­bo­nes. Des­pués fue la nada. La Espa­ña que cabal­gue con airón aho­ra, más allá de sus fron­te­ras, segui­rá sin cobrar peso alguno en el esce­na­rio inter­na­cio­nal. Ni Espa­ña tie­ne ya la más míni­ma den­si­dad polí­ti­ca para adqui­rir cier­to relie­ve por el camino que han ele­gi­do ambos jefes de gobierno, ni fuer­za mate­rial para aspi­rar a cier­ta pre­pon­de­ran­cia. La misión de un Esta­do como el espa­ñol, si quie­re pres­tar algún ser­vi­cio a la colec­ti­vi­dad uni­ver­sal, se con­cre­ta en la lucha tenaz por la paz, en los reque­ri­mien­tos éti­cos y en el esfuer­zo por resu­ci­tar una ter­ce­ra vía de «no ali­nea­dos» que medie entre el gran gru­po cor­sa­rio occi­den­tal y los actos y polí­ti­cas que revuel­ven la exis­ten­cia de las nacio­nes de segun­do y ter­cer orden sumer­gi­das en dra­má­ti­cas que­re­llas inte­rio­res. Y eso no se logra con cua­tro avio­nes y cua­tro via­jes pre­ci­pi­ta­dos. Cuan­do gober­na­ba Suá­rez se ofre­ció a Espa­ña el lide­raz­go de esa ter­ce­ra vía en rele­vo de la Yugos­la­via de Tito y que, si la memo­ria no me trai­cio­na, hubo de asu­mir Cuba. Espa­ña no acer­tó tam­po­co enton­ces a valo­rar posi­ti­va­men­te una ofer­ta que le hubie­ra dado un papel de ver­da­de­ra impor­tan­cia en la polí­ti­ca pla­ne­ta­ria. Como siem­pre, Madrid deci­dió rebo­zar­se con el oro­pel ridícu­lo de amis­ta­des incon­sis­ten­tes en vez de ves­tir la toga modes­ta, pero suges­ti­va, del país deco­ro­so que tie­ne algo sus­tan­cial que decir y una mano sin­ce­ra que ten­der.

Por qué esta ansia del gue­rre­ro? En Libia, y en diver­sas nacio­nes ára­bes, súbi­ta­men­te ricas, se están deba­tien­do intere­ses muy oscu­ros para la ciu­da­da­nía «qua­lun­que» y escan­da­lo­sa­men­te cla­ros para los lob­bies que apa­lean rique­za hacia los pode­ro­sos. El avis­pe­ro ha empe­za­do a ron­ro­near cuan­do el neo­ca­pi­ta­lis­mo ha per­di­do pie en un mar con­ta­mi­na­do por todos los dis­la­tes de la pira­mi­da­li­za­ción del poder finan­cie­ro. Dis­la­tes, ade­más, inevi­ta­bles por­que se tra­ta de locu­ras pro­pias de una gené­ti­ca que ha lle­ga­do a la ancia­ni­dad insa­na de sus pro­ta­go­nis­tas. Ni esos pode­res pue­den evi­tar ya su corrup­ción ni hay nadie que logre, moral­men­te hablan­do, sacar agua cla­ra de ese pozo del que sólo mana petró­leo. Si la reali­dad es ésa ¿qué bus­ca aho­ra el Sr. Zapa­te­ro tiran­do de una cuer­da que va a dejar­le entre las manos un cubo reple­to de detri­tus?

Dijo el Sr. Zapa­te­ro que sus­pen­día su via­je a León para estar aten­to a la polí­ti­ca de París. Mala deci­sión la suya. Segu­ra­men­te, si hubie­ra ido a León a escu­char el lati­do del leo­nés de filas, habría con­se­gui­do más sus­tan­cia para el puche­ro de los ciu­da­da­nos ¿Pero qué es León al lado de una son­ri­sa del hún­ga­ro-fran­cés que ha deci­di­do poner­se alzas para con­tem­plar cómo sus avio­nes de com­ba­te par­ten para las are­nas libias? Nada es el via­je a León, aun­que ofrez­ca la mara­vi­lla de los vitra­les de su cate­dral que per­te­ne­cen al ori­gen de lo que podría haber sido una Espa­ña pon­de­ra­da. Y así, los pilo­tos espa­ño­les vola­rán con sus bom­bas has­ta que, resuel­to el repar­to de la heren­cia libia entre los gran­des de la fami­lia occi­den­tal, regre­sen a su base a escu­char los dic­te­rios que habrán mere­ci­do con su tor­pe aven­tu­ra. Al tiem­po, Sr. Zapa­te­ro, al tiem­po.

Pero inclu­so cabe que usted ya sepa lo que va a ocu­rrir al final de esa aven­tu­ra, pero para enton­ces usted repo­sa­rá en el gran buta­cón de un des­pa­cho de con­ve­nien­cia. Y Espa­ña segui­rá sien­do la Espa­ña que se baña­rá, como si qui­sie­ra bau­ti­zar­se, en la gran qui­me­ra de la men­ti­da fra­se: «¡Que gran país si hubie­ra gran señor!» Ni gran país ni gran señor, Sr. Zapa­te­ro. Todo es entre los espa­ño­les barro­co y ator­men­ta­do. Todo es falle­ro y estri­den­te, has­ta el mis­mo ninot que algu­nos indul­tan para nutrir el museo de los fra­ca­sos melan­có­li­cos.

Cuan­do aca­be el sue­ño de las liber­ta­des ára­bes y vuel­van sus masas a pas­tar a la som­bra del poder arro­gan­te de sus reyes y diri­gen­tes, ves­ti­dos de fies­ta para su demo­cra­cia fal­si­fi­ca­da, Espa­ña figu­ra­rá entre los agre­so­res de Libia en 2011. Habrá sali­do Madrid tras­qui­la­do de la aven­tu­ra y sin más recuer­do que su agre­sión incon­ti­nen­te. Pero ¿impor­ta esta situa­ción futu­ra a los seño­res Aznar o Zapa­te­ro? En modo alguno. Hay en ellos una volun­tad de lujo peque­ño, de merien­da de acam­pa­da. Espa­ña esta­ba per­fec­ta­men­te dota­da para espe­jear una polí­ti­ca gra­ta para las masas ára­bes, pero ha apos­ta­do por los reyes de Marrue­cos o de Ara­bia Sau­dí, por los prín­ci­pes de los emi­ra­tos, por los diri­gen­tes repu­bli­ca­nos sin coro­na. Ha hecho una mala elec­ción de cara al futu­ro y ha opta­do por un pre­sen­te ára­be sin por­ve­nir.

Por­que la revo­lu­ción ára­be aca­ba­rá pro­du­cién­do­se, pero será musul­ma­na. El mun­do islá­mi­co está expe­ri­men­tan­do los dolo­res de par­to de su segun­da moder­ni­dad. Esto se sabe en París o en Lon­dres o en Washing­ton, pero no se sabe en Madrid, cega­do siem­pre por tener asien­to en el té de las cin­co. Se sabe en Ale­ma­nia, que dis­cre­ta­men­te manio­bra pru­den­te­men­te su arbo­la­du­ra para zafar­se del labe­rin­to orien­tal, que hace tiem­po que le pesa. De ahí el voto de abs­ten­ción de la Sra. Mer­kel el día en que el comi­té de segu­ri­dad de la ONU deci­dió dejar la par­ti­da libia en manos de París. Pero esta vez el Sr. Zapa­te­ro no se ali­neó con Ale­ma­nia por­que desea­ba una son­ri­sa y un apre­tón de manos jun­to al Sena. Una son­ri­sa urgen­te en París. Es la oca­sión que ofre­ce el fes­te­jo, en cuyo fon­do real no hay que entrar, al pare­cer, por­que ¿para qué entrar?

El Sr. Zapa­te­ro, ferian­te en Washing­ton a ratos, a ratos en Lon­dres, a ratos en París e inclu­so en Ale­ma­nia a ratos. Siem­pre de com­pras en la Sema­na de Oro. Con Fran­cia para alzar­la al lide­ra­to medi­te­rrá­neo que pre­ci­sa con cele­ri­dad el Sr. Sar­kozy, al que le tiem­bla el sue­lo bajo los pies. Con Gran Bre­ta­ña para ado­qui­nar la calle a Washing­ton, que siem­pre mar­ca el núme­ro tele­fó­ni­co de Dow­ning Street. Con Ale­ma­nia para ven­der con pres­ti­gio la masa obre­ra de los espa­ño­les a los gran­des empre­sa­rios. Espa­ña no es el Esta­do espa­ñol, gira­do de cara a los tiem­pos, sino una pues­ta de color en la rule­ta con pedal.

Pero ¿se pue­de hacer otra cosa en el tiem­po que vivi­mos? Esta pre­gun­ta se la hacen muchos ciu­da­da­nos per­ple­jos. Pues, sí; se pue­de. Los tiem­pos, pese a que los caba­lli­tos han de dar aún muchas vuel­tas en el ferial, abren una ren­di­ja para los aires revo­lu­cio­na­rios. Y por esa ren­di­ja han de pene­trar los gobier­nos de los peque­ños occi­den­ta­les si de ver­dad quie­ren tener un lugar al sol que des­pun­ta. Hay que enca­be­zar espe­ran­zas. Y no por­que con ello se com­pre futu­ro intere­sa­do y a tras­mano, por­que se mien­ta en la pre­ten­sión de apo­yo a los que se alzan, sino por­que los paí­ses como Espa­ña tie­nen su lugar de pre­té­ri­to en esa tur­ba­mul­ta que empie­za a des­bor­dar­se por el este y el oes­te. Al fin y al cabo Espa­ña no pue­de tener más poder que el que com­par­ta con las nacio­nes emer­gen­tes. Pero mire­mos al Par­la­men­to espa­ñol, al Gabi­ne­te minis­te­rial espa­ñol ‑sea quien sea de los dos el que lo diri­ja-; obser­ve­mos la «inte­li­gen­cia» espa­ño­la. ¿Pue­de con­se­guir­se algún fru­to de esos árbo­les? El pro­ble­ma a resol­ver no es, por tan­to, un pro­ble­ma ins­ti­tu­cio­nal sino un pro­ble­ma de masas, de calle madu­ra o en madu­ra­ción. A Espa­ña no le sobran polí­ti­cos tor­pes o diri­gen­tes píca­ros y ele­men­ta­les; le sobran espa­ño­les con «ira et sine stu­dio». Es un pro­ble­ma de nación, no de direc­ción.

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