Jon Idi­go­ras en el 23-F- Mikel Ari­za­le­ta

Hay muer­tes que, de vivas, nos dan las bue­nas horas, nos lus­tran la son­ri­sa, nos atan los zapa­tos con los que andar el día, nos ron­dan y nos can­tan los sue­ños que aún ama­mos”, escri­be Kol­do Cam­pos.

Aquel día por la tar­de, un puña­do prie­to de repre­sen­tan­tes de par­ti­dos y movi­mien­tos de izquier­da se reu­nie­ron en el bar Larra­betzu de Bil­bao la Vie­ja para pro­gra­mar la noche y la lucha del día siguien­te. Como rema­te de dis­cu­sión, aná­li­sis y char­la: “ni un paso atrás”, se pega­ron car­te­les en el Are­nal y alre­de­do­res. Coches de poli­cías camu­fla­dos reba­ña­ban el cue­llo con sus dedos en señal de triun­fo y ame­na­za. Tuvie­ron que huir ante las pedra­das de los revo­lu­cio­na­rios. Jon Idí­go­ras, en repre­sen­ta­ción de Herri Bata­su­na, fue uno de los par­ti­ci­pan­tes.

Sir­va de acla­ra­ción que a la reu­nión no asis­tie­ron ni el gober­na­dor ni nin­guno de los par­ti­dos demó­cra­tas.

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