Valen­tino, Ban­de­ras y aho­ra… ¡¡ Bal­ta­sar Gar­zón !! – Car­los Tena

No ten­go pala­bras para expre­sar las emo­cio­nes con­tra­pues­tas que inun­da­ron mi alma, al cono­cer el estreno en Ber­lín de un docu­men­tal, diri­gi­do por la cineas­ta cata­la­na Isa­bel Coixet (Bar­ce­lo­na, 1960), en el que el con­tro­ver­ti­do juez Bal­ta­sar Gar­zón, ya con­ver­ti­do en estre­lla, cuen­ta sus penas y rei­vin­di­ca­cio­nes al escri­tor Manuel Rivas, denun­cian­do el con­tu­ber­nio con­tra sus supues­tas inves­ti­ga­cio­nes, lamen­tan­do la sus­pen­sión de sus fun­cio­nes, pero no expli­can­do, con los libros de dere­cho en la mano, los artícu­los uti­li­za­dos por sus cole­gas a la hora de su pro­ce­sa­mien­to y sepa­ra­ción del servicio.

Coixet se ha pres­ta­do a dra­ma­ti­zar una lar­ga entre­vis­ta, en el mejor esti­lo de los reality show, ale­gan­do que “Espa­ña nece­si­ta per­so­nas como él”. No pre­ci­só para qué, pero sí dejó cla­ra su debi­li­dad por el per­so­na­je en cues­tión. Otros muchos cues­tio­nan al pro­ta­go­nis­ta de ese enter­ne­ce­dor docu­men­tal titu­la­do “Escu­chan­do al juez Gar­zón”.

Ni Coixet, ni Rivas, le inquie­ren acer­ca de las denun­cias por tor­tu­ra y malos tra­tos, que fue­ron lle­ga­ron al des­pa­cho del hoy sacra­li­za­do juris-impru­den­te. Bal­ta­sar usó la pape­le­ra como argu­men­to o las des­es­ti­mó por fal­ta de prue­bas. Que­ría hechos, pero no saca­ba a relu­cir su con­vic­ción moral, que en el caso de los ciudadanos/​as vascos/​as detenidos/​as lle­na­ba los resul­tan­dos y fallos con­de­na­to­rios que rema­tó con su fir­ma. En esas sen­ten­cias no ale­ga­ba más prue­bas que su con­vic­ción moral, deta­lle que en puro dere­cho no debe­ría poseer más valor jurí­di­co que una son­ri­sa de complicidad.

Com­pren­do muy bien a quie­nes han hecho de Gar­zón su már­tir nece­sa­rio. Hay oca­sio­nes en que, care­cien­do de estre­llas ruti­lan­tes, resul­ta más cómo­do y bene­fi­cio­so inven­tar­las. Isa­bel Coixet ha que­ri­do colo­car a uno de sus ído­los en la gran pan­ta­lla, en un cer­ta­men que cono­ce de cer­ca (fue miem­bro del Jura­do en dos oca­sio­nes, ade­más de haber pre­sen­ta­do dos de sus obras: Mi vida sin míEle­gía), para tras el estreno orga­ni­zar una rue­da de pren­sa mul­ti­tu­di­na­ria, que no tenía como meta otro obje­ti­vo que con­ver­tir­se en hagió­gra­fa de un juez, cuya mega­lo­ma­nía y ambi­ción polí­ti­ca y pro­fe­sio­nal que­da­ron en entre­di­cho a lo lar­go de dos déca­das. Un juez que pre­fi­rió lavar su con­cien­cia en las palan­ga­nas de Vide­la y Pino­chet, por­que la que se escon­día bajo el man­to del Bor­bón, que con­tie­ne tam­bién san­gre de miles de ino­cen­tes, era mejor no tocar­la. Ausen­cia de deon­to­lo­gía. Cero en conducta.

Sin embar­go, no pon­go en duda las dotes artís­ti­cas del juez. Aquel tea­tro que Gar­zón supo mon­tar en el esce­na­rio sha­kes­pe­riano de un Lon­dres gris, húme­do y vela­da­men­te demo­crá­ti­co, per­si­guien­do inú­til­men­te al dic­ta­dor chi­leno, se sal­da­ba con la nega­ti­va a pro­ce­sar al ase­sino de Víc­tor Jara, res­guar­da­do tan­to por la Cáma­ra de los Lores, la Casa Blan­ca y la Zar­zue­la. Su ten­ta­ti­va de con­ver­tir­se en un Simon Wie­senthal a la espa­ño­la, des­pren­dió siem­pre un sos­pe­cho­so tufo a cha­pu­za barroca.

Me vino a la memo­ria aque­lla esce­na del Augus­to, balan­cean­do la capa en las exe­quias de su com­pa­dre Fran­co, son­rien­do bea­tí­fi­ca­men­te al nue­vo jefe de esta­do, Juan Car­los de Bor­bón (y vice­ver­sa), a pocos metros de las Cor­tes, con una calle reple­ta de fran­quis­tas, cuyos hijos ocu­pan hoy muchos de los esca­ños del PPSOE, sin que ese hemi­ci­clo haya vivi­do toda­vía un momen­to que deman­dan millo­nes de demó­cra­tas: el de la con­de­na del régi­men ante­rior y la repa­ra­ción del inmen­so daño cau­sa­do, la anu­la­ción de las sen­ten­cias, la res­tau­ra­ción del honor de todas las víc­ti­mas de aquel infa­me terro­ris­mo de esta­do, la com­pen­sa­ción eco­nó­mi­ca para todas ellas (aun­que otras deten­ten tal pre­ben­da) y la bús­que­da de los res­tos de sus seres ente­rra­dos en fosas comu­nes. Cien­tos de miles, como los niños roba­dos a sus padres y madres, a quie­nes hoy se comien­za a encon­trar tras las denun­cias por la impu­ni­dad que ha cubier­to ese robo inhu­mano. Hubie­ra sido otra pelí­cu­la, otros per­so­na­jes, otro argu­men­to mucho más nece­sa­rio para esa Espa­ña a la que alu­de la directora.

Nin­gún reality show sobre este per­so­na­je lla­ma­do Gar­zón estre­me­ce­rá a los espec­ta­do­res infor­ma­dos, quie­nes por enci­ma de una supues­ta bue­na volun­tad por par­te del entre­vis­ta­do, podrían hur­gar en el opor­tu­nis­mo típi­co de quien sabe el final del via­je. La inuti­li­dad pro­fe­sio­nal. Coixet no ha logra­do nada digno, excep­to colo­car a su pro­to­már­tir en la esce­na de la Ber­li­na­le. Una pre­sun­ta víc­ti­ma, más Mano­li­to que latin lover, lucien­do birre­te y toga, pren­das que jamás ador­na­ron a Rodol­fo Valen­tino o que de momen­to, aún no ha ves­ti­do Anto­nio Banderas.

Coixet ha con­si­de­ra­do que don Bal­ta­sar es una víc­ti­ma del régi­men de Zapa­te­ro. Hay per­so­nas que pen­sa­mos todo lo con­tra­rio acer­ca de este rey mago sin rega­los, pero aspi­ran­te al Oro del Ban­co de San­tan­der, al Incien­so de los inge­nuos bien­in­ten­cio­na­dos, que le apo­ya­ron en su cona­to de hallar jus­ti­cia para con los des­apa­re­ci­dos de la rebe­lión fas­cis­ta de 1936, y a la espe­sa, res­ba­lo­sa y aro­má­ti­ca Mirra con que la rea­li­za­do­ra cata­la­na ha unta­do al personaje.

Lo sien­to, seño­ra Coixet. Le deseo muchos éxi­tos en su carre­ra, pero en lo per­so­nal lamen­to decir­le que su inten­to de glo­ri­fi­car al men­ta­do, podría caer en un tale­go sin fondo.

Tal vez en los pró­xi­mos años, cuan­do millo­nes de para­dos espa­ño­les ten­gan que optar por un tra­ba­jo en Ale­ma­nia, para dar de comer a los suyos, pue­da usted pre­sen­tar un docu­men­tal sobre un tema de mayor uti­li­dad para esa Espa­ña que, según sus pala­bras, tan­to nece­si­ta de per­so­na­jes como el elegido. 

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