En el cora­zón de la bes­tia- Car­lo Fra­bet­ti

Aca­bo de regre­sar de Cuba, don­de he teni­do el pri­vi­le­gio de par­ti­ci­par en una lar­ga e inten­sa reu­nión con Fidel Cas­tro, en la que, como no podía ser de otra mane­ra, se habló de las recien­tes revuel­tas en la Repú­bli­ca Tune­ci­na, Egip­to y otros paí­ses del mun­do ára­be. Y, como no podía ser de otra mane­ra, se hizo espe­cial hin­ca­pié en la rela­ción entre los dos gran­des esce­na­rios de la lucha anti­im­pe­ria­lis­ta: Lati­noa­mé­ri­ca y Orien­te Medio (que aho­ra abar­ca tam­bién el nor­te de Áfri­ca), así como en la nece­si­dad de que, sal­van­do las gran­des dis­tan­cias geo­grá­fi­cas y cul­tu­ra­les, ambos fren­tes con­so­li­den sus rela­cio­nes y cola­bo­ren de for­ma cada vez más estre­cha en su bata­lla común con­tra el capi­ta­lis­mo. No en vano la ima­gen del Che y sus con­sig­nas revo­lu­cio­na­rias apa­re­cen cada vez con más fre­cuen­cia en las calles de Túnez o El Cai­ro.

Pero no menos nece­sa­rio y urgen­te es que quie­nes lucha­mos con­tra la bar­ba­rie capi­ta­lis­ta des­de el inte­rior de los paí­ses más desa­rro­lla­dos ‑en el cora­zón de la bes­tia, como decía el Che- nos una­mos en un fren­te común y par­ti­ci­pe­mos acti­va­men­te en todas las bata­llas polí­ti­cas que se libran a nues­tro alre­de­dor. Y en estos momen­tos, la lucha de la izquier­da inde­pen­den­tis­ta vas­ca es sin duda una de las más impor­tan­tes (como lo demues­tra el encono de los gobier­nos espa­ñol y fran­cés en su vano afán de sofo­car­la), y todas las fuer­zas genui­na­men­te demo­crá­ti­cas ‑es decir, anti­ca­pi­ta­lis­tas- debe­mos apo­yar­la por todos los medios. Y no solo por mera soli­da­ri­dad, sino por­que la lucha del pue­blo vas­co por la inde­pen­den­cia y el socia­lis­mo ‑de cuyo éxi­to depen­de en bue­na medi­da el futu­ro polí­ti­co de Euro­pa- es una de las más vigo­ro­sas expre­sio­nes de la gran bata­lla glo­bal por un mun­do libre, jus­to y soli­da­rio. A veces se diría que la dis­tan­cia entre Donos­ti y Madrid es mayor que la que hay entre Cuba y Egip­to o entre Vene­zue­la y Túnez, y todas las orga­ni­za­cio­nes de izquier­das, tan­to las inde­pen­den­tis­tas como las de ámbi­to esta­tal, tie­nen la inelu­di­ble res­pon­sa­bi­li­dad de sal­var esta bre­cha his­tó­ri­ca (que el poder siem­pre se ha esfor­za­do por man­te­ner abier­ta) para con­fluir en un fren­te común, en el que las dife­ren­cias no sean moti­vo de dis­cor­dia sino de enri­que­ci­mien­to mutuo. Nun­ca hubo, en Euro­pa y en el mun­do, un momen­to más pro­pi­cio para la uni­dad, y no pode­mos des­apro­ve­char­lo.

La his­to­ria no se repi­te, como creen los necios, ni se aca­ba, como qui­sie­ran los pri­vi­le­gia­dos. Lo que se repi­te es la bru­ta­li­dad del poder; lo que se aca­ba es la pacien­cia de los pue­blos.

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