La inde­pen­den­cia es otro nom­bre de la dig­ni­dad – Eduar­do Galeano

Quie­ro dedi­car este home­na­je a la memo­ria viva de dos Car­los: Car­los Len­kers­dorf y Car­los Mon­si­váis, ami­gos muy que­ri­dos que ya no están, pero siguen estan­do.
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Y empie­zo por decir gra­cias: Gra­cias, Mar­ce­lo, por este rega­lo, esta ale­gría. Te digo gra­cias en nom­bre pro­pio y tam­bién en nom­bre de los muchos sure­ños que jamás olvi­da­rán su gra­ti­tud a Méxi­co, el país de su exi­lio, refu­gio de per­se­gui­dos en los años de mugre y mie­do de nues­tras dic­ta­du­ras mili­ta­res.

Y quie­ro sub­ra­yar que Méxi­co mere­ce, por eso y por muchos otros moti­vos, toda nues­tra soli­da­ri­dad, aho­ra que esta tie­rra entra­ña­ble está sien­do víc­ti­ma de la hipo­cre­sía del nar­co­sis­te­ma uni­ver­sal, don­de unos ponen la nariz y otros ponen los muer­tos, y unos decla­ran la gue­rra y otros reci­ben los tiros.

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Este acto gene­ro­so me hon­ra por venir de quien vie­ne. La ciu­dad de Méxi­co está a la van­guar­dia en la lucha por los dere­chos huma­nos, en un amplio aba­ni­co que va des­de la diver­si­dad sexual has­ta el dere­cho a res­pi­rar, que ya pare­cía per­di­do.

Y mucho me hon­ra reci­bir esta ofren­da, por­que mucho tie­ne de desa­fío: en nues­tros paí­ses la inde­pen­den­cia ple­na es toda­vía, en gran medi­da, una tarea por hacer, que nos con­vo­ca cada día.

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En la ciu­dad de Qui­to, al día siguien­te de la inde­pen­den­cia, una mano anó­ni­ma escri­bió en una pared: Últi­mo día del des­po­tis­mo y pri­me­ro de lo mis­mo.

Y en Bogo­tá, poco des­pués, Anto­nio Nari­ño adver­tía que el alza­mien­to patrió­ti­co se esta­ba con­vir­tien­do en bai­le de más­ca­ras, y que la inde­pen­den­cia esta­ba en manos de caba­lle­ros de mucho almi­dón y mucho botón, y escri­bía: Hemos muda­do de amos.

Y el chi­leno San­tia­go Arcos com­pro­ba­ba, des­de la cár­cel:

-Los pobres han goza­do de la glo­rio­sa inde­pen­den­cia tan­to como los caba­llos que en Cha­ca­bu­co y Mai­pú car­ga­ron con­tra las tro­pas del rey.

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Todas nues­tras nacio­nes nacie­ron men­ti­das. La inde­pen­den­cia rene­gó de quie­nes, pelean­do por ella, se habían juga­do la vida; y las muje­res, los anal­fa­be­tos, los pobres, los indios y los negros no fue­ron invi­ta­dos a la fies­ta. Acon­se­jo echar un vis­ta­zo a nues­tras pri­me­ras Cons­ti­tu­cio­nes, que die­ron pres­ti­gio legal a esa muti­la­ción. Las Car­tas Mag­nas otor­ga­ron el dere­cho de ciu­da­da­nía a los pocos que podían com­prar­lo. Los demás, y las demás, siguie­ron sien­do invi­si­bles.

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Simón Rodrí­guez tenía fama de loco, y así lo lla­ma­ban: El loco. Decía locu­ras, como éstas:

-Somos inde­pen­dien­tes, pero no somos libres. La sabi­du­ría de Euro­pa y la pros­pe­ri­dad de los Esta­dos Uni­dos son, en nues­tra Amé­ri­ca, dos enemi­gos de la liber­tad de pen­sar. Nues­tra Amé­ri­ca no debe imi­tar ser­vil­men­te, sino ser ori­gi­nal.

Y tam­bién:

-Ense­ñe­mos a los niños a ser pre­gun­to­nes, para que se acos­tum­bren a obe­de­cer a la razón: no a la auto­ri­dad como los limi­ta­dos, ni a la cos­tum­bre como los estú­pi­dos. Al que no sabe, cual­quie­ra lo enga­ña. Al que no tie­ne, cual­quie­ra lo com­pra.

Don Simón decía locu­ras, y hacía locu­ras. Allá por mil ocho­cien­tos vein­te y pico, sus escue­las mez­cla­ban a los niños y a las niñas, a los pobres y a los ricos, a los indios y a los blan­cos, y tam­bién unían la cabe­za y las manos, por­que ense­ña­ban a leer y a sumar, y tam­bién a tra­ba­jar la made­ra y la tie­rra. En sus aulas no se escu­cha­ban los lati­nes de sacris­tía y se desa­fia­ba la tra­di­ción del des­pre­cio por el tra­ba­jo manual. Poco duró la expe­rien­cia. Un cla­mor de indig­na­das voces exi­gía la expul­sión de este sáti­ro que ha veni­do a corrom­per a la juven­tud, y el maris­cal Sucre, pre­si­den­te del país que aho­ra lla­ma­mos Boli­via, le exi­gió la renun­cia.

A par­tir de enton­ces, andu­vo a lomo de mula, pere­gri­nan­do por las cos­tas del Pací­fi­co y las mon­ta­ñas de los Andes, fun­dan­do escue­las y for­mu­lan­do pre­gun­tas inso­por­ta­bles a los nue­vos due­ños del poder:

-Uste­des, que imi­tan todo lo que vie­ne de Euro­pa y de los Esta­dos Uni­dos, ¿por qué no les imi­tan la ori­gi­na­li­dad, que es lo más impor­tan­te?

Este vie­jo vaga­bun­do, cal­vo, feo y barri­gón, el más audaz y el más que­ri­ble de los pen­sa­do­res de Amé­ri­ca, esta­ba cada día más solo, y solo murió.

A los ochen­ta años, escri­bió:

-Yo qui­se hacer de la tie­rra un paraí­so para todos. La hice un infierno para mí.

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Simón Rodrí­guez fue un per­de­dor. Según la esca­la de valo­res de este mun­do, que sacra­li­za el éxi­to y no per­do­na el fra­ca­so, los hom­bres como él no mere­cen memo­ria.

Pero, ¿aca­so no está vivo don Simón en la ener­gía de dig­ni­dad que hoy reco­rre nues­tra Amé­ri­ca de nor­te a sur? ¿Cuán­tos hablan por su boca, aun­que no lo sepan, como habla­ba en pro­sa aquel per­so­na­je de Moliè­re que no sabía que habla­ba en pro­sa?

¿Aca­so don Simón no nos sigue ense­ñan­do, un siglo y medio des­pués de su muer­te, que la inde­pen­den­cia es otro nom­bre de la dig­ni­dad? Es ver­dad que toda­vía pesa, y mucho, la heren­cia colo­nial, que aplau­de la copia y mal­di­ce la crea­ción y admi­ra, como denun­cia­ba don Simón, las vir­tu­des del mono y del papa­ga­yo. Pero tam­bién es ver­dad que son cada vez más los jóve­nes que sien­ten que el mie­do es una cár­cel humi­llan­te y abu­rri­da, y libre­men­te se atre­ven a pen­sar con sus pro­pias cabe­zas, sen­tir con sus pro­pios cora­zo­nes y cami­nar con sus pro­pias pier­nas.

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Yo no creo en Dios, pero sí creo en el humano mila­gro de la resu­rrec­ción. Por­que qui­zás se equi­vo­ca­ban aque­llos dolien­tes que se nega­ban a creer en la muer­te de Emi­liano Zapa­ta, y creían que se había mar­cha­do a Ara­bia en un caba­llo blan­co, pero sólo se equi­vo­ca­ban en el mapa. Por­que a la vis­ta está que Zapa­ta sigue vivo, aun­que no tan lejos, no en las are­nas de Orien­te: él anda cabal­gan­do por aquí, aquí cer­qui­ta nomás, que­rien­do jus­ti­cia y hacién­do­la.

Y fíjen­se uste­des lo que ha ocu­rri­do con otro per­de­dor, José Arti­gas, el hom­bre que hizo la pri­me­ra refor­ma agra­ria de Amé­ri­ca, antes que Lin­coln y antes que Zapa­ta.

Hace casi dos siglos, él fue ven­ci­do y con­de­na­do a la sole­dad y al exi­lio. En años recien­tes, la dic­ta­du­ra mili­tar del Uru­guay le eri­gió un ampu­lo­so mau­so­leo, que­rien­do ence­rrar­lo en cár­cel de már­mol. Pero cuan­do la dic­ta­du­ra inten­tó deco­rar el monu­men­to con algu­nas de sus fra­ses, no encon­tró nin­gu­na que no fue­ra sub­ver­si­va. Aho­ra el mau­so­leo tie­ne fechas y nom­bres de bata­llas, y nin­gu­na fra­se. Invo­lun­ta­rio home­na­je, invo­lun­ta­ria con­fe­sión: Arti­gas no es mudo, Arti­gas sigue sien­do peli­gro­so.

Cosa curio­sa: con tan­tos vivos que hablan sin decir, en nues­tras tie­rras hay muer­tos que dicen callan­do.

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Bien­aven­tu­ra­dos sean los per­de­do­res, por­que ellos come­tie­ron la inso­len­cia de amar a su tie­rra, y por ella se juga­ron la vida. Pero está vis­to que el patrio­tis­mo es el hono­ra­ble pri­vi­le­gio de los paí­ses domi­nan­tes: sólo los que man­dan tie­nen el dere­cho de ser patrio­tas. En cam­bio, los paí­ses domi­na­dos, con­de­na­dos a obe­dien­cia per­pe­tua, no pue­den ejer­cer el patrio­tis­mo, so pena de ser lla­ma­dos popu­lis­tas, dema­go­gos, deli­ran­tes: nues­tro patrio­tis­mo se con­si­de­ra una pes­te, pes­te peli­gro­sa, y los amos del mun­do, que nos toman examen de Demo­cra­cia, tie­nen la mala cos­tum­bre de con­ju­rar esta ame­na­za a san­gre y fue­go.

Bien­aven­tu­ra­dos sean los per­de­do­res, por­que ellos se nega­ron a repe­tir la his­to­ria y qui­sie­ron cam­biar­la.

Bien­aven­tu­ra­dos sean los per­de­do­res, y mal­di­tos sean quie­nes con­fun­den el mun­do con una pis­ta de carre­ras y lan­za­dos a las cum­bres del éxi­to tre­pan lamien­do hacia arri­ba y escu­pien­do hacia aba­jo.

Bien­aven­tu­ra­dos sean los indig­na­dos, y mal­di­tos sean los indig­nos.

Mal­di­ta sea la exi­to­sa dic­ta­du­ra del mie­do, que nos obli­ga a creer que la reali­dad es into­ca­ble y que la soli­da­ri­dad es una enfer­me­dad mor­tal, por­que el pró­ji­mo es siem­pre una ame­na­za y nun­ca una pro­me­sa.

Bien­aven­tu­ra­do sea el abra­zo, y mal­di­to sea el coda­zo.

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Sí, pero… Cuán­tos per­de­do­res, ¿no?

Cuan­do algún perio­dis­ta me pre­gun­ta si soy opti­mis­ta, yo con­tes­to, sin­ce­ra­men­te:

-A veces. Depen­de de la hora.

Siem­pre me pare­cie­ron más bien inhu­ma­nos los opti­mis­tas full time.

Creo que el des­alien­to es un dere­cho humano, y de algún modo es tam­bién la prue­ba de que somos huma­nos, por­que no sufri­ría­mos el des­alien­to si no tuvié­ra­mos alien­to.

Hay que reco­no­cer que no es muy alen­ta­do­ra la reali­dad, que tie­ne la jodi­da cos­tum­bre de recom­pen­sar a los expri­mi­do­res del pró­ji­mo y a los exter­mi­na­do­res de la tie­rra, el agua y el aire. Y en cam­bio, las más apa­sio­nan­tes aven­tu­ras de trans­for­ma­ción de la reali­dad sue­len que­dar­se a mitad de camino, o se extra­vían y se pier­den, y muchas veces ter­mi­nan mal.

Hay que reco­no­cer­lo, digo, pero tam­bién cabe pre­gun­tar: Cuan­do esas lin­das expe­rien­cias colec­ti­vas ter­mi­nan mal, ¿de veras ter­mi­nan? ¿No hay nada que hacer, sólo nos que­da resig­nar­nos y acep­tar el mun­do tal cual es, como si fue­ra des­tino? Hace pocos años, se puso de moda la teo­ría del fin de la his­to­ria. Más de uno se tra­gó ese sapo, a pesar de que el sen­ti­do común nos demues­tra, con pode­ro­sa sen­ci­llez, que la his­to­ria nace de nue­vo cada maña­na.

Lo mejor de este asun­to de vivir está en la capa­ci­dad de sor­pre­sa que la vida tie­ne. ¿Quién podía pre­sen­tir que los paí­ses ára­bes iban a vivir este hura­cán de liber­tad que están aho­ra vivien­do? ¿Quién iba a creer que la pla­za de Tah­rir iba a dar al mun­do esta lec­ción de demo­cra­cia? ¿Quién iba a creer lo que aho­ra pue­de creer ese mucha­chi­to plan­ta­do en la pla­za duran­te días y noches, cuan­do dice: Nadie nos va a men­tir nun­ca más?

Al fin y al cabo, cuan­do la his­to­ria dice adiós, o eso pare­ce decir, ella nos está dicien­do, o al menos mur­mu­ran­do: has­ta lue­go, has­ta lue­gui­to, nos esta­mos vien­do.

Y yo me des­pi­do de uste­des, aho­ra, que ya es hora, como la his­to­ria me ense­ñó, dicién­do­les gra­cias, dicién­do­les: has­ta lue­go, has­ta lue­gui­to, nos esta­mos vien­do.

* Pala­bras pro­nun­cia­das el 22 de febre­ro de 2011, en la cere­mo­nia de entre­ga de la Meda­lla 1808, que el jefe de Gobierno de la ciu­dad de Méxi­co, Mar­ce­lo Ebrard, otor­gó al escri­tor Eduar­do Galeano

(Toma­do de La Jor­na­da)

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