El odio a la liber­tad – Anto­nio Alva­rez Solís

Tras una lar­ga vida dedi­ca­da en su mayor par­te a la refle­xión sobre Espa­ña hay algo que no aca­bo de expli­car­me ple­na­men­te: la aver­sión secu­lar que los espa­ño­les han expe­ri­men­ta­do a lo vas­co; con­cre­ta­men­te a los vas­cos. Una aver­sión que tie­ne en múl­ti­ples oca­sio­nes el per­fil del odio.

Pero ¿por qué? Yo creo que se tra­ta de una repul­sión hacia la liber­tad, que los vas­cos prac­ti­can como hábi­to muy anti­guo. Los vas­cos cons­ti­tu­yen una nación con una varie­dad muy amplia de per­fi­les. Entre ellos está la liber­tad. Son esen­cial­men­te libres en su for­ma de ser y de acon­te­cer. Ello les lle­va, como a los cata­la­nes, a la bús­que­da del pac­to, del com­pro­mi­so a fin de con­vi­vir posi­ti­va­men­te.

Por su par­te el espa­ñol no entien­de la liber­tad y su ejer­ci­cio lo inter­pre­ta como un des­or­den que nie­ga su jerar­quía social, basa­da en el reco­no­ci­mien­to de su cer­ti­dum­bre incon­tes­ta­ble en ideas y pos­tu­ras. La liber­tad espa­ño­la con­sis­te sus­tan­cial­men­te en inca­pa­ci­tar al otro, en negar­le su com­pe­ten­cia. Es una liber­tad de domi­nio, pero no de enten­di­mien­to. Una liber­tad abso­lu­ta con una úni­ca mani­fes­ta­ción: la exclu­yen­te liber­tad del que habla. Las mis­mas ter­tu­lias tele­vi­si­vas o los deba­tes en diver­sos ámbi­tos, por ejem­plo el par­la­men­ta­rio, resal­tan esta inca­pa­ci­dad inte­lec­tual para la polé­mi­ca, que deri­va casi siem­pre en el gri­to des­tem­pla­do, en el argu­men­to sin bise­les. Son encon­tro­na­zos que tie­nen por obje­to la humi­lla­ción del adver­sa­rio, su ani­qui­la­ción urgen­te, su diso­lu­ción en la nada.

En Espa­ña el ejer­ci­cio de la con­tro­ver­sia se ve des­de una pers­pec­ti­va de des­leal­tad, como fon­do de una cons­pi­ra­ción con­tra el orden y la paz, que siem­pre son el orden y la paz del que deten­ta el poder y de los dis­ci­pli­nan­tes que pro­ce­sio­nan en ese poder. Espa­ña es un país de expre­sión ruda en que se exal­ta fre­cuen­te­men­te el sufri­mien­to; un sufri­mien­to inmó­vil, ade­más. No hay cor­te­sía algu­na en esa ver­ba­li­dad arre­ba­ta­da por una mís­ti­ca vul­gar. Ya no me refie­ro siquie­ra a que exis­ta una míni­ma curio­si­dad por el pen­sa­mien­to ajeno, lo que cons­ti­tu­ye la cul­tu­ra. Esa curio­si­dad se tie­ne por dudo­sa y con­ni­ven­te con algo mal­sano o cri­mi­nal. Esto pro­du­ce un relie­ve cul­tu­ral muy débil. Como dijo un gene­ral espa­ñol usan­do una fra­se de ori­gen nazi «cuan­do oigo la pala­bra «cul­tu­ra» hecho mano de la pis­to­la». Las ideas adver­sa­rias sus­ci­tan de inme­dia­to una pos­tu­ra de inaten­ción y menos­pre­cio que deri­va mate­rial­men­te hacia la sor­de­ra físi­ca y, lo que es más gra­ve, moral.

Como es obvio hay algu­nos espa­ño­les que han adop­ta­do la gra­ve deci­sión de pen­sar en ese mar­co tan acre, pero uti­li­zan­do una fra­se de Alfon­so Sas­tre, creo recor­dar ‑des­di­cha­da memo­ria la mía- que en «El filó­so­fo y su som­bra», no son espa­ño­les; están espa­ño­les. Espa­ño­les tan­tas veces a su pesar. La ads­crip­ción admi­nis­tra­ti­va pro­du­ce este infaus­to suce­so de la nacio­na­li­dad insos­la­ya­ble que muchas veces pesa como un gri­lle­te.

En este mar­co ace­do ha situar­se, creo, la actual rela­ción de Espa­ña con Eus­ka­di. Esa per­se­cu­ción cons­tan­te de todo lo que sig­ni­fi­que la per­so­na­li­dad más sig­ni­fi­ca­ti­va de lo vas­co, ese fre­cuen­te que­bran­to de los dere­chos huma­nos, esa des­ca­ra­da legis­la­ción pre­va­ri­ca­do­ra, esa dure­za en el agra­va­mien­to de la pena­li­dad para cas­ti­gar los hechos más irre­le­van­tes, ese menos­pre­cio en el dis­cur­so, esa aspe­re­za en los agen­tes encar­ga­dos de las deten­cio­nes, esa cruel­dad en las inves­ti­ga­cio­nes; en fin, todo eso es incle­men­cia que cru­je en el oído de todos los vas­cos que aman ver­da­de­ra­men­te a su país y que no afec­ta úni­ca­men­te a indi­vi­duos con­cre­tos ‑lo que ya es extre­ma­da­men­te gra­ve- sino a toda una nación, ya sea como agre­sión direc­ta, ya se tra­te de aper­ci­bir sobre su mal inme­dia­to al ciu­da­dano vas­co que anda por la calle dán­do­le vuel­tas a sus ideas sobre auto­de­ter­mi­na­ción o sobe­ra­nía; sobre su pro­pio ser, sim­ple­men­te.

Hay en esas dis­po­si­cio­nes tan mal­sa­na­men­te cita­das o en esos pro­ce­di­mien­tos poli­cia­les o judi­cia­les un fer­men­to de odio que no sólo des­ga­rra el alma vas­ca sino que hun­de aún más a Espa­ña en una his­to­ria que la sepa­ra de la Euro­pa cul­ta, de aque­llas socie­da­des que, mejor o peor, pro­cu­ran con­ser­var la moral de la vie­ja bur­gue­sía libe­ral, que siem­pre supo que sus abu­sos e impe­rio no podían exis­tir sin la con­tra­pres­ta­ción de una deter­mi­na­das ele­gan­cias mora­les. Espa­ña endu­re­ce sus aspe­re­zas con estos modos de gobierno que degra­dan en una for­ma de impe­rio bru­tal, ante el cual sólo cabe o la resig­na­ción auto­des­truc­ti­va o la rebe­lión dolo­ro­sa. La insa­nia que inva­de las estruc­tu­ras espa­ño­las al pro­ce­der con esa dure­za sin cla­se algu­na de vela­du­ras no sólo con­vier­te en impo­si­ble la amis­tad ver­da­de­ra con vas­cos o cata­la­nes sino que hace de lo espa­ñol una refe­ren­cia de tris­te­zas y de con­go­ja. Esto últi­mo se obser­va con fre­cuen­cia en el modo de refle­xio­nar espa­ñol, que es un refle­xio­nar nor­mal­men­te aba­ti­do y des­es­pe­ran­za­do. Espa­ña care­ce de ale­gría. Y digo esto en con­tra de quie­nes quie­ren ver en lo espa­ñol algo jocun­do y con­for­ta­ble. Esto no es cier­to. Lo espa­ño­les sue­len reves­tir­se con una piel explo­si­va como si qui­sie­ran olvi­dar su pro­pio fon­do, muy ence­ne­ga­do por sus cla­ses diri­gen­tes. Es una ale­gría agi­ta­na­da, pero sin la cali­dad sen­ti­men­tal del gitano.

Una de las con­se­cuen­cias más visi­bles de esta for­ma de ser tan enma­ra­ña­da es la caó­ti­ca for­ma de gober­na­ción que Espa­ña sufre. Espa­ña pue­de inver­tir años en la domi­na­ción de otros pue­blos sin dejar en ellos una hue­lla que le dote de cier­ta con­sus­tan­cia­li­dad con ellos. Cuan­do se va de esos pue­blos ape­nas que­da de lo espa­ñol más que una memo­ria acar­to­na­da y oscu­ra. No crea nin­gu­na cla­se de pro­pen­sión his­pa­na en el domi­na­do. Pasa sobre la piel de lo colo­ni­za­do sin dejar hue­lla real­men­te pro­fun­da. Qui­zá por ello Espa­ña viva con frus­tra­ción pro­fun­da su his­to­ria impe­rial, que la revuel­ve con­tra si mis­ma intro­du­cien­do en sus rela­cio­nes una semi­lla de inquie­tud y des­agra­do. Ni siquie­ra ha podi­do Espa­ña crear una penin­su­la­ri­dad fir­me y rela­ti­va­men­te homo­gé­nea. Cata­lun­ya y Eus­ka­di nun­ca serán espa­ño­las, por más que vas­cos con deter­mi­na­das des­via­cio­nes o con­fu­sio­nes étni­cas y mate­ria­les ayu­den a la gober­na­ción espa­ño­la en tie­rras vas­cas y cata­la­nas. Hay que decir que entre esos vas­cos figu­ra una tur­ba de ciu­da­da­nos que han crea­do para su pro­pio uso, y sin entrar en mayo­res dis­qui­si­cio­nes psi­co­ana­lí­ti­cas, la inacep­ta­ble y absur­da cate­go­ría de vas­cos de segun­da cla­se, cuan­do sería mucho más cómo­do y fruc­tí­fe­ro, huma­na­men­te hablan­do, acep­tar su reali­dad de espa­ño­les en tie­rra abier­ta. El buen inter­na­cio­na­lis­mo con­sis­te en eso.

Hay en el con­flic­to vas­co un capí­tu­lo que con­vie­ne tra­tar a fon­do. Y es la exis­ten­cia de posi­bi­li­da­des cier­tas por par­te Cata­lun­ya y Eus­kal Herría para abor­dar otras for­mas de gobierno eco­nó­mi­co y social si con­si­guen su liber­tad. Esa una reali­dad pal­pa­ble. Entien­do que este aspec­to, que me limi­to a seña­lar hoy de paso una vez más, deba tra­tar­se con mucha serie­dad ya que res­pal­da en un aspec­to mate­rial la peti­ción de los sobe­ra­nis­tas.

Lo que pare­ce impre­sen­ta­ble ante el mun­do, si aún que­da mun­do ali­men­ta­do por una cul­tu­ra tra­ba­jo­sa­men­te puli­da y hoy en peli­gro de des­apa­re­cer, es que el odio espa­ñol esté con­vir­tien­do el pro­ble­ma vas­co en una cues­tión mal­di­ta. Es más, un odio que pue­de con­ta­giar a otros gobier­nos si no acier­tan a con­vo­yar la noble pre­ten­sión vas­ca de liber­tad. La paz uni­ver­sal, por la que tan­tos y sos­pe­cho­sos esfuer­zos se hacen, no pue­de late­ra­li­zar pro­ble­mas como el de Eus­kal Herria. Desoír este pro­ble­ma equi­va­le a decla­rar una sor­de­ra inva­li­dan­te para con­du­cir el mun­do. El Gobierno de Madrid pre­ci­sa que le pon­gan en su sitio. Inclu­so en bene­fi­cio de Espa­ña.

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