23‑F, trein­ta años de mitos para encu­brir un auto­gol­pe – Flo­ren Aoiz

Se cum­plen 30 años de los suce­sos de febre­ro de 1981 y vuel­ven a pro­di­gar­se los rela­tos que glo­san la gran­de­za del rey espa­ñol, sal­va­dor de la demo­cra­cia fren­te a los gol­pis­tas. El ritual del ani­ver­sa­rio se renue­va y se repi­te la his­to­rie­ta de bue­nos y malos con­ver­ti­da en incues­tio­na­ble. La tran­si­ción hacía aguas, la eco­no­mía nau­fra­ga­ba, el pér­fi­do terro­ris­mo y los insa­cia­bles nacio­na­lis­mos «peri­fé­ri­cos» ponían en peli­gro la uni­dad de Espa­ña y unos cuan­tos nos­tál­gi­cos del fran­quis­mo deci­die­ron liqui­dar la inci­pien­te demo­cra­cia, pero no lo logra­ron por­que Juan Car­los Bor­bón les hizo fren­te e impu­so el res­pe­to al esta­do de dere­cho.

Ya lo decía la letra del «Tan­gui­llo del gol­pe»: «¡Qué noche­ci­ta pasa­mos los espa­ño­les, vaya una gracia!/ si el Bor­bón no lo remedia,/ nos qui­tan la democracia,/ las huel­gas los sin­di­ca­tos y has­ta la Cons­ti­tu­ción.»

Sea con aire de tan­gui­llo, ven­di­do como sesu­do tra­ba­jo aca­dé­mi­co o como pro­mo­cio­na­dí­si­mo best seller de Javier Cer­cas, el cuen­to se basa en una his­to­ria de cana­llas extre­mis­tas (terro­ris­tas y gol­pis­tas) y un héroe equi­li­bra­do y equi­li­bra­dor: el rey. Un rela­to que per­si­gue la iden­ti­fi­ca­ción social con cier­ta inter­pre­ta­ción de la his­to­ria, y, en el fon­do, quie­re legi­ti­mar el mode­lo de tran­si­ción y su con­se­cuen­cia, esto es, el actual régi­men cons­ti­tu­cio­nal.

Como ha des­ta­ca­do el ana­lis­ta del story­te­lling Sal­mon, con estas repe­ti­cio­nes ritua­les, más allá de con­tar una his­to­ria, se pre­ten­den orien­tar flu­jos de emo­cio­nes, crean­do y ali­men­tan­do un mito colec­ti­vo. Por­que de eso es de lo que esta­mos hablan­do, del mito de la modé­li­ca tran­si­ción y, más exac­ta­men­te, del mito del gol­pe invo­lu­cio­nis­ta reven­ta­do por el Bor­bón.

Un régi­men sur­gi­do de la trans­for­ma­ción «de la ley a la ley» des­de una dic­ta­du­ra como la fran­quis­ta nece­si­ta mitos fun­da­cio­na­les que disi­mu­len su peca­do ori­gi­nal y ha encon­tra­do en los acon­te­ci­mien­tos de febre­ro de 1981 un filón. La ver­sión ofi­cial de aque­llos suce­sos con­vier­te en pala­dín demo­crá­ti­co al Bor­bón desig­na­do a dedo por Fran­co para lide­rar el pos­fran­quis­mo, el mis­mo Bor­bón que pro­cla­ma­ra al ser nom­bra­do suce­sor su adhe­sión a los prin­ci­pios del gol­pe de 1936 y repi­tie­ra los hala­gos al «Cau­di­llo» tras su muer­te. Pro­di­gio­so mila­gro recrea­do cada año por estas fechas gra­cias a la reedi­ción del shock pro­vo­ca­do por la irrup­ción de una ban­da de guar­dias civi­les arma­dos en el edi­fi­cio del Con­gre­so de Madrid.

A fal­ta de una autén­ti­ca rup­tu­ra con el fran­quis­mo, el 23‑F se nos pre­sen­ta como su espec­ta­cu­lar simu­la­cro, en el que la inte­gri­dad del monar­ca espa­ñol y su fir­me­za bri­llan fren­te a la oscu­ri­dad de los invo­lu­cio­nis­tas. Bor­bón rena­ce así puri­fi­ca­do, lim­pio de toda man­cha, roto el cor­dón umbi­li­cal de una vez por todas con su pro­mo­tor, el san­gui­na­rio dic­ta­dor Fran­cis­co Fran­co que se hizo con el poder gra­cias a la ayu­da de Hitler y Mus­so­li­ni y un baño de san­gre de dimen­sio­nes colo­sa­les.

Las imá­ge­nes de Teje­ro, que han sido vis­tas por todo el mun­do y han crea­do un «recuer­do com­par­ti­do», invi­tan a dar por bue­na la ima­gen del gol­pe tele­vi­sa­do, cuan­do lo cier­to es que la ver­da­de­ra natu­ra­le­za de lo ocu­rri­do el 23 F ha sido deli­be­ra­da­men­te ocul­ta­da a la opi­nión públi­ca. Cuan­to más se repi­ten las mis­mas imá­ge­nes, más cerro­jos se cie­rran sobre el (auto)golpe de timón que el esta­do pos­fran­quis­ta dio a la refor­ma.

Más allá del mito, una refor­ma de la refor­ma. Recien­te­men­te, «El País» publi­ca­ba un tex­to sobre «la inten­to­na gol­pis­ta del 23‑F que des­ba­ra­tó el Rey» en el que se afir­ma­ba que «los hechos han que­da­do escla­re­ci­dos en su casi tota­li­dad». Y es cier­to que los hechos se han ido des­ve­lan­do y hoy en día cual­quier per­so­na con inte­rés pue­de acce­der a tes­ti­mo­nios, docu­men­tos y estu­dios que per­mi­ten hacer­se una idea cabal de qué suce­dió real­men­te.

Esta infor­ma­ción, sin embar­go, lejos de retra­tar­nos a un monar­ca anti­gol­pis­ta, cues­tio­na de raíz la ver­sión ofi­cial y nos pre­sen­ta una tra­ma tur­bia sur­gi­da de las pro­pias entra­ñas ‑o cloa­cas, como se pre­fie­ra- del Esta­do. Los datos que han ido aflo­ran­do en estos 30 años, muchas veces como con­se­cuen­cia de ren­ci­llas, ven­gan­zas o des­ai­res en el mun­do de los ser­vi­cios secre­tos espa­ño­les han con­fir­ma­do el aná­li­sis de quie­nes defi­nie­ron aque­llo des­de el pri­mer momen­to como un auto­gol­pe.

Estos ser­vi­cios secre­tos y otros pode­res fác­ti­cos tuvie­ron un pro­ta­go­nis­mo deci­si­vo en la gene­ra­ción del ambien­te de ines­ta­bi­li­dad que ante­ce­dió al nume­ri­to de Teje­ro, ali­men­ta­ron la sen­sa­ción de caos, aco­sa­ron a Adol­fo Suá­rez des­de todos los fren­tes y fabri­ca­ron y uti­li­za­ron hábil­men­te la ame­na­za de un gol­pe mili­tar cuyo obje­ti­vo sería poner fin a la tran­si­ción. Pero no sólo eso, tuvie­ron que ver con la pre­pa­ra­ción del auto­gol­pe, su eje­cu­ción, su recon­duc­ción y su pos­te­rior encu­bri­mien­to.

Con­vie­ne recor­dar que el Ejér­ci­to espa­ñol no había sido lle­va­do a ras­tras a la refor­ma, sino que era uno de sus pro­ta­go­nis­tas a la vez que gen­dar­me. Fran­co, que fue quien dise­ñó las cla­ves del esce­na­rio pos­fran­quis­ta, se encar­gó de garan­ti­zar el apo­yo de las Fuer­zas Arma­das espa­ño­las a su suce­sor y nadie cues­tio­nó seria­men­te ese aval. En 1981, el Ejér­ci­to no que­ría vol­ver atrás y, en todo caso, ni los pode­res eco­nó­mi­cos ni los padri­nos inter­na­cio­na­les se lo hubie­ran per­mi­ti­do. Lo que esta­ba sobre la mesa era la uti­li­dad de la ame­na­za del gol­pe para poner lími­tes a la tran­si­ción y, como ocu­rrió tras el 23F, reorien­tar­la.

Hubo una ope­ra­ción cívi­co-mili­tar, por usar ter­mi­no­lo­gía de docu­men­tos de inte­li­gen­cia de aque­llos tiem­pos, para des­alo­jar a Suá­rez de la jefa­tu­ra del Gobierno y mar­car una nue­va agen­da que supu­sie­ra la correc­ción del rum­bo de la refor­ma. No es que el líder de la UCD fue­ra un peli­gro­so rup­tu­ris­ta, pese a que como tal lle­gó a ser pre­sen­ta­do, sino que su tiem­po había ter­mi­na­do y era pre­ci­so reajus­tar la mar­cha de la tran­si­ción, abrien­do el paso a un nue­vo tiem­po de recon­ver­sio­nes eco­nó­mi­cas, recor­tes del pro­ce­so auto­nó­mi­co y nue­vos bríos en la acción repre­si­va y de gue­rra sucia. Un nue­vo tiem­po que más tar­de iba a ser lide­ra­do por el PSOE de Feli­pe Gon­zá­lez y Alfon­so Gue­rra, un par­ti­do que, a dife­ren­cia de UCD, no podría ser con­si­de­ra­do una pro­lon­ga­ción del fran­quis­mo.

La dimi­sión de Suá­rez, lejos de fre­nar esa ope­ra­ción, ter­mi­na­ría por hacer­la esta­llar. Teje­ro, enre­da­do en aque­llas tra­mas aun­que posi­ble­men­te des­co­no­ce­dor de todo su alcan­ce, iba a crear el shock, la fase explo­si­va del gol­pe, por usar tér­mi­nos de un des­ta­ca­do agen­te de los ser­vi­cios secre­tos espa­ño­les. Des­pués lle­ga­ría la acción de sal­va­ción que cul­mi­na­ría con un nue­vo pac­to de esta­do fru­to de un con­sen­so entre par­ti­dos y el Ejér­ci­to, apo­ya­do por los demás pode­res y agen­tes socia­les y que mar­ca­ría el ini­cio de un nue­vo tiem­po polí­ti­co.

Pero no es lo mis­mo escri­bir un guión que lle­var­lo a la prác­ti­ca. Teje­ro se enro­có, se negó a faci­li­tar el paso a la solu­ción pre­vis­ta y con este ines­pe­ra­do giro el pro­yec­to se fue al gare­te. El plan se hubo de rein­ter­pre­tar. No habría gobierno de con­cen­tra­ción y ten­drían que ges­tio­nar de otro modo el shock, pero esto sólo sería posi­ble sacri­fi­can­do algu­nas pie­zas para evi­tar la impli­ca­ción de cier­tos pode­res del esta­do y del pro­pio monar­ca.

Así, Teje­ro, Arma­da, Milans y otros como San Mar­tín, el hom­bre de inte­li­gen­cia de Carre­ro Blan­co, se con­ver­ti­rían en los líde­res de un gol­pe invo­lu­cio­nis­ta feliz­men­te abor­ta­do por el rey Bor­bón. Algu­nos de ellos podían haber sido los pala­di­nes de la nue­va eta­pa demo­crá­ti­ca tras la catar­sis, pero ter­mi­na­ron juz­ga­dos por apa­dri­nar un gol­pe de esta­do.

30 años des­pués, la obs­ti­na­ción en ocul­tar a la ciu­da­da­nía la reali­dad de aque­llos hechos es suma­men­te preo­cu­pan­te, por­que evi­den­cia la volun­tad de seguir recu­rrien­do al mito para mani­pu­lar. Y, lo que es mucho peor, cada año nos recuer­dan su resis­ten­cia a afron­tar una ver­da­de­ra rup­tu­ra con el fran­quis­mo.

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