Cuen­to de Navi­dad: María y José en Pales­ti­na 2010- James Petras

No había for­ma de encon­trar tra­ba­jo, ni siquie­ra para un hábil car­pin­te­ro.

Sin embar­go, la cons­truc­ción de asen­ta­mien­tos seguía ade­lan­te, mayo­ri­ta­ria­men­te finan­cia­dos por el dine­ro de los judíos esta­dou­ni­den­ses, las con­tri­bu­cio­nes de los espe­cu­la­do­res de Wall Street y los pro­pie­ta­rios de los antros de jue­go.

“Menos mal”, pen­só José, “que tene­mos unas cuan­tas ove­jas y oli­vos y que María cría unos cuan­tos pollos”. Pero José esta­ba preo­cu­pa­do: “Que­so y acei­tu­nas no bas­tan para ali­men­tar a un niño que está cre­cien­do. María va a dar a luz a nues­tro hijo cual­quier día de estos”. En sus sue­ños anhe­la­ba un mucha­cho robus­to tra­ba­jan­do a su lado… mul­ti­pli­can­do los panes y los peces.

Los colo­nos menos­pre­cia­ban a José. Rara vez asis­tía a la sina­go­ga y en las prin­ci­pa­les fies­tas sagra­das lle­ga­ba siem­pre tar­de para evi­tar el pago del diez­mo. Su sen­ci­lla casi­ta esta­ba situa­da en una que­bra­da cer­ca­na a un manan­tial que fluía todo el año. Era el sitio ideal para cual­quier expan­sión de asen­ta­mien­tos. Por eso cuan­do José se retra­só en el pago del impues­to sobre la pro­pie­dad, los colo­nos se apro­pia­ron de su casa, des­alo­jan­do por la fuer­za a José y María y ofre­cién­do­les un bille­te de ida para el auto­bús que iba a Jeru­sa­lén.

José, naci­do y cria­do en las ári­das coli­nas, se defen­dió y ensan­gren­tó a no pocos colo­nos con sus puños endu­re­ci­dos por el tra­ba­jo. Pero al final tuvo que sen­tar­se magu­lla­do en su lecho nup­cial bajo el oli­vo, con deses­pe­ra­ción negra.

María, mucho más joven, sen­tía ya los movi­mien­tos del bebé. Su hora esta­ba pró­xi­ma.

“Tene­mos que encon­trar un refu­gio, José, tene­mos que mar­char­nos… no es momen­to para ven­gan­zas”, supli­có.

José, que creía en el “ojo por ojo y dien­te por dien­te” de los pro­fe­tas del Anti­guo Tes­ta­men­to, aca­bó acep­tan­do de mala gana.

Por tan­to, tuvo que ven­der sus ove­jas, pollos y otras per­te­nen­cias a un vecino ára­be para com­prar un carro con un burro. Lo car­gó con el col­chón, algu­nas ropas, que­so, acei­tu­nas, hue­vos y así se enca­mi­na­ron hacia la Ciu­dad San­ta.

El camino que debía seguir el burro era pedre­go­so y lleno de baches. María hacía una mue­ca de dolor con cada sacu­di­da; le preo­cu­pa­ba que el tra­que­teo pudie­ra dañar al bebé. Pero había algo aún peor, este era el camino que for­zo­sa­men­te debían seguir los pales­ti­nos, con con­tro­les mili­ta­res situa­dos a cada paso. Nadie le había dicho a José que, como judío, podría haber toma­do una carre­te­ra sua­ve­men­te pavi­men­ta­da, prohi­bi­da para los ára­bes.

En el pri­mer blo­queo de carre­te­ra, José vio una lar­ga fila de ára­bes espe­ran­do. Seña­lan­do a su emba­ra­za­da mujer, José pre­gun­tó a los pales­ti­nos, medio en ára­be, medio en hebreo, si podían ade­lan­tar­les. Le abrie­ron paso y la pare­ja siguió ade­lan­te.

Un joven sol­da­do levan­tó su rifle y orde­nó a José y María que baja­ran del carro. José des­cen­dió e hizo un ges­to hacia la barri­ga de su espo­sa. El sol­da­do sol­tó una risi­ta y se vol­vió hacia sus cama­ra­das: “Ese ára­be vie­jo le ha hecho un bom­bo a la chi­ca que com­pró por una doce­na de ove­jas y aho­ra quie­re un pase libre”.

José, rojo de rabia, gri­tó en un ron­co hebreo: “Soy judío. Pero, a dife­ren­cia de voso­tros… res­pe­to a las muje­res emba­ra­za­das”.

El sol­da­do empu­jó a José con su rifle y le orde­nó que retro­ce­die­ra: “Eres peor que un ára­be, eres un judío vie­jo que se folla a mucha­chas ára­bes”.

María, asus­ta­da por el inter­cam­bio de exabrup­tos, se vol­vió hacia su mari­do y gri­tó: “Bas­ta, José, o aca­ba­rán dis­pa­rán­do­te y nues­tro niño se que­da­rá huér­fano”.

Con gran­des difi­cul­ta­des, María des­cen­dió del carro. Des­de la gari­ta de guar­dia lle­gó un ofi­cial que des­pués lla­mó a una sol­da­do: “Eh, Judi, ve a mirar qué tie­ne bajo el ves­ti­do, no sea que vaya car­ga­da de bom­bas”.

“¿Qué pasa? ¿Ya no te gus­ta que te toquen?”, ladró Judith en hebreo con acen­to de Brooklyn. Mien­tras los sol­da­dos dis­cu­tían, María se incli­nó hacia José bus­can­do apo­yo. Final­men­te, los sol­da­dos lle­ga­ron a un acuer­do.

“Súbe­te el ves­ti­do y ven aquí”, orde­nó Judith. María pali­de­ció de ver­güen­za. José se enfren­tó deses­pe­ra­do a las pis­to­las. Los sol­da­dos se rie­ron y seña­la­ron hacia los pechos hin­cha­dos de María, bro­mean­do acer­ca de un terro­ris­ta no nato con manos ára­bes y cere­bro judío.

José y María con­ti­nua­ron su camino hacia la Ciu­dad San­ta. A lo lar­go de todo el camino, tuvie­ron que ir paran­do con fre­cuen­cia a cau­sa de los con­tro­les. En todas y cada una de las oca­sio­nes tuvie­ron que sufrir más retra­sos, más indig­ni­da­des y más insul­tos gra­tui­tos escu­pi­dos por sefar­díes y asque­na­zíes, por hom­bres y muje­res, lai­cos y reli­gio­sos, todos ellos sol­da­dos del Pue­blo Ele­gi­do.

Atar­de­cía ya cuan­do María y José lle­ga­ron final­men­te has­ta el Muro. Las puer­tas se cerra­ban por la noche. María gri­tó de dolor: “José, sien­to que el niño vie­ne ya. Por favor, haz algo, rápi­do”.

A José le entró el páni­co. Vio las luces de un peque­ño pue­blo cer­cano y, dejan­do a María en el carro, corrió has­ta la casa más pró­xi­ma y gol­peó la puer­ta con el puño. Una mujer pales­ti­na abrió un poco la puer­ta y atis­bó en la oscu­ri­dad la cara agi­ta­da de José. “¿Quién eres tú? ¿Qué quie­res?”.

“Soy José, un car­pin­te­ro de las coli­nas de Hebrón. Mi mujer está a pun­to de dar a luz, nece­si­to un refu­gio para pro­te­ger a María y al bebé”. Seña­lan­do hacia María, que se había que­da­do en el carro, José supli­có en su extra­ña mez­cla de hebreo y ára­be.

“Bien, hablas como un judío pero pare­ces ára­be”, dijo la mujer pales­ti­na rien­do mien­tras vol­vía con él hacia el carro.

El ros­tro de María esta­ba cris­pa­do de dolor y mie­do: sus con­trac­cio­nes eran ya más fre­cuen­tes e inten­sas.

La mujer orde­nó a José que metie­ra el carro en un esta­blo don­de guar­da­ban las ove­jas y las galli­nas. Tan pron­to como entra­ron, María gri­tó de dolor y la mujer pales­ti­na, a la que se había uni­do aho­ra una par­te­ra de la vecin­dad, ayu­dó rápi­da­men­te a la joven madre a tum­bar­se en un lecho de paja.

Así fue como el niño vino al mun­do, mien­tras José lo obser­va­ba todo con el cora­zón enco­gi­do.

Y suce­dió des­pués que los pas­to­res, al regre­sar de sus cam­pos, oye­ron los gri­tos de ale­gría por el naci­mien­to y corrie­ron al esta­blo con sus rifles y leche fres­ca de cabra sin saber si había ami­gos o enemi­gos, judíos o ára­bes. Cuan­do entra­ron en el esta­blo y vie­ron a la madre con el bebé, deja­ron a un lado sus armas y ofre­cie­ron la leche a María que les dio las gra­cias en hebreo y en ára­be.

Los pas­to­res esta­ban sor­pren­di­dos y mara­vi­lla­dos: ¿Quién era esa gen­te extra­ña, una pare­ja de judíos pobres que venían en paz con un burro y un carro con letras ára­bes? Las noti­cias sobre el extra­ño naci­mien­to de un niño judío jus­to fue­ra del Muro en un esta­blo pales­tino corrie­ron velo­ces por doquier. Muchos veci­nos entra­ron y con­tem­pla­ron a María, el bebé y José.

Mien­tras tan­to, los sol­da­dos israe­líes, equi­pa­dos con len­tes de visión noc­tur­na infor­ma­ron des­de sus torres de vigi­lan­cia orien­ta­das sobre la zona pales­ti­na: “Los ára­bes se están reu­nien­do jus­to fue­ra del Muro, en un esta­blo, alum­brán­do­se con velas”.

Las puer­tas que había en la par­te baja de las torres de vigi­lan­cia se abrie­ron veloz­men­te y varios vehícu­los blin­da­dos con luces bri­llan­tes, segui­dos de sol­da­dos arma­dos has­ta los dien­tes, salie­ron y rodea­ron el esta­blo, los aldea­nos reu­ni­dos y la casa de la mujer pales­ti­na. Un alta­voz aulla­ba: “Salid fue­ra con las manos en alto o empe­za­re­mos a dis­pa­rar”. Todos salie­ron del esta­blo jun­to con José, que se ade­lan­tó con las manos exten­di­das hacia el cie­lo dicien­do: “Mi mujer, María, no pue­de cum­plir vues­tra orden. Está aman­tan­do al peque­ño Jesús”.

Artícu­lo ori­gi­nal: http://​petras​.lahai​ne​.org/​a​r​t​i​c​u​l​o​.​p​h​p​?​p​=​1​831 – Tra­du­ci­do del inglés para Rebe­lión por Sin­fo Fer­nán­dez

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