Tipi­co­lean­do (XIV)- Jon Odriolozola

Coll: O XV. Tip: Ya ni lle­vo la cuen­ta. C: La cul­pa la tie­ne la gen­te que nos pide «tipi­co­lean­dos» de cuan­do en vez. T: Ya no se pue­de ni fumar. ¡Esto no pasa­ba ni con Fran­co! C: Usted siem­pre hablan­do de polí­ti­ca. T: Es que hoy he comi­do coli­flor. C: Se ha pues­to vue­sa mer­ced a die­ta… T: Atlán­ti­ca, cara­co­li­llos y quis­qui­llas. C: Así está usted, esmi­rria­do. T: Como Babie­ca. C: Meta­fí­si­co. Tip: Ufa, qué ali­vio, aca­bo de eva­cuar con­sul­tas con el Tío Roca. C: Com­pren­do. T: La esca­to­lo­gía ayu­da a pen­sar. C: Una­muno pen­sa­ba mejor ‑eso decía- con el estó­ma­go vacío. T: Nun­ca me he fia­do de los abs­te­mios. C: Como decía Bau­de­lai­re. T: Ése era medio bobo. C: ¡Blas­fe­mia! T: Bah, un fan­tas­ma, nun­ca se sabrá la ver­dad de las cosas. C: Usted, sí, cla­ro. T: ¡Cagoen­dios, puta gas­tro­en­te­ri­tis, dis­cúl­pe­me! C: Vaya, vaya usted con Dios. T: ¡Mal­di­ta coli­flor! C: Una sus­tan­cia dopan­te. T: Yo es que me he meti­do de todo, has­ta los pro­gra­mas de Argi­ñano. C: ¡Qué horror! ¡Y aho­ra mon­je! T: Secum esse. C: Díce­se del que habla con­si­go mis­mo. T: Yo siem­pre del Ath­le­tic. C: ¿Hace un chu­pi­to de güis­qui? T: Venga.

Coll: Lo que no aca­bo de enten­der es por qué le gus­ta tan­to a la ple­be estos «tipi­co­lean­dos», según refe­ren­cias, que nos mar­ca­mos vos y yo. Tip: Ni yo, por­que no se entien­de nada. C: Igual por eso. T: ¡Pero yo sí me entien­do! C: Igual por eso. T: Ite mis­sa est. C: Y con tu espí­ri­tu. T: ¿No sabe usted latín? C: No. T: Pues hay quien sí lo sabe, y decían que era una len­gua muer­ta, ja, me río yo. C: No sabía que Marx escri­bie­ra en latín. T: Marx nun­ca escri­bió con ren­glo­nes tor­ci­dos. C: Igual que usted, maes­tro. T: Por eso me he meti­do mon­je, para pelliz­car culos de mon­jas. C: O sea, para hacer polí­ti­ca. T: ¡Cómo me cono­ces, ladrón! C: Sos mi milord. T: Augu­ro tiem­pos de eufo­ria y lue­go de bos­te­zo. C: Habrá quien haga una tesis doc­to­ral sobre su emi­nen­cia. T: Yo sólo espe­ro la mano de nie­ve. C: La muer­te, que decía Ber­ga­mín, que ni dios sabe quién era y está ente­rra­do en Hon­da­rri­bia. T: Es diver­ti­do, un bulu­lú. C: Un esper­pen­to. C: Amén. T: Lo que fue tra­ge­dia se repi­te como come­dia. C: Ora pro nobis. T: La cul­pa es de Jon Odrio­zo­la, que nos hace decir cosas incom­pren­si­bles. C: Debe­ría­mos pedir­le expli­ca­cio­nes. ¿Quién se ha creí­do que es ese indi­vi­duo? T: Nues­tro autor, nues­tro crea­dor. C: ¿Y eso le con­vier­te en nues­tro dios, con qué dere­cho? T: No lo sé. C: Me rebe­lo. T: Pues díga­se­lo a él. C: ¿A ese ángel caí­do? T: Sí. C: Mejor, no. T: ¿Le teme? C: Sí.

Coll: ¡Odrio­zo­la, gran cabrón, gran­dí­si­mo hijo­depu­ta, ¿por­qué nos haces decir estas cosas? T: No se esfuer­ce, está vien­do «Bonan­za», es un crío. C: O sea, un hom­bre sin pie­dad. T: Baje la voz, que nos pue­de oír. C: Un hip­pie, segu­ro que ni se ducha. T: Ni se cor­ta el pelo, nun­ca se ha cor­ta­do un pelo y sigue con la mis­ma cha­que­ta. C: Al menos habrá feli­ci­ta­do al nue­vo direc­tor de GARA, Iña­ki Soto, con quien habla­ra y le lla­ma­ra, de bue­na gen­te que es, «teó­lo­go» no hace muchas lunas. T: Sí, lo hice, supon­go que borra­cho. C: ¡Pelo­ta!

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