Apá­tri­das- Iña­ki Ega­ña

La últi­ma pis­ta me la dio el juris­ta Javier Pérez Royo en un artícu­lo que publi­có hace bien poco en el dia­rio «El País». La cita es un poco lar­ga, pero vale la pena: «El dere­cho de par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca es el dere­cho cons­ti­tu­ti­vo de la igual­dad. Los espa­ño­les somos igua­les por­que par­ti­ci­pa­mos en con­di­cio­nes de igual­dad en la for­ma­ción de la volun­tad gene­ral en todos los nive­les de nues­tra fór­mu­la de gobierno cons­ti­tu­cio­nal­men­te defi­ni­da. Por eso es un dere­cho del que están exclui­dos los extran­je­ros».

Sé que a la tajan­te afir­ma­ción ante­rior habría que hacer­le algu­nos comen­ta­rios, inclu­so aden­das. Por ejem­plo, que en deter­mi­na­das cir­cuns­tan­cias y con con­ve­nios espe­cia­les, algu­nos extran­je­ros pue­den votar, en las elec­cio­nes muni­ci­pa­les. Lo que no deja de ser sor­pren­den­te. Qui­te­ño o cuz­que­ño de naci­mien­to podrá ejer­cer su voto, y donos­tia­rras kos­ke­ros, y por tomar­nos el pelo a lo Baro­ja, sólo pudie­ron (pudi­mos) for­mu­lar la expre­sión demo­crá­ti­ca del voto a tra­vés de pape­le­tas ange­li­ca­les (blan­cas) o las mis­mas car­ga­das de exabrup­tos anar­qui­zan­tes (nulas).

Quie­ro decir con esto que a los vas­cos o, por mati­zar, a un sec­tor impor­tan­te de los mis­mos, se les con­si­de­ra elec­to­ral­men­te extran­je­ros. O más que extran­je­ros. O menos, per­dón. Ni siquie­ra malos espa­ño­les, sino rotun­da­men­te no espa­ño­les. Siguien­do la lógi­ca del juris­ta Pérez Royo. Lo cual no deja de tener su gra­cia.

Por­que me pare­ce del todo irreal que a quie­nes se les mete la nacio­na­li­dad como si fue­ra un supo­si­to­rio, a la pos­tre se les nie­gue los dere­chos com­ple­tos que posee, cons­ti­tu­cio­nal­men­te o no, esa mis­ma nacio­na­li­dad. Vamos, que el supo­si­to­rio no es para ali­viar la enfer­me­dad (su desidia espa­ño­la), sino sim­ple y lla­na­men­te por joder. Y que me per­do­nen los bien­ha­bla­dos, pero hoy he teni­do una diges­tión len­ta.

Espa­ña, por con­si­guien­te, se com­po­ne no por los que tie­nen su nacio­na­li­dad, sino por los que ejer­cen de patrio­tas (espa­ño­les). Y para eso hay que tener deter­mi­na­das facul­ta­des que tan­to uste­des como yo cono­ce­mos de sobra, las lle­va­mos fre­cuen­tan­do des­de hace muchos años. Ya vie­ne Ega­ña a con­tar­nos bata­lli­tas, me dirán. Pues sí. Y las cuen­to por­que, según mi humil­de opi­nión, más que como a extran­je­ros nos tra­tan como a apá­tri­das. Y por eso les voy a refe­rir las siguien­tes.

Al grano. Cuan­do Fran­co y su tro­pa gana­ron gue­rra, des­po­ja­ron de la espa­ño­li­dad a cien­tos de miles de derro­ta­dos que deam­bu­la­ron por Euro­pa como fan­tas­mas. Algu­nos murie­ron en hor­nos cre­ma­to­rios, otros cru­za­ron el Atlán­ti­co huyen­do del terror nazi, muchos niños se hicie­ron hom­bres bajo la hoz y el mar­ti­llo sovié­ti­co y bas­tan­tes más ter­mi­na­ron sien­do alba­ñi­les en la ban­lieu pari­si­na. Los menos con­fa­bu­la­ron des­de Tou­lou­se y Baio­na. Eran rojos en sen­ti­do amplio, los rojos de John Reed, ya fue­ran comu­nis­tas, anar­quis­tas o aber­tza­les.

Aque­llos apes­ta­dos, esco­ria que la Espa­ña triun­fan­te no podía per­mi­tir en su seno, deja­ron de ser espa­ño­les. Vie­ron redu­ci­dos has­ta el cero sus dere­chos e inclu­so su con­di­ción. Se con­vir­tie­ron en fran­ce­ses, a pesar de haber naci­do en Alca­raz o Mas­nou, en vene­zo­la­nos, a pesar de lle­gar de Arri­go­rria­ga o Medi­na-Sido­nia, en mexi­ca­nos, a pesar de haber sido bau­ti­za­dos en el Valle del Jer­te o en el de Mena. Fue­ron cual­quier cosa menos espa­ño­les. La cor­te, al más puro dise­ño de Valle­jo-Náje­ra, no podía per­mi­tir­se seme­jan­te degra­da­ción.

No es bro­ma, aun­que mi len­gua­je sea gro­se­ro. Pre­gun­ten por esa legión de des­po­seí­dos, de hom­bres y muje­res a los que les qui­ta­ron sus per­te­nen­cias, si las tenían, a los que detu­vie­ron y tor­tu­ra­ron a sus fami­lia­res para ven­gar­se de su hui­da, a los que roba­ron a sus hijos y los ven­die­ron a seño­ri­tos del régi­men para que les die­ran un ape­lli­do digno de la gran­de­za del vómi­to y del «Cara al sol». Les qui­ta­ron has­ta sus entra­ñas, su par­ti­da de naci­mien­to o de boda e inclu­so su nom­bre si se lla­ma­ban Liber­tad, Pro­gre­so, Iña­ki o Sor­kun­de. Les qui­ta­ron has­ta su nacio­na­li­dad, aun­que más de uno la abo­rre­cie­ra. Por­que les hur­ta­ron la nacio­na­li­dad sin deman­dar­les la opi­nión.

Para aque­llos des­pa­tria­dos, Nacio­nes Uni­das y Cruz Roja idea­ron un con­cep­to que has­ta 1954 no sería defi­ni­do en Dere­cho inter­na­cio­nal. Los apá­tri­das. Un con­cep­to nue­vo para los des­po­seí­dos de su nacio­na­li­dad. ¿Se pue­de ser ana­cio­nal? Pues sí, no tan­to por opción pro­pia, sino por des­po­jo de los padres patrios. Fran­co en el caso que nos ocu­pa.

Como no cabía espe­rar de otra mane­ra, los apá­tri­das moder­nos, a pesar de que en las enci­clo­pe­dias de inter­nau­tas se cite a bedui­nos y kur­dos, tam­bién han sido com­pa­trio­tas nues­tros. Los últi­mos no hace mucho, como quien dice. En 1984 fue­ron sie­te refu­gia­dos vas­cos de los que algu­nos tenían esos pape­les que entre­ga­ba, por cier­to, la OFPRA (Ofi­ci­na Fran­ce­sa Para Refu­gia­dos y Apá­tri­das). Los de mi gene­ra­ción la recor­da­rán. Naci­da en 1953, al ampa­ro de los dere­chos huma­nos. ¡Qué tiem­pos aque­llos! Gua­da­lu­pe, Pana­má, Cuba… curio­so reco­rri­do de vas­cos de mili­tan­cia, de nacio­na­li­dad espa­ño­la (por impe­ra­ti­vo legal, ya se sabe), y apá­tri­das de pasa­por­te.

Cuan­do pasa­ba algo de rele­van­cia, algún sus­to de enver­ga­du­ra, había ya una can­ti­ne­la pre­des­ti­na­da. Duran­te todo el fran­quis­mo y bue­na par­te de la demo­cra­cia bor­bó­ni­ca nos hemos pasa­do escu­chan­do aque­llo de que «ele­men­tos extran­je­ros al ser­vi­cio de…». Cuan­do por ver­güen­za aje­na los tele­dia­rios deja­ron de emi­tir seña­les de extra­te­rres­tres, el dis­cur­so se hizo más mal­so­nan­te: malna­ci­dos. Por­que los bien naci­dos, como se sabe, son de otro pelo. Apá­tri­das.

Así, hemos asis­ti­do duran­te déca­das ‑a mí me ha pare­ci­do una eter­ni­dad, la ver­dad- al tra­ta­mien­to del terri­to­rio vas­con­ga­do como tie­rra extra­ña a Espa­ña. Por exten­sión, se lo ima­gi­nan, sus ciu­da­da­nas y ciu­da­da­nos, por uti­li­zar una expre­sión del gus­to de los moder­ni­zan­tes de hoy en día. No selec­ción espa­ño­la de fút­bol entre­nan­do en Bea­sain y menos jugan­do en Iru­ñea, no Vuel­ta Ciclis­ta a Espa­ña subien­do el puer­to de Urra­ki y jugán­do­se el tipo los corre­do­res en el des­cen­so de San­to Domin­go, nada de nada. ¿Para eso el supo­si­to­rio?

Los espa­ño­les pue­den par­ti­ci­par en sus elec­cio­nes gene­ra­les y par­ti­cu­la­res. Los extran­je­ros en Espa­ña, con los con­di­cio­nan­tes que sin duda un buen exper­to los expon­dría, tam­bién. Los vas­cos, o un sec­tor impor­tan­te de ellos, vuel­vo a mati­zar, no lo han podi­do hacer en los últi­mos ocho años. Vere­mos qué nos depa­ra el futu­ro más cer­cano. La con­ti­nui­dad es peca­do mor­tal. La de todos los pája­ros fran­quis­tas, indúl­ten­me por la com­pa­ra­ción los orni­tó­lo­gos, un «valor aña­di­do». Paté­ti­co país.

La para­do­ja ha sido, y creo que es, his­tó­ri­ca. Y, per­dó­nen­me el atre­vi­mien­to, pero este «apa­tri­dis­mo» que nos han col­ga­do de sam­be­ni­to a los vas­cos, es bien dis­tin­to al «ismo» que engan­chan des­de la metró­po­li a los cata­la­nes. Hace mucho que resul­ta evi­den­te el dife­ren­te tra­to. Con res­pec­to a Cata­lun­ya, el tre­men­do com­ple­jo de infe­rio­ri­dad (¿por qué será?) de edi­to­ria­lis­tas, ter­tu­lia­nos, polí­ti­cos y demás les lle­va a incor­po­rar­los a su Espa­ña majes­tuo­sa, pero un esca­ño por deba­jo del suyo. Es decir, los rei­vin­di­can como espa­ño­les, pero de segun­da cate­go­ría. Ven­gan­zas de medio­cres.

Con los vas­cos, en cam­bio, y como ven­go dicien­do des­de hace unas cuan­tas líneas, el obje­ti­vo ha sido, poco a poco, el de con­si­de­rar­nos sin patria (nos nie­gan has­ta la nues­tra, algo esper­pén­ti­co), apá­tri­das. Dígan­me por qué. Den­me una expli­ca­ción con­vin­cen­te. ¿Qui­zás por­que, como pen­sa­ban los padres de la patria his­pa­na, no somos dig­nos de per­te­ne­cer a un pro­yec­to de tan aca­ra­me­la­do cali­bre? Si es así, nos podía­mos haber aho­rra­do mucho inter­cam­bio de pól­vo­ra des­de hace siglos.

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