La auto­no­mía ante los ciclos del capi­tal.

Hoy sabe­mos que la auto­no­mía es la prin­ci­pal con­di­ción para que el perio­do de cri­sis actual no se dilu­ya en una nue­va y monu­men­tal frus­tra­ción, por­que supo­ne ir más allá de la acti­tud reac­ti­va

Si duran­te los pri­me­ros años de la déca­da pasa­da los movi­mien­tos anti­sis­té­mi­cos ocu­pa­ron el cen­tro del esce­na­rio polí­ti­co lati­no­ame­ri­cano, ese lugar de pri­vi­le­gio le corres­pon­de aho­ra a los esta­dos, admi­nis­tra­dos por fuer­zas de signo dis­tin­to a las que pro­ta­go­ni­za­ron las refor­mas neo­li­be­ra­les. Por más que los gobier­nos que emer­gie­ron del for­mi­da­ble ciclo de luchas que des­le­gi­ti­mó el Con­sen­so de Washing­ton sean afi­nes a los movi­mien­tos, éstos no pue­den dele­gar sus obje­ti­vos eman­ci­pa­to­rios en los esta­dos-nación, que nece­sa­ria­men­te tie­nen una lógi­ca dife­ren­te como aca­ba de mani­fes­tar­se en la recien­te cri­sis boli­via­na a raíz del gaso­li­na­zo por el pre­si­den­te Evo Mora­les.

La acción colec­ti­va sue­le acti­var­se en perio­dos de cri­sis eco­nó­mi­ca y de cri­sis de la gober­na­bi­li­dad, o sea cuan­do el mer­ca­do no pue­de garan­ti­zar la sobre­vi­ven­cia de la pobla­ción y cuan­do el Esta­do no tie­ne la legi­ti­mi­dad sufi­cien­te para man­te­ner el orden. Dicho de otro modo, por las grie­tas que cada tan­to las sor­das resis­ten­cias del aba­jo con­si­guen abrir en el mode­lo de domi­na­ción, se acti­van gran­des movi­mien­tos que a veces ame­na­zan el orden hege­mó­ni­co, y se tejen múl­ti­ples orga­ni­za­cio­nes. Una vez que pasa el pico de la cri­sis, la eco­no­mía recu­pe­ra su dina­mis­mo y se for­man nue­vos gobier­nos con mayo­res dosis de legi­ti­mi­dad, el acti­vis­mo social decae, los movi­mien­tos se mar­chi­tan y aba­jo se ins­ta­lan la des­mo­ra­li­za­ción y la con­fu­sión.

A este pro­ce­so habi­tual se ha deno­mi­na­do ciclo de luchas. Uno de los pro­ble­mas que con­lle­va el hecho de que la acción social se pro­duz­ca de modo cícli­co (flujo/​reflujo) es que en los perio­dos de retro­ce­so se pier­de el poten­cial orga­ni­za­do y se disi­pa la con­cien­cia adqui­ri­da, de modo que cuan­do se relan­za la acción bue­na par­te de la ener­gía debe dedi­car­se a recons­truir la orga­ni­za­ción social y polí­ti­ca. Uno de los mayo­res desa­fíos de los movi­mien­tos y los mili­tan­tes anti­sis­té­mi­cos con­sis­tió siem­pre en auto­no­mi­zar­se de los ciclos de luchas, o sea de los ciclos del capi­tal.

En perio­dos ante­rio­res, los revo­lu­cio­na­rios inten­ta­ron supe­rar estos vai­ve­nes que des­tru­yen bue­na par­te de la fuer­za social y polí­ti­ca cons­trui­da en el apo­geo de la movi­li­za­ción a tra­vés de par­ti­dos polí­ti­cos per­ma­nen­tes, que pre­ten­dían encar­nar el apren­di­za­je de cada ciclo para tras­la­dar­lo al siguien­te. La his­to­ria mos­tró que tie­nen tres pro­ble­mas: uno, que lo apren­di­do duran­te un ciclo es de poca uti­li­dad en el siguien­te. Dos, que los apa­ra­tos par­ti­da­rios se buro­cra­ti­zan y empie­zan a tener intere­ses pro­pios, con lo que se con­vier­ten en obs­tácu­los una vez que se relan­za la lucha. Tres, que sigue habien­do un hia­to entre los cua­dros orga­ni­za­dos y la base social, que es arras­tra­da hacia la inte­gra­ción al sis­te­ma cada vez que la eco­no­mía y la gober­na­bi­li­dad recu­pe­ran fuer­za para atraer pro­duc­to­res, con­su­mi­do­res y ges­to­res esta­ta­les.

Los actua­les movi­mien­tos anti­sis­té­mi­cos en Amé­ri­ca Lati­na, sobre todo los indí­ge­nas, los cam­pe­si­nos y cre­cien­te­men­te los urba­nos, tie­nen carac­te­rís­ti­cas dife­ren­tes a las del vie­jo movi­mien­to obre­ro. La prin­ci­pal es que han pues­to en pie una eco­no­mía otra, o sea ini­cia­ti­vas capa­ces de pro­du­cir una par­te de los valo­res de uso que nece­si­tan las per­so­nas. Me refie­ro a las fábri­cas recu­pe­ra­das, los talle­res pro­duc­ti­vos de ali­men­tos y de otros bie­nes, mate­ria­les y sim­bó­li­cos, vin­cu­la­dos a la salud, la edu­ca­ción, la cul­tu­ra, el ocio, y una infi­ni­dad de ini­cia­ti­vas colec­ti­vas de base. Esos espa­cios de pro­duc­ción y repro­duc­ción de la vida coti­dia­na han gana­do cen­tra­li­dad en la vida de los opri­mi­dos como nun­ca antes en la his­to­ria del capi­ta­lis­mo depen­dien­te urbano. Esas miles de ini­cia­ti­vas, que nacie­ron en el últi­mo ciclo de luchas y que lue­go deca­ye­ron pero no han des­pa­re­ci­do, están arrai­ga­das en los terri­to­rios de la pobre­za, en aque­llos espa­cios que resis­ten el des­po­jo.

A mi modo de ver encar­nan una de las posi­bi­li­da­des de supe­rar la des­truc­ción de la fuer­za orga­ni­za­da que en perio­dos ante­rio­res le ha corres­pon­di­do a la social­de­mo­cra­cia y hoy al pro­gre­sis­mo. Hay dos con­di­cio­nes nece­sa­rias: la for­ma­ción y la eco­no­mía. La pri­me­ra es ya un patri­mo­nio común de la mayor par­te de los movi­mien­tos de nue­vo tipo, que tie­nen espa­cios per­ma­nen­tes de for­ma­ción autó­no­ma, no sólo de sus miem­bros sino de sec­to­res más amplios. Sin formación/​educación será impo­si­ble esta­bi­li­zar una fuer­za polí­ti­ca con una rela­ti­va­men­te amplia base social que no sea cul­tu­ral­men­te gana­da por el con­su­mis­mo y la polí­ti­ca del sis­te­ma.

La segun­da pre­mi­sa es la cons­truc­ción de algo que pode­mos deno­mi­nar una «eco­no­mía en resis­ten­cia», que es hoy una reali­dad embrio­na­ria y com­ple­ja. Pue­de y debe asen­tar­se en los espa­cios pro­duc­ti­vos ya exis­ten­tes, pero debe ir más lejos para ganar a sec­to­res más amplios que los que están direc­ta­men­te invo­lu­cra­dos en la pro­duc­ción. Debe cons­truir­se de modo dife­ren­te a la eco­no­mía capi­ta­lis­ta, no para acu­mu­lar sino para ase­gu­rar el flu­jo de valo­res de uso que deben estar a dis­po­si­ción de todos y todas. De algún modo, esta eco­no­mía debe­ría estar ins­pi­ra­da en la céle­bre fra­se «de cada cual según capa­ci­dad, a cada cual según su nece­si­dad». Es ape­nas un nor­te, una ins­pi­ra­ción, a sabien­das de que estos espa­cios son codi­cia­dos por el Esta­do y el mer­ca­do y deben ser defen­di­dos, ele­van­do muros cul­tu­ra­les más que polí­ti­cos, sim­bó­li­cos más que mate­ria­les.

La cons­truc­ción de auto­no­mía de los de aba­jo no pue­de depen­der de los ciclos del capi­tal, por­que sería tan­to como negar su carác­ter autó­no­mo. Hoy sabe­mos que la auto­no­mía es la prin­ci­pal con­di­ción para que el perio­do de cri­sis actual no se dilu­ya en una nue­va y monu­men­tal frus­tra­ción, por­que supo­ne ir más allá de la acti­tud reac­ti­va. Sabe­mos tam­bién que no pue­de hipo­te­car­se en estruc­tu­ras jerár­qui­cas o «esta­do­cén­tri­cas» y que no es la orga­ni­za­ción lo que resuel­ve el desa­fío de la auto­no­mía. Pro­ba­ble­men­te la com­bi­na­ción de auto­edu­ca­ción sis­te­má­ti­ca y pro­duc­ción no mer­can­til nos per­mi­ta enfren­tar la inevi­ta­ble recu­pe­ra­ción del capi­tal en mejo­res con­di­cio­nes.

Raúl Zibe­chi
Gara

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