Cuba, Cuba, Cuba…- Car­los Tena

¿A quién va a extra­ñar­le el hecho de que se cri­ti­quen las medi­das toma­das por la Asam­blea Nacio­nal de la Revo­lu­ción, como que se pon­gan en sol­fa y fra­ca­sen aque­llas bien­in­ten­cio­na­das dis­po­si­cio­nes, una vez que en su apli­ca­ción pos­te­rior se ha demos­tra­do la inuti­li­dad de las mis­mas?

Lo he com­pro­ba­do per­so­nal­men­te en Cuba duran­te seis años. Y no he vis­to en ese tiem­po ni una sola agre­sión por par­te de un agen­te con­tra un ciu­da­dano. En Espa­ña se sigue tor­tu­ran­do (aun­que los rela­to­res de la ONU lo denun­cien) sin que las auto­ri­da­des hagan otra cosa que decir. “Apa­ga la cáma­ra”, “Eso no es cier­to”. ¿Ver­dad, señor Cama­cho?

No entien­do por qué se exi­ge, des­de una supues­ta pos­tu­ra izquier­dis­ta, que el sis­te­ma que por for­tu­na rige los des­ti­nos de la isla más dig­na del glo­bo, ten­ga que poseer el don de la infa­li­bi­li­dad, cuan­do en el lla­ma­do mun­do libre es noto­rio no sólo el fra­ca­so rotun­do del régi­men capi­ta­lis­ta en todas las áreas: eco­nó­mi­ca, social, polí­ti­ca, sin­di­cal y cul­tu­ral, sino de la capa­ci­dad de una bue­na par­te de su inte­lec­tua­li­dad para que los árbo­les no ocul­ten el bos­que. Mirar la paja en el ojo ajeno y hacer­se el sue­co ante la viga en el pro­pio, es un defec­to con­sue­tu­di­na­rio en la dere­cha y la izquier­da. For­ma par­te del maru­jeo his­pano de toda la vida.

Con toda razón, mi admi­ra­do San­tia­go Alba (gra­cias por tus refle­xio­nes allá don­de te encuen­tres) afir­ma­ba en cier­ta oca­sión. “Yo no apo­yo a Cuba; me apo­yo en ella”. Me da en la nariz que hay muchas per­so­nas que, para mos­trar su cara demo­crá­ti­ca, solo han halla­do una solu­ción: ata­car a Rajoy y tra­tar en vano de insul­tar a la Revo­lu­ción en Amé­ri­ca lati­na. Del Ché a Chá­vez, de Mora­les a Orte­ga. Lo malo es que con la otra, acep­tan silen­tes las órde­nes de Rubal­ca­ba, llo­ran jun­to a Gar­zón, son­ríen ante el monar­ca y abra­zan a fas­cis­tas. ¡Ah¡… y con­de­nan a Gada­fi por­que han oído que es un dic­ta­dor. ¿No era este señor un man­da­ta­rio al que el gobierno de Juan Car­los de Bor­bón ven­día arma­men­to des­de hace trein­ta años?

Me cues­ta com­pren­der la obse­sión que man­tie­nen los lla­ma­dos demó­cra­tas cuan­do se men­ta la pala­bra Cuba. Son los mis­mos que callan cuan­do se abren las fosas comu­nes en Colom­bia, que miran al dedo que seña­la el cie­lo cuan­do se ase­si­nan perio­dis­tas y líde­res obre­ros en Hon­du­ras; que ponen cara de com­pren­sión al cono­cer el geno­ci­dio mapu­che en Chi­le; que ríen diver­ti­dos cuan­do las auto­ri­da­des argen­ti­nas retie­nen un avión de las Fuer­zas Arma­das de los USA, reple­to de dro­ga y otras menu­den­cias; que comen­tan con par­si­mo­nia y sere­ni­dad el millón de per­so­nas muer­tas por la vio­len­cia de los mer­ce­na­rios de aquel país nor­te­ame­ri­cano en Irak, miles en Afga­nis­tán, en la extin­ta Yugos­la­via y otros paí­ses.

Me lo recuer­dan tor­pe­zas (peque­ños deta­lles mues­tran gran­des caren­cias) como la del rea­li­za­dor Fer­nan­do True­ba, cuan­do afir­ma que en su últi­ma obra que­ría refle­jar cómo bai­la­ban los cuba­nos en los años 50. ¿Qué pasa? ¿Aca­so el cha cha chá, el son, el gua­guan­có y el mam­bo ya no se expre­san con los mis­mos pasos? ¿Por ven­tu­ra se ter­mi­nó el jol­go­rio en La Tro­pi­cal? ¿Qui­zá es que des­co­noz­co la exis­ten­cia de un manual, escri­to por Fidel pero en poder de True­ba, don­de se orde­na cómo debe bai­lar un ver­da­de­ro revo­lu­cio­na­rio? Bobe­rías (se dice en Cuba) como esta defi­nen a las cla­ras el talan­te y carác­ter de un inte­lec­tual des­ca­rri­la­do.

Es curio­sa esa manía enfer­mi­za con Cuba. Pare­ce como si la con­cien­cia de quie­nes pien­san como el crea­dor de El Sue­ño del Mono Loco (ejem­plo de cine de autor) o Too Much (pes­ti­ño con Oscar), sufrie­ra un sín­dro­me simi­lar a quien pade­ce otra cla­se de mono, al com­pro­bar que no tie­ne a mano su ración de taba­co, alcohol, heroí­na, cocaí­na, tele­vi­sión u otra dro­ga de idén­ti­ca poten­cia.

Mi buen ami­go José Manuel Mar­tín Medem, sin dete­ner­se a otra refle­xión que la que se des­pren­de de quien no se ha qui­ta­do de enci­ma el tufo neo­co­lo­nia­lis­ta (de colo­nia bara­ta), ha vuel­to a salir a la pales­tra en el esplén­di­do perió­di­co Dia­go­nal. La entre­vis­ta se comen­ta por sí mis­ma. En su día res­pon­dí a ese tipo de crí­ti­ca*, más pare­ci­da al mal­tra­to polí­ti­co que al pro­duc­to de una sere­na medi­ta­ción, como debe­ría ser en un ex corres­pon­sal que ejer­ció dicho pues­to labo­ral, en la mal­tre­cha RTVE de nues­tros peca­dos. Apli­can­do el aser­to de Alba, Medem se ha des­equi­li­bra­do.

Mi cole­ga que­dó pren­da­do de la isla y de sus gen­tes, resul­ta­do de un sis­te­ma soli­da­rio, pací­fi­co, cul­to y ago­bia­do por un blo­queo de más de medio siglo, que come­te erro­res, fallos, pero que no dis­po­ne de más dine­ro que el que gene­ra sus esca­sas rique­zas natu­ra­les. Y aún así, el sis­te­ma sigue dan­do ejem­plos en orga­nis­mos inter­na­cio­na­les como la FAO o la UNESCO.

La socie­dad cuba­na, inclu­yen­do lógi­ca­men­te a la poli­cía, es ejem­plar. No he vis­to (seis años allá me lo corro­bo­ra­ron) una ciu­da­da­nía tan aman­te de la ale­gría, el chis­te, la bulla, la dis­cu­sión, el deba­te, la par­ti­ci­pa­ción y, como es obvio, el cabreo y la pro­tes­ta cuan­do de cen­su­rar unas medi­das se tra­ta. Jamás de la vio­len­cia y el mal­tra­to. ¿Aca­so es que Medem ima­gi­na que el efec­to tune­cino va a alcan­zar a esos once millo­nes de cuba­nos, que resis­ten con­tra vien­to y marea los inten­tos de mani­pu­la­ción cons­tan­te que bro­tan, inclu­so de pre­ten­di­dos ami­gos?

Me pro­du­ce cier­ta sor­na la ofus­ca­ción de quien así cree refle­xio­nar. Que no se preo­cu­pen los Medem, Gar­cía Mon­te­ro, Pilar Bar­dem o la her­ma­na de Fidel y Raúl. El pue­blo cubano es todo menos estú­pi­do. Cono­cen las apa­ren­tes bon­da­des del capi­ta­lis­mo, sobre todo cuan­do com­prue­ban in situ (hay miles de cuba­nos tra­ba­jan­do fue­ra de la isla con con­tra­tos o becas, que no renun­cian a su patria ni al per­fec­cio­na­mien­to de su Revo­lu­ción) y den­tro del país, las cala­mi­da­des del egoís­mo y la hipo­cre­sía gene­ra­da por estos regí­me­nes basa­dos en la vio­len­cia, la esta­fa, la men­ti­ra, la deser­ción (ahí están CCOO y UGT, IU y otros colec­ti­vos) y la subi­da cons­tan­te de los pre­cios en los ali­men­tos más esen­cia­les.

El des­áni­mo y la indi­fe­ren­cia, enfer­me­da­des gra­ví­si­mas, nacen del fra­ca­so de las pro­tes­tas con­tro­la­das que los gobier­nos capi­ta­lis­tas tole­ran, per­mi­tien­do que en el fal­so nom­bre de la cacarea­da liber­tad de expre­sión (tera­pia de gru­po), se miti­gue por ejem­plo la furia de quie­nes odian la gue­rra (con Aznar, los inte­lec­tua­les espa­ño­les pro­tes­ta­ban aira­dos; con Zapa­te­ro es dife­ren­te aun­que el geno­ci­dio con­ti­nua­se), y de los casi cin­co millo­nes de para­dos que aso­lan el pano­ra­ma espa­ñol.

La socie­dad pade­ce esa pan­de­mia lla­ma­da resig­na­ción. Pero que nadie en el par­la­men­to que­de tran­qui­lo. Hay seña­les que indi­can, como en Tehe­rán o Trí­po­li, que algo simi­lar acon­te­ce en Wis­con­sin o Ate­nas, aun­que los medios de comu­ni­ca­ción no exhi­ban tan a menu­do (o jamás) esas mani­fes­ta­cio­nes. Hay indi­cios para pen­sar que lo de El Cai­ro o Rabat podría suce­der en nues­tro pri­mer mun­do, aun­que para ello haya que robar­le el petró­leo a los libios. Con el que se hur­tó y esquil­ma a los ira­quíes no hay bas­tan­te.

A un máxi­mo de 110 kiló­me­tros por hora (por deci­sión guber­na­men­tal que no me afec­ta por­que no me gus­ta la velo­ci­dad), me con­ven­zo de que ejer­cer la crí­ti­ca sobre las solu­cio­nes que podrían mejo­rar la vida de los cuba­nos, debe pare­cer­se a la que se da en las pare­jas cuan­do de enca­rar una rela­ción y un futu­ro incier­to se tra­ta. Que una cosa es bus­car entre ambos el mal menor (ya jamás se habla de mejo­rar), pero otra muy dife­ren­te la vio­len­cia domés­ti­ca, en todas sus ver­tien­tes, inclu­yen­do la men­ti­ra y el insul­to hacia el cón­yu­ge. Y son miles los supues­tos izquier­dis­tas que no medi­tan sobre ello. La sabi­du­ría popu­lar lo resu­me así: Tenien­do ami­gos así ¿para qué nece­si­to enemi­gos?

Bien­ve­ni­dos sean la dis­cu­sión, el deba­te, el con­tras­te, tenien­do en cuen­ta un prin­ci­pio ele­men­tal: ¿Quié­nes somos, para decir­le a un cubano lo que deben deci­dir los dipu­tados de su Asam­blea Nacio­nal?

El sue­ño de Bolí­var, como el del Ché, como el de la Revo­lu­ción cuba­na, es que la izquier­da del mun­do per­mi­ta que Amé­ri­ca Lati­na cui­de de sí mis­ma. No hacen fal­ta colo­nos para esa bata­lla. Y menos aún si se dedi­can a fabri­car reme­dios case­ros, cuan­do sus paí­ses están desahu­cia­dos.

Nota

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