Fuer­te San Cris­to­bal, memo­ria de una car­cel fran­quis­ta

Una de las fugas car­ce­la­rias más gran­des de la his­to­ria tuvo lugar en Pam­plo­na en 1938. En ple­na Gue­rra Civil, los pre­sos con­fi­na­dos en la pri­sión más segu­ra del nor­te de Espa­ña, el penal del fuer­te de San Cris­tó­bal, pla­ni­fi­ca­ron una hui­da en masa para esca­par del ham­bre y de las enfer­me­da­des que diez­ma­ban a los reclu­sos.

Un total de 795 hom­bres salie­ron del recin­to, pero sólo tres logra­ron reco­rrer los casi 50 kiló­me­tros que les sepa­ra­ban de Fran­cia y reco­brar la liber­tad. Uno de ellos, Jovino Fer­nán­dez, regre­só a Bar­ce­lo­na para seguir defen­dien­do la demo­cra­cia. 585 fue­ron dete­ni­dos y devuel­tos al penal, don­de sufrie­ron varios meses de reclu­sión en cel­das de cas­ti­go. 14 fue­ron con­de­na­dos a muer­te.

A la mayo­ría los cap­tu­ra­ron poco tiem­po des­pués de pro­du­cir­se la fuga. A excep­ción de Ama­dor Rodrí­guez, ‘Tar­zán’, apo­da­do así por­que sobre­vi­vió tres meses escon­di­do en una cue­va. Los 210 res­tan­tes fue­ron tiro­tea­dos duran­te la per­se­cu­ción.

“Muchos salie­ron del penal des­co­no­cien­do la zona, lo que pro­vo­có su pron­ta cap­tu­ra”, expli­ca Car­men Domin­go, auto­ra de La Fuga (Edi­cio­nes B), la nove­la en la que, por pri­me­ra vez, se reco­ge la his­to­ria de los hom­bres valien­tes del fuer­te de Alfon­so XII, más cono­ci­do como de San Cris­tó­bal.

El ham­bre y las enfer­me­da­des ame­na­za­ban sus vidas tan­to como los idea­les polí­ti­cos. Muchos de ellos “esta­ban allí en con­di­ción de pre­sos guber­na­ti­vos”, expli­ca Iña­ki Alfor­ja, his­to­ria­dor y autor del docu­men­tal Ezka­ba, basa­do en la his­tó­ri­ca fuga.

“Estos inter­nos no habían teni­do nin­gún tipo de jui­cio. Los recluían por sos­pe­cho­sos para que tes­ti­fi­ca­ran y des­pués los deja­ban pre­sos o los fusi­la­ban. La mayo­ría eran veci­nos de la zona dete­ni­dos por la calle”, indi­ca. “Esta prác­ti­ca favo­re­cía la impu­ni­dad”, aña­de Domin­go en rela­ción a la fal­ta de prue­bas tras el ase­si­na­to de estos civi­les. Algu­nas de estas víc­ti­mas han sido loca­li­za­das en fosas comu­nes en los alre­de­do­res del fuer­te. La más cono­ci­da es aque­lla don­de cada cuer­po apa­re­ció con una bote­lla al lado que con­te­nía notas con los datos del falle­ci­do.

El fuer­te

Hoy, esta for­ta­le­za mili­tar a 15 kiló­me­tros de Pam­plo­na está cerra­da al públi­co y la Coman­dan­cia Mili­tar de Nava­rra auto­ri­za oca­sio­nal­men­te visi­tas de aso­cia­cio­nes de víc­ti­mas del fran­quis­mo. “No aten­de­mos a par­ti­cu­la­res, pero si una agru­pa­ción de fami­lia­res quie­re ver el fuer­te, la Coman­dan­cia da el per­mi­so”, acla­ra des­de la puer­ta del penal un mili­tar al gru­po de perio­dis­tas que está a pun­to de empren­der una de esas visi­tas excep­cio­na­les.

Tan­to el terri­to­rio don­de se ubi­ca como el edi­fi­cio per­te­ne­cen al minis­te­rio de Defen­sa, orga­nis­mo que tie­ne la últi­ma pala­bra a la hora de deci­dir su des­tino. Escri­to­ra e his­to­ria­dor hablan de las muchas pro­pues­tas que se han hecho para reha­bi­li­tar el fuer­te y dar un nue­vo uso a este espa­cio del mon­te Ezka­ba. “Se han escu­cha­do ini­cia­ti­vas como hacer un par­que temá­ti­co o inclu­so poner una caja de aho­rros, pero lo que de ver­dad habría que hacer es un museo de la memo­ria”, sugie­re Domin­go.

La ubi­ca­ción estra­té­gi­ca del fuer­te ‑que, escon­di­do en el mon­te, no se ve ni siquie­ra cuan­do se está a esca­sos metros- res­pon­de a la prác­ti­ca de las gue­rras ante­rio­res a la avia­ción mili­tar, en las que cual­quier ata­que se hacía des­de tie­rra. Su cons­truc­ción se pro­lon­gó duran­te 40 años y cuan­do ter­mi­nó en 1919 ya era un for­tín obso­le­to que, edi­fi­ca­do a cie­lo des­cu­bier­to, lo con­ver­tía en un blan­co fácil para ata­ques aéreos. A par­tir de ahí, se pasó del pre­ten­di­do uso ini­cial como for­ta­le­za para las gue­rras car­lis­tas, a pri­sión en 1934.

La bri­ga­da pri­me­ra está situa­da en los sóta­nos del penal y es una de las estan­cias más esca­lo­frian­tes. Allí se haci­na­ban cien­tos de pri­sio­ne­ros en un espa­cio oscu­ro y con unas pare­des que no paran de supu­rar el agua que se fil­tra por las inten­sas llu­vias. Un pasi­llo pro­fun­do divi­de en dos la zona de gale­rías sepa­ra­das por tabi­ques. La luz se cue­la en cada gale­ría por las minús­cu­las ven­ta­nas situa­das a unos tres metros del sue­lo y que dan jus­to al patio don­de los reclu­sos podían pasear dos horas al día. Los pre­sos polí­ti­cos eran los habi­tan­tes de esta tétri­ca zona del penal don­de el oxí­geno ape­nas lle­ga a las últi­mas gale­rías del pasi­llo.

Sin dejar el sótano, no muy lejos de la bri­ga­da se loca­li­za el alji­be, don­de impe­ra el rui­do del agua que baja con inten­si­dad por las pare­des. Varios car­te­les advier­ten del peli­gro de cami­nar por los puen­tes con baran­di­llas oxi­da­das ins­ta­la­dos sobre las char­cas que hacían de uri­na­rios.

Des­de 1985 no hay guar­ni­ción mili­tar per­ma­nen­te para vigi­lar el edi­fi­cio, que echó el cie­rre como penal en 1946.

La fuga

Car­men Domin­go ha hecho una nove­la coral en la que los hechos son reales, tam­bién sus pro­ta­go­nis­tas así como sus con­di­cio­nes de vida y en la que ha ima­gi­na­do los diá­lo­gos para nove­lar el rela­to. “Esco­gí 25 nom­bres de pre­sos que vivie­ron ese acon­te­ci­mien­to por­que es mi modo de ren­dir­les un home­na­je”, indi­ca la escri­to­ra cata­la­na.

Los pro­ble­mas por des­nu­tri­ción y avi­ta­mi­no­sis eran tan gra­ves que inclu­so el direc­tor de pri­sión y el admi­nis­tra­dor fue­ron juz­ga­dos des­pués de la fuga acu­sa­dos de ven­der de estra­per­lo la comi­da que lle­ga­ba al penal, en lugar de ali­men­tar a los inter­nos.

Esca­par de la mise­ria, reco­brar la liber­tad, reen­con­trar­se con los seres que­ri­dos, o vol­ver a defen­der los idea­les polí­ti­cos que les habían lle­va­do a la cár­cel eran el leit­mo­tiv que empu­jó a un gru­po de inter­nos a tra­zar el plan de fuga. El plan­tea­mien­to era en apa­rien­cia sen­ci­llo: el 22 de mayo a las 20:00 horas, un gru­po subiría de la bri­ga­da pri­me­ra al patio y le qui­ta­ría el uni­for­me y las armas al jefe de ser­vi­cio. Otro gru­po asal­ta­ría la coci­na y un ter­ce­ro bus­ca­ría las lla­ves ubi­ca­das en la sala de visi­tas.

Uno de los guar­dias murió acci­den­tal­men­te duran­te la fuga al caer­se al sue­lo de un empu­jón y gol­pear­se la cabe­za. No falle­ció nin­gún car­ce­le­ro más. “Es impor­tan­te sub­ra­yar que los pre­sos no bus­ca­ron ven­gan­za en nin­gún momen­to, tan sólo ata­ron a los guar­dias y esca­pa­ron. Aún pudien­do hacer­lo, no mata­ron a nadie, lo que dice mucho del talan­te de estos hom­bres”, enfa­ti­za la auto­ra de La Fuga.

El des­tino de esta for­ta­le­za mili­tar en pleno pul­món de Pam­plo­na se vuel­ve incier­to y no pare­ce que vaya a resol­ver­se pron­to la para­do­ja de encon­trar­se en rui­nas y al mis­mo tiem­po estar reco­no­ci­do como bien de inte­rés cul­tu­ral des­de 2001.

Por su par­te, los pam­plo­ne­ses eri­gie­ron un monu­men­to en home­na­je a los pre­sos polí­ti­cos en 1988, situa­do jus­to antes de que el mon­te se vuel­va terreno mili­tar. Tri­bu­tos como la nove­la de Car­men Domin­go o la can­ción de Barri­ca­da, «22 de Mayo», con­tri­bu­yen a con­for­mar la memo­ria olvi­da de las cár­ce­les fran­quis­tas.

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