Orga­ni­za­cio­nes huma­ni­ta­rias denun­cian las con­di­cio­nes infra­hu­ma­nas de los agri­cul­to­res inmi­gran­tes en el sur de Espa­ña.

La Cos­ta anda­lu­za es famo­sa por sus pla­yas y turis­tas, pero jus­to detrás de ese apa­ren­te atrac­ti­vo se cier­ne el mun­do ocul­to de los inver­na­de­ros indus­tria­les, don­de los inmi­gran­tes afri­ca­nos tra­ba­jan en con­di­cio­nes extre­mas.

La explo­ta­ción de dece­nas de miles de inmi­gran­tes emplea­dos en el sec­tor agrí­co­la y que tra­ba­jan en el cul­ti­vo de ver­du­ras para la pro­duc­ción de ensa­la­das des­ti­na­das a la ven­ta en super­mer­ca­dos bri­tá­ni­cos ha sido des­cu­bier­ta por una inves­ti­ga­ción rea­li­za­da por el perió­di­co The Guar­dian, que reve­la una indus­tria que mue­ve en el Sur de Espa­ña alre­de­dor de 2 mil millo­nes de euros al año.

Orga­ni­za­cio­nes bené­fi­cas que han inter­ac­tua­do con muchos de estos tra­ba­ja­do­res en situa­ción irre­gu­lar duran­te la cam­pa­ña de reco­gi­da de este año han denun­cia­do abu­sos que res­pon­den a la defi­ni­ción ofi­cial de escla­vi­tud acu­ña­da por la ONU. Algu­nos de los tra­ba­ja­do­res se han vis­to pri­va­dos de sus sala­rios a cau­sa de las que­jas for­mu­la­das en con­tra de unas con­di­cio­nes que pare­cen haber­se dete­rio­ra­do aún más a raíz del colap­so del boom inmo­bi­lia­rio espa­ñol, que ha con­du­ci­do a miles de inmi­gran­tes en bus­ca de tra­ba­jo del sec­tor de la cons­truc­ción al de la hor­ti­cul­tu­ra.

Con­clu­sio­nes de la inves­ti­ga­ción rea­li­za­da por The Guar­dian

- Los tra­ba­ja­do­res migran­tes pro­ce­den­tes de Áfri­ca viven en cha­bo­las hechas a base de cajas vie­jas y lámi­nas de plás­ti­co, sin ser­vi­cios sani­ta­rios ni acce­so a agua pota­ble.

- Habi­tual­men­te, los sala­rios son infe­rio­res a la mitad del sala­rio míni­mo legal.

- Los tra­ba­ja­do­res sin pape­les se ven ame­na­za­dos con ser entre­ga­dos a la poli­cía si optan por que­jar­se de sus con­di­cio­nes labo­ra­les.

- Acu­sa­cio­nes de la segre­ga­ción impues­ta por el aco­so poli­cial cuan­do estos tra­ba­ja­do­res afri­ca­nos se ale­jan fue­ra de las zonas de ubi­ca­ción de los inver­na­de­ros y se aden­tran en las zonas turís­ti­cas.

La situa­ción de los inmi­gran­tes que tra­ba­jan en los cam­pos de cul­ti­vo de toma­te, pimien­to, pepino y cala­ba­cín de Alme­ría es tan deses­pe­ra­da que la Cruz Roja ha esta­do repar­tien­do comi­da gra­tis a miles de ellos. Su coor­di­na­dor local des­cri­bió las con­di­cio­nes como «inhu­ma­nas». Anti-Sla­very Inter­na­tio­nal dijo que las reve­la­cio­nes de The Guar­dián son «pro­fun­da­men­te preo­cu­pan­tes» e hizo refe­ren­cia al «fan­tas­ma del esta­do de hecho que con­sien­te la escla­vi­tud en la Euro­pa del siglo XXI».

Tes­ti­mo­nios y expe­rien­cias per­so­na­les de los inmi­gran­tes

La his­to­ria de Muham­mad es típi­ca entre los miles de afri­ca­nos que tra­ba­jan bajo el calor sofo­can­te de los inver­na­de­ros de plás­ti­co.

Lle­gó ile­gal­men­te al sur de Espa­ña des­de Marrue­cos en 2004 para tra­ba­jar en los inver­na­de­ros, tras haber paga­do más de mil euros a con­tra­ban­dis­tas por faci­li­tar­le el tras­bor­do en un bar­co de pes­ca. Dice que en aquel enton­ces él podía ganar en torno a 30 euros por una jor­na­da de tra­ba­jo de ocho horas. Aho­ra, sin embar­go, si estás de suer­te con­si­gues 20 euros por una jor­na­da com­ple­ta.

El sala­rio míni­mo legal de un día de tra­ba­jo en la actua­li­dad es supe­rior a 44 euros, pero la recien­te cri­sis eco­nó­mi­ca ha gene­ra­do un nue­vo y dila­ta­do exce­den­te de mano de obra pro­ce­den­te de la inmi­gra­ción deses­pe­ra­da por tra­ba­jar, lo que per­mi­te a los agri­cul­to­res apro­ve­char para recor­tar los sala­rios.

La vivien­da de Muham­mad nos es más que una cho­za situa­da en la zona de inver­na­de­ros que desem­bo­ca en la loca­li­dad turís­ti­ca de Roque­tas de Mar, en la cos­ta alme­rien­se. Está cons­trui­da de for­ma rudi­men­ta­ria con palets de made­ra que se emplean en el trans­por­te de las cose­chas y, como cubier­ta, apro­ve­cha una capa de plás­ti­co vie­jo. No dis­po­ne de agua pota­ble, ni ver­te­de­ros, ni ser­vi­cio de reco­gi­da de basu­ras.

Hay alre­de­dor de 100 cho­zas como esta al lado de la de Muham­mad. Los tra­ba­jos son espo­rá­di­cos, y sin con­tra­tos de por medio; son para un día o para unas pocas horas. A veces, cuan­do él y sus com­pa­trio­tas no han encon­tra­do tra­ba­jo duran­te sema­nas, la comi­da empie­za a fal­tar, a menos que la Cruz Roja haga repar­to de un paque­te de ali­men­tos. «Vivi­mos como ani­ma­les carro­ñe­ros. No hay tra­ba­jo, ni dine­ro, ni comi­da», dijo.

Jawa­ra vino de Gam­bia en 2008 con otras 85 per­so­nas, escon­di­das en el car­ga­men­to de un peque­ño bar­co pes­que­ro. Se sen­tía afor­tu­na­do de haber sobre­vi­vi­do al trau­ma del via­je, pues algu­nos de sus com­pa­ñe­ros a bor­do se aho­ga­ron o murie­ron en el mis­mo bar­co duran­te el tra­yec­to. Pues­to en liber­tad des­pués de 40 días dete­ni­do, para ir a bus­car tra­ba­jo, aho­ra vive con otras 10 per­so­nas de Áfri­ca Sub­saha­ria­na en un terreno aban­do­na­do entre los inver­na­de­ros, cer­ca del mer­ca­do de la loca­li­dad alme­rien­se de San Isi­dro.

Los hom­bres duer­men en la par­te que aún con­ser­va lo que apa­ren­te­men­te es un techo. Se haci­nan en tres habi­ta­cio­nes peque­ñas mus­tias, con olor a hume­dad y comi­da ran­cia y con las pare­des enne­gre­ci­das por el cam­ping-gas que uti­li­zan para coci­nar. El cuar­to de baño es la depen­den­cia exter­na de al lado, cuyo lar­go techo se ha des­plo­ma­do y sus ladri­llos redu­ci­dos a escom­bros. El salón es un sofá res­ca­ta­do de la basu­ra, apo­ya­do sobre unas pare­des rotas. No hay ser­vi­cios sani­ta­rios, y los hom­bres mal­vi­ven entre el tra­ba­jo en los inver­na­de­ros de cul­ti­vo de toma­te, la cari­dad y el repar­to de ali­men­tos de la Cruz Roja.

Jawa­ra lle­gó a San Isi­dro para reu­nir­se con su her­mano y, tan solo tres meses des­pués de su lle­ga­da, éste últi­mo murió a cau­sa de pro­ble­mas rena­les. Al care­cer de pape­les y docu­men­ta­ción, temían ir al médi­co y no poder pagar los medi­ca­men­tos. Su padre falle­ció tam­bién cuan­do él se había ausen­ta­do. Al igual que muchos de los entre­vis­ta­dos, Jawe­ra habló de la ver­güen­za y lo indig­nan­te de sus con­di­cio­nes, del racis­mo gene­ra­li­za­do y lo poco que se les paga aho­ra en cual­quier sitio. Recha­zó ser gra­ba­do, por mie­do a que, en su regre­so a casa, su fami­lia pudie­ra ver­le en seme­jan­tes con­di­cio­nes.

Sang, tam­bién ori­gi­nal de Gam­bia, se con­si­de­ra rela­ti­va­men­te aco­mo­da­do al com­par­tir un cor­ti­jo aban­do­na­do con alre­de­dor de otras 40 per­so­nas pro­ce­den­tes de Áfri­ca Occi­den­tal. Un agri­cul­tor local se lo alqui­la de mane­ra ile­gal, ya que si bien tie­ne un techo y elec­tri­ci­dad, care­ce de agua corrien­te.

Ade­más del alqui­ler, estos inmi­gran­tes tie­nen que pagar 600 euros más al mes por un camión cis­ter­na que les sumi­nis­tra agua en un vie­jo tan­que colo­ca­do en el patio. Sang, que ha esta­do sus­ten­tan­do a cer­ca de 30 miem­bros de su fami­lia en Gam­bia con su pro­pio sala­rio, tam­bién ha vis­to redu­ci­da su jor­na­da labo­ral a unas pocas horas de tra­ba­jo en la reco­gi­da de la cose­cha de ver­du­ra, debi­do a la fuer­te rece­sión vivi­da este año.

Alme­ría ha sido duran­te bas­tan­te tiem­po una de las regio­nes más pobres y depri­mi­das de Espa­ña, pero el auge del sec­tor hor­to­fru­tí­co­la des­de fina­les de los ochen­ta ha con­tri­bui­do a trans­for­mar la pro­vin­cia, que se encuen­tra jus­to detrás de la Cos­ta del Sol en cuan­do a desa­rro­llo eco­nó­mi­co. A pesar de que los turis­tas bri­tá­ni­cos rara­men­te son tes­ti­gos de ello, a menos de dos kiló­me­tros de los hote­les turís­ti­cos situa­dos en las pro­xi­mi­da­des del mar, un vas­to hori­zon­te indus­trial de inver­na­de­ros de plás­ti­co se eri­ge a lo lar­go de 400 kiló­me­tros cua­dra­dos de lla­nu­ra cos­te­ra.

El comer­cio de hor­ta­li­zas cul­ti­va­das en la región cubre la deman­da del Rei­no Uni­do para la pro­duc­ción de ensa­la­da fres­ca duran­te todo el año, lo que mue­ve una suma por valor de 2 mil millo­nes de euros al año para la eco­no­mía espa­ño­la, según decla­ra­cio­nes de José Ángel Aznar, pro­fe­sor de Eco­no­mía Apli­ca­da de la Uni­ver­si­dad de Alme­ría. Casi todos los prin­ci­pa­les mino­ris­tas del nor­te de Euro­pa, inclu­yen­do los super­mer­ca­dos bri­tá­ni­cos, se sur­ten de los cul­ti­vos de hor­ta­li­zas que hay en la región cuan­do la tem­po­ra­da de reco­gi­da con­clu­ye en sus paí­ses de ori­gen. Todos ellos com­pran en la subas­ta de las coope­ra­ti­vas a las que per­te­ne­cen los agri­cul­to­res.

Sin embar­go, el boom de los inver­na­de­ros sólo ha sido posi­ble gra­cias a los inmi­gran­tes. Los inver­na­de­ros han nece­si­ta­do de una gran can­ti­dad de mano de obra bara­ta, fle­xi­ble y diná­mi­ca, dis­pues­ta a con­tra­tos tem­po­ra­les y des­pi­dos repen­ti­nos. El tra­ba­jo es irre­gu­lar y difí­cil, y con tem­pe­ra­tu­ras que alcan­zan entre 40 ºC y 45ºC, resul­ta poco atrac­ti­vo para la pobla­ción local. Por lo tan­to, la absor­ción de mano de obra pro­ce­den­te de la inmi­gra­ción ha desem­bo­ca­do en un flu­jo de miles de tra­ba­ja­do­res ile­ga­les, mayo­ri­ta­ria­men­te de Marrue­cos, pero tam­bién de Euro­pa del este y del Áfri­ca sub­saha­ria­na.

Las esti­ma­cio­nes del núme­ro total de emplea­dos en el sec­tor de los inver­na­de­ros son varia­bles, pero Juan Car­los Che­ca, inves­ti­ga­dor de Antro­po­lo­gía Social en la Uni­ver­si­dad, sitúa la cifra de tra­ba­ja­do­res migran­tes entre los 80 mil y 90 mil, hacia abril de 2010.

Spi­tou Mendy, quien fue­ra un inmi­gran­te ile­gal lle­ga­do de Sene­gal has­ta que obtu­vo sus pape­les en una regu­la­ri­za­ción, aho­ra ayu­da a diri­gir el Sin­di­ca­to de Obre­ros del Cam­po (SOC), un peque­ño sin­di­ca­to cons­ti­tui­do por migran­tes. Según él, el núme­ro ha aumen­ta­do a más de 100.000 debi­do a la rece­sión.

El Gobierno espa­ñol per­mi­te a aque­llos que pue­dan demos­trar que han tra­ba­ja­do duran­te más de tres años soli­ci­tar la regu­la­ri­za­ción y muchos lo han hecho, pero dece­nas de miles de per­so­nas aún se encuen­tran en Alme­ría de for­ma ile­gal, sien­do vul­ne­ra­bles y fáci­les de explo­tar. Unas con­di­cio­nes que se han ido dete­rio­ran­do pro­gre­si­va­men­te, hacién­do­se aún más terri­bles en estos últi­mos dos años, según Mendy.

Los agri­cul­to­res argu­men­tan que los super­mer­ca­dos han expri­mi­do sus már­ge­nes aún más que antes de la cri­sis, mien­tras que los cos­tes deri­va­dos de los com­bus­ti­bles y fer­ti­li­zan­tes han subi­do. No tie­nen más reme­dio que recor­tar los sala­rios, que es el úni­co ele­men­to de los cos­tes de pro­duc­ción que ellos pue­den con­tro­lar. Los agri­cul­to­res tra­tan de emplear legal­men­te a los tra­ba­ja­do­res, pero man­te­ner la tasa de emplea­dos ade­cua­da a los nive­les de pro­duc­ción hace difí­cil o, prác­ti­ca­men­te, impo­si­ble com­pe­tir en el mer­ca­do o obte­ner bene­fi­cios.

A ojos de Mendy, las con­di­cio­nes son de escla­vi­tud. «Usted no encuen­tra a los hijos de Espa­ña en los inver­na­de­ros, sólo a los negros y a las per­so­nas de las anti­guas colo­nias», dice. «Los agri­cul­to­res sólo quie­ren una mano de obra no cua­li­fi­ca­da, malea­ble, que no cues­ta abso­lu­ta­men­te nada. Sólo una par­te de la empre­sa se está bene­fi­cian­do de todo esto. Es la agro­in­dus­tria a gran esca­la la que gana. Son los capi­ta­lis­tas los que ganan. Mien­tras que la huma­ni­dad se ve sacri­fi­ca­da entre tan­to. Se tra­ta de la escla­vi­tud en Euro­pa. En la puer­ta de Euro­pa, exis­te la escla­vi­tud como si estu­vié­ra­mos en el siglo XVI. »

Che­rif, que era pro­fe­sor de fran­cés y ale­mán en Sene­gal y aho­ra, si embar­go, man­tie­ne a dos hijos con los ingre­sos que obtie­ne de tra­ba­jar reco­gien­do toma­tes algu­nos días al mes, encuen­tra a los agri­cul­to­res más que dis­pues­tos a apro­ve­char­se de los tra­ba­ja­do­res ile­ga­les. «Tie­nes que cerrar la boca acer­ca de las pési­mas con­di­cio­nes. Es muy, muy calu­ro­so, sofo­can­te, ni siquie­ra hay agua para beber y es ago­ta­dor. Me pagan sólo entre 20 y 25 euros por día y no me sien­to libre. La poli­cía me vigi­la si voy a los luga­res con­si­de­ra­dos inapro­pia­dos.»

Al igual que muchos con los que hemos con­ver­sa­do, Che­rif es otro que ha sido víc­ti­ma del abu­so de los agri­cul­to­res; en su caso, se topó con la nega­ti­va de un agri­cul­tor a pagar­le por el tra­ba­jo que había hecho. «Un agri­cul­tor no que­ría pagar­nos ni a mí ni a otro afri­cano que tra­ba­ja­ba con­mi­go. Me debía 200 euros. Él otro hom­bre tuvo una pelea con él y con­si­guió su dine­ro, pero yo no que­ría pelear. Así que me estu­ve pre­sen­tan­do en su casa todos los días duran­te dos meses has­ta que me los dio, pero aun así me esta­fó por 5 euros.»

Ten­sio­nes en la región

Las ten­sio­nes entre los migran­tes y las comu­ni­da­des loca­les han ido cre­cien­do en los últi­mos meses. SOC teme una repe­ti­ción de la vio­len­cia y los dis­tur­bios que se pro­du­je­ron en el año 2000, en la ciu­dad hor­to­fruc­tí­co­la de El Eji­do. Mendy expli­có que se habían vis­to sig­nos de aler­ta en San Isi­dro el octu­bre pasa­do, cuan­do un agri­cul­tor fue ase­si­na­do en el alma­cén de su inver­na­de­ro y, de inme­dia­to, los veci­nos de la loca­li­dad seña­la­ron con el dedo a los migran­tes. Miles pro­tes­ta­ron en las calles des­pués de su fune­ral, blan­dien­do pan­car­tas racis­tas, aso­cian­do a los afri­ca­nos con ove­jas negras y dicien­do: «Inmi­gran­tes: com­por­taos o fue­ra de aquí». Más tar­de tras­cen­dió a los medios que la poli­cía esta­ba inves­ti­gan­do los víncu­los exis­ten­tes entre los agri­cul­to­res y la delin­cuen­cia orga­ni­za­da.

En todo caso, la mayo­ría de las veces las dos comu­ni­da­des están total­men­te segre­ga­das. Los úni­cos negros que se pue­den ver en las zonas turís­ti­cas son los pocos ven­de­do­res ambu­lan­tes que dis­cu­rren por la pla­ya comer­cian­do bara­ti­jas, mien­tras que la mayo­ría de afri­ca­nos y marro­quíes viven ais­la­dos en los barrios pobres sur­gi­dos entre los inver­na­de­ros. Lle­gan de madru­ga­da a los pue­blos agrí­co­las, hacien­do cola por las carre­te­ras prin­ci­pa­les a la espe­ra de con­se­guir un tra­ba­jo infor­mal, pero es de espe­rar que lue­go aca­ben dis­per­sán­do­se. Varios de los entre­vis­ta­dos des­cri­ben cómo son aco­sa­dos por la poli­cía cuan­do se des­vían fue­ra de las zonas de inver­na­de­ro al cabo de su lle­ga­da.

La her­ma­na Puri­fi­ca­ción, o Puri, como se le cono­ce, es una de las cua­tro mon­jas cató­li­cas de la orden de las Her­ma­nas Mise­ri­cor­dio­sas de la Cari­dad que viven en San Isi­dro. Recor­dó cómo los pri­me­ros afri­ca­nos negros habían lle­ga­do a la ciu­dad en 2002.

Los cen­tros de deten­ción en las Islas Cana­rias que reci­bían a los inmi­gran­tes que lle­ga­ban ile­gal­men­te en cayu­cos y bar­ca­zas pro­ce­den­tes de Áfri­ca esta­ban lle­nos en aquel enton­ces. Con el fin de pro­ce­sar a los recién lle­ga­dos, las auto­ri­da­des espa­ño­las comen­za­ron a tra­la­dar a los que ya se encon­tra­ban allí a aero­puer­tos con­ti­nen­ta­les, des­ti­nán­do­los en áreas don­de hacía fal­ta mano de obra. Se con­tra­tó a un con­duc­tor para tras­la­dar a unos 30 afri­ca­nos des­de el aero­puer­to de Madrid has­ta el cen­tro de San Isi­dro, con la ins­truc­ción de que abrie­ra las puer­tas del auto­bús en la Pla­za de Colo­ni­za­ción, la pla­za prin­ci­pal, y sim­ple­men­te les deja­ra mar­char. «Esa fue la pri­me­ra vez que lle­gó aquí un gru­po de afri­ca­nos negros.»

“El gobierno no les dio abso­lu­ta­men­te nada; sin dine­ro, sin pape­les, sin nada y des­orien­ta­dos, sólo les dijo que se mar­cha­ran. Nadie aquí sabía de dón­de y cómo habían lle­ga­do. Las auto­ri­da­des loca­les se lava­ban las manos sen­ci­lla­men­te. La gen­te del pue­blo no que­ría saber nada al res­pec­to. No tenía­mos ni idea de qué hacer”, expli­có Puri.

Al final, las mon­jas con­du­je­ron a los hom­bres afri­ca­nos a un inver­na­de­ro en desuso. Otros que fue­ron lle­gan­do, comen­za­ron a cons­truir cho­zas de car­tón en la des­ven­ci­ja­da y rui­no­sa estruc­tu­ra, has­ta que más de 300 per­so­nas se habían haci­na­do, vivien­do en un impro­vi­sa­do y pobre subur­bio, sin ser­vi­cios ni sanea­mien­to alguno. «Las con­di­cio­nes eran terri­bles, horri­bles, inhu­ma­nas», recor­dó Puri.

A medi­da que más y más iban lle­gan­do, las mon­jas comen­za­ron a preo­cu­par­se por los pro­ble­mas sani­ta­rios. Diag­nos­ti­ca­ron casos de tubercu­losis, sida y hepa­ti­tis entre los migran­tes, pero sabían que no podían obte­ner ayu­da médi­ca ade­cua­da. Así que empe­za­ron a lle­var a los enfer­mos de los terre­nos aban­do­na­dos a pun­tos pró­xi­mos pero ais­la­dos del res­to. «No tenía­mos los medios nece­sa­rios para aten­der­los o pro­por­cio­nar­les medi­ca­men­tos y cui­da­dos. El gobierno no hacía prác­ti­ca­men­te nada por ellos.»

Al cabo del tiem­po, en sep­tiem­bre de 2005 se pro­du­jo un gran incen­dio. Cien­tos de afri­ca­nos fue­ron expul­sa­dos de la «fave­la» pues­to que los plás­ti­cos se habían que­ma­do. El cuer­po de bom­be­ros y la poli­cía lle­ga­ron has­ta el lue­gar, pero una vez que el fue­go se había extin­gui­do por com­ple­to se mar­cha­ron de nue­vo y se nega­ron a coope­rar, de acuer­do a Puri.

Las mon­jas uti­li­za­ban sus pro­pios coches peque­ños para comen­zar a dis­tri­buir cer­ca de 300 hom­bres a los luga­res en los que sabían que ya había otros inmi­gran­tes refu­gia­dos ‑en anti­guos cor­ti­jos y pozos sub­te­rrá­neos-. Pero hacia las 2 am, toda­vía había 120 hom­bres sin nin­gún lugar don­de ir y se deci­dió que debían dor­mir en la pla­za prin­ci­pal, acom­pa­ña­dos de las mon­jas en bus­ca de soli­da­ri­dad. «Estu­vi­mos allí tres días. La ciu­dad no hizo nada. El gobierno no hizo nada. Yo llo­ra­ba de rabia, impo­ten­cia e indig­na­ción», afir­ma Puri.

«Hubo cin­co muer­tes de inmi­gran­tes el año pasa­do aquí por acci­den­tes de trá­fi­co acae­ci­dos por la noche», aña­dió Puri. «Hace unos 18 meses, un tra­ba­ja­dor afri­cano murió en uno de los inver­na­de­ros. ‑Había caí­do en el tan­que de agua y no podía salir- No hubo pena­li­za­ción algu­na con­tra el empre­sa­rio agri­cul­tor, ni inves­ti­ga­ción poli­cial», nos dijo Puri. «Soy ple­na­men­te cons­cien­te de que lo que esta­mos hacien­do no es una solu­ción real. Pero saben que al menos, si están enfer­mos o deses­pe­ra­dos, esta­mos aquí para ten­der­les la mano.»

Las con­di­cio­nes no se limi­tan sólo a la pro­vin­cia de Alme­ría. A medi­da que la cam­pa­ña de reco­lec­ción de la acei­tu­na esta­ba a pun­to de comen­zar, jus­to antes de la Navi­dad pasa­da, en la región de Jaén, miles de inmi­gran­tes se tras­la­da­ron has­ta allí tra­tan­do deses­pe­ra­da­men­te de encon­trar tra­ba­jo. Sin dine­ro ni abri­go, la mayo­ría solo con­se­guía el ali­men­to nece­sa­rio para comer una vez al día en un cen­tro ges­tio­na­do por la Cruz Roja. Se les per­mi­tía per­ma­ne­cer en el cen­tro duran­te tres días, pero lue­go tenían que aban­do­nar. La mayo­ría dor­mía a la intem­pe­rie. Las per­so­nas con docu­men­ta­ción podían soli­ci­tar un pase de auto­bús gra­tui­to en el cen­tro de la Cruz Roja todas las maña­nas y diri­gir­se ellos mis­mos a los oli­va­res para ofre­cer su mano de obra.

La Cruz Roja en Jaén no devol­vió nues­tras lla­ma­das, pero su coor­di­na­dor en Alme­ría, Fran­cis­co Vicen­te, dijo que esti­ma que hay entre 15.000 y 20.000 inmi­gran­tes sin hogar sólo en su pro­vin­cia, de los cua­les unos 5.000 viven en casas aban­do­na­das y cha­bo­las caren­tes de agua y elec­tri­ci­dad. «Estas son las comu­ni­da­des más “esta­ble­ci­das´ a las que al menos pue­de lle­gar la Cruz Roja. Pero los demás se extien­den por toda la ciu­dad, para dor­mir cer­ca de los caje­ros auto­má­ti­cos de los ban­cos o, sim­ple­men­te, en las calles. Esto no es humano», aña­dió.

Mendy nos dijo que había una cons­pi­ra­ción de silen­cio acer­ca de las con­di­cio­nes. «Todo el mun­do sabe que este sis­te­ma exis­te, esto es el neo­li­be­ra­lis­mo sal­va­je. Pero la gen­te ha cerra­do sus oídos a este fenó­meno inhu­mano.»

Vicen­te coin­ci­de con él: «Esto está sien­do ocul­ta­do, la gen­te no está intere­sa­da en hacer públi­co lo que está ocu­rrien­do. No me refie­ro sólo a los polí­ti­cos. A veces es la pro­pia socie­dad ‑la gen­te-., la que no se mani­fies­ta y denun­cia la injus­ti­cia», dijo.

El Minis­te­rio del Inte­rior del gobierno espa­ñol fue con­sul­ta­do sobre este asun­to, pero no ofre­cie­ron res­pues­ta algu­na, no res­pon­die­ron a nues­tras pre­gun­tas.

El Direc­tor de Anti-Sla­very Inter­na­tio­nal, Aidan McQua­de, dijo: «La evi­den­cias obte­ni­das por The Guar­dian sugie­ren que podría­mos estar vien­do el sur­gi­mien­to de una nue­va for­ma de escla­vi­tud, algo pro­fun­da­men­te inquie­tan­te.

«El hecho de que las auto­ri­da­des espa­ño­las hayan tras­la­da­do a los inmi­gran­tes irre­gu­la­res a las zonas del país don­de se requie­re mano de obra y tam­bién que los tra­ba­ja­do­res inmi­gran­tes vean recor­ta­dos su sala­rios a la mitad del sala­rio míni­mo legal, ade­más de ser ame­na­za­dos con la depor­ta­ción en caso de denun­ciar sus injus­tas con­di­cio­nes de tra­ba­jo, esta­ble­ce un pre­sun­to caso de con­ni­ven­cia ofi­cial en el trá­fi­co de tra­ba­ja­do­res inmi­gran­tes hacia los terre­nos agrí­co­las del sur de Espa­ña.

«Todo esto pone de relie­ve el espec­tro del esta­do de fac­to san­cio­nan­do la escla­vi­tud en la Euro­pa del siglo XXI».

Fuen­te: http://​www​.guar​dian​.co​.uk/​b​u​s​i​n​e​s​s​/​2​0​1​1​/​f​e​b​/​0​7​/​s​p​a​i​n​-​s​a​l​a​d​-​g​r​o​w​e​r​s​-​s​l​a​v​e​s​-​c​h​a​r​i​t​ies

Tra­duc­ción de Webis­lam

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