El opio, la CIA y la admi­nis­tra­ción Kar­zai- Red Vol­tai­re.

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En Afga­nis­tán, la OTAN tra­ta de eli­mi­nar las plan­ta­cio­nes de ador­mi­de­ra (opio-ama­po­la) que cul­ti­van los opo­si­to­res y pro­te­ge los de sus alia­dos

El impor­tan­te artícu­lo de Alfred McCoy publi­ca­do el 30 de mar­zo de 2010 en el Tom­Dis­patch debe­ría haber inci­ta­do al Con­gre­so a movi­li­zar­se para empren­der una ver­da­de­ra reeva­lua­ción de la aven­tu­ra mili­tar total­men­te impru­den­te de Esta­dos Uni­dos en Afga­nis­tán.
La res­pues­ta a la pre­gun­ta que plan­tea el títu­lo de ese artícu­lo –«¿Hay alguien capaz de paci­fi­car el mayor nar­co­Es­ta­do del mun­do?»– sal­ta a la vis­ta en ese mis­mo artícu­lo. Es un reso­nan­te «¡No!»… si no se modi­fi­can fun­da­men­tal­men­te los obje­ti­vos y estra­te­gias defi­ni­dos, tan­to en Washing­ton como en Kabul.

McCoy demues­tra cla­ra­men­te que:
- el Esta­do afgano de Hamid Kar­zai es un nar­co­Es­ta­do corrup­to, que obli­ga a los afga­nos a pagar sobor­nos ascen­dien­tes a 2 500 millo­nes de dóla­res al año, cifra equi­va­len­te a la cuar­ta par­te de la eco­no­mía del país.
- la eco­no­mía afga­na es una nar­co­eco­no­mía: en 2007, Afga­nis­tán pro­du­jo 8 200 tone­la­das de opio, cifra que repre­sen­ta el 53% del PIB nacio­nal y el 93% del trá­fi­co de heroí­na a nivel mun­dial.

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Mapa que mues­tra los mayo­res cam­pos dedi­ca­dos al cul­ti­vo de la ador­mi­de­ra en Afga­nis­tán y la inten­si­dad de la gue­rra en 2007 y 2008

-Para enfren­tar el pro­ble­ma, las opcio­nes mili­ta­res son en el mejor de los casos inefi­ca­ces, y en el peor, con­tra­pro­du­cen­tes. McCoy esti­ma que la mayor espe­ran­za resi­de en la recons­truc­ción de la agri­cul­tu­ra afga­na para con­ver­tir el cul­ti­vo de víve­res en una alter­na­ti­va via­ble capaz de com­pe­tir con el cul­ti­vo de la ador­mi­de­ra o ama­po­la del opio, un pro­ce­so que pue­de demo­rar 10 o 15 años, o inclu­so más tiem­po. (Pre­sen­ta­ré más ade­lan­te mi pro­pia argu­men­ta­ción a favor de una solu­ción inter­me­dia: que la Inter­na­tio­nal Nar­co­tics Board con­ce­da a Afga­nis­tán una licen­cia para que ese país pue­da ven­der su opio de for­ma legal.)

El prin­ci­pal argu­men­to de McCoy es que, cuan­do alcan­zó su máxi­mo nivel de pro­duc­ción, la cocaí­na colom­bia­na repre­sen­ta­ba sólo alre­de­dor del 3% de la eco­no­mía nacio­nal y, sin embar­go, las FARC y los escua­dro­nes de la muer­te de dere­cha, ambos amplia­men­te finan­cia­dos por la dro­ga, siguen desa­rro­llán­do­se en ese país. La sim­ple erra­di­ca­ción de la dro­ga, sin dis­po­ner de ante­mano de un cul­ti­vo que la sus­ti­tu­ya en la eco­no­mía afga­na, exi­gi­ría la impo­si­ción de inso­por­ta­bles pre­sio­nes a una socie­dad rural ya devas­ta­da cuyo úni­co ingre­so impor­tan­te pro­vie­ne del opio. Para con­ven­cer­se de ello bas­ta con recor­dar la caí­da de los tali­ba­nes en 2001, con­se­cuen­cia de una reduc­ción dra­co­nia­na –imple­men­ta­da por los pro­pios tali­ba­nes– de la pro­duc­ción de dro­ga en Afga­nis­tán, que pasó de 4 600 tone­la­das a sólo 185 tone­la­das, lo cual con­vir­tió el país en un cas­ca­rón vacío.

A pri­me­ra vis­ta, los argu­men­tos de McCoy pare­cen irre­fu­ta­bles y, en una socie­dad racio­nal, debe­rían dar lugar a un pru­den­te deba­te al que segui­ría un impor­tan­te cam­bio de la polí­ti­ca mili­tar de Esta­dos Uni­dos. McCoy pre­sen­tó su estu­dio con tac­to y diplo­ma­cia real­men­te con­si­de­ra­bles, para faci­li­tar ese tipo de resul­ta­do.

La res­pon­sa­bi­li­dad his­tó­ri­ca de la CIA en el trá­fi­co mun­dial de dro­ga

Des­gra­cia­da­men­te, nume­ro­sos fac­to­res hacen poco pro­ba­ble la adop­ción inme­dia­ta de una solu­ción posi­ti­va de ese tipo. Hay muchas razo­nes que así lo deter­mi­nan, entre ellas des­agra­da­bles reali­da­des que McCoy olvi­dó o mini­mi­zó en su ensa­yo –sin embar­go bri­llan­te en otro sen­ti­do– y que es nece­sa­rio abor­dar si real­men­te se tra­ta de adop­tar estra­te­gias sen­sa­tas en Afga­nis­tán.

La pri­me­ra reali­dad es que la cre­cien­te impli­ca­ción de la CIA y su res­pon­sa­bi­li­dad en el trá­fi­co mun­dial de dro­ga es un tema tabú en los círcu­los polí­ti­cos, cam­pa­ñas elec­to­ra­les y medios masi­vos de difu­sión. Y quie­nes han tra­ta­do de rom­per ese silen­cio, como el perio­dis­ta Gary Webb, han vis­to sus carre­ras des­trui­das.

Des­pués de ver como Alfred McCoy se ha impli­ca­do más que nadie en hacer que el públi­co tome con­cien­cia de la res­pon­sa­bi­li­dad de la CIA en el trá­fi­co de dro­ga den­tro de las zonas don­de se desa­rro­llan las gue­rras esta­dou­ni­den­ses, no me agra­da tener que afir­mar que el pro­pio McCoy mini­mi­za ese fenó­meno en su artícu­lo. Cier­to es que escri­be que «el opio sur­gió como fuer­za estra­té­gi­ca en el medio polí­ti­co afgano duran­te la gue­rra secre­ta de la CIA con­tra los sovié­ti­cos» y que agre­ga que esa gue­rra «fue el cata­li­za­dor que trans­for­mó la fron­te­ra pakis­tano-afga­na en la más impor­tan­te región pro­duc­to­ra del mun­do».

Sin embar­go, en una extra­ña fra­se, McCoy sugie­re que la CIA se vio arras­tra­da de for­ma pasi­va a esta­ble­cer alian­zas vin­cu­la­das a la dro­ga duran­te los com­ba­tes con­tra las fuer­zas sovié­ti­cas en Afga­nis­tán, des­de 1979 has­ta 1988, cuan­do en reali­dad fue pre­ci­sa­men­te la CIA la que creó esas alian­zas para com­ba­tir a los sovié­ti­cos:
En uno de esos acci­den­tes his­tó­ri­cos con tin­tes de iro­nía, la fron­te­ra sur de la Chi­na comu­nis­ta y de la Unión Sovié­ti­ca coin­ci­die­ron con la zona asiá­ti­ca pro­duc­to­ra de opio, a lo lar­go de una cade­na mon­ta­ño­sa, sin­tién­do­se así la CIA atraí­da hacia el esta­ble­ci­mien­to de alian­zas lle­nas de ambi­güe­dad con los jefes tri­ba­les de los alti­pla­nos de esa región.

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Gul­bu­din Hek­mat­yar

Nun­ca tal «acci­den­te» en Afga­nis­tán, don­de los pri­me­ros seño­res de la dro­ga de impor­tan­cia inter­na­cio­nal –Gul­bu­din Hek­mat­yar y Abu Rasul Say­yaaf– en reali­dad se vie­ron pro­yec­ta­dos hacia la esce­na inter­na­cio­nal gra­cias al masi­vo e impru­den­te apo­yo de la CIA, en cola­bo­ra­ción con los gobier­nos de Pakis­tán y de Ara­bia Sau­di­ta.
Mien­tras otras fuer­zas loca­les de resis­ten­cia eran con­si­de­ra­das como fuer­zas de segun­da cla­se, estos dos clien­tes de Pakis­tán y de Ara­bia Sau­di­ta, pre­ci­sa­men­te por no dis­po­ner de apo­yo a nivel local, fue­ron pio­ne­ros en el uso del opio y la heroí­na como medio de con­for­mar sus fuer­zas de com­ba­te y de crear un recur­so finan­cie­ro.
Los dos se con­vir­tie­ron, ade­más, en agen­tes del extre­mis­mo sala­fis­ta ata­can­do el Islam sufis­ta endó­geno en Afga­nis­tán. Los dos aca­ba­ron con­vir­tién­do­se en agen­tes de al-Qae­da.

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Abdul Rasul Say­yaf

Pero no era la pri­me­ra vez que la CIA se impli­ca­ba en el trá­fi­co de dro­ga. La res­pon­sa­bi­li­dad de la CIA en el papel domi­nan­te que hoy desem­pe­ña Afga­nis­tán en el trá­fi­co mun­dial de heroí­na repro­du­ce en cier­ta for­ma lo que suce­dió ante­rior­men­te en Bir­ma­nia, en Laos y en Tai­lan­dia, entre fina­les de los años 1940 y los años 1970. Esos paí­ses tam­bién se con­vir­tie­ron en impor­tan­tes acto­res del trá­fi­co de dro­ga gra­cias al apo­yo de la CIA (y de los fran­ce­ses, en el caso de Laos), sin el cual sólo hubie­ran lle­ga­do a ser acto­res loca­les.

Tam­po­co es posi­ble hablar en ese caso de un «iró­ni­co acci­den­te». El pro­pio McCoy ha demos­tra­do cómo, en todos esos paí­ses, la CIA no sólo tole­ró sino que apo­yó el cre­ci­mien­to de los fon­dos de las fuer­zas anti­co­mu­nis­tas gra­cias al finan­cia­mien­to pro­ve­nien­te de la dro­ga, para con­tra­rres­tar el peli­gro que repre­sen­ta­ba una intru­sión de la Chi­na comu­nis­ta en el sudes­te de Asia. Des­de los años 1940 has­ta fina­les de los años 1970, y al igual que en el actual Afga­nis­tán, el apo­yo de la CIA con­tri­bu­yó a trans­for­mar el Trián­gu­lo de Oro en un impor­tan­te pro­vee­dor de opio a nivel mun­dial.

Duran­te ese mis­mo perio­do, la CIA reclu­tó cola­bo­ra­do­res a todo lo lar­go de las rutas de con­tra­ban­do del opio clá­si­co, como hizo en Tur­quía, Líbano, Fran­cia, Cuba, Hon­du­ras y Méxi­co. Entre esos cola­bo­ra­do­res se encon­tra­ban agen­tes guber­na­men­ta­les, como Manuel Norie­ga en Pana­má y Vla­di­mi­ro Mon­te­si­nos en Perú, a menu­do per­so­na­li­da­des expe­ri­men­ta­das per­te­ne­cien­tes a los ser­vi­cios de poli­cía que con­ta­ban con apo­yo de la CIA o a los ser­vi­cios de inte­li­gen­cia. Pero tam­bién había movi­mien­tos insu­rrec­cio­na­les, des­de los Con­tras de Nica­ra­gua en los años 1980 (según Robert Baer y Sey­mour Hersh) has­ta el Jun­da­llah, afi­lia­do a al-Qae­da, que actual­men­te ope­ra en Irán y en Balu­chis­tán.

Es el gobierno de Kar­zai, no los tali­ba­nes, quien domi­na la eco­no­mía de la dro­ga afga­na

El mejor ejem­plo de esa influen­cia de la CIA sobre los tra­fi­can­tes de dro­ga se encuen­tra hoy, indu­da­ble­men­te, en Afga­nis­tán, don­de el pro­pio her­mano del pre­si­den­te Kar­zai, Ahmed Wali Kar­zai (un acti­vo cola­bo­ra­dor de la CIA), y Abdul Rashid Dos­tum (un vie­jo cola­bo­ra­dor de la agen­cia) apa­re­cen entre los acu­sa­dos de trá­fi­co de dro­ga.
La corrup­ción vin­cu­la­da a la dro­ga en el seno del gobierno afgano debe atri­buir­se en par­te a la deci­sión de Esta­dos Uni­dos y de la CIA de des­en­ca­de­nar la inva­sión de 2001 con el apo­yo de la Alian­za del Nor­te, movi­mien­to cuya vin­cu­la­ción con la dro­ga era har­to cono­ci­da en Washing­ton.

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Mapa de la CIA en el que se mues­tran las rutas del opio afgano des­ti­na­do a Euro­pa en 1988. Según las infor­ma­cio­nes de la CIA, actua­li­za­das en 2008: «La mayor par­te de la heroí­na pro­ve­nien­te del sudes­te de Asia tran­si­ta por vía terres­tre, a tra­vés de Irán y Tur­quía, has­ta lle­gar a Euro­pa atra­ve­san­do los Bal­ca­nes.» La reali­dad es que la dro­ga se envía tam­bién a tra­vés de los Esta­dos ex sovié­ti­cos, así como de Pakis­tán y Dubai

De esa mane­ra, Esta­dos Uni­dos repro­du­jo con­cien­te­men­te en Afga­nis­tán la situa­ción que ya había crea­do en Viet­nam. Tam­bién en Viet­nam (al igual que Ahmed Wali Kar­zai medio siglo más tar­de) el her­mano del pre­si­den­te, Ngo Dinh Nhu, uti­li­za­ba la dro­ga para finan­ciar una red pri­va­da que le per­mi­tió “arre­glar” las elec­cio­nes a favor [del pre­si­den­te] Ngo Dinh Diem.
Tho­mas H. John­son, coor­di­na­dor de estu­dios de inves­ti­ga­ción antro­po­ló­gi­ca en la Naval Post­gra­dua­te School, demos­tró que el éxi­to de un pro­gra­ma de con­tra­in­sur­gen­cia es impro­ba­ble cuan­do ese pro­gra­ma apo­ya un gobierno local fla­gran­te­men­te dis­fun­cio­nal y corrup­to.

Así que me opon­go a McCoy cuan­do este últi­mo, al igual que los medios masi­vos de difu­sión de Esta­dos Uni­dos, des­cri­be la eco­no­mía de la dro­ga afga­na como domi­na­da por los tali­ba­nes (Según los tér­mi­nos del pro­pio McCoy: «Si los insur­gen­tes toman el con­trol de esta eco­no­mía ile­gal, como hicie­ron los tai­ba­nes, la tarea se hará enton­ces casi impo­si­ble.»). La par­te corres­pon­dien­te a los tali­ba­nes en el mer­ca­do del opio afgano se esti­ma gene­ral­men­te entre 90 y 400 millo­nes de dóla­res. Pero la Ofi­ci­na de Nacio­nes Uni­das con­tra la Dro­ga y el Deli­to (ONUDC) esti­ma que el total de ingre­sos pro­ve­nien­tes del comer­cio del opio y la heroí­na se sitúa entre los 2 800 millo­nes y los 3 400 millo­nes de dóla­res.

Es evi­den­te que no son los tali­ba­nes quie­nes se han apo­de­ra­do de esa eco­no­mía, mayo­ri­ta­ria­men­te con­tro­la­da por los par­ti­da­rios del gobierno de Kar­zai. En 2006, un infor­me del Ban­co Mun­dial afir­ma­ba que «al más alto nivel, 25 o 30 gran­des tra­fi­can­tes, la mayo­ría con bases en el sur de Afga­nis­tán, con­tro­lan las tran­sac­cio­nes y los envíos más impor­tan­tes, tra­ba­jan­do estre­cha­men­te con apo­yo de per­so­nas que ocu­pan posi­cio­nes polí­ti­cas y guber­na­men­ta­les al más alto nivel».

Los medios esta­dou­ni­den­ses no se han intere­sa­do en esos hechos, ni tam­po­co en la influen­cia que tie­nen en las estra­te­gias polí­ti­cas de su pro­pio país en Afga­nis­tán, en mate­ria de gue­rra y de trá­fi­co de dro­ga. La admi­nis­tra­ción Oba­ma pare­ce haber­se dis­tan­cia­do de los poco jui­cio­sos pro­gra­mas de erra­di­ca­ción de la épo­ca de Bush, que nun­ca logra­ron la adhe­sión del cam­pe­si­na­do afgano. Ha pre­fe­ri­do ins­tau­rar una polí­ti­ca de prohi­bi­ción selec­ti­va del trá­fi­co, ata­can­do sola­men­te a los tra­fi­can­tes que ayu­dan a la opo­si­ción.

Que­da por demos­trar la efi­ca­cia de esa polí­ti­ca en lo que a debi­li­tar el tali­bán se refie­re. Lo que sí está cla­ro es que adop­tar como blan­co exclu­si­vo a quien repre­sen­ta, en el mejor de los casos, una déci­ma par­te del trá­fi­co total nun­ca per­mi­ti­rá aca­bar con la actual posi­ción de Afga­nis­tán como prin­ci­pal nar­co­Es­ta­do. Y tam­po­co per­mi­ti­rá aca­bar con la actual epi­de­mia mun­dial de con­su­mo de heroí­na, que comen­zó a fines de los años 1980 y que ya ha dado lugar a la apa­ri­ción de 5 millo­nes de toxi­có­ma­nos en Pakis­tán, de más de 2 millo­nes de adic­tos en Rusia, de 800 000 en Esta­dos Uni­dos y de más de 15 millo­nes a esca­la mun­dial, entre ellos un millón en el pro­pio Afga­nis­tán.

La polí­ti­ca de prohi­bi­ción selec­ti­va del gobierno de Oba­ma ayu­da tam­bién a expli­car su recha­zo a tomar en cuen­ta la solu­ción más huma­na y más razo­na­ble de la epi­de­mia mun­dial de heroí­na afga­na. Se tra­ta de la ini­cia­ti­va «poppy for medi­ci­ne» (Opio para la medi­ci­na) del Inter­na­tio­nal Coun­cil on Secu­rity and Deve­lop­ment (ICOS, ante­rior­men­te cono­ci­do como Sen­lis Coun­cil), que plan­tea la crea­ción de un pro­gra­ma de otor­ga­mien­to de auto­ri­za­cio­nes, lo cual per­mi­ti­ría a los agri­cul­to­res ven­der su opio para garan­ti­zar la pro­duc­ción de medi­ca­men­tos esen­cia­les y alta­men­te soli­ci­ta­dos, como la mor­fi­na y la codeí­na.

Esa pro­po­si­ción ha reci­bi­do el apo­yo del Par­la­men­to Euro­peo y del par­la­men­to cana­dien­se, pero fue obje­to de seve­ras crí­ti­cas en Esta­dos Uni­dos, prin­ci­pal­men­te por­que pudie­ra engen­drar un aumen­to de la pro­duc­ción de opio. Sin embar­go, esa pro­po­si­ción sería, a mediano pla­zo, una res­pues­ta a la epi­de­mia de heroí­na que aso­la Euro­pa y Rusia –situa­ción que no se resol­ve­rá con la alter­na­ti­va que pre­sen­ta McCoy de sus­ti­tuir el opio con otros cul­ti­vos duran­te los 10 o 15 pró­xi­mos años, y menos aún con el pro­gra­ma de eli­mi­na­ción selec­ti­va de pro­vee­do­res de opio que apli­ca la admi­nis­tra­ción Oba­ma.

Una con­se­cuen­cia que casi nun­ca se men­cio­na de la ini­cia­ti­va «poppy for medi­ci­ne» sería la reduc­ción de los ingre­sos pro­ve­nien­tes del trá­fi­co ilí­ci­to que per­mi­ten man­te­ner el gobierno de Kar­zai. Es por eso, o sim­ple­men­te por­que todo lo que se acer­ca a una lega­li­za­ción de las dro­gas es tema tabú en Washing­ton, que la ini­cia­ti­va «poppy for medi­ci­ne» tie­ne pocas posi­bi­li­da­des de obte­ner el apo­yo de la admi­nis­tra­ción Oba­ma.

La heroí­na afga­na y la «CIA Con­nec­tion» a nivel mun­dial

Hay otro párra­fo en el que McCoy, a mi enten­der erró­nea­men­te, con­cen­tra su aten­ción en Afga­nis­tán como cen­tro del pro­ble­ma más bien que en los pro­pios Esta­dos Uni­dos: En una con­fe­ren­cia sobre la dro­ga, desa­rro­lla­da en Kabul este mes, el jefe del ser­vi­cio fede­ral anti­nar­có­ti­cos de Rusia esti­mó el mon­to actual del cul­ti­vo de opio en Afga­nis­tán en 65 000 millo­nes de dóla­res. Sola­men­te 500 millo­nes van a los cul­ti­va­do­res afga­nos, 300 millo­nes a los tali­ba­nes y los 64 000 millo­nes res­tan­tes van a la «mafia de la dro­ga», garan­ti­zán­do­le amplios fon­dos para corrom­per al gobierno de Kar­zai (sub­ra­ya el autor) en un país cuyo PIB es de sólo 10 000 millo­nes de dóla­res.

Ese párra­fo pasa por alto un hecho impor­tan­tí­si­mo: según la ONUDC, sólo entre un 5 y un 6% de esos 65 000 millo­nes de dóla­res, o sea entre 2 800 y 3 400 millo­nes, se que­dan en Afga­nis­tán. Cer­ca del 80% de las ganan­cias pro­ve­nien­tes del trá­fi­co de dro­ga pro­vie­ne de los paí­ses con­su­mi­do­res –en este caso, Rusia, Euro­pa y Esta­dos Uni­dos. Así que no se debe creer ni por un ins­tan­te que el úni­co país que se corrom­pe con el trá­fi­co de dro­ga afga­na es el país de ori­gen. Don­de quie­ra que el trá­fi­co ha logra­do hacer­se impor­tan­te, inclu­yen­do los paí­ses por don­de tran­si­ta, en reali­dad ha logra­do sobre­vi­vir gra­cias a la pro­tec­ción, en otras pala­bras, gra­cias a la corrup­ción.

No exis­ten prue­bas de que el dine­ro de la dro­ga que han gana­do los tra­fi­can­tes alia­dos de la CIA haya ali­men­ta­do las cuen­tas ban­ca­rias de la CIA o las de sus ofi­cia­les, pero la CIA ha saca­do pro­ve­cho indi­rec­ta­men­te del trá­fi­co de dro­ga y ha desa­rro­lla­do con el paso de los años una estre­cha rela­ción con ese ile­gal comer­cio. La gue­rra secre­ta de la CIA en Laos fue un caso extre­mo. Duran­te ese con­flic­to, la CIA hizo la gue­rra uti­li­zan­do como prin­ci­pa­les alia­dos al Ejér­ci­to Real lao­siano del gene­ral Oua­ne Rat­ti­ko­ne y el Ejér­ci­to Hmong del gene­ral Vang Pao, ambos finan­cia­dos en gran par­te por la dro­ga. La masi­va ope­ra­ción de la CIA en Afga­nis­tán corres­pon­dien­te a los años 1980 fue otro ejem­plo de gue­rra par­cial­men­te finan­cia­da por la dro­ga.

Una pro­tec­ción para los tra­fi­can­tes de dro­ga en Esta­dos Uni­dos

No es por lo tan­to sor­pren­den­te que, a tra­vés de los años, los gobier­nos de Esta­dos Uni­dos, siguien­do el camino tra­za­do por la CIA, hayan pro­te­gi­do a tra­fi­can­tes de dro­ga con­tra los pro­ce­di­mien­tos judi­cia­les en los pro­pios Esta­dos Uni­dos. Por ejem­plo, tan­to la CIA como el FBI inter­vi­nie­ron en 1981 con­tra la incul­pa­ción (por robo de autos) del nar­co­tra­fi­can­te mexi­cano y zar del espio­na­je Miguel Nazar Haro, afir­man­do que Nazar era «un con­tac­to esen­cial, repi­to, un con­tac­to esen­cial para la ofi­ci­na de la CIA en Méxi­co», en cues­tio­nes de «terro­ris­mo, inte­li­gen­cia y con­tra­in­te­li­gen­cia». Cuan­do el fis­cal gene­ral aso­cia­do Lowell Jen­sen se negó a tra­mi­tar la incul­pa­ción de Nazar, el fis­cal de San Die­go, William Ken­nedy, denun­ció públi­ca­men­te el caso… por lo cual fue rápi­da­men­te des­pe­di­do.

Un ejem­plo recien­te y espec­ta­cu­lar de impli­ca­ción de la CIA en el trá­fi­co de dro­ga fue el caso del gene­ral Ramón Gui­llén Dávi­la, cola­bo­ra­dor vene­zo­lano de la CIA, caso que expli­co en mi libro, aún por publi­car, Fue­ling America’s War Machi­ne:
El gene­ral Ramón Gui­llén Dávi­la, jefe de la uni­dad anti­dro­ga crea­da por la CIA en Vene­zue­la, fue incul­pa­do en Mia­mi de haber intro­du­ci­do una tone­la­da de cocaí­na en Esta­dos Uni­dos. Según el New York Times, «la CIA, a pesar de la obje­ción de la Drug Enfor­ce­ment Admi­nis­tra­tion, apro­bó el envío de al menos una tone­la­da de cocaí­na pura hacia el aero­puer­to inter­na­cio­nal de Mia­mi como medio de obte­ner infor­ma­ción sobre los cár­te­les colom­bia­nos de la dro­ga». La revis­ta Time repor­tó que un solo car­ga­men­to repre­sen­ta­ba 450 kilos y estu­vo pre­ce­di­do de otros «por un total cer­cano a una tone­la­da».
Mike Walla­ce con­fir­mó que «la ope­ra­ción secre­ta de la CIA y de la Guar­dia Nacio­nal reu­nió rápi­da­men­te esa cocaí­na, más de tone­la­da y media, que fue intro­du­ci­da clan­des­ti­na­men­te de Colom­bia hacia Vene­zue­la». Según el Wall Street Jour­nal, la can­ti­dad de dro­ga que el gene­ral Gui­llén intro­du­jo clan­des­ti­na­men­te ascen­de­ría a más de 22 tone­la­das.

Pero Esta­dos Uni­dos nun­ca ha soli­ci­ta­do a Vene­zue­la la extra­di­ción de Gui­llén para some­ter­lo a jui­cio. Y en 2007, cuan­do Gui­llén fue arres­ta­do en Vene­zue­la por cons­pi­rar para ase­si­nar al pre­si­den­te Hugo Chá­vez, su incul­pa­ción seguía tras­pa­pe­la­da en algu­na ofi­ci­na de Mia­mi. Mien­tras tan­to, el agen­te de la CIA Mark McFar­lin, a quien Bon­ner, el jefe de la DEA, tam­bién desea­ba incul­par, tam­po­co lo fue y sólo tuvo que dimi­tir.

En resu­men, nada suce­dió a los prin­ci­pa­les acto­res de este caso, que pro­ba­ble­men­te se cono­ció en los medios úni­ca­men­te debi­do a las pro­tes­tas que gene­ra­ron en aquel enton­ces los artícu­los de Gary Webb publi­ca­dos en el dia­rio San Jose Mer­cury sobre la CIA, los Con­tras nica­ra­güen­ses y la cocaí­na.

Los ban­cos y el lava­do del dine­ro de la dro­ga

Otras ins­ti­tu­cio­nes tie­nen un inte­rés direc­to en el trá­fi­co de dro­ga, como los gran­des ban­cos que efec­túan prés­ta­mos a paí­ses como Colom­bia y Méxi­co sabien­do per­fec­ta­men­te que el flu­jo de dro­ga ayu­da­rá a garan­ti­zar el pago de esos prés­ta­mos. Varios de nues­tros mayo­res ban­cos, como el City Group, el Bank of New York y el Bank of Bos­ton, han sido iden­ti­fi­ca­dos como par­ti­ci­pan­tes en el lava­do de dine­ro, pero nun­ca han sido pena­li­za­dos de for­ma lo sufi­cien­te­men­te fuer­te como para obli­gar­los a modi­fi­car su com­por­ta­mien­to. En resu­men, en la impli­ca­ción de Esta­dos Uni­dos en el trá­fi­co de dro­ga se con­ju­gan la CIA, impor­tan­tes intere­ses finan­cie­ros e intere­ses cri­mi­na­les de ese mis­mo país y del extran­je­ro.

Anto­nio Maria Cos­ta, jefe de la ONUDC, ha decla­ra­do que «el dine­ro de la dro­ga, que repre­sen­ta miles de millo­nes de dóla­res, ha per­mi­ti­do al sis­te­ma finan­cie­ro man­te­ner­se en el pun­to cul­mi­nan­te de la cri­sis finan­cie­ra». Según el Obser­ver de Lon­dres, Cos­ta decla­ró haber vis­to prue­bas de que los ingre­sos del cri­men orga­ni­za­do eran «el úni­co capi­tal de inver­sión líqui­do» dis­po­ni­ble en cier­tos ban­cos en el momen­to del crac del año pasa­do. Afir­mó que el sis­te­ma eco­nó­mi­co absor­bió la mayo­ría de los 352 000 millo­nes de dóla­res de ganan­cias vin­cu­la­das a la dro­ga. Cos­ta decla­ró que agen­cias de inte­li­gen­cia y fis­ca­les le pre­sen­ta­ron, hace alre­de­dor de 18 meses, las prue­bas que demues­tran que el sis­te­ma finan­cie­ro absor­bió el dine­ro ile­gal. «En muchos casos, el dine­ro de la dro­ga era el úni­co capi­tal de inver­sión líqui­do. Duran­te la segun­da mitad de 2008, la [fal­ta de] liqui­dez era el prin­ci­pal pro­ble­ma del sis­te­ma ban­ca­rio, así que el capi­tal líqui­do se con­vir­tió en un fac­tor impor­tan­te», dijo Cos­ta.

Un per­tur­ba­dor ejem­plo de la impor­tan­cia de la dro­ga en Washing­ton resi­de en la influen­cia que ejer­ció duran­te los años 1980 el Bank of Cre­dit and Com­mer­ce Inter­na­tio­nal, gra­cias a su prác­ti­ca de lava­do del dine­ro de la dro­ga. Como expli­co en mi libro, entre los altos fun­cio­na­rios bene­fi­cia­rios de la gene­ro­si­dad del BCCI, de sus pro­pie­ta­rios y sus afi­lia­dos, encon­tra­mos a James Baker, secre­ta­rio del Teso­ro en la admi­nis­tra­ción Reagan, quien se negó a inves­ti­gar al BCCI; al sena­dor demó­cra­ta Joe Biden y al sena­dor repu­bli­cano Orrin Hatch así como a varios miem­bros impor­tan­tes del Comi­té Judi­cial del Sena­do, que tam­bién se negó a inves­ti­gar al BCCI.

Final­men­te, no fue el gobierno de Esta­dos Uni­dos quien actuó pri­me­ro en aras de poner fin a las acti­vi­da­des ban­ca­rias del BCCI y de sus filia­les ile­ga­les en Esta­dos Uni­dos sino dos per­so­nas en par­ti­cu­lar: el abo­ga­do Jack Blum, de Washing­ton, y el fis­cal de Manhat­tan Robert Mor­genthau.

Con­clu­sión: la cau­sa del pro­ble­ma mun­dial en que se ha con­ver­ti­do la dro­ga no está en Kabul sino en Washing­ton

Pue­do enten­der por qué McCoy, en su deseo de cam­biar una polí­ti­ca con­de­na­da al fra­ca­so, toma más pre­cau­cio­nes que yo cuan­do denun­cio has­ta qué pun­to el omni­pre­sen­te trá­fi­co de dro­ga corrom­pe cier­tas ins­ti­tu­cio­nes esta­dou­ni­den­ses pode­ro­sas –el gobierno, los órga­nos de inte­li­gen­cia y las finan­zas– y no sólo al gobierno de Kar­zai. Pero creo que su enfo­que, tan lleno de tac­to, va a ter­mi­nar sien­do con­tra­pro­du­cen­te. La fuen­te prin­ci­pal del pro­ble­ma mun­dial en que se ha con­ver­ti­do la dro­ga no está en Kabul sino en Washing­ton. Poner fin a ese escán­da­lo exi­gi­rá que se divul­guen hechos que McCoy no quie­re abor­dar en su artícu­lo.

En su magis­tral obra, The Poli­tics of Heroin, McCoy habla de la his­to­ria de Greg Mus­to, exper­to en dro­gas de la Casa Blan­ca bajo la admi­nis­tra­ción Car­ter. En 1980, Mus­to dijo en el Stra­tegy Coun­cil on Drug Abu­se de la Casa Blan­ca que «íba­mos a Afga­nis­tán con el fin de apo­yar a los cul­ti­va­do­res de opio en su rebe­lión con­tra la Unión Sovié­ti­ca. ¿No pudié­ra­mos evi­tar hacer lo que ya hici­mos en Laos?».

Cuan­do la CIA le negó el acce­so a datos que la ley le daba dere­cho a con­sul­tar, Mus­to expre­só públi­ca­men­te su inquie­tud, en mayo de 1980, seña­lan­do en un edi­to­rial del New York Times que la heroí­na pro­ve­nien­te de la lla­ma­da Media Luna de Oro ya esta­ba cau­san­do (por vez pri­me­ra) una cri­sis médi­ca en Nue­va York. Y advir­tió, anti­ci­pa­da­men­te, que «esa cri­sis está lla­ma­da a empeo­rar».

Mus­to espe­ra­ba con­tri­buir a lograr un cam­bio de polí­ti­ca expo­nien­do públi­ca­men­te el pro­ble­ma y lan­zan­do una fuer­te adver­ten­cia de que la aven­tu­ra finan­cia­da por la dro­ga en Afga­nis­tán podía resul­tar desas­tro­sa. Pero sus sabias pala­bras fue­ron inú­ti­les ante la impla­ca­ble deter­mi­na­ción de lo que yo lla­mo la máqui­na esta­dou­ni­den­se de gue­rra en el seno de nues­tro gobierno y de nues­tra eco­no­mía polí­ti­ca. Temo que el men­sa­je de sen­sa­tez de McCoy, por ser ama­ble pre­ci­sa­men­te allí don­de la ama­bi­li­dad no tie­ne cabi­da, sufra hoy el mis­mo des­tino.

Peter Dale Scott. Red Vol­tai­re

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